Bolivia: ¿cuál es la situación de la comunidad trans?

Bolivia: ¿cuál es la situación de la comunidad trans?

Por Brenda Villalba

Históricamente, el modelo heteronormativo de la sociedad, califica y legitimiza las  relaciones personales. Esta idea apoyada por diversos factores, como la construcción religiosa de lo que es una familia tradicional, y la asignación de roles, además de la falta de diferenciación entre sexo y género, son unas de las principales características que ha dado lugar al irrespeto, intolerancia, la discriminación y las fobias hacia la comunidad LGBTIQ+ y las personas trans.

A pesar de que los Estados y los organismos internacionales han brindado bases para la formulación de reglamentos para la aceptación por medio de cambios políticos y  que amparen las libertades y diversidades sexuales y de género, trabajando en la ruptura y el quiebre de prejuicios, estigmas, discriminación, aún siguen cayendo en perjuicios sociales y lo que deviene de estos.

Ser trans en el país andino

En Bolivia, uno de los sectores más violentados y discriminados son los grupos sociales que conforman la comunidad LGBTIQ+, principalmente a las personas transexuales y transgénero. Haciendo referencia al primer término, como: persona que adquiere las características físicas de las personas del sexo contrario mediante tratamiento hormonal o quirúrgico  y el segundo son aquellas personas cuya identidad y expresión de género se diferencia de las que están típicamente asociadas con el sexo que les fue asignado que al nacer.

La representante de Otraf-Bolivia, Luna Humerez Aquino habla sobre la situación en Bolivia y lxs trans: “Los estigmas sociales son pues muy religiosos. Tenemos cimientos patriarcales y machistas muy fuertes. Es difícil la vida para las mujeres por el tema del género, por eso existen tantos feminicidios. Es peor cuando hablamos de mujeres trans, es el doble de difícil. Entonces lo que nosotras buscamos es la plenitud de derechos como cualquier otra mujer. Ya después de ahí comienza la otra lucha de igualdad, de igualdad de género, de igualdad de oportunidades, igualdad en todo sentido”.

Tras la aprobación y la implementación de la Ley 807, reconocida como la Ley de Identidad,  se abría paso a las cientos de rectificaciones que la comunidad habrían sufrido históricamente en el país. Dando la posibilidad a implementar otras normativas que apoyen a la igualdad de derechos de las personas con diversidad sexual y de género. Sin embargo, luego de manifestaciones por parte de grupos conservadores y religiosos, apelando desde la moralidad social ante el Tribunal Constitucional Plurinacional, se tuvo un retroceso en la ley. Los Tiempos remarcaba que esta decisión “tácitamente prohibió, entre otras aspiraciones, el matrimonio, las adopciones a las parejas trans, la paridad política y la confidencialidad de estado anterior.” Con esta ley hasta la fecha se permite solo el cambio identidad en la documentación. 

Aun así, el resultado no logra ser el esperado. En 2019 a través del diario ‘Los Tiempos’ Suanny Alexia, transexual y doctora comentaba los límites de la Ley 807: “No cambié ni mi nombre en los documentos. Supuestamente con esta ley el Gobierno nos garantizaba que podíamos hacer el cambio en toda la documentación. Nos anunciaron que podríamos renovar desde el certificado de nacimiento hasta el título de bachiller y las cuentas bancarias. Pero cuando lo intenté, los abogados me dijeron que sólo iba a recibir unos papeles de respaldo, no los títulos”.

El 2021 se registraron 101 solicitudes para el cambio de género en los documentos. Según el diario ‘DW’, los requisitos que se contemplan en el Tribunal Supremo Electoral para realizar este tipo de trámites son: una carta de solicitud que mencione el nombre y el sexo original de la persona, y la nueva información para el cambio. Pero además “se debe presentar el resultado de un examen psicológico “que acredite que la persona conoce y asume voluntariamente las implicaciones de su decisión”.

En relación a los crímenes de odio y los transfeminicidios. Según el diario ‘Los Tiempos’ y a través de una investigación de la Defensoría del Pueblo se contabilizaba en los años 2001 y 2017 se registraron 55 casos de crimen de odio contra personas trans, de las cuales 37 eran hacia mujeres trans. En 2018 se recibieron 29 denuncias por parte personas de la comunidad. Mientras que en 2021 la defensoría del pueblo recibió 36 denuncias.

