Por Candy López – Candy López (@candylopezo)

A poco más de dos horas de Lima, Santa Rosa de Callahuanca es uno de los distritos de la provincia de Huarochirí. Ubicado en el valle del río Santa Eulalia, a 1 765 m s. n. m., este pueblo es conocido por sus cultivos de chirimoya y palta, pero también por los senderos que permiten descubrir otra cara de la sierra limeña desde una mirada más pausada y consciente.

Desde la plaza principal parte el camino hacia el Mirador Cruz de Characán, una ruta de 2,2 kilómetros de ascenso (4,4 km ida y vuelta) que conduce hasta los 2 260 m s. n. m. El recorrido toma entre 1 hora con 45 minutos y 2 horas, dependiendo del ritmo de cada caminante. Durante la temporada seca, el intenso sol, el terreno polvoriento y el desnivel recuerdan que la montaña siempre exige preparación, paciencia y respeto.
Antes de comenzar la caminata, repetí una costumbre personal: detenerme unos segundos para saludar a la montaña y pedir permiso para recorrerla. Es una forma de recordar que somos visitantes de un espacio vivo y que cada paso deja una huella, no solo en el camino, sino también en nuestra manera de mirar el paisaje.

Caminar por esta ruta también implica asumir una responsabilidad. Detrás de cada sendero limpio y de cada señal que guía el recorrido existe un esfuerzo silencioso de los pobladores de Callahuanca por conservar y hacer más seguro el acceso al mirador. Respetar ese trabajo también forma parte de la experiencia: permanecer en los caminos señalizados, no dejar residuos y cuidar la flora y la fauna son pequeños gestos que ayudan a preservar este paisaje para quienes lo habitan y para quienes lo visitarán mañana.
Conforme se gana altura, el paisaje se abre sobre el valle del río Santa Eulalia. Desde el mirador es posible apreciar las montañas que conducen hacia la meseta de Marcahuasi y, en días despejados, contemplar la amplitud del valle que rodea este rincón de Huarochirí. La Cruz de Characán, además de ser un mirador natural, es escenario de una de las festividades tradicionales más importantes del distrito, cuando cada mayo los pobladores ascienden para rendir homenaje a la cruz y mantener viva una tradición que forma parte de su identidad.
Al regresar, la plaza recibe nuevamente al visitante entre helados artesanales, restaurantes familiares y la tranquilidad de un pueblo que demuestra que, muy cerca de Lima, todavía existen destinos donde el turismo también puede convertirse en una forma de valorar y cuidar el territorio.

No siempre es necesario recorrer grandes distancias para encontrarnos con la naturaleza. Muy cerca de Lima existen rutas que invitan a caminar sin prisa, descubrir nuevos paisajes y comprender que el verdadero viaje también consiste en respetar los lugares que nos reciben. Porque, muchas veces, el mejor destino no es el más lejano, sino aquel que nos enseña a mirar el camino con otros ojos.