Yndira Perea: “La danza es importante para mí porque desde allí puedo crear espacios de transformación”

Yndira Perea: “La danza es importante para mí porque desde allí puedo crear espacios de transformación”

Por Arleth García

Yndira Pereda es una mujer Chocoana, primera bailarina y co-fundadora de la compañía Sankofa Danza Afro y creadora de la compañía Wangari que empodera mujeres afrodescendientes a través de la danza.

Yndira llegó a Medellín a los 17 años con el sueño de convertirse en bailarina. Ese sueño se convirtió en una experiencia que la haría “volver a la raíz” con Sankofa, una compañía de Danza Afrocolombiana que, más que una palabra, es una filosofía africana que propone conocer el pasado como condición para comprender el presente y poder dimensionar el futuro. 

Este pensamiento ha guiado el camino de la corporación fundada por Rafael Palacios en 1997, como espacio dedicado a la formación y la creación en danza entre las Comunidades Negras en Colombia y otras poblaciones vulneradas en sus derechos humanos.

Años después Yndira seguiría el ejemplo de su maestro Rafael al fundar su propia compañía de danza afrocolombiana llamada “Wangari” que busca empoderar a las mujeres, esto, porque según sus palabras: “Debemos empezar a contar nuestras propias historias y para que no venga otra persona a hablar de algo que no ha vivido. Es importante que la misma comunidad afrocolombiana pueda crear estos espacios”.

Como parte de las presentaciones que realizó la compañía “Sankofa” con motivo del Festival Danzatlán 2022 en diferentes Estados de México, pudimos conversar con Yndira sobre la importancia de transmitir por medio de la danza la falta de oportunidades para las personas afrodescendientes, así como la desigualdad social y racial que esto implica. 

¡Yo quiero bailar!

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Fotografía cortesía de Yndira Perea

¿Cómo llegaste a la danza?

Comencé en la danza desde que tenía cuatro años. La persona que me inspiró fue mi abuelita, Ramona García, una mujer a la que le tocó lucharse la vida, esto porque también existe el abandono de los hombres a las mujeres afro y entonces ellas tienen que seguir como guiando el camino en este caso sus hijas. Me inspiró esta mujer poderosa que logró sobrevivir y sacar adelante a sus a sus hijas sola.

¿Cuáles fueron los retos que enfrentaste para poder bailar?

Cuando me trasladé a la ciudad de Medellín para comenzar mis estudios profesionales fue un poco difícil porque yo lo que quería era danzar, pero claramente la sociedad no ve la danza como una profesión digna, sino como una afición. Fue complicado poder decirles a mis padres que quería danzar, o sea, que la carrera que quería hacer era Danza. También me gustaba la contabilidad. Entonces mis padres dijeron: “bueno, vete y estudias Contaduría Pública”. Ahora soy Auxiliar Contable y licenciada en Danza por la Universidad de Antioquia.

¿Cómo enfrentaste esos estigmas y miedos?

Siempre se nos recalcó nuestro papel en la sociedad. Se nos dijo que no sabíamos y que no podíamos hacer mucho por ser personas afrodescendientes. Me gradué con honores en la Universidad y para mí fue difícil creer siquiera que mi tesis había sido aprobada. Fue impactante ver que otras personas habían validado esto que yo había escrito y a la vez fue un recordatorio para mí Yndira, de lo que soy como mujer afrodescendiente. Pienso que a veces nosotras mismas no sabemos el potencial que tenemos dentro porque nos han educado para no confiar,  no reconocernos y que, por desgracia, a veces lo sigo creyendo.

“Volver a la raíz”


Fotografía cortesía de Yndira Perea

¿Cómo llegaste a Sankofa?

Al maestro Rafael lo conozco en unas audiciones que presentó en Industrias Noel porque hacen unos espectáculos de Navidad.  Me presenté, pasé y fue allá donde conocí al maestro como director coreógrafo de este proyecto que también fue importante para mí porque me ayudó a crecer como artista.  Éramos diferentes bailarines de la ciudad y aprendí mucho de ellos. Allá estuvimos como cuatro años. Luego, el maestro crea Sankofa, es allí donde nos invita a cinco artistas y de ellos sólo quedo yo.

¿Cómo comenzó Sankofa?

Rafael Mario Palacios [quien la dirige] en su afán por reconocerse como un hombre afro busca estrategias para indagar acerca de quién es y qué es lo que quiere para su vida sabiendo que vive en una ciudad de población blanca mestiza como lo es Medellín, donde se crío y no había ninguna identificación como hombre afrocolombiano. 

¿Qué es Sankofa para ti?

Sankofa ha sido un proyecto muy importante en el que he creído firmemente, así como de la guía del maestro. Creo que es difícil poder encontrar a un maestro como Rafael Palacios que te guía el camino, pero que también te ayuda a entender lo difícil de este y acompaña también tus pasos.

Poéticas que parten de la raíz de la Danza Afro

Dibujo de una persona

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Fotografía cortesía de Yndira Perea

¿Qué ha implicado la Danza Afro en tu vida?

He tenido la formación en danzas afro contemporánea con mi maestro y también con la maestra de él, que es Ireneta Sambedo. Estuvimos en Burkina Faso, África, donde estudiamos por tres meses. Ahí entendí esas otras maneras y otras formas de trabajar el rigor, aprender cómo trabajan los africanos y la visión que tienen. Así como la importancia que tiene la tradición como su raíz y con la firmeza de la que parten para hacer su danza contemporánea

De esa experiencia en Burkina Faso me vine con muchos aprendizajes, como su nombre lo dice, es una tierra digna me permitió llegar a un éxtasis en la danza y exigirle a mi cuerpo y a mi mente cierto. Porque a veces tenemos muchas trabas mentales y con la Danza Afro puedo romperlas y llevar mi cuerpo a otro nivel con una nueva mirada como mujer y como mujer afrodescendiente.

¿Cómo ha sido el proceso de politizar la danza?

Bueno, con la puesta en escena de “La ciudad de los otros” hemos recorrido el mundo hablando de cómo nosotros, jóvenes afrodescendientes en una ciudad que no es la nuestra y cómo vivimos esto, cómo se sigue perpetuando, las miradas exóticas eróticas y sobre el cuerpo racializado. Considero que Sakofa es una de las compañías más importantes de Colombia por su formación y técnica en danza, pero también por eso que queremos narrar desde nuestro cuerpo.

¿Cómo es danzar con un mensaje político?

Son movimientos que no son vacíos de contenido, sino que están llenos de historia y es así como consideramos nuestro cuerpo:  como el primer territorio el que está lleno de historicidades que queremos contarle al mundo para concientizar a las personas. Me ha dado fuerza como mujer afrodescendiente para crear otros procesos, porque tienes que conocer tu realidad y estar atenta a lo que sucede en el territorio. Para nosotras [mujeres afrodescendientes] es importante protegernos porque nadie más lo va a hacer. Las personas no negras no van a hablar por nosotras. Son muy pocas las que acompañan este camino y que apoyan tus luchas.

Wangari: empoderar mujeres afrocolombianas a través de la danza

Dibujo de una mujer con un vestido de color negro

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Fotografía cortesía por Yndira Perea

¿Qué mensaje quieres transmitir a las mujeres afrodescendientes con la danza?

Que somos una comunidad y tenemos una responsabilidad porque somos mujeres afrodescendientes, empobrecidas, y que además vivimos en una ciudad que no es la nuestra y que se nos sigue racializando y no se nos permite llegar a unos espacios importantes para nosotras como lo es quizás la educación, estar en esos espacios de poder desde donde podemos crear estrategias para para transformar una sociedad. Entonces, sin duda, la danza es importante para mí porque desde allí puedo crear espacios de transformación .

¿Qué espacios se pueden transformar con la danza?

Se puede invitar a jóvenes de la ciudad, niños, niñas, adolescentes y personas adultas que se permitan reflexionar acerca de lo que está sucediendo en nuestro territorio con la gente afro, con la gente indígena, con la gente LGTBTIQA+. Con esas poblaciones que han sido vulneradas. Siento que como artista afro tengo responsabilidades muy importantes y que no son fáciles.

La transformación social se va dando de a poco, pero por eso me permito brindar estos espacios [de danza o artísticos] que no se nos da en las instituciones educativas porque esa es otra cosa, las instituciones educativas no quieren que veamos lo que está sucediendo, no quiere que hablemos, no quiere que pensemos. También debemos reflexionar desde esta mirada para crear nuevas maneras de permitirnos transformar nuestra mente.

¿De allí es que surge la necesidad de hacer tu compañía de baile?

Sí, Wangari es este espacio donde puedo decirle al mundo sobre lo que está pasando con las con las mujeres afro en el territorio. Mi lugar de enunciación como mujer afrodescendiente me permite resaltar el valor y el poder de la mujer afro, en una sociedad donde tu color de piel es estigmatizado y nuestros cuerpos son territorio de guerra. Por eso, ha sido tan importante para mí producir estos espacios de danza porque es desde allí que se genera una conciencia crítica para combatir, desmontar y deconstruir estos lenguajes que perpetúan el racismo y la exclusión. Sobre todo, esa subordinación que nos trata de imponer el colonialismo.

Creo obras que van desde nuestra tradición y reflejan la importancia de nuestra tradición para, conservarla, valorarla y visibilizarla. Pero, también me permito crear obras con una reflexión crítica acerca de lo que está sucediendo, por ejemplo “Trenzadas” es una obra que se pregunta por la equidad de género y la violencia como factor resultante de imposiciones machistas y cómo se desarrollan estas opresiones sistemáticas, no solo en las mujeres, porque inicialmente analizamos lo que está ocurriendo con las mujeres, pero luego nos damos cuenta de que el hombre también está cayendo en estas en estas agresiones.

“Nunca olvides de dónde vienes y tu esencia, para poder construir tu futuro”

¿Qué le diría la Yndira de ahora a la que llegó a Medellín con el sueño de ser bailarina?

Bueno, que ha sido una mujer muy luchadora, muy poderosa y que siga sus sueños. Que nunca olvide su esencia y de dónde viene para poder construir su futuro, que, aunque se ve lejano, vas caminando hacia allá. Que siga construyendo estos espacios donde puede transmitir los conocimientos y más que transmitir los conocimientos es un lugar de respeto y de escuchar de las otras.

También decirles a las infancias que son el futuro de nuestro país [Colombia] que sigan su intuición, que sigan luchando por lo que en realidad desean ser en la vida y que lo más importante es poder construir en comunidad.

La lucha de las mujeres con VIH en la Amazonía

La lucha de las mujeres con VIH en la Amazonía

Por Zoila Antonio Benito

Ilustración: Carolina Urueta.

Este reportaje fue publicado originalmente por Revista Volcánicas, con el apoyo del proyecto Alianza Liderazgo en Positivo y Poblaciones Clave – ALEPPC. 

“Trato de llevarlo de la mejor forma”, dice Gisella Correa, de cabello corto, negro y lacio,  tez blanca y ojos grandes y negros, sin perder su sonrisa. Tiene el Virus de la Inmunodeficiencia Humana desde 1994, unos 13 años después de que el primer caso de VIH fuera detectado en el mundo y, para ese entonces, solo había 11 casos diagnosticados en el Perú. 