Un monitoreo sobre las diversidades sexuales y de género en Bolivia, realizado por la Fundación Construir, indicaba en su portal web en 2021 que: “Según datos de la Organización de Travestis, Transgéneros y Transexuales femeninas de Bolivia (Otraf), un 51 por ciento de las denuncias de agresión son de personas trans.” Y que según el informe del Observatorio de Personas Trans Asesinadas (TMM) entre los años 2008 y 2020, 20 personas trans fueron asesinadas.

En 2019 en el diario ‘Los Tiempos’ Humerez, comentaba: “Ahí suman casos como asesinatos, desapariciones, apuñalamientos y golpizas. No matan a una persona por ser gay o por ser lesbiana, ni siquiera por ser hombre trans, pero sí la matan por ser mujer trans. La transfobia aumenta con esas marchas que realizan las plataformas e iglesias que abogan por la familia. Ellos llaman al odio a que las personas tengan homofobia y transfobia y que vengan a asesinarnos. Les pido que no lo hagan porque nosotros, como personas trans, no organizamos marchas contras sus iglesias ni agrupaciones, pero tenemos derechos reconocidos internacionalmente”.

Muy pocas de las víctimas de transfeminicidios, han recibido justicia por el sistema. Solo hasta 2019 se tenía un solo caso que entraba dentro de las características de transfobia. Fue un Transfeminicidios al que el sistema de justicia categorizó como un feminicidio. Este representa el único caso que tuvo una sentencia condenatoria, en el que daban 30 años de cárcel a Alex Villca, asesino de Dayana Kenia Zarate; dicho caso se remonta a 2016.

En 2021, Alberto Moscoso, el director ejecutivo de la Asociación Civil de Desarrollo y Promoción Cultural (Adesproc) Libertad LGBT indicaba mediante el portal de Fundación Construir que: “el Estado no tiene disgregado por identidad u orientación los casos de agresión y hay un subregistro que no está siendo evidenciado.”

El seguimiento y los procesos de justicia, no otorgan protección, ni siquiera la disminución de actos de odio, hostilidad e intolerancia contra las personas pertenecientes a la comunicación LGBTIQ+, mas propiamente dicho personas trans. No existen  leyes concretas, ni la tipificación específica que ayuden a combatir la intolerancia y velar por el respeto, protección y la igualdad en relación a este grupo social.  Las personas de diversidades sexuales y de género, no se sienten protegidas, de hecho encuentran muchos abusos, agresiones y violencia por parte de aparatos del Estado. En 2019 la Defensoría del Pueblo, a través de su web mencionaba que: “identifica falencias en la obligación por parte del Estado en el cumplimiento del derecho al acceso a la justicia y en la persecución penal en casos cuyo móvil fue el odio, la discriminación e intolerancia.”. En este sentido la mayoría de los casos denunciados quedan impunes.

Una investigación por parte de: Fundación CONSTRUIR, Comisión Andina de Juristas (CAJ), Centro sobre Derecho y Sociedad (CIDES), Instituto Latinoamericano para una sociedad y un Derecho Alternativos (ILSA) y la Universidad de Chile, en 2015, recopilando y rescatando datos elaborados por EMCVDD TLGB en 2011, indicaba que la población trans era la que sufría en mayor porcentaje agresiones, tanto físicas como verbales, representaban el 11, 5% en las categorías de violencia, golpiza, humillación, amenaza e insultos. Dentro de un análisis más general, se determinó que al menos 73% de la población LGBTIQ+ entrevistada, habían sufrido agresiones. 

Mientras las cifras cuantitativas alertaban sobre el mal trato de los funcionarios (principalmente policías) del Estado, convirtiéndose en el principal agresor de los grupos LGBTIQ+. Mostrando que un 80% habían sido agredidos verbalmente, físicamente, y psicológicamente por un policía. Lo que después se traduciría a una falta de confianza a este personaje estatal; por lo cual 74% de las personas que sufrieron estos abusos no realizaron denuncias, por la falta de confianza de este grupo social hacia las instituciones de justicia. En este sentido dentro de la investigación 50% creía que el mayor violador de los derechos humanos era la policía. Los datos también indicaban que los detenían sin justificación,  hecho que normalmente ocurría mientras iban caminando por la calle, constituyen el 40%. 

Al mismo tiempo consideraban que el acceso a la justicia era malo, y que el 93% era discriminadx por parte de la administración de justicia boliviana. Estos datos develaban la preocupante situación de los grupos LGBTIQ+, sobre todo de la población Trans, que constantemente ha sufrido vejámenes. Actualmente aún se puede mencionar la falta de compromiso, sensibilización y consciencia que colaboren a la lucha contra la discriminación, hostilidad y el velar por la igualdad, la justicia y el respeto. 

Humerez, indica los obstáculos a atravesar en el contexto actual en relación a la justicia: “La justicia sabemos que está totalmente sucia, maleada y sabemos que no hay justicia para la gente que no tiene plata, no solamente para la población. En general, sin embargo, como la justicia es tan corrupta en nuestro país y se ha visto casos muy feos y fuertes de jueces, de fiscales, etc. Imagínate para la población trans se triplica porque son temas que no les interesan a los jueces y a los. Entonces la justicia todavía para la población trans es casi nula. Asesinan a una compañera, tarda años y no llegamos a una sentencia. Mira estamos en el 2022 y una sola ha llegado a sentencia por un crimen de odio de una mujer trans”

En 2021 una pequeña luz de esperanza, representaría la aprobación por el SERECI el matrimonio entre dos personas del mismo sexo. Lo que dio paso a repensar y plantear la posibilidad para permitir este tipo de uniones en el país y gozar de todos los derechos e igualdad.

“Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de inclusión y tolerancia, la situación de las personas homosexuales continúa siendo difícil en cuanto al acceso al trabajo, vivienda, servicios de salud y educación”, indicó Laura Álvarez, integrante de Otraf mediante el portal SWI

Mujer caporal: danzar para reivindicar

Mujer caporal: danzar para reivindicar

Por Mya Sánchez

Día Internacional de la Danza. Foto: Machita Mujer Caporal

En el Día Internacional de la Danza, La Antígona conversó con Pamela Borja de Machita Mujer Caporal, colectivo que busca ayudar a las mujeres a transformar sus demonios a través de la figura de la ‘macha’.

Cuando Pamela Borja conoció los caporales no los bailaba como las niñas de su edad. Sus movimientos eran enérgicos en lugar de delicados y sus compañeras la llamaban ‘tosca’. Fue cuando ingresó a la Escuela Nacional Superior de Folklore ‘José María Arguedas’ y conoció a la figura de la macha que todo cobró sentido.

Desde su vestimenta, que se caracterizaba por usar pantalón en lugar de falda y botas con cascabeles en vez de zapatos con taco, la macha era distinta a la caporalita. La fortaleza que brota de sus firmes pasos hacía que muchas personas la estigmaticen por su distancia del que ha sido históricamente el rol de la mujer en la danza: la ornamentación y coqueteo.

Paralelamente, Andrea Chuiman, también bailarina y miembro fundadora del Ballet Folclórico Nacional del Ministerio de Cultura, desarrollaba su propia historia con la machita. Su compromiso por reivindicar a esta figura la llevó a formar un colectivo. Pamela, que desde el 2016 veía el interés por el tema de quien entonces era solo su contacto en Facebook, ya bailaba como ‘macha’ en una agrupación.

Pasaron unos tres años para que Andrea decidiera abrir la convocatoria al público. Inicialmente solo se trataban de reuniones personales para conocer las perspectivas de otras machas, pero luego se concretó una clase abierta en la Plaza de la Bandera en diciembre del 2019.

Lo que siguió fue ‘Caporalas’, nombre que hoy tiene lo que inicialmente se concibió como una puesta en escena sobre la historia de resistencia del personaje para ser presentada en el Teatro Peruano Británico. Para esa época, eran 5 mujeres en la primera línea de Machita Mujer Caporal. Hoy en día, el colectivo está formado por Andrea, Pamela, Daniela Castañeda, Suli Vilcañaupa, Lola Santillana, Laura Santa Cruz y Josefina Mamani, quien es además la primera machita del Perú.

Proceso de sanación

“Este personaje a mí me deja desenvolverme con plenitud, no he encontrado algo más liberador que la machita. Puedo bailar de manera intensa, ser delicada a mi manera, ser sensual a mi manera y no sentirme juzgada por eso”, comenta Pamela, quien se unió al colectivo tras participar de una convocatoria.

Tanto las integrantes de Machita Mujer Caporal como las mujeres que pasan por sus cursos tienen una historia que contar. Los gritos que sueltan al bailar son reivindicatorios no solo para las mujeres en la danza peruana, sino también para sus vidas personales. Pamela, por ejemplo, alza la voz contra la violencia psicológica, física y la humillación que vivió por parte de otras mujeres.

Algunas simplemente van a romper las barreras que la sociedad les ha colocado. “‘Si no te pones falda, no eres femenina, pareces machona, pareces hombre, necesito que seas más mujer’, son cosas que todas hemos oído. ¿Qué es ser más mujer? Yo soy mujer y mi energía es propia”, cuestiona Borja.

Las instructoras de Machita Mujer Caporal han visto pasar también a estudiantes que superan retos y condiciones físicas. Pamela, por ejemplo, tuvo una alumna que por tener los isquiotibiales cortos no podía arrodillarse, según le informó su doctor. “Al final del curso logró arrodillarse, de manera gradual y a su estilo, pero lo consiguió”, cuenta la bailarina.

Es así que el colectivo busca ser un espacio seguro, en el que las mujeres gocen de la libertad de “soltar sus demonios, bailar con ellos y transformarlos”. Más allá de las clases de preparación física, las dinámicas empleadas por las docentes las invitan a prepararse mental y espiritualmente para el arte, enfocándose en superar sus limitaciones y siguiendo de cerca su proceso sin compararlo o juzgarlo.

Del arte para la vida

Aparte de las clases, la preparación física, las presentaciones y la obra de teatro, las machas también vienen emprendiendo labores específicas con niñas y adolescentes. Un ejemplo de esto es el trabajo realizado en la casa de acogida Mantay en Cusco.

En este espacio, las menores de edad, que han sido víctimas de violencia, pudieron adquirir herramientas propias de los caporales para empoderarse. Para Pamela, este es el diferencial de Machita Mujer Caporal: el uso terapéutico del arte. El amor propio es la huella que buscan dejar en las mujeres que pasan por sus filas. 

“Esperamos que cada decisión que tomen sea con amor, y eso no quiere decir que sea todo sea miel sobre hojuelas, sino que no puedan decir no aunque duela, pero que actúen con amor propio. Que sepan separarse de aquello que no le suma”, añade. 

El colectivo ha logrado expandir su impacto durante los últimos meses. Con la reanudación de las actividades presenciales lograron volver a dictar clases en sus locales de Pueblo Libre y Lince. Además, próximamente se presentarán en el Teatro Municipal y dictarán una clase maestra en la feria Danza con Causa.

Con motivo del Día de la Mujer lanzaron también un video conjunto con la cantante Naysha, en el que buscan concientizar sobre la poca o nula acción de las autoridades frente a la violencia de género. Sin embargo, para Pamela, su logro más grande es el impacto en sus alumnas. “Nada sería un logro si no conseguimos ayudarlas a curar ese pedacito de su vida”, confiesa. Para ella, la sanación individual ha sido también colectiva.

En tránsito: una crónica íntima sobre la rectificación del género en el DNI

En tránsito: una crónica íntima sobre la rectificación del género en el DNI

Por MARCE JOAN BUTIERREZ para LATFEM

Fotos: SOL AVENA

Marce Butierrez es antropóloga, travesti e investigadora feminista queer. Es, también, colaboradora en LatFem. Hace días, recibió su nuevo documento y todas nos emocionamos y celebramos con ella. En esta crónica en primera persona, Marce cuenta cómo fue el proceso hasta lograr que el Estado argentino reconozca su identidad de género en su DNI, los obstáculos y burocracias que tuvo que enfrentar y exorciza la rabia para poder, por fin, ponerle nombre a su cuerpo.

Hay una sola idea en la que la Ley de Identidad de Género está equivocada: nuestras identidades son algo más que vivencias internas e individuales. Existen cosas por fuera de lo que sentimos, cosas que se construyen en el encuentro con lxs otrxs y que nos hacen ser quienes somos. La identidad es una relación social que nos mantiene unidxs al resto de las personas con las que compartimos, experiencias y trayectorias en común. Más allá de que mi género es un proceso de individuación muy específico, no es una construcción en el vacío, ni en solitario. Mi género está hecho con las palabras y pautas de las que dispongo en esta cultura y se hace reconocible y nombrable en el encuentro con el mundo que me rodea. 

Que la ley esté equivocada en este punto no afecta en absoluto su funcionamiento. Es de las mejores en esta materia y le ha permitido a miles de personas trans* adecuar sus documentos y consignar una identidad distinta a la asignada al nacer. F y M son dos categorías insuficientes para identificar esas vivencias individuales y autopercibidas, pero no sólo para las personas trans*. Muchas personas cis sienten actualmente una creciente incomodidad con su género y esto responde a que cómo sociedad estamos “deconstruyendo” muchas categorías y prácticas sobre las que se perpetúa el sistema patriarcal. Las mujeres y hombres de esta generación seguramente no se reconocen en las mujeres y hombres de la generación precedente y probablemente tampoco se reconocen en sus pares, porque existen una diversidad de formas de habitar esas F y M. Amalia Granata, la China Suarez, Ofelia Fernández y yo somos F. Aunque no tengamos casi nada en común, al menos tenemos la certeza de que no somos hombres. Pedirle a los documentos que den cuenta de aquella vivencia individual que nos hace distintas excede los límites del Estado. Afortunadamente, tras la sanción del decreto presidencial N°476/21, existe una tercera opción hacia donde fugar identificada con una muy criticada X.

Pararnos dentro de un género es nuestra manera de construirnos frente al mundo además como sujetos políticos. Expresar rebeldía contra las categorías se puede hacer de múltiples maneras, a veces habitándolas a contrapelo y otras fugándose de ellas. Por muchos años para mí, correrme de la M con la que mis documentos me identificaban representaba una declaración de mis principios políticos: no sabía muy bien qué era, pero estaba segura de que no era un hombre. Y con esta reflexión se inició el camino que hoy me trae aquí.

Los últimos seis meses de mi vida se trataron de mi identidad y mis documentos. De ponerle un nombre, un género y límites a esta construcción social que soy. Fueron quizás los seis meses más duros en mi vida, pero también los más importantes, los que le ponen cimiento y orden a lo que quiero construir. Esta nota va de eso, de cómo es hacer la rectificación de un DNI en Argentina, pero también de la identidad, de las políticas que se construyen en torno a ella y del problema de las categorizaciones. Al mismo tiempo habla de mi experiencia y les pido disculpas desde ya, porque este es un estilo narrativo inexplorado para mi. Esta es una extraña mezcla entre crónica y carta en donde me dejo caer un poco a oscuras.

Lo más importante que se debe tener en cuenta al momento de rectificar el sexo registral en el DNI es que en realidad lo que vas a rectificar es tu partida de nacimiento. El DNI refleja los datos contenidos en tu partida, por eso el trámite inicia con su rectificación. Existe un problema que el RENAPER podría observar en este sentido. La población trans* tiene una alta movilidad espacial, muchas personas trans* no radican domicilio en los mismos distritos donde están archivadas sus partidas, por lo cual en ocasiones deben retornar a sus ciudades natales para iniciar la rectificación. Esto sucede porque al momento de nacer, el registro civil de cada provincia anota el nacimiento y ese documento jamás se mueve de la jurisdicción. En Ciudad Autónoma de Buenos Aires esto puede evitarse si tenés domicilio en la ciudad, algo que también es absurdo ya que muchas veces las personas trans* tienen enormes dificultades para constituir una residencia permanente. En los últimos meses se suma a estos requisitos que las partidas “de extraña jurisdicción” deben tener una firma digital o legalizadas en el Ministerio del Interior.

Mi trámite tomó varios meses, casi seis. Cada uno de los pasos intermedios fue un martirio. Informaciones cruzadas, muy pocas respuestas, pocas vías para hacer el seguimiento. Si tu partida no está radicada en tu ciudad, el trámite para pedirlo demora aún más tiempo. Por momentos no sabes en dónde está tu expediente. Cuando llamas por teléfono te tratan en masculino. Hasta el último momento siempre fuiste registrada con tu nombre asignado al nacer. Vas a tener que aguantar. Muchas veces las personas no entienden de qué va tu trámite y vas a tener que explicarlo varias veces. Demasiadas. A mi lo que más me molestó en cada momento fue que me boludeen. Algunas personas cis tienen impreso el desdén hacia nosotras. Puede que no siempre sean violentxs, pero les damos una cosa entre pena y asco. Muchas veces sentí que me explicaban las cosas como a una tonta, que me mentían porque pensaban que yo me la iba a tragar. Cuando les decía que estaban discriminando, se exaltaban; no registran que esa forma de tratarte evidencia que se sienten en un lugar de superioridad. Hay que estar un poco preparada para eso, pero también alerta para cantar retruco. Hay que insistir, preguntar, anotar todo. Si yo no hubiera empujado cada momento del trámite, quizás todavía estaría esperando. De hecho, hubo momentos en que estaba aturdida y cansada, pero tenés que desbloquear ese enojo y convertirlo en algo útil.

Las burocracias estatales no están pensadas para nosotrxs. La Ley de Identidad de Género abre un resquicio que nos habilita un derecho, pero para acceder a él hay que atravesar una serie de procesos que no se imaginan nuestras existencias. Cosas tan simples como procurar llamarnