A poco más de dos horas de Lima, Santa Rosa de Callahuanca es uno de los distritos de la provincia de Huarochirí. Ubicado en el valle del río Santa Eulalia, a 1 765 m s. n. m., este pueblo es conocido por sus cultivos de chirimoya y palta, pero también por los senderos que permiten descubrir otra cara de la sierra limeña desde una mirada más pausada y consciente.
Foto: Candy López
Desde la plaza principal parte el camino hacia el Mirador Cruz de Characán, una ruta de 2,2 kilómetros de ascenso (4,4 km ida y vuelta) que conduce hasta los 2 260 m s. n. m. El recorrido toma entre 1 hora con 45 minutos y 2 horas, dependiendo del ritmo de cada caminante. Durante la temporada seca, el intenso sol, el terreno polvoriento y el desnivel recuerdan que la montaña siempre exige preparación, paciencia y respeto.
Antes de comenzar la caminata, repetí una costumbre personal: detenerme unos segundos para saludar a la montaña y pedir permiso para recorrerla. Es una forma de recordar que somos visitantes de un espacio vivo y que cada paso deja una huella, no solo en el camino, sino también en nuestra manera de mirar el paisaje.
Foto: Candy López
Caminar por esta ruta también implica asumir una responsabilidad. Detrás de cada sendero limpio y de cada señal que guía el recorrido existe un esfuerzo silencioso de los pobladores de Callahuanca por conservar y hacer más seguro el acceso al mirador. Respetar ese trabajo también forma parte de la experiencia: permanecer en los caminos señalizados, no dejar residuos y cuidar la flora y la fauna son pequeños gestos que ayudan a preservar este paisaje para quienes lo habitan y para quienes lo visitarán mañana.
Conforme se gana altura, el paisaje se abre sobre el valle del río Santa Eulalia. Desde el mirador es posible apreciar las montañas que conducen hacia la meseta de Marcahuasi y, en días despejados, contemplar la amplitud del valle que rodea este rincón de Huarochirí. La Cruz de Characán, además de ser un mirador natural, es escenario de una de las festividades tradicionales más importantes del distrito, cuando cada mayo los pobladores ascienden para rendir homenaje a la cruz y mantener viva una tradición que forma parte de su identidad.
Al regresar, la plaza recibe nuevamente al visitante entre helados artesanales, restaurantes familiares y la tranquilidad de un pueblo que demuestra que, muy cerca de Lima, todavía existen destinos donde el turismo también puede convertirse en una forma de valorar y cuidar el territorio.
Foto: Candy López
No siempre es necesario recorrer grandes distancias para encontrarnos con la naturaleza. Muy cerca de Lima existen rutas que invitan a caminar sin prisa, descubrir nuevos paisajes y comprender que el verdadero viaje también consiste en respetar los lugares que nos reciben. Porque, muchas veces, el mejor destino no es el más lejano, sino aquel que nos enseña a mirar el camino con otros ojos.
La fiesta del Mundial de fútbol será recordada no solo por reunir a la mayor cantidad de equipos en la historia de los torneos (48 selecciones), sino también por ser una de las más polémicas al estar envuelta en actos discriminatorios debido a las políticas del país anfitrión, Estados Unidos.
Además, México, otro de los coanfitriones, atraviesa una crisis de desapariciones que asciende a más de 135,000 personas no habidas en los últimos 20 años, lo que califica a su sociedad como desprotegida por parte de sus autoridades para velar por los derechos humanos.
Mundial de la represión
Hace más de un año, Sport & Rights Allianceavizoraba ciertos riesgos para las aficiones y deportistas en la cita mundialista y hoy, con la competencia más grande del deporte en curso, se cumplió el vaticinio: no es un mundial igualitario.
Irán vs. el resto del mundo
Extraido de portal web Nuevo Diario de Salta
Un caso insólito es el del goleador iraní, Aymen Hussein, futbolista que marcó el gol de la histórica clasificación de su selección. Él fue retenido durante siete horas en el aeropuerto de Chicago para ser sometido a un exhaustivo interrogatorio. También lo acompañaba el fotógrafo oficial de la selección de Irán, quien no corrió con la misma suerte y fue deportado. Hussein declaró que esta fue una experiencia humillante e intimidatoria.