En la década de los noventa, el machismo como los estigmas y la discriminación hacia las mujeres con VIH positivas eran cotidianos. Gisela inició su tratamiento hasta 1999; como no se encontraba en Lima, la capital, su situación se volvía más compleja. “No era el tratamiento ideal”, afirma Gisela: “Era de dos drogas. El tratamiento adecuado es mínimo de tres medicamentos antirretrovirales. Eso hizo que hiciera resistencia”. La situación social y económica de Loreto y de la propia Gisela, cobraron consecuencias en su salud.

Gisela es de Loreto, el departamento más grande del país, ubicado en la región Selva. También llamada Amazonía peruana, esta región de grandes ecosistemas cubre el 60% de todo el territorio nacional. En la Amazonía cruzan numerosos ríos de diferentes caudales originados en áreas de climas distintos. Conforma 15 de los 24 departamentos del Perú, comprendiendo Loreto, Ucayali y Madre de Dios, y parte de Amazonas, Cajamarca, Huancavelica, La Libertad, Pasco, Piura, Puno, Ayacucho, Junín, Cusco, San Martín y Huánuco. 

Este reportaje aborda los obstáculos sociales y económicos de una población poco atendida: las mujeres VIH positivas que viven en la Amazonía de Perú. Debido a la extensión geográfica de la selva peruana, el número de casos y la falta de información y datos de la situación de las mujeres con VIH en esta zona, consideramos pertinente delimitarlo a tres departamentos: Loreto, Madre de Dios y Ucayali. Hasta el 7 de septiembre del 2022, se había notificado de 380 mujeres con VIH en estos tres departamentos de la selva, independientemente del año de diagnóstico.

* Fuentes demográficas: último censo del Instituto Nacional de Estadística e Informática – INEI (2017) / Loreto, Ucayali y Madre de Dios
*Fuentes casos registrados VIH: Sala situacional del Centro Nacional de Epidemiología, Prevención y Control de Enfermedades – CDC
*Los datos de hombres y mujeres son en tanto el sexo de la persona 
*Los casos registrados de VIH son acumulables cada año. Incluye a todos los estadios de la infección, también el estadio sida.

La selva y la dificultad de llevar información y tratamientos

Aunque esta región representa una de las selvas más importantes del continente debido a la diversidad biológica y a su contribución de oxígeno para Perú y el mundo, la misma geografía complica el transporte y paraliza los servicios más esenciales de las personas que la habitan, como la atención médica, que corresponde al derecho a la salud.  

Les habitantes pertenecen a pueblos originarios. Según data actualizada hasta el 2020, en Loreto, existen 1,642 localidades pertenecientes a los pueblos indígenas u originarios, mientras que en Ucayali son 20 y en Madre de Dios, 10.

“En el caso de la población indígena es más complicado”, enfatiza Mayra Saveedra, representante de epidemiología del Ministerio de Salud en Ucayali. “Si te hablo de una mujer mestiza, en una zona urbe, se va a enterar de su diagnóstico y hasta va a determinar, probablemente, quién le transmitió el virus. Va a recibir tratamiento, información y, probablemente, va a seguir con su vida”, añade. El tema geográfico juega un rol fundamental: “Si yo voy (a los pueblos indígenas u originarios) con muchas pruebas rápidas o testeo, probablemente muchos de ellos vayan a salir activos, pero no podría iniciar tratamiento si es que no hago la contraprueba para confirmar que es un caso”, apunta Saavedra. 

Realizar una contraprueba en la selva implica viajar nuevamente a estas localidades, lo que puede depender tanto de las temporadas de lluvias como de las crecidas de los ríos. Además, al ingresar se debe pedir permiso, previamente, con el jefe, jefa o encargado de la población. Por el contrario, en los espacios urbanos donde se cuenta con todas las facilidades para hacer esta prueba, las personas acuden al centro de salud más cercano a su domicilio con su Documento Nacional de Identidad (DNI). Solicitan, de manera gratuita, una prueba rápida de detección de VIH. El resultado estará disponible en 20 minutos, siendo completamente confidencial. Si sale positivo, se requerirá una segunda prueba rápida u otra que confirme la condición.

La atención médica a mujeres VIH positivo que se ubican en pueblos indígenas tiene limitantes, sobre todo, por factores geográficos, económicos e interculturales. Foto: Probitas y Unicef

En los departamentos abordados en este reportaje, muchas veces el personal de salud acude a las comunidades que no cuentan con un establecimiento de salud para desarrollar campañas de despistaje de VIH. Pero, estas dinámicas no suelen ser frecuentes, debido a las barreras geográficas, sociales y de presupuesto existentes. Por su parte, a las mujeres con VIH en estas comunidades se les dificulta ir a los centros médicos, por las mismas y otras razones.

“La descentralización sería importante”, insiste Jeiser Suarez, poblador shipibo y locutor de un programa de radio para poblaciones shipibas. “Imagínate una región como Ucayali que tiene cuatro provincias, 19 distritos y con una población creciente con casi 497 mil personas. Esto es algo alarmante para estas mujeres que tienen que viajar, llegar, exponerse, pasar humillaciones, estigmatizaciones y discriminaciones”. Todas estas son formas de violencia sistémica.

“‘Ay, pues señora, pero tiene que hacer un esfuerzo. Tiene que venir de su comunidad. ¿Acaso yo soy la enferma? Tú eres la enferma. Tú tienes que hacer todo lo posible’, dicen. Pero esta señora vestida de blanco [parte del personal médico] no tiene ni la menor idea de lo que pudo pasarle a esa otra señora. Puede ser que sus hijos, familiares o amistades no saben [que es VIH positiva]. Quizás vino de la comunidad diciendo ‘voy a vender mi artesanía’ o ‘voy a hacer algunas compras’”, cuenta Jeiser, al preguntarle cómo las mujeres con las que ha conversado en su programa de radio perciben el trato hacia las personas VIH positivas en su localidad.

La socióloga feminista Julia Monárrez señala en entrevista que la violencia sistémica la sufren, en diferente medida, las mujeres. Tiene una estructura cultural, económica, política y hasta religiosa. Monárrez comenta también que cuando a las víctimas del sistema se les presenta como figuras culpables, es más difícil sentir por ellas empatía. Sentir culpa al recibir el diagnóstico de VIH es una constante en las mujeres y esto obstaculiza que busquen el acompañamiento que necesitan y no reclamen sus derechos como ciudadanas o como parte de la comunidad. La lucha empieza desde el momento en el que se sienten responsables y no ciudadanas con derecho a la salud y un tratamiento contra el VIH.

La pobreza también juega un rol en contra para las mujeres con VIH: “Es una limitante porque allí vamos a la condición de extrema pobreza. ¿Cómo va a gastar si no tiene ni siquiera un transporte menor, que es lo que llamamos ‘peque peque’?, ¿cómo va a gastar combustible yendo a un servicio? Esos factores de geografía, pero también de pobreza extrema al juntarse terminan siendo una gran limitante”, agrega Mayra Saavedra.

Porque no se trata solamente de un viaje de ida y vuelta. Para que una mujer VIH positiva regule su situación y no llegue a desarrollar sida, es indispensable que constantemente acuda al centro de salud más cercano. Allí, no solo se realizará el descarte con dos evaluaciones (prueba y contraprueba), sino también se aplicará la evaluación de su situación y el tratamiento respectivo.

“Por eso es que probablemente cuando hablan de VIH, siempre mencionan la selva, que hay gran índice o incidencia de casos de VIH, pero repito, no es por los indígenas amazónicos. Somos los mestizos los que probablemente volvemos más vulnerables a esta población, porque somos nosotros los que tenemos el gran porcentaje de infección de VIH. En esta alta transmisión que podamos hacer nosotros hacia ellos es que vamos llevando todas estas enfermedades”, enfatiza Mayra.

La lucha de las mujeres por su derecho a la salud

Esto no solo ocurre con mujeres VIH positivas de los pueblos indígenas u originarios, sino con la población general que vive en la zona: “Una se siente como un bicho, como lo peor”, recuerda Tiffany Jiménez, representante de la organización de salud sexual y reproductiva llamada Promsex en Madre de Dios. Ella vive con su hija menor en la capital de Madre de Dios, Puerto Maldonado y en uno de sus chequeos salió positiva para VIH.

“Fue terrible para mí”, recuerda. Tuvo que viajar a Cusco, a seis horas en bus, para seguir el tratamiento: “El tema de la estigmatización, ellos manejan un código que estás atendiendo una persona con VIH. La persona que me iba a sacar sangre, imagino que sería un practicante, se sorprendió y estaba temblando al atenderme. Se puso tan nervioso, que al poner la jeringa mi sangre empezó a chorrear. Esa persona no sabía qué hacer. Fue bastante duro”, recuerda.

Estuvo casi un año en tratamiento, hasta que decidieron hacerle nuevamente la prueba de Elisa, que es aquella que detecta el VIH en el organismo: “Me llegaron a dar la buena noticia de que era negativo. Me chocó tanto que ni siquiera quise celebrar. Tenía miedo de que no fuera verdad”. Con ello, Tiffany se dio cuenta de que estas pruebas no garantizan un resultado 100% certero. Recibió tratamiento contra el VIH sin tenerlo.

El derecho a la salud y acceso a la información todavía están reservados para pocas personas. Alexandra Tapia es promotora de salud del programa TARGA (siglas de terapia antirretroviral de gran actividad). A través de ese programa se brinda, de manera gratuita, medicina antirretroviral a hombres y mujeres VIH positivos. Es gracias a TARGA que Alexandra, en Puerto Maldonado, Madre de Dios, ha podido realizar orientación y psicología. También se apoyan de la Dirección de Protección Especial del Ministerio de la Mujer. “Con ellos tenemos varios casos”, apunta.

Dar medicinas es un trabajo complejo y extenso que, en teoría, le corresponde al Estado, específicamente al Ministerio de Salud. Así lo explica Marlon Castillo, representante de Givar – Grupo Impulsor de Vigilancia del Abastecimiento de Antirretrovirales: “El personal que hace ese tipo de trabajos en algún momento hace otro tipo de actividades. Como les pagan algunas movilidades por hacer ese trabajo, la gente cree que es del Ministerio de Salud y que tiene que hacer otras gestiones que no están escritas en su funcionamiento”.

Alexandra también tiene un grupo independiente conformado por pacientes VIH positivos del Hospital Santa Rosa de Puerto Maldonado. Muchos de ellos tienen temor de que personas cercanas se enteren y divulguen su situación: “Trabajamos para que les puedan brindar consejería y orientación a los antiguos y a los que están ingresando. Hacemos actividades para un fondo en caso queden niños huérfanos. Nadie nos apoya”.

En el Hospital Santa Rosa de Puerto Maldonado, Madre de Dios, Alexandra Tapia es promotora de salud del programa TARGA.

Hay otras personas solidarias que también hacen un cambio en la selva peruana, desde su propio testimonio de vida: Silvia Barbarán se convirtió en toda una referente de la lucha contra el VIH en Iquitos, capital de Loreto, desde los primeros años de la década del 2000. El 2001 ingresó al Seguro Social por dificultades en su salud. Allí le diagnosticaron VIH:  

“Pasé un proceso de enfermedad emocional doloroso porque tenía muchos malestares. Estuve en estadío sida en el 50% de mis defensas. Era bajísimo”, recuerda. En ese momento, el tratamiento para el VIH solo se daba en Lima, poniendo como prioridad a las personas que viven en la capital peruana. “Ya no querían gente de provincia. Mi familia luchaba para llevarme a Lima. Los del seguro social no querían. Hasta que lo logré. Me aceptaron. Era como ‘el sacarse la lotería para la gente de provincia’”, enfatiza.

Ese mismo año, en noviembre, Silvia decidió dar a conocer su caso en una conferencia de prensa: “No quería que les pase a otras personas lo que me estaba pasando a mí, por desconocimiento o desinformación de no tener de repente el cuidado adecuado”. Pese a compartir su mensaje, la discriminación y estigmatización seguían presentes. 

Después, organismos nacionales comenzaron a invitarla a formar redes para luchar por el tratamiento. También iba a colegios y trató de formar una organización, llamada Lazos de Vida. Llamó a más personas VIH positivas con quienes organizaba reuniones y consiguió ayuda de médicos, enfermeras y estudiantes. Con ellos se plantearon la tarea de que sus compañeros tuvieran al menos atención médica. En aquel tiempo, en Perú se disponía de atención solo paga para pacientes VIH positivos y sida: “Yo sí tenía tratamiento, pero los que estaban a mi lado, no”, afirma. 

Como era visible, la llevaban a Lima para hacer plantones y marchas. Hacía activismo. Pronto, su perseverancia y la de sus compañeros tuvo frutos: en 2004 lograron que el Fondo Mundial aceptara la propuesta de Perú para que el Estado incorporara el tratamiento antirretroviral gratuito en todo el país, adoptando la medida también (aunque en diferentes años) países como Argentina, México, Uruguay, Cuba, Ecuador, Nicaragua Paraguay, Bolivia, Panamá, República Dominicana y Brasil. En Perú, Silvia y sus compañeros fueron los primeros en recibirlo. 

Con un equipo más sólido, continuó haciendo labor social: apoyó a enfermos de VIH / SIDA en hospitales, iba a los domicilios a dar el soporte emocional y hablaba con sus familias. Después de años de charlas de prevención y activismo, observó que estaban naciendo niños con VIH en las provincias de Iquitos: “Morían allá porque en realidad no había atención”. De esa manera, en 2007 comenzó a gestar un hogar para los menores de edad y sus madres. “Venían las mujeres por referencia. Las obstetrices de las diferentes zonas conocían del hogar y las mandaban. Comenzamos a atender a gestantes que venían para la cesárea. Estaban acá 20 o 25 días y luego ya regresaban con su tratamiento y su bebé a su zona de origen. La tarea es darle una atención integral a todos estos niños, alimentación y educación”, asegura. Así inició Lacitos de luz.

Fachada de la casa-hogar Lacitos de Luz, ubicada en Iquitos, Loreto, Perú. Foto: Silvia Barbarán.

Partiendo de su experiencia, Silvia desea que personas jóvenes que viven en el hogar se empoderen y sigan su ejemplo, como Wendy: “Ella se ha criado prácticamente en Benjamin Constant, en la zona de Brasil. Está acá desde que tiene 11 años. Estaba motivada como lideresa porque yo le decía: ‘Mira, ya tengo muchos años en esto. Es tu turno’. Ahora está abocada estudiando enfermería. Como es joven, le dije que todavía tiene tiempo para el activismo”, menciona. 

Se necesita valor: “Las mujeres necesitan de la fuerza, primero, para empoderarse y entender que tenemos derechos. A partir de ahí seguimos peleando por esa igualdad que está, muchas veces, en las constituciones nacionales, pero en la práctica no”, afirma Mirta Ruiz, secretaria del Movimiento Latinoamericano y del Caribe de Mujeres Positivas.

La contención emocional también es necesaria, venga de donde venga. Para Jeiser Suarez es así. En su programa de radio Axenon Ikanwe, aborda el VIH desde diferentes enfoques. Mujeres shipibas le escriben por redes sociales o le llaman para contarle sus casos. Escriben o preguntan por ‘una amiga cercana que tiene VIH’: “Yo sé que no es la amiga, sino la misma persona. Yo con mucha amabilidad les digo ‘¿dónde puedo visitarte para poder conversar y entregar algunos materiales o folletos para más información?”. Por ello, ha podido conocer las diferentes realidades que estas mujeres enfrentan.

Jeiser tiene una familiar con VIH positivo: “Yo tengo una señora que tiene casi 60 años, es shipiba y tiene VIH. Ella está muy informada. Para mí es una líder. Si el espacio en el sistema peruano diera oportunidades a que los líderes natos con unas enfermedades, se empoderen bien y ellas compartieran la información, sería otra cosa. Necesitamos escucharlas, empoderarlas para que sean educadoras de pares”. 

Sin embargo, también hay pacientes que se rinden y abandonan el tratamiento: “Hace poco, una señora con VIH estuvo a punto de decir ‘Hasta acá no más’, si nosotros no la hubiésemos ayudado. Aparte de que no habla bien el castellano, tenía dificultades económicas. Para mí ha sido muy triste”, recuerda Jeiser. El virus puede atacar a todos por igual, pero no todos tienen las mismas fuerzas para sobrellevarlo. Los factores psicológicos y emocionales no deben ser subestimados, ya que generan una afectación adicional en las personas con VIH.

Alexandra Tapia también es consciente de que hay pacientes que se rinden y abandonan el tratamiento y que necesitan apoyo psicológico. Por ello brinda contención emocional a las mujeres VIH positivas, sobre todo aquellas que se encuentran dentro de la población activa para trabajar:

“Cuando ellos quieren postular a una oficina o una entidad pública del Estado o particular, les piden los exámenes médicos. Muchos tienen temor. Por ello lo abandonan. Si en el control sale positivo, no lo van a obtener. A muchos del programa los han botado del trabajo por esa razón. Yo les digo: ‘Oye, si alguien te bota por tu diagnóstico, hacemos esto, tenemos leyes que nos protegen’ pero ellas y ellos tienen temor de que se enteren todos. Por eso tiene que ser un trabajo individual para que se puedan sostener, no un trabajo en una oficina o para el Estado”. Añade que, aunque ella les explica que hay derechos que les corresponden, a veces el miedo puede más. 

Por esta razón, muchas optan por el silencio: “Cuando no conocen las leyes que las amparan y no las empoderamos, va a ser muy muy difícil que estas mujeres salgan y digan que tienen VIH a reclamar sus derechos”, reflexiona Jeiser. 

El costo económico de vivir con VIH

La economía de las mujeres VIH positivas en la selva tiene un impacto determinante en su modo de vida. Activistas, voluntarios y organizaciones se hacen cargo del trabajo que debería nacer del Estado frente a esta situación.

“Yo perdí mi trabajo porque no podía ir al local. Cuando dijeron que algunos iremos de forma presencial, y comentaron que yo era una persona vulnerable, que no podía ir a trabajar, me anularon el contrato”, cuenta Gisela Correa, una de las entrevistadas de este reportaje. Lamentablemente, el suyo no es un hecho aislado.

Activistas, voluntarios y organizaciones apoyan la prevención y tratamiento de las personas con VIH. Foto: Gisela Correa

Los años de activismo le han servido de experiencia a Silvia Barbarán, fundadora y directora de la casa hogar Lacitos de luz, para gestionar la atención que brinda a mujeres y niños con VIH positivo en Iquitos. Lo que Silvia busca es que sus integrantes tengan una carrera académica o técnica, y que puedan dejar el hogar siendo profesionales: “Ya han salido dos, una chef y una administradora. Ahora tengo tres que están comenzando sus carreras. La idea es que vayan con una carrera técnica corta para que ellas puedan valerse”. 

Asimismo, y pese a que no les brinda refugio, al ser el lugar todavía pequeño, Silvia  apoya con canastas de víveres a más de 50 familias VIH positivas de bajas condiciones económicas. En esta época escolar, también brinda kits básicos de útiles para el colegio y comenta que ha observado situaciones que le preocupan en cuanto a educación sexual y planificación familiar:

“Enseñar a las mujeres lo que es la planificación, mayormente no en el centro, sino en las zonas apartadas, en la periferia de la ciudad”. 

Por su parte, Alexandra Tapia ha buscado apoyo económico para hombres y mujeres VIH positivos en la municipalidad de Madre de Dios: “Hemos presentado un documento al municipio del cual nos están brindando un apoyo cada tres meses, pero no es suficiente”, señala, refiriéndose a la solicitud de apoyo para los pacientes VIH del Hospital Santa Rosa. 

Son mil personas las que reciben tratamiento, pero los que están en espera por exámenes son 200 a 300. “Solamente nos dan alimentos. Nos mandan apoyo cada tres meses, pero solo una porción, que es lo mínimo, como para 20 personas. Pueden ser víveres: 10 kilos de arroz, a veces 15, pero no más. También algunas otras pequeñas cositas. De una ración tengo que dividir para dos. No es para todos, porque algunos trabajan, es para los que necesitan”, comenta. De esta manera, desean evitar que los pacientes caigan en la indigencia o dependan de un tercero para salir adelante. 

Al igual que Silvia, Alexandra también ve por madres de familia e hijos: “Si mamá fallece, ¿con quién queda el niño? ¿Qué hacemos?. A veces sus familiares no quieren tenerlo”, menciona. Debido a su trabajo, en cercanía con las Unidades de Protección Especial – UPE del Ministerio de la Mujer, acude a ellas para que se encarguen de los menores de edad. “Se los llevan a un albergue, a las justas. Quisiéramos tener una ONG que nos apoye con comida”, reclama. Pero, ¿cómo sostiene económicamente el paciente su tratamiento? ¿Qué pasa con aquellos que no están en el Sistema Integral de Salud (SIS)? 

“Va a seguir siendo un limitante”, comenta Mayra Saavedra: “el equipo médico no está en cualquier lugar alojado y en donde se realiza este tratamiento solo hay a nivel hospital. Es el personal de salud quien solicita a su cabecera de red correspondiente la identificación de estas personas para el tratamiento correspondiente”. Es importante recalcar que esto se realiza bajo el esquema de identificación binaria de hombre – mujer, lo que discrimina la diversidad de género.  

El problema es la sostenibilidad de estos tratamientos. Ahí va, nuevamente, la deficiencia: “Influye la dispersión, geografía, pobreza, vas tú o voy yo, cómo yo dejo mi servicio de salud por una persona hasta esa comunidad. Allí va el trabajo articulado con los agentes comunitarios, hay varias cosas aún que siguen en proceso. Para el VIH funciona más la medida preventiva, que el tratamiento continuo” concluye Mayra. 

EL VIH en la selva peruana durante el Covid 19

Esto también se vio reflejado en los casos de VIH cuando se sumaron a otras enfermedades como la COVID: “El tema fue COVID y nada más. No había personas con VIH con COVID, personas con tuberculosis con COVID, personas con cáncer con COVID, no. Era COVID y punto. Ahorita no se sabe cuántas de las personas con VIH se han muerto, por ejemplo con COVID”, afirma Jeiser Suárez. 

“Enhorabuena tengo el seguro ESSALUD. El año pasado tuve COVID y después he tenido muchas crisis de asma. Por ello he usado tratamientos agresivos que me pusieron a la vena una semana, todos los días corticoides y antibióticos. Eso afectó la fortaleza en mis articulaciones, en las piernas y en los brazos. Me he caído varias veces. No la pasé muy bien, porque cuando me caigo o me hiero no puedo tomar medicamentos para el dolor porque afectan el hígado. No porque yo decidiera no tomarlos, sino que empiezo a vomitar. Termino en el hospital y me ponen suero. Estos siete meses han sido difíciles” reconoce Gisela Correa. Ella espera que de aquí en adelante pueda mejorar. Si Gisela no tuviese dicho seguro, tendría que correr con los gastos del tratamiento y/o los medicamentos que consume.

Gisela Correa recibe atención en el Hospital III Iquitos de Essalud Loreto, Perú. Foto: Gisela Correa

Además de ser VIH positivo, Gisela es activista. Desarrolla diversas actividades de prevención y brinda ayuda a personas VIH positivas en Loreto. “La pandemia fue terrible y (con sus compañeras) casi que nos desarticulamos. Cada uno está tratando de salir de esta situación”, asegura.

Gisela y diversos activistas y pacientes con VIH en Loreto se reúnen para elegir a las personas que los representarán ante la Conamusa (Coordinadora Nacional Multisectorial en Salud). Con ello, pueden monitorear los recursos que llegan del Fondo Mundial para apoyar en la prevención y tratamiento de VIH en el país. Foto: Gisela Correa

Ante esta situación, Mirta Ruiz, representante del Movimiento Latinoamericano y del Caribe de Mujeres Positivas, es directa: “La empresa piensa que los activistas vivimos del aire que por ser activistas, no. Uno tiene que cobrar. Siempre pasa con las agencias de cooperación, que no reconocen el trabajo de las bases, cuando son precisamente las experiencias en el campo las que generan propuestas”.

Debido a que el VIH debilita los sistemas de defensa contra las infecciones, Gisela tiene diversos problemas de salud. Necesita que le atienda, además del infectólogo, el endocrinólogo, el cardiólogo y el neumólogo. Este es su itinerario de medicamentos de manera diaria:

“A partir de las seis empiezo a tomar tratamiento porque también tengo un diagnóstico de hipotiroidismo. A la hora tomo la medicina de protector gástrico, luego medicamentos para el hígado. Consumo mis alimentos y de allí los medicamentos para la gastritis y los del TARGA. Todo mi día más o menos tengo que ser ordenada porque hay medicamentos que hay que tomar con comidas para ingerirlos, porque producen alteraciones al estómago”. Sus citas en el hospital son muy seguidas: “Puedo tener en una semana dos o tres citas médicas. Ahora estoy más o menos bien”, asegura. 

Ante estas necesidades de cuidar la salud, la medicación es indispensable. Casos como el de Gisela se pueden repetir en mujeres con VIH positivo en toda la selva peruana. ¿Pero qué sucede si no llega el tratamiento requerido al centro de salud? ¿Qué pasa si reducen el presupuesto nacional para el tratamiento de personas con VIH?

El 2021, el Poder Ejecutivo peruano acordó reducir, para este 2022, el 45% del presupuesto destinado al VIH. En total son 128 millones de soles (casi 34 millones de dólares) menos que en  2021. “Nos preocupa qué va a tener que hacer el país para hacer los diagnósticos que son necesarios y cómo vamos a hacer para poder lograr para 2025 la meta 95-95-95 que se propone desde la Organización Mundial de la Salud. El Perú se ha comprometido a responder para alcanzarla”, dice Julia Campos, integrante de la Coordinadora Nacional Multisectorial en Salud (CONAMUSA) para el medio web Conexión Vida. Pese a que se tiene esta responsabilidad, el acuerdo sigue vigente.

Al ser preguntada sobre esta disminución de presupuesto, Mayra Saavedra respondió: “Hasta la misma región se vio obligada a desatender esto porque todos volteamos la vista hacia COVID. No podía pensar en VIH en ese momento. Tenías a la gente haciendo cola en los hospitales muriéndose en las mismas colas por COVID. No olvidemos también que hemos tenido un escenario que probablemente pensamos verlo en algún momento”.

Para la representante del Ministerio de Salud en Ucayali, el nivel de atención de COVID fue superior al de VIH: “No podía ponerme a ver VIH, que no es de muerte inmediata, dejando de ver COVID. No podías voltear la vista a mirar VIH cuando tenías gente muriéndose en tres o cuatro días y necesitando una cama UCI. Lamentablemente, no podría poner el sobrepeso a VIH al mismo nivel de COVID, porque este estaba muy alto”. Para la licenciada, han sido escenarios diferentes. 

Esta respuesta fue replicada a Marlon Castillo, representante de Givar, quien respondió:  “No hay justificación alguna para priorizar la vida de nadie. No es que porque tienes COVID tu vida es menos que las personas con VIH o lo contrario. Creo que lo que ha habido aquí ha sido un claro reflejo del mal sistema de salud que tenemos. Ha dejado entrever que no estamos preparados para afrontar un episodio como el que hemos vivido con la COVID”. 

Como parte de la labor de Givar, ellos recogen, a través de su número de celular, redes sociales o aplicación, las denuncias de pacientes VIH positivos en todo el Perú. Aquellas quejas hacia la demora de antirretrovirales y pruebas rápidas de VIH fueron las más recibidas. “Hubo deficiencias en la llegada de los medicamentos por problemas de transporte.  El tema geográfico es una de las principales barreras en la selva, además del internet y de la conectividad en la zona. Hemos hecho hincapié al Ministerio de Salud y a EsSalud a que provisionen de manera oportuna los medicamentos” dijo Marlon.

Además, el Ministerio se comprometió a entregar medicamentos a las personas VIH positivas, por lo menos para tres meses. Con ello, los pacientes evitaban ir al hospital y tener algún contagio: “No ha ocurrido en realidad. Esta norma, ya de por sí, tenía una especie de trampa. Decía que te dan tres meses de acuerdo a la disponibilidad de los medicamentos, entonces siempre no hay disponibilidad”, enfatizó Marlon. Es decir que la escasez de medicamentos se acentuó sobre todo en la pandemia. 

Marlon también se mostró preocupado por la posible resistencia que esto podría generar: “Van a ver personas que requieran productos mucho más costosos o no disponibles en el mercado local y con el peligro de las hospitalizaciones. Puede haber personas con VIH que dejan de tomar el tratamiento por un periodo prolongado y luego retoman ese medicamento o esas mismas terapias y va a llegar un momento en donde van a hacer resistencia. Yo he visto casos donde fallecen por abandonos a los tratamientos”, indica. 

Marlon agrega que el problema no solamente fue el tema de la provisión de medicamentos, sino también la falta de personal médico especializado para poder cambiar los esquemas de los pacientes, así como la transición de los tipos de seguros de salud durante la pandemia: “No había control de los tratamientos. Eso forma parte de un problema mayor que ha distorsionado la terapia médica de las personas con VIH de la selva. Además, hubo una desaceleración laboral, donde muchas personas tuvieron que ser despedidas. Teniendo un seguro que es de Essalud ahora tenías que irte al sistema del Ministerio de Salud. Es todo un problema porque cambiar de un sistema a otro hace que sea difícil obtener el tratamiento de manera inmediata”, comenta. 

No obstante, era necesario encontrar salidas, sobre todo para las poblaciones vulnerables, como son las mujeres y menores de edad. En ese proceso, y mientras velaba por las madres y niños de su albergue, Silvia Barbarán se dio cuenta de lo importante que es descentralizar el TARGA (terapia antirretroviral de gran actividad):

“El descentralizar, al menos en las capitales de provincias, para que las mujeres gestantes no estén viniendo a Iquitos con todas las complicaciones que eso conlleva. Muchas no pueden venir. Hablamos de muchas dificultades geográficas para las mujeres”, indica. 

Ella siempre tiene un plan ‘B’ por si el medicamento escasea en el hospital. 

El impacto de las problemáticas presentadas en la salud de mujeres VIH positivas en Loreto, Madre de Dios e Iquitos, probablemente no lo veamos ahora. Quizá aparezcan en uno o dos años más, cuando las personas con VIH hagan resistencia por no haber tomado sus medicamentos a tiempo, por haber estado sin tratamiento o sin controles periódicos, o tener cambios de esquemas de manera repentina. Mientras tanto, Gisela sigue manteniendo su sonrisa y optimismo. Ahora labora como docente en una universidad. Reconoce que la paga no es mucha, pero se ajusta en sus gastos. Pase lo que pase, rendirse no es una opción. 

Angelina Medina, la historiadora de la salsa en el Perú

Angelina Medina, la historiadora de la salsa en el Perú

Por Zoila Antonio

¡(Mujeres) presentes!: Angelina mostrando el afiche del concierto de la Fania All Stars realizado en Lima, Perú, 2012. 
Foto: Intervención de La Antígona.

Su vida estuvo marcada de casualidades y atrevimientos, pero, sobre todo, de salsa. Angelina Medina (Lima,1973) no fue una niña que siguió la música que estaba de moda entre sus amigos: con tan sólo tres años, este movimiento musical – como ella lo define – la atrapó a poco de irse a dormir. A los seis empezó a descubrir más del género que su papá rechazaba y a los trece años fue a cuatro de las cinco noches de concierto que Héctor Lavoe, ‘El cantante de los cantantes’, dio en Lima. Ahora, entre su negocio de vinilos, una radio web propia y su investigación sobre ‘La tigresa de la salsa’, Lita Branda, Angelina recuerda los sucesos que la identifican como historiadora de la salsa en el Perú entre una gran cantidad de hombres que lo investigan y difunden. Nadie le quita lo bailado.

“Fue un flechazo”, así define Angelina su encuentro con la salsa. En Jirón Antonio Raimondi, entre los distritos limeños de Cercado de Lima y La Victoria, 1976, las fiestas eran recurrentes, así como la música a todo volumen, el baile y el alcohol. El Gran Combo de Puerto Rico, la Sonora Matancera y Dimensión Latina eran grupos que sonaban en los parlantes de los vecinos. 

El ritmo también llegaba a las ventanas de la habitación de Angelina. El sonido se hacía más claro de madrugada, cuando estaba a punto de descansar, lo que no pasó desapercibido.  “Estaban escuchando un tema de Dimensión Latina con Óscar D’León. Me llamó la atención el sabor y el swing del tema. Hubo química. Yo estaba descansando, era muy pequeña. Esa fue la primera vez que escuché salsa”, afirma. Descubrirla fue muy casual.

De ti depende 

Su mamá prefería música criolla y su papá la folklórica y las cumbias. La música la rodeaba, pero no con aquellos géneros con los que simpatiza. No conoció los gustos musicales de sus abuelos. Ambos migraron a Lima. Su abuelo, proveniente del norte del Perú, falleció en un accidente cuando su mamá tenía 15 años, mientras que su abuela, nacida en Tarapacá, antes de pasar a territorio chileno debido a la guerra que hubo con el país vecino, falleció de diabetes meses antes de que Angelina naciera. Pero no es hija única. Tiempo después llega su hermano. Al ser una persona con habilidades diferentes, su mamá decide pasar más tiempo con él. 

Tocaba ir con ellos a reuniones de amistades o familiares. Es ahí donde, además de los grupos que constantemente escuchaban sus vecinos, se suma un artista que también marcaría su vida y su interés por la salsa: Héctor Lavoe. Allí también descubre un elemento que la conecta con el mundo salsero: los vinilos. Angelina ya empezaba a leer, lo que le permitió conocer más. “Iba asociando entre el ritmo y la melodía, memorizaba los nombres, asociaba canciones, el nombre del disco o del músico. Empiezo a buscar más”, señala. 

La vida le seguía dando sorpresas. “Pedro Navaja”, canción incluida en el álbum Siembra (1978) fue una de ellas. Los gestores de esta producción, el dúo conformado por Willie Colón y Rubén Blades, habían impresionado a Angelina de cinco años de edad. “Se me quedó grabado el disco y las canciones. Fui teniendo una playlist en mi mente”, asegura.

Otro tema que le impactó fue “Plástico”. “Me estaba acercando más por el gusto hacia el arreglo musical. Para mí era muy elaborado. No era algo simple, yo lo percibía así”. Angelina empieza a buscar más. Comenzaba a asociar con  otras producciones. “Ah este disco con este artista. Ya sabía leer. Tenía 5 años”. 

A los seis, se preguntaba qué otros artistas había por descubrir. La radio de la casa pasó a ser suya: a buscar, buscar, buscar. Un día la prendió, sin saber que su conexión con este aparato sería para siempre. 

Maestra vida 

El contador y abogado Luis Delgado Aparicio (1940-2015), más conocido como ‘Saravá’ es quien nos daba la bienvenida a uno de los programas que fue uno de los más populares en la onda radial: Maestra Vida. A los ocho años, la casualidad, nuevamente, permitió que este programa, transmitido primero por Radio Miraflores y luego por Radiomar, se convierta en la escuela musical de Angelina. 

Sonido Latino del productor radial y empresario Hugo Abele (1964-2014) fue otro programa radial importante para Angelina. Fue transmitido por Radio América. “Lo escuché a mis 10 años. Me marcó musicalmente y para siempre. Como sea escuchaba su programa. Era mágico. Hugo tenía la particularidad de poner grabaciones en vivo de presentaciones de las orquestas. En ese tiempo era un lujo. Escuchar a Héctor Lavoe con su orquesta en una presentación de meses o semanas antes era, wow, actualizarme”, indicó. 

El programa daba los días de semana, luego pasó a un horario que se convirtió en un clásico: los sábados desde las 11 hasta las 2 de la mañana. No obstante, esto no le gustó a su padre. “No quería que escuchara. ‘¿Qué haces escuchando esto?’, me decía. Yo tenía que escaparme a una parte de la casa para atender el programa. Son sus errores, no tenía por qué afectarme. Mi mamá sí me entendía”, indicó. Ya en la secundaria, Angelina era la salsera. “Era el ‘bicho raro’: las chicas estaban en el rock en español, Madonna o Michael Jackson”, señala. 

A los 13 años llegaría su primer concierto. Fueron cinco en total para ver a “El Jibarito de Ponce”: Héctor Lavoe. Este se realizaría en La Feria Del Hogar. Era 1986. “Acompañado de su orquesta, dirigida por el pianista Joe Torres, tuvo seis presentaciones en El Gran Estelar, donde encandiló al público con temas como La fama, Periódico de ayer, Rompe Saraguey, El rey de la puntualidad, entre otros”. Lavoe se había convertido en su ídolo.

“Ya habían llegado a Lima Celia Cruz, Oscar D’León, Cheo Feliciano e Ismael Miranda, pero faltaba el más representativo de todos, el más popular: Héctor Lavoe. No fue fácil traerlo. Dije ‘Voy a verlo, quiero verlo’. Juntando mis propinas, le dije a mi mamá: ‘Te ruego, acompáñame, no puedo ir sola, no me van a dejar entrar’. Al final me acompañó con mi hermano”, afirma. Llegó a ir a partir del segundo día. “Me las ingenié. Mi mamá me acompañó una vez, a la otra fui con otro familiar y así. Como eran varias entradas, y ya no tenía de propina, me hice pasar por un año menos y entré. Lo vi y fue increíble. Todos cantando, viendo a Héctor. Fue una impresión fuerte”, declara.

Al año siguiente, 1987, ella vuelve a La feria del hogar para ver a Celia Cruz con Tito Puente. “Fue el lugar donde se presentaban los grupos no sólo de salsa, sino de merengue, rock en español hasta de pop. Fue el centro de atracciones más importante de Lima y el país, en esa época”, recuerda. En 1990 pudo ver a Eddie Palmieri, su otro gran ídolo. Para ello, tuvo que escapar de casa. Su papá no quería. Angelina tenía 17 años. “Es una oportunidad que no quería perder”, asegura. Por otro lado, su mamá era más condescendiente. “Ya estaba empezando a coleccionar (vinilos) y ella me ayudaba a conseguir contactos por mi barrio para comprarlos”. Inclusive, la acompañaba a las disco tiendas, donde pudo encontrar y comprar sus primeros vinilos de 45 RPM, LPs y cassettes.

Salsa picante 

“Este es un nuevo ciclo. Es un programa que va a llenar mis expectativas musicales”,  comenta Angelina. Era 1989. En la radio, la salsa sensual comenzaba a sonar, así como el programa del difusor del latin jazz y salsa Roy Rivasplata, llamado Salsa Picante. “Ponía latin jazz, salsa tradicional, todo lo que a mi me gustaba”, comenta Angelina. Ese mismo año, escucha a otro gran difusor de la salsa en el Perú: Walter Rentería. Su programa Pueblo Latino también marcaba la pauta en la radio y en la salsa peruana. “Le envío una carta. Él la leyó en Pueblo Latino. Saliendo del colegio me atrevo a ir a su programa y agradecerle. Es la primera vez que conozco a  un difusor directamente y a melómanos”. 

Uno de estos amigos le menciona sobre Roy. “‘¿Lo conoces? ¿Y no te atreves a llamarlo?’, me dicen. Me dan su número. Después de un tiempo pensándolo, me atrevo a llamarlo. Él me escuchó y se sorprendió, pensó que era una broma”, cuenta. Ella le hablaba sobre lo que sabía de salsa. Poco tiempo después, Angelina decide ir a la estación donde se graba Salsa Picante. Ahí se encuentra cara a cara con Roy. “Se mató de la risa, nunca me voy a olvidar. Me dijo: ¿Qué hace una chica hablándome todo esto?”. Ahí hago amistad con él”, recuerda. De 1991 a 1994, la presencia de Angelina en la radio fue constante. En esa cabina, pudo interactuar con melómanos que también iban a la radio. Uno de ellos se convertiría en su esposo, Roosevelt Carpio. 

Fue ahí donde, también, conoció a Luis Delgado Aparicio en persona. “Yo gano (un concurso de Salsa Picante) y mando una lista de 10 canciones para programar una hora. Llamé al programa para agradecerle. Hablé como lora sobre la música. A los días, Roy me dice ‘Angelina, el doctor Luis Delgado Aparicio te quiere conocer, le ha gustado como has hablado”, comenta. Roy invita a ‘Savará’ a realizar un especial con la música que ponía en Maestra Vida. Ese fue el día en que se vieron.

Qué viva la música: Roy Rivasplata (saco gris) con Angelina de 19 años y el doctor Luis Delgado Aparicio ‘Saravá’ (de blanco) en la cabina de Radio Antena Uno, 1992

El respeto y agradecimiento fue mutuo. “Siempre hablaba algo de mí que me quedaba sorprendida. Es mi maestro, es muy especial. Igual con Hugo (Abele). Me impulsaron mucho, me abrieron todo un mundo, a conocer el ambiente, crecer y visibilizarme”, menciona. Asimismo, entre asistencias a conversatorios, recortes de periódicos y apuntes, fue su manera empírica de ir empezando en la investigación. 

También conoció a los músicos de los que había leído, escuchado y hablado. Inclusive, entabló amistad. Roosevelt se convierte en el nexo. “Ahí es cuando conozco personalmente a Tito Puente, Larry Harlow y otros músicos que se vuelven amigos nuestros. Cuando teníamos una grabadora, registramos conversaciones y hacíamos preguntas. Incluso, uno de ellos, el bajista de Hector Lavoe y director musical de Gilberto Santarrosa, Johnny Torres, es padrino de nuestro hijo”, afirma.

En 1998 Angelina decide dejar por un tiempo la salsa. Nace su hijo. Debido a tener habilidades diferentes, ella se dedica a brindarle los cuidados requeridos. No obstante, sí había ocasiones especiales, como El festival del Callao, donde acudía en familia. “Desde 1999 hasta 2004 íbamos a saludar a los músicos o por un autógrafo o conversación”. Allí fue donde conoció y habló con Cheo Feliciano. Para ella y su familia es innato hablar de salsa, mientras que la investigación, implícitamente, seguía. “Yo vuelvo con fuerza (a la investigación) el 2003. Lo extrañaba. Además estaba más preparada, porque constantemente leía y me informaba”, indica. Se acercaba una invitación que no podía rechazar.

Herencia rumbera

Con más disponibilidad, Angelina y Roosevelt van nuevamente a las radios para reencontrarse con músicos, melómanos y, ahora, amigos. Asimismo, Luis Delgado Aparicio les pide que lo visiten en su programa para proponerle a Angelina un gran reto. “Tuvo la idea de presentar mensualmente a un melómano. Me convoca. Iba a hablar tres horas de música con él, a presentar canciones y dar información, que es vital. Ahí empieza una interacción más profesional con la música”, apunta. Se preparó con meses de anticipación. No podía dejar pasar la oportunidad. 

Así fue consiguiendo más libros, publicaciones y CD ‘s. Además, durante esos años acudía a conciertos, reuniones de colectivos de salsa y de melómanos, donde presentaciones y música inédita alimentaban su saber. Internet también ayudó mucho. Era asidua usuaria de páginas de salsa y música del caribe, así como lectora de artículos de gente de otros países. Su aprendizaje crecía.

Ahora vengo yo: Angelina poniendo un LP durante un encuentro de coleccionistas de la salsa, 2014

En 2013, el dueño de una radio web y también amigo le invita a tener su propio programa. “Yo sentía que no era el momento. Me fue insistiendo y acepté”, revela. Otro amigo, esta vez de Colombia, le invita a tener otro programa de radio. También estaba dubitativa, pero asumió el reto. “Dije voy a aprender con todos los años de haber escuchado a maestros”, comenta. Para Lima estuvo más de un año en la radio Salseros y punto, y en Bogotá, por siete años, para la radio Ciudad Salsera.