Además, tras el partido de Irán vs. Nueva Zelanda, el entrenador iraní, Amir Ghalenoei, recibió junto al plantel la visita de Gianni Infantino, presidente de la FIFA. El director técnico le expresó que se sentían la selección más marginada del certamen, sufriendo así una competencia sin igualdad de condiciones en referencia a los problemas de visados, retenciones y por verse obligados a concentrar fuera de Estados Unidos (en Tijuana, México) para disputar sus partidos.
El capitán iraní Mehdi Taremi habla con sus compañeros durante el partido. (Foto: STEPHEN BRASHEAR / EFE)
“Les agradezco su presencia en esta competición. Sé cómo se sienten ahora, pero son más grandes que todos estos problemas y están enviando un mensaje poderoso al mundo. Esta noche lograron unir a todos los presentes en el estadio para apoyar a la selección iraní y demostrar solidaridad”. — Respuesta disuasoria de Gianni Infantino.
Casi un sueño mundialista
Omar Artan, árbitro somalí elegido por la FIFA. (Foto: Captura de pantalla)
Hace un año, Steve Cockburn, director de justicia económica y social de Amnistía Internacional, declaró para Reuters que este no le parecía el mundial seguro, libre, igualitario e inclusivo que se prometió cuando eligieron la sede del Mundial de fútbol 2026, el 13 de junio de 2018 durante el 68.° Congreso de la FIFA en Moscú, Rusia.
Esa promesa se disolvió al igual que el sueño de dirigir en la Copa del Mundo para el árbitro somalí Omar Artan, quien fue seleccionado como uno de los 52 réferis principales para el torneo, representando un hito histórico para el fútbol de su país. Sin embargo, al aterrizar en el aeropuerto internacional de Miami para unirse a los entrenamientos y sesiones de la FIFA, las autoridades estadounidenses le negaron la entrada alegando problemas en la verificación de antecedentes.
Omar Artan, recibido previamente como un héroe en Somalia. (Foto: Extraída de portal web La Nación)
Controles discriminatorios
Futbolista senegalés sometido a una exhaustiva revisión. (Foto: TyC Sports)
La llegada de la selección de Senegal desató polémica en las redes sociales luego de difundirse un video donde los jugadores pasan por un «extraño» control de seguridad a pie de pista en el aeropuerto de San Antonio. En el registro se observa cómo se les revisa hasta los zapatos, algo que no se repitió con otras delegaciones.
Aunque la Federación Senegalesa aclaró, según lo informado por Reuters, que los controles se llevaron a cabo conforme a las normas de seguridad aeroportuaria y que eran parte de un acuerdo para agilizar el viaje, la situación no habría pasado a mayores si no fuese por otro hecho particular.
También circuló un video donde la selección de Uzbekistán fue objeto de un suceso similar, luego de que miembros de la delegación descendieran del autobús que los transportaba antes del duelo amistoso a puertas cerradas contra Países Bajos en Nueva York.
Personal de seguridad cacheó uno a uno a los miembros de la selección, obligándolos a dejar sus pertenencias para ser revisados con detectores de metales y perros rastreadores. Esta inspección fue criticada como un acto discriminatorio, ya que la selección rival no enfrentó el mismo procedimiento.
El entrenador, y ex campeón del mundo con Italia, Fabio Cannavaro, declaró tras este insólito hecho:
“Me dijeron que eran las reglas, pero al final el control fue solo para nosotros”, comentó indignado.
Un país (mundialista) de luto
(Foto: Extraída de portal web Hola News)
Los gritos de un estadio lleno de aficionados son aplacados por el llanto de familiares de miles de desaparecidos en México. El 11 de junio, a pocas horas del partido inaugural entre México y Sudáfrica, miles de personas marcharon intentando llegar al Estadio Azteca con el propósito de visibilizar la trágica realidad de las familias mexicanas ante la atención internacional que genera el torneo.
En la movilización, los familiares portaron la camiseta mexicana con fotografías de sus seres queridos y pancartas con mensajes duros y alusivos al torneo: «México, campeón en desaparición».
“Que el mundo se entere de que tenemos muchos desaparecidos, que se invierte en muchas cosas [como el Mundial], pero no en nuestros desaparecidos”. — Declaración de una madre afectada para la agencia EFE.
Finalmente, la marcha no pudo lograr su cometido por completo, ya que fue contenida antes de llegar al estadio por un operativo policial que esta vez actuó con rapidez, obligando a los manifestantes a realizar su acto de memoria frente a las vallas de resguardo que cubrían el recinto deportivo.
Números de terror
(Foto: Extraída de portal web La Razón)
México ocupa lugares alarmantes a nivel internacional en desapariciones. Según el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas (RNPDNO), el país acumula más de 132,000 casos. Tan solo durante el año 2025 se registraron 14,079 personas sin rastro alguno.
Esta lamentable situación mantiene bajo el escrutinio público la gestión de Claudia Sheinbaum, quien suma en su mandato 11,701 víctimas desde que asumió el cargo el 1 de octubre de 2024. De acuerdo con Santiago Corcuera, exintegrante del Comité de la ONU, en el último año se ha promediado una tasa de hasta 40 desapariciones por día.
Más allá del espectáculo
El Mundial es una fiesta que reúne a personas de distintas etnias, costumbres y religiones; es un deporte que une corazones, sin lugar a dudas, pero no debe ser usado como un agente político distractor, porque es ahí cuando se desvirtúan las emociones y colisionan con la realidad social.
En el caso de la administración de Donald Trump, se utiliza la competición para mostrarle al mundo una supuesta capacidad unificadora entre los países, pero nada está más lejos de la realidad. Detrás de la infraestructura quedan en evidencia políticas de control excluyentes y, para cerrar esa pesada brecha social, una profunda falta de justicia que las familias de la región conocen de primera mano.
El último ‘ampay‘ grupal de la farándula peruana dejó en evidencia nuestra peor hipocresía: a ellos se les justifica la «inmadurez», a ellas se les factura la culpa del engaño.
ILUSTRACIÓN POR LA ANTIGONA
Cuatro hombres del entorno mediático, un plan coordinado y cámaras de seguridad. Durante las últimas semana, el mundo digital peruano ha girado en torno a la infidelidad grupal protagonizada por los chicos realityMario Irivarren, Said Palao, Patricio Parodi, y el empresario Francho Sierralta. Sin embargo, una revisión rápida a las redes sociales revela un fenómeno que resulta mucho más sintomático que el «ampay» en sí mismo: el señalamiento público no tardó ni veinticuatro horas en desviar la mirada de los infieles para colocar en el banquillo de los acusados a sus parejas, especialmente a Alejandra Baigorria y Onelia Molina.
Las preguntas que dominaron la conversación en redes y en la calle no cuestionaban la falta de responsabilidad afectiva de estos cuatro hombres adultos. El debate se centró en ellas: “¿Por qué siempre los perdonan?”, “Seguro lo descuidó por estar trabajando”, “Ella es demasiado exitosa, seguro lo emasculiza y él tuvo que buscar validación en otra parte”.
En el Perú, la infidelidad suele tener rostro masculino, pero la culpa se conjuga en el femenino. Este caso de la farándula nacional funciona como una radiografía perfecta para entender cómo opera la doble moral machista, el pacto patriarcal y el asfixiante mandato social que empuja a las mujeres a sostener relaciones tóxicas a cualquier costo.
Anatomía de la complicidad masculina
Para entender la magnitud del sesgo, es necesario observar la dinámica del engaño. Cuando un grupo de hombres que superan la treintena organiza una escapada de este tipo, no estamos frente a un error producto del azar. Estamos frente a una logística deliberada. Hay coordinación de horarios, coartadas cruzadas y, sobre todo, un pacto de silencio.
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Desde la sociología y los estudios de género, a esto se le denomina pacto patriarcal. La infidelidad, en este contexto, no es solo la ruptura de un acuerdo monógamo; es un ritual de validación entre “amigos” o “hermanos”. Los hombres se encubren y celebran su «viveza» pues creen que consumir cuerpos de mujeres en grupo reafirma su masculinidad frente a la manada. El engaño no es un accidente, es el pegamento que reafirma su amistad. Saben que, si son descubiertos, la sociedad les otorgará la carta de la «inmadurez eterna» y el tiempo limpiará su imagen.
El tribunal público: El mito de la «mujer que descuida»
Mientras ellos actúan con tranquilidad, las mujeres enfrentan un tribunal difícil.. Si la pareja engañada perdona, es tachada de «tonta» o «sin dignidad». Si la relación termina, la narrativa busca incansablemente el fallo en ella para justificar la traición de él.
Es aquí donde entran en juego los estereotipos más crueles. Si la mujer es dedicada al hogar, se asume que «se descuidó» y dejó de ser atractiva para su pareja. Pero si, como en el caso de las parejas de estos personajes, hablamos de mujeres empresarias, económicamente independientes y exitosas, el guión se adapta: “Trabaja demasiado” o “Su éxito lo hace sentir menos hombre”.
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La trampa es perfecta. El machismo nos impone la responsabilidad de mantener a nuestra pareja satisfecha, asumiendo que el deseo y la fidelidad masculina son variables que dependen exclusivamente del comportamiento de la mujer. Se invisibiliza por completo la libertad de decisión del hombre, disculpando su falta de compromiso para responsabilizarnos a nosotras de sus decisiones.
La falacia del tiempo invertido y el terror a los 30
Llegados a este punto, surge la pregunta que inunda las redes: ¿Por qué mujeres con recursos, belleza y éxito profesional deciden perdonar humillaciones públicas?
Reducir esta decisión a una supuesta falta de autoestima es un análisis conocido y revictimizante. El perdón, en muchos casos, es el resultado de una presión estructural asfixiante. En un país conservador como el Perú, cumplir 30 años sin un anillo de compromiso o una familia formada sigue siendo un estigma. El mandato social castiga severamente la soltería femenina, catalogando a la mujer sin pareja como «quedada» o «incompleta».
A esto se suma la idea de la falacia del costo hundido, postulada por el Nobel Richard Thaler: el sesgo psicológico que nos impide abandonar un vínculo dañado solo por los años ya invertidos. A esta trampa se une el mandato machista de la «salvadora» que debe luchar por su relación, tal como explica la antropóloga Marcela Lagarde. Empezar de cero a los 30 aterra en una sociedad que, como expuso Susan Sontag, castiga cruelmente la soltería femenina.
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Cambiar el foco
El espectáculo mediático pasará, pero la estructura que lo sostiene seguirá intacta si no cambiamos las preguntas. Juzgar a la mujer que perdona es la salida fácil. Es hora de dejar de examinar a las engañadas y empezar a exigir responsabilidad a quienes rompen los lazos.
Que un hombre sea infiel no mide la talla ni el valor de la mujer que tiene al lado; es únicamente el reflejo de sus propias carencias y su falta de respeto. Mientras la sociedad siga buscando en el comportamiento femenino la justificación para la infidelidad masculina, el pacto de impunidad seguirá vigente.
Solo en los dos primeros meses de 2026, más de 70 niñas de hasta 14 años fueron madres en Perú¹: una señal de que las uniones tempranas y forzadas no se detienen pese a la ley 31945, que prohíbe el matrimonio de personas menores de edad, alerta Plan International en el Día Internacional de la Mujer.
1 de cada 4 personas considera que las uniones tempranas y forzadas son aceptables en caso de embarazo, según el sondeo “Infancias en juego: Uniones tempranas en Perú bajo la lupa”, elaborado por Plan International 2025.
El embarazo temprano es, a la vez, causa y consecuencia de estas uniones. A nivel nacional, el 86 % de las mujeres que se unieron entre los 10 y los 15 años eran menores de edad cuando nació su primer hijo; en áreas rurales, esta proporción asciende al 90 %², según estudio de UNFPA y Plan International (2018).
“Cuando ocurre un embarazo temprano, la respuesta social es que la pareja se una, aun cuando se trata de una adolescente. En muchos casos, estos embarazos son productos de violencia sexual, forzando a la niña a unirse a su agresor”, comenta Selmira Carreón, Coordinadora Técnica de Participación e Influencia, Plan International Perú.
De acuerdo al sondeo “Infancias en juego: Uniones tempranas en Perú bajo la lupa”, (Plan International, 2025), 1 de cada 4 personas considera que las uniones tempranas y forzadas son aceptables en caso de embarazo³, respuesta que evidencia una preocupante normalización de esta práctica.
Empezar una vida adulta siendo todavía una niña
Foto: Plan Internacional
Flor — nombre ficticio para proteger su identidad —, es una prueba de las consecuencias de esta práctica. A los 15 años conoció a su pareja, quien ya era mayor de edad. Al poco tiempo de ser pareja, quedó embarazada. En su comunidad, se acostumbra que cuando una mujer queda embarazada, “forme una familia” de inmediato, incluso cuando se trata de una menor de edad. Fue así como su familia decidió que debía unirse al padre del bebé. Esto desencadenó que Flor ingrese a un ciclo de violencia física, psicológica y económica: “Me pegaba, me insultaba. Hasta le gritó y golpeó a mis papás. Yo no entendía por qué todo se volvió así”.
La Ley N.º 31945 del 2023 prohíbe el matrimonio con menores de edad, pero las uniones informales siguen fuera del marco legal: el 82 % de las víctimas son adolescentes mujeres, que en su mayoría viven en convivencia. Flor fue una de ellas.
La historia de Flor evidencia que las prácticas culturales, la búsqueda de un mejor futuro económico y los embarazos infantiles o adolescentes son, usualmente, el inicio de esta práctica nociva.
Por más niñas libres de uniones forzadas
“Es urgente que esta práctica sea reconocida como una forma de violencia. Que, desde los hogares, las comunidades, nos cuestionemos sobre las prácticas socialmente aceptadas que están dañando el futuro de las adolescentes. Normalizar las uniones tempranas y forzadas es una manera de perpetuarlas”, indica Ada Mejía, Gerente de Implementación Programática de Plan International.
Desde noviembre 2025, la organización desarrolla la campaña “Niñas libres de uniones forzadas”, a través de un esfuerzo articulado con niñas y adolescentes lideresas, organizaciones de cooperación internacional, entidades del Estado y comunidades para accionar contra esta problemática.
Sobre Plan International Perú
Plan International es una organización humanitaria y de desarrollo independiente que defiende los derechos de la niñez y la igualdad de las niñas. Operamos en más de 80 países y trabajamos junto a comunidades para erradicar la pobreza y las desigualdades. En el país, Plan International Perú trabaja en las regiones de Lima, Cusco, Piura, Tumbes, Loreto y Trujillo por promover la educación de calidad, protección contra la violencia y empoderamiento económico. Conoce más en www.plan-international.org/peru
Fuentes
¹ Certificado Nacido Vivo, Ministerio de Salud del Perú (MINSA), enero–febrero 2026:
² Uniones tempranas y forzadas en el Perú: factores de riesgo y respuestas. Plan International y UNFPA, 2019:
³ “Infancias en juego: Uniones tempranas en Perú bajo la lupa” – Sondeo de percepciones sobre uniones tempranas y forzadas. Plan International Perú, 2025:
Dejar a una víctima en el asfalto para salvarse a sí mismo tiene un nombre legal: omisión de socorro. A partir de la fuga que le costó la vida a la deportista Lizeth Marzano, analizamos cómo el privilegio, el encubrimiento familiar y la inacción del Estado operan bajo la misma lógica para abandonar a las víctimas de violencia.
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El asfalto y el pacto de indiferencia
¿Qué es lo primero que harías si ves a alguien gravemente herido? Desde pequeños nos enseñan que el auxilio es un instinto humano básico. Sin embargo, las imágenes de las cámaras de seguridad en San Isidro nos demostraron, de la forma más dolorosa posible, que el privilegio a menudo anula la empatía.
En la pantalla vimos cómo Lizeth Marzano, campeona nacional de apnea y deportista de élite, quedaba tendida en el asfalto tras un violento impacto. Pero lo que verdaderamente hiela la sangre no es solo el choque, sino los segundos posteriores. Adrián Villar, el conductor de 21 años, no se bajó del auto. No tomó su celular para llamar a una ambulancia. Simplemente, aceleró y huyó.
Fuente: RPP
Horas después, la narrativa visual nos ofreció un contraste indignante. Mientras Lizeth luchaba por su vida (y eventualmente la perdía) en una camilla del hospital Casimiro Ulloa, Villar aparecía en un parque, ileso y rodeado de su círculo de protección. Acompañado de familiares y figuras cercanas —como la periodista Marisel Linares—, la reunión habría tenido como finalidad, según distintas versiones, coordinar una estrategia de defensa, más que abordar posibles mecanismos de reparación o asistencia a la víctima.
En términos jurídicos, no auxiliar a una persona que enfrenta un peligro inminente es una situación que la ley suele vincular con la figura de la omisión de socorro.
Más allá del tránsito: La radiografía de un sistema
A puertas de un nuevo 8 de marzo, es inevitable mirar este concepto y sentir que nos habla de algo mucho más grande. Esta omisión no es solo una infracción de tránsito; es una radiografía dolorosa de cómo opera nuestro sistema. ¿No es acaso este mismo abandono, esta misma huida y este mismo círculo de encubrimiento el que enfrentan a diario miles de mujeres víctimas de violencia en el Perú?
Para entender la gravedad de lo que vimos en San Isidro, tenemos que dejar de ver la omisión de socorro como una exclusividad del caos vehicular. En el Perú, esta desconexión absoluta con el dolor ajeno es la regla general cuando hablamos de violencia de género.
Hagamos el cruce. Según los reportes de la Defensoría del Pueblo y el reciente informe del INEI sobre feminicidios (2015-2024/2025), la violencia extrema contra nosotras sigue un patrón espeluznantemente similar al de un atropello y fuga. En un alto porcentaje de los casos de feminicidio registrados en el último año, el agresor huye y la justicia no actua. Y, al igual que el conductor de 21 años, el victimario busca refugiarse en su círculo más íntimo.
Y es aquí donde la herida social se hace más profunda: muchas veces, son las propias familias de los agresores quienes los esconden. Los encubren bajo el peligroso y repetido discurso de «es un buen muchacho, solo se equivocó», organizando estrategias legales para minimizar la pena, mientras la familia de la víctima tiene que organizar un funeral. El pacto de impunidad se activa antes que la empatía.
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Cuando el Estado también huye
Pero el abandono no es solo familiar; es, sobre todo, institucional. Una gran cantidad de mujeres asesinadas en los últimos años ya contaban con medidas de protección.
El Estado peruano, al igual que el conductor en aquella madrugada limeña, vio a la mujer tendida en el asfalto del riesgo, tuvo la oportunidad de frenar y ayudar, pero decidió voltear la mirada y seguir de largo.
Tras el impacto en San Isidro, la defensa señaló que el joven “se puso a derecho”. No obstante, el hecho de que su presentación ante la PNP ocurriera días después y en medio de una fuerte presión mediática ha llevado a que algunos cuestionen si se trató realmente de un acto espontáneo o fue mas bien un movimiento calculado.
Este supuesto modus operandi es exactamente el mismo guion que se despliega cuando un caso de violencia sexual o agresión física ocurre en los círculos de poder.
El pacto de privilegio y la maquinaria del desgaste
Se advierte que, cuando el agresor tiene estatus o redes de contacto, el proceso legal puede derivar en procedimientos largos y desgastantes, que terminan afectando especialmente a las víctimas.
Cuando el agresor tiene estatus o redes de contacto, el proceso legal deja de buscar la verdad para convertirse en una maquinaria de desgaste. En el Perú, esta práctica está documentada por la Defensoría del Pueblo como ‘acoso judicial‘: una táctica donde los agresores recurren al mal uso del sistema legal con el ‘único propósito de hostilizar’ a la denunciante, generándole ‘desgaste emocional, físico y económico al verse sumergidas en múltiples procesos judiciales’. Como menciona la abogada defensora de derechos humanos Josefina Miró Quesada, este tipo de dinámicas terminan por «consolidar el silencio, la impunidad y el control de los agresores«.
Imagen referencial
Con frecuencia, mientras el presunto agresor se ve rodeado de apoyos y redes de respaldo, la exigencia de justicia queda en manos de quienes cargan con la pérdida.
Lo vemos hoy en el rostro cansado de Gino Marzano, hermano de Lizeth, quien tiene que peregrinar por los canales de televisión clamando por una verdad evidente. Esa misma desesperación es la que viven a diario las madres y familias de las víctimas de feminicidio, rogando en los exteriores de los juzgados para que los contactos del agresor no terminen borrando la memoria de las mujeres que nos faltan.
El asfalto que nos duele a todas
Lizeth Marzano no perdió la vida únicamente por el violento impacto de un vehículo. Murió por los minutos cruciales que le robaron y por el abandono.
Este 8 de marzo, esa imagen debe sacudirnos la conciencia. Porque a las mujeres en el Perú no solo las mata el primer golpe del agresor. Las mata la indiferencia de los testigos, las mata el pacto de silencio de la familia del atacante, y las remata un sistema de justicia indolente, diseñado para buscarle atenuantes al victimario.
La impunidad en nuestro país no es un accidente; es una construcción colectiva a base de omisiones. Este 8M, la exigencia es clara: no queremos más pactos de privilegio. Escribimos y gritamos para que ninguna mujer, nunca más, vuelva a ser dejada en el asfalto. Para que, de una vez por todas, el sistema deje de huir.