En octubre del 2015, su esposo y un amigo la animan a hacer una radio propia. Roosevelt y ella codirigen la emisora hasta la actualidad. Sus compañeros melómanos también la complementan. El nombre: Herencia rumbera. “La radio tiene un concepto de difundir música que no se escucha en medios masivos peruanos y difundir la historia de los artistas y grabaciones. Lo hemos complementado con la página web”, apunta. 

Definitivamente, una cosa es ser melómana y coleccionista, y otra es manejar una radio y sitio web. Hay amor por la música, pero los ingresos no son seguros. Asimismo, colabora una vez al mes para La Troja Radio de Barranquilla, Colombia, y para Radio Gladys Palmera de España. Ahora también se encarga de la venta de CD’s y vinilos sobre salsa dura y música cubana. Es su emprendimiento. “Yo soy maestra de educación inicial, pero desde hace tiempo no lo ejerzo, me quedo en casa por mi hijo. Mi esposo trabaja”, comenta. En casa, la investigación sigue, aunque es consciente de que, dentro de la historiografía y melomanía salsera peruana, las mujeres se cuentan con los dedos. “Tuve que lidiar mucho, porque no encontraba compañeras. La mayoría son varones”, indica. 

Actualmente también se encuentra estudiando y buscando sobre el impacto de la cantante Lita Branda, “La tigresa de la salsa”, en el país. A Lita se le conoce por ser la hermana de Pablo Villanueva, ‘Melcochita’ un cómico vigente hasta el día de hoy. Pero ella es más que eso. “Ella viene de los 50. Se inició como percusionista. Estaba en una agrupación sólo de mujeres llamada Daniela y sus magníficas. Duró poco tiempo porque no estaba bien visto que mujeres jóvenes toquen. Luego viaja a Estados Unidos”. Ahí, Lita se junta con la crema innata de la salsa de Nueva York. “Graba (tres producciones) con músicos neoyorquinos, puertorriqueños y cubanos. A mí parecer, no tengo conocimiento de otra cantante peruana que haya hecho eso”, señala Angelina.

Ella está convencida de que la salsa no es un ritmo o género musical. “La salsa se gesta en Nueva York, pero tiene todo un proceso que se forma en la década de los 70. Los músicos de Cuba, que van llegando a Estados Unidos interactúan con sus pares puertorriqueños, latinos y judíos, van conociendo y fusionando con el jazz, la música afroamericana, puertorriqueña y brasileña. No es un ritmo creado, no tiene una estructura propia. Rápidamente se va masificando en otras partes del mundo como Venezuela, Perú, Colombia y obviamente Puerto Rico. Por eso se le dice un movimiento”, asegura. “Las letras hablan del barrio, de la calle, de la realidad, de los inmigrantes, así se va forjando”, afirma. Lo tiene claro: en la salsa se mezclan vivencias, culturas y sonidos. Ella sigue bailando y aprendiendo. La salsa ya no se escucha a escondidas o a través de la ventana y por los vecinos. Ahora es la maestra. 

“Te matan, te secuestran, te violan”: víctimas de trata denuncian los peligros que corren en México

“Te matan, te secuestran, te violan”: víctimas de trata denuncian los peligros que corren en México

Por Albinson Linares para Telemundo

Foto: Intervención La Antígona

El 30 de julio es el día mundial contra la trata de personas. El Gobierno mexicano identificó 744 víctimas de trata en 2021, según datos oficiales. En los primeros tres meses de 2022 se reportaron 36 casos. Activistas aseguran que las cifras reales son mucho mayores.

Valeria Montes dice que salió de Tegucigalpa a principios de marzo para cumplir su sueño de trabajar en Estados Unidos y estudiar derecho. Su tía, que vive en Florida, le pagó 4,000 dólares a un coyote para que la cruzara hacia territorio estadounidense, pero después de un viaje terrestre que duró varias semanas, el hombre dejó a la joven de 15 años tirada en una calle del estado mexicano de Puebla.

Entre largas caminatas y azarosos trayectos en taxis, camiones y autobuses hacinados de migrantes, la joven había recorrido más de 1,700 kilómetros.

“Es muy arriesgado y peligroso porque no sabes si vas a llegar viva o sin una pierna o un brazo. A veces te matan, te secuestran, te violan. En ese camino hay de todo”, afirma Montes desde un refugio de la Asociación Nacional contra la Trata Humana en la Sociedad (Anthus), una organización civil localizada en Puebla.

Durante su tránsito por territorio mexicano, Montes cayó en manos de una red de trata de personas que la aisló para que se prostituyera durante varias semanas de este año.

“Me pusieron como sexoservidora. Había varias personas que me controlaban mucho, los clientes incluso me llegaban a golpear. Fue muy horrible“, comenta con pánico, en conversación con Noticias Telemundo.

El caso de Montes, y el de otras personas que aceptaron compartir sus experiencias manteniendo el anonimato por temor a las represalias, forma parte del crecimiento sostenido que se registra en los delitos de trata en México.

Personas sobrevivientes de trata reciben clases en un salón de la sede de Anthus en Puebla, México, 28 de julio de 2022.
Personas sobrevivientes de trata reciben clases en un salón de la sede de Anthus en Puebla, México, 28 de julio de 2022.Mitzi Cuadra

Según la Organización de Naciones Unidas, todos los países del mundo registran casos de trata, y cada 30 de julio se celebra el día mundial contra la trata de personas para conmemorar a las víctimas que sufren este flagelo. En su último informe bianual, de 2020, la institución denunció que cerca de 50,000 personas fueron víctimas de trata en 148 países. 

“Se estima que al menos 25% de los casos son personas migrantes. Es altísimo, y hay víctimas que no están siendo detectadas”, afirma Mario Cordero, titular del Área de Crimen Organizado y Drogas de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por su sigla en inglés). 

Esta oficina ha detectado que más del 60% de las víctimas de trata de personas, en los últimos 15 años, han sido mujeres y niñas. La mayoría han sido traficadas con fines de explotación sexual.

Hace unos días, el Departamento de Estado publicó su Reporte sobre trata de personas, julio de 2022 en el que se resalta que “el Gobierno de México no cumple a cabalidad con los estándares mínimos para la eliminación de la trata”, aunque también reconoce que está implementando medidas importantes para alcanzar esa meta.

Organizaciones independientes como A21 han denunciado que México ocupa el tercer lugar mundial entre los países con las mayores tasas de delitos de trata de personas, solo superado por Tailandia y Camboya. Según datos oficiales, el Gobierno mexicano identificó 744 víctimas de trata en 2021, en comparación con las 673 registradas en 2020 y las 658 de 2019. Solo en los primeros tres meses de 2022, se reportaron 36 casos.

Sin embargo, las cifras varían dependiendo del periodo: de 2012 a 2017, la Comisión Nacional de Derechos Humanos identificó a 5,245 víctimas de los delitos en materia de trata de personas, siendo el 85% niñas y mujeres y el 15% niños y hombres.

La autoridad ya no está haciendo tantos operativos, sin eso yo no recibo víctimas. Pero el hecho de que yo no esté recibiendo tantas personas, no quiere decir que no haya víctimas (…) Es muy difícil saber qué tanto aumenta porque las usuarias que tenemos en el refugio son una minoría en comparación con las que son explotadas”, explica Mariana Wenzel, directora y cofundadora de Anthus.

Diversos expertos y activistas han señalado que los números oficiales no reflejan la gravedad de estas prácticas delictivas porque la cifra negra, es decir, los delitos que no se denuncian en el país, se ubica en un 93.3% y del diminuto porcentaje que sí se presenta ante las autoridades casi el 95% queda impune. 

Montes dice, con la voz quebrada, que nada la preparó para el infierno que vivió en Puebla, primero en un albergue oficial para personas migrantes del que tuvo que salir huyendo.

“Estuve medio mes retenida ahí, pero decidí irme porque no tenía acceso para hablar con mi familia (…) Me estaban amenazando de muerte, incluso a golpes y los oficiales me amenazaron con mi familia”, explica con nerviosismo.

“Me estaba desangrando”

El 29 de marzo, la joven salió del albergue y mientras deambulaba por las calles de Puebla, sin saber qué hacer porque no recibió ninguna orientación por parte de las autoridades, fue interceptada por unos hombres que estaban en una camioneta y le ofrecieron trabajo como mesera. Montes abordó el vehículo que la llevó hasta San Francisco Totimehuacan, una localidad ubicada a unos 10 kilómetros al sur de la ciudad.

“Tuve que tener relaciones sexuales con muchos, muchos clientes”

VALERIA MONTES SOBREVIVIENTE DE TRATA

“Allá una proxeneta me dijo que si quería preparar bebidas alcohólicas y lavar los vasos en el bar. Pero era otra cosa y tuve que tener relaciones sexuales con muchos, muchos clientes”, explica con tristeza.

Montes dice que logró salir porque un hombre se encaprichó en que quería acostarse con ella en un hotel y los tratantes tuvieron que llevarla hasta allá.

“Pero no entré, salí corriendo. Iba drogada porque sentía mucho dolor y estaba sangrando mucho, donde me sentaba dejaba sangre. Me llevaron a un hospital y estuve entre la vida y la muerte, porque me estaba desangrando por dentro”, dice horrorizada.

El informe estadounidense también señala que el Estado “fracasó” al momento de asignar recursos para un fondo de asistencia y reparación a las víctimas de trata, además recalca que los servicios generales de atención a las víctimas fueron inadecuados.

El Gobierno no mejoró los esfuerzos para detectar indicadores de trata entre poblaciones vulnerables y remitir a las posibles víctimas a los proveedores de servicios (refugios o albergues). Las prácticas de reclutamiento forzado continuaron siendo generalizadas, pero el Gobierno no tomó medidas para responsabilizar a los reclutadores”, afirman los investigadores.

Además, el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador aprobó una reforma fiscal que limita los donativos que las personas físicas les otorgan a las organizaciones de la sociedad civil. Activistas y voceros han dicho que esa medida pone en riesgo la subsistencia de más de 5,000 proyectos civiles.

“En el tema estatal no hemos recibido apoyo y eso que hay una ley general que le exige al Gobierno que si no tiene refugios debe apoyar a la sociedad civil que los tenga”, dice Wenzel y explica que, por los procesos burocráticos, este año su refugio duró siete meses sin unos recursos que recibe a través de un programa gubernamental.

Según cifras oficiales citadas en el informe del Departamento de Estado, solo tres organizaciones no gubernamentales que operan refugios para las víctimas de trata presentaron solicitudes de financiamiento y recibieron fondos de un programa gubernamental.

“A todas las organizaciones que hacíamos un trabajo serio y constante, nos retiraron todos los apoyos y ahorita estamos funcionando con lo mínimo. Hacemos muchos esfuerzos para dar conferencias, cursos y talleres para recabar fondos”, asevera Teresa Ulloa, directora de la Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe (CATWLAC, por su sigla en inglés). 

Los investigadores estadounidenses señalan que quienes se dedican al tráfico y la trata de personas explotan a víctimas, tanto nacionales como extranjeras, en México; pero también explotan a personas mexicanas en países del extranjero.

En 2021, los funcionarios consulares mexicanos identificaron y asistieron a 1,352 ciudadanos mexicanos que se encontraban en situación de vulnerabilidad o víctimas de delitos como la trata de personas en otros países; 86 fueron víctimas de trabajos forzados.

En comparación, las autoridades de países extranjeros identificaron y asistieron a 313 víctimas mexicanas de trata de personas en los primeros seis meses de 2020.

“Ninguna mujer debería pasar por lo que yo pasé. Ninguna niña ni adolescente. Espero que las personas que hacen eso de prostituir, de vendernos, se den cuenta del gran error que están cometiendo porque son padres, son hijos, y nacieron de una mujer (…) en mi caso cierro los ojos para dormir y ya veo que tengo un cliente encima“, dice Montes, entre sollozos.

Impunidad del 99%

Entre otras cosas, el reporte del Departamento de Estado afirma que, en 2021, no se incrementó el enjuiciamiento y condena para los traficantes en México, además no se identificaron más víctimas. Las organizaciones no gubernamentales informaron que las autoridades, en todos los niveles, carecían del conocimiento necesario sobre las leyes de trata y no lograron identificar y derivar de manera efectiva a las posibles víctimas, algo que influye en las bajas cifras registradas de manera oficial.

“Lamentablemente el tema no está en la agenda pública de este gobierno. Deberíamos tener el plan nacional para prevenir sancionar y erradicar la trata de personas, que es de 2019, pero no lo tenemos. En los estados tenemos niveles muy altos de impunidad que llegan al 99% de las víctimas y posibles víctimas, pero no se les busca, no hay acciones reales de prevención”, explica Ulloa, de la CATWLAC. 

Diversas investigaciones señalan que los grupos más susceptibles de verse involucrados en esquemas de trata en México son las personas indígenas, las personas con discapacidades, miembros de la comunidad LGBTQ+, trabajadores del sector informal, jóvenes de territorios controlados por pandillas y los solicitantes de asilo y las personas migrantes.

En los últimos años, México ha experimentado un flujo migratorio hacia Estados Unidos con cifras récord, las autoridades estadounidenses detectaron a más de 1.7 millones de indocumentados en la frontera con México en el año fiscal 2021, además, más de 58,000 personas solicitaron refugio en México durante la primera mitad de 2022, una situación que no tiene precedentes en el país.

“Yo no sabía que una se tenía que desnudar y mucho menos tener sexo con los hombres. Yo me imaginaba que era un restaurante normal, donde uno sirve comida y había un show”, explica Julia María, una mujer suramericana que durante cuatro años fue forzada a prostituirse en un local de Ciudad de México.

Julia fue captada desde su país con una falsa oferta laboral, que aceptó debido a que su madre estaba muy enferma. Pero cuando llegó a México, se vio inmersa en una pesadilla de explotación sexual que le dejó múltiples secuelas físicas y psicológicas. A diario tenía que producir la mayor cantidad de ‘boletos’, un eufemismo usado por los tratantes para referirse al acto de tener sexo y por lo que cobraban 200 pesos por cliente (unos 9.8 dólares).

“Una es extranjera, y sola, así que se sufre mucho maltrato y discriminación”

JULIA MARÍA, SOBREVIVIENTE DE TRATA

“En varias ocasiones me enfermé porque no fumo cigarro y me daba mucha tos porque todo mundo fumaba. Una vez se me llegó a tapar el pulmón izquierdo (…) Una es extranjera, y sola, así que se sufre mucho maltrato y discriminación”, explica Julia, quien está inmersa en un proceso legal, desde hace varios años y con la ayuda de la CATWLAC, pero aún no ha sido resuelto por las autoridades.

La situación de los migrantes irregulares en México es precaria, en la mayoría de los casos actuales. Por esa razón, las autoridades crearon recientemente un grupo de trabajo, específicamente dedicado a la trata y tráfico de personas en contextos de movilidad.

“No solo nos interesa entrarle a los diagnósticos, sino a mejorar el registro y en algún momento tener algún protocolo de atención porque muchísimas de las personas que son traficadas en otro momento pueden ser tratadas, a partir del uso de la coacción de revelar su estatus migratorio irregular”, explica Miguel Aguilar, director del Centro de Estudios Migratorios en la Secretaría de Gobernación. 

Según cálculos del centro, en 2019, el tráfico de personas, es decir su traslado irregular entre fronteras, dejó una ganancia de 615 millones de dólares. Y, en muchos casos, las personas migrantes que contratan los servicios de coyotes pueden caer en redes de explotación que forman parte de los negocios de los grupos del crimen organizado en México.

Diversas organizaciones confirman que carteles como Jalisco Nueva Generación, el de Sinaloa y el del Noreste operan en el sureste del país, donde hay una gran población indígena y se aprovechan de los usos y costumbres ancestrales para llevarse a las jóvenes indígenas, mediante sumas de dinero o coacción.

“Eso pasa con las muchachitas desde los 8 hasta los 17 años y luego las vamos a encontrar en la frontera norte siendo explotadas sexualmente en la prostitución”, advierte Ulloa.

Desde 2016, el centro dirigido por Aguilar ha registrado un total de 5,144 personas extranjeras en situación migratoria irregular que declararon ser víctimas de delitos. De ese universo solo nueve personas, un 5%, denunciaron haber sido víctimas de trata.

“Para nosotros es muy importante generar la cultura de la denuncia (…) Trabajamos muchísimo con esta parte de la auto percepción porque las personas no se asumen como víctimas, aunque lo sean”, explica Aguilar, en referencia a las bajas cifras de denuncias entre las personas migrantes.

“Trabajan más de 12 o 14 horas”

El reporte del Departamento de Estado advierte sobre la explotación laboral en México y afirma que el Gobierno no asignó suficientes fondos, ni personal, a la Secretaría del Trabajo para hacer cumplir las leyes laborales.

Además, los inspectores tenían un mandato limitado para supervisar las condiciones de trabajo en las empresas y fincas informales, que empleaban a más de la mitad de los trabajadores mexicanos.

Sobre la trata con fines de explotación laboral, las organizaciones independientes han denunciado que, en la mayoría de los casos, se trata de personas indígenas que son captadas desde el sur de México, sobre todo en estados como Chiapas y Oaxaca, con trabajos que supuestamente son muy atractivos y los suben a las camionetas que van al norte del país donde está el sector agrícola más importante.

“Son personas que no hablan español, o lo hablan muy poco, y no tienen documentos, pero viven una situación de pobreza extrema y su única oportunidad es trabajar en un campo más de 14 horas. Viven ahí, duermen ahí y les dan de comer ahí”, explica Cordero, de la UNODC. 

Este 30 de julio, la ONU lanza una campaña con videos para identificar la trata, además como muchas de las víctimas son transportadas en avión, se generó una alianza con una aerolínea para incluir trípticos en los vuelos con el fin de que los pasajeros tengan toda la información necesaria para denunciar esas prácticas.

“Está orientada a los mitos y realidades respecto a la asistencia a las víctimas, de por sí es súper complejo identificar el delito. Además muchas personas no se reconocen como víctimas, entonces durante el proceso de asistencia es complicado compartir la información”, asevera Cordero.

La ONU asesora a diversas organizaciones para detectar y prevenir los casos de trata laboral. Es el caso de Mujeres en Defensa de la Mujer, una asociación de San Quintín, una región de Baja California que es un importante centro agrícola ubicado cerca de la frontera con Estados Unidos.

“A los trabajadores se los llevan engañados”

MARGARITA CRUZ, ACTIVISTA

“A los trabajadores se los llevan engañados. Ni siquiera tienen donde llegar y, a veces, tampoco hay trabajo. Los dejan abandonados a su suerte en el valle”, afirma Margarita Cruz, directora de esa organización.

Cruz explica que mucha gente migra desde estados como Chiapas, Guerrero y Oaxaca con la esperanza de trabajar en los campos agrícolas de frutos rojos como las frambuesas, fresas y arándanos que son manejados por empresas internacionales que, en ocasiones, les extienden las cartas para acceder a la visa H2A y trabajar en Estados Unidos.

“Trabajan más de 12 o 14 horas con la esperanza de que les den la visa, y no se quejan. Pero muchas veces hay grandes consecuencias, porque se enferman y no tienen prestaciones (…) Ellos tienen mucha ilusión pero es un trabajo forzado, y luego de que se enferman ya no los contratan más”, asevera Cruz.

Pese a los sueños de tener un futuro mejor en Estados Unidos, los datos arrojan una realidad muy cruda. Project Polaris, una organización estadounidense que previene y combate la trata de personas, maneja una línea nacional gratuita para recibir denuncias de este delito.

Entre 2018 y 2020, han recibido más de 15,000 llamadas de personas denunciando ser víctimas de trata laboral. La mayoría son hombres y provienen de México.

El tema laboral también es un reto para las personas sobrevivientes de trata que, en muchas ocasiones, pierden varios años de sus vidas en esquemas de explotación que les impiden desarrollarse desde el punto de vista profesional.

“Estoy de acuerdo en que hay que sacar a estas personas de las calles. Pero, más allá de limpiar nuestras conciencias, ¿dónde vamos a meterlas? Hay que reinsertarlas al mercado laboral, más allá de los programas sociales. Además, muchas no califican para esas ayudas. El tema es que sean libres e independientes”, asevera Mitzi Cuadra, directora de prevención en Anthus.

Flor, una mexicana de 33 años, intenta reconstruir su vida en el refugio de Anthus que está en Puebla. Luego de vivir durante ocho años con su proxeneta, que es el padre de sus dos hijos, juntó el valor para denunciarlo y ahora quiere buscar una vida mejor. Se ríe cuando cuenta con emoción que ya sacó su primaria, y ahora quiere estudiar la secundaria.

“Él me engañó para enamorarme, pero luego comenzaron los golpes y me obligaba a trabajar en las calles, teniendo sexo con hombres, para mantenerlo. Era un infierno. Pero ya no tengo tanto miedo, estudiar te quita la rabia y uno es mejor persona”, dice con esperanza.

Si usted, o alguien que usted conoce, es víctima de trata en México puede llamar al 911, o al 089 que es una línea gratuita de denuncias anónimas. En Estados Unidos puede llamar al 1-888-373-7888 que es la la Línea Nacional Contra la Trata de Personas. En Perú la Línea 100 está disponible para escucharte de lunes a domingo (incluido feriados) las 24 horas del día, puedes llamar desde un teléfono fijo, público o celular.

Sororidad migrante: grupos de apoyo de mujeres venezolanas en Perú

Sororidad migrante: grupos de apoyo de mujeres venezolanas en Perú

Por Héctor Villa

Frente a la violencia, la falta de políticas de asistencia por parte del Estado y de redes de apoyo familiar, las mujeres migrantes venezolanas crean y promueven sus propios espacios seguros. Ahí no solo intercambian alimentos o medicinas, también comparten sus pérdidas y celebran sus progresos. 

Yuletsy Torrealba salió de Venezuela porque quería tener una familia. En enero de 2018 quedó embarazada, pero su parto se adelantó. Recorrió dos centros de salud en Caracas: el Hospital Pérez Carreño y la maternidad Santa Ana y en los dos le cerraron las puertas porque no había incubadoras ni anestesiólogos. “Yo trabajaba para el IVSS (Instituto Venezolano de los Seguros Sociales) y tuve que llamar a mi jefa, que también era directora de la maternidad, y pedirle que me ayudara para que me atendieran”.

Logró ingresar a la Santa Ana, pero dos semanas después su bebé había muerto. Tras la pérdida de su hijo, decidió salir del país. La decisión la tomó con su esposo, Darwin Alonso. Aunque su situación económica no era tan precaria, no quería arriesgar otra vida en Venezuela. “Fue horrible lo que me tocó vivir”, recuerda.

Al Perú llegó el 1 de mayo de 2019. La recibieron su cuñada y su suegra, que ya estaban establecidas en el país, y la ayudarían a iniciar su nueva vida.

Un año antes, Yosgreis Novelli, en el mes de enero, se asentaba en Lima.  El 15 de marzo de 2018 recibió la noticia de que estaba embarazada. Aunque se sintió emocionada, también tuvo miedo: su familia estaba lejos, en Venezuela, y su esposo trabajaba todo el día.

En medio de su soledad comenzó a encontrar apoyo en las mujeres que, al igual que ella, gestaban una vida y con las que se cruzaba en el Hospital de San Juan de Miraflores, donde se realizaba sus chequeos frecuentes, o en sus vecinas con las que compartía en su comunidad. Empezó a recopilar sus teléfonos con la pretensión inicial de crear un espacio en el que pudieran ser escuchadas, de ahí nació Mamitas Venezolanas. “Yo dije ‘si me siento de esta forma, ¿cuántas mujeres no estarían igual? ‘“, expresa. Poco a poco el grupo de WhatsApp se fue expandiendo.

“Para mí fue fuerte porque tenía un embarazo de alto riesgo y estaba sola. Pero en medio de mi necesidad, en un proceso tan importante como la maternidad, me di cuenta de lo que podía hacer”, cuenta Yosgreis.

En Perú hay una “feminización de la migración”, así lo denomina Amnistía Internacional que estima que el número de mujeres migrantes en este país creció de 47% a 58%, entre 2017 y 2019, en su informe Desprotegidas: Violencia de Género Contra Mujeres Venezolanas refugiadas en Colombia y Perú.

Tal como lo define Amnistía y CARE Perú, “la feminización del flujo migratorio obedece a varios factores, entre ellos la reunificación familiar o la búsqueda de oportunidades en salud, educación y alimentación para sus hijos, hijas o personas mayores a su cuidado que no encuentran accesibles en Venezuela”.

Yuletsy llegó a Mamitas en mayo de 2020. Su bebita Sofía Victoria había nacido un mes antes de que se decretara la cuarentena, en el Perú y el mundo entero, a causa del COVID-19. Cumplía el anhelo de tener una familia en medio de la incertidumbre de aquellos días.  “Me emocioné porque la razón por la que habíamos salido de Venezuela se estaba materializando”, expresa, pero también estaba preocupada. 

Llegó al grupo de apoyo a través de Alfredo, quien es amigo de su esposo y conocía a Yosgreis. Sabía de su precaria condición económica, así que le habló de Mamitas y le preguntó si quería ser parte.  “Yo me encontraba en casa, ¿qué podía perder?”, dice Yuletsy. 

Cuando ingresó al grupo de WhatsApp vio una comunidad que se mantenía en constante comunicación, a pesar de la distancia. “Siempre hablaban, y comentaban las necesidades que tenía cada una. A mí, particularmente, me daba pena porque había otras que tenían una situación más complicada que la mía”, cuenta.

En medio de la pandemia, Yuletsy no tenía trabajo, se dedicaba a cuidar a su hija de apenas meses de nacida. Su esposo también había quedado desempleado.

En esos días “tan oscuros”, como los llama Yuletsy, recibió el apoyo de este grupo de desconocidas a las que se había vuelto tan cercana. “Yosgreis había escrito que tenía unos alimentos para donar. Yo no le dije nada porque tenía pena, pero me escribió y me dijo que me los iba a dar”.

Ambas viven en distritos lejanos el uno del otro. Yuletsy está en Rimac y Yosgreis en Chorrillos, más de 20 kilómetros las separan. “Como estaban las restricciones, mi esposo pidió una bicicleta y salió a buscar la comida. Por Mamitas tuvimos que comer esos días”, afirma.

Mamitas Venezolanas ha sido un espacio en el que las mujeres han encontrado y fortalecido lazos de amistad y apoyo con otras venezolanas y peruanas en el país. Su propósito es ayudar a las migrantes que atraviesan un proceso de gestación, requieren ayuda o simplemente un espacio seguro para escuchar y brindar apoyo.

“En todo mi proceso yo he comprendido muchas cosas. Ser parte de este grupo de apoyo y recibir herramientas de estas mujeres es algo que agradezco porque puedo reconocerme. También es un espacio donde las mujeres podemos compartir nuestras pérdidas. Muchas ahí nos hemos reconocido en la misma condición, somos madres en duelo, pero nos apoyamos”, dice Yuletsy.

Boss Women

“Muchas veces las mujeres migrantes y refugiadas que llegan a Perú no saben que son víctimas de violencia”, dice Martha Fernández, presidenta de la Asociación Protección Poblaciones Vulnerables (APPV).

La violencia puede ser interseccional y ocurrir incluso cuando no se generan oportunidades de integración adecuadas para las mujeres como le pasó a Marianella Merlo. 

Pese a tener una preparación universitaria como técnico en informática, Marianella no ha podido ejercer su carrera en el Perú. “Yo nunca conseguí un trabajo formal, pero creo que es más que todo por la edad. Con lo que puedo hacer por mi cuenta, cubro algunos gastos pequeños en casa”, expresa.

De acuerdo con el estudio del BBVA Research: El impacto económico de la migración venezolana en la economía peruana, el 90% de las personas que llegaron al Perú se encontraban laborando en el sector informal. Esto quiere decir que no tenían un contrato de trabajo ni prestaciones o seguro médico. A Marianella le afecta esta realidad con mayor peso por ser mujer y migrante y por tener 50 años, una razón por la que siente que es discriminada. 

“Yo había dicho que al llegar empezaríamos con nuestra vida desde cero, pero con oportunidades. Tendríamos más trabajo y que íbamos a progresar(…) Pero ha sido bastante duro porque no es así”, lamenta.

Salió de Venezuela, el 20 de enero de 2018, aunque recomenzar en otro país no era una opción para ella. “Yo no quería venirme. Pero las condiciones eran difíciles. Yo fui una de las despedidas de PDVSA (la empresa estatal petrolera). No estaban las condiciones para quedarnos”, dice.

Junto a sus tres hijos Sebastián (22 años), Diego (15 años) y Marcela (12 años) y su esposo, Aarón Sinue Álvarez (51 años),  emprendieron el viaje que duró siete días.

Más tarde, en ese mismo año, Marianella tuvo que vivir el duelo a distancia: “No teníamos ni un año aquí en Perú cuando murió mi suegra y no pudimos ir a despedirla, ni siquiera mi esposo. Con los cambios en la economía y la inestabilidad laboral no pudimos hacer nada”.

Dos años después, atravesó un nuevo dolor, esta vez por la muerte de su padre. “Cuando migras debes vencer miedos, porque cuando tú vienes hay miedos, dices ‘esto no va a pasar, esto no va a pasar’, pero pasa”, dice.

Su esposo había sido su soporte y apoyo emocional principal. Sin embargo, por el contexto laboral que atravesaba Aarón, decidió buscar nuevas oportunidades en otros países. Por ello tomó la decisión de emprender una nueva migración, esta vez hacia Estados Unidos.

Unos meses más tarde, su hijo Sebastián seguiría los pasos de su papá. Marianella tuvo que afrontar un nuevo proceso migratorio, pero esta vez con ella despidiendo a su esposo y a su hijo. 

A raíz de esto, empezó a padecer de ansiedad, depresión e insomnio. “Yo no dormía”, cuenta. Pero a través del grupo de Boss Women le brindaron atención psicológica y medicamentos para que pudiera descansar.

Su hijo menor había sido miembro de la brigada de la Asociación Protección Poblaciones Vulnerables y un día le extendieron la invitación para que formara parte del programa de empoderamiento de mujeres, denominado Boss Women, y que ahora se encuentra en su segunda etapa. El objetivo era motivar a las participantes a través de grupos de apoyo y conversatorios y trabajar su autoestima.

“Queremos que las mujeres que forman parte de Boss Women tengan seguridad, que conozcan cuáles son sus derechos aquí. Y que se conviertan en voceras. Este es un programa de empoderamiento femenino, trabajamos con las mujeres para prevenir que sean víctimas de violencia, nos enfocamos en ellas para que no sean una cifra más. Este grupo de mujeres sirve al mismo tiempo como una red de apoyo para quienes participan”, cuenta Fernández, presidenta de APPV.

Marianella forma parte de la red de voluntarias que crean espacios seguros para otras migrantes. A través de la APPV, y otras ONG en el Perú. “Era no solo un espacio, era un espacio para las migrantes venezolanas y compartían, traían comida, se abrazaban, lloraban y levantaban el ánimo”, explica la presidenta de la asociación. En las jornadas no solo dan kits de alimentos o aseo para las personas migrantes y refugiadas, también realizan un registro para que las mujeres tengan acceso a la regularización migratoria, a través del Carnet de Permiso Temporal de Permanencia (CPP), y brindan información sobre qué hacer frente a casos de violencia, en las que Marianella participa.

Durante el trayecto de su hijo hacia los Estados Unidos, cuando se encontraba en México lo  detuvo la policía que le exigía permisos de tránsito en el país. “No le hicieron nada físicamente, pero si era psicológico. Además, estuvo preso con gente de otros países y tuvo que pagar casi $400 para que lo soltaran y pudiera seguir”, dice. Ese impacto también afectó a Marianella.

“Para mí el grupo de mujeres fue de mucho apoyo. No solo los días jueves, cuando nos reunimos, sino que era una constante. No me sentía sola, sentía que podía compartir lo que me ocurría sin sentirme juzgada. Además, me hacen sentir que soy parte del grupo, me siento querida”, manifiesta.

Marianella contó que aún tiene momentos en los que se ha sentido triste, pero que ahora cuenta con herramientas que la ayudan en su proceso:“Estoy un poco más tranquila. Ser parte del grupo me hace sentir útil, estás participando y luchando desde aquí. Además, en el proceso aprendes que no eres la única que está en este rollo, que hay otras mujeres, y compartes con ellas, haces amistades, creas alianzas, y lo que comenzó los jueves ha trascendido ahora a mi vida cotidiana”.

Iniciativas como Boss Women o Mamitas Venezolanas han servido de plataforma para que mujeres venezolanas y peruanas se reencuentren, tengan herramientas e información para saber cuáles son sus derechos y eviten ser víctimas de violencia.

Producción realizada en el marco de la Sala de Formación y Redacción Puentes de Comunicación III, de Escuela Cocuyo y El Faro. Proyecto apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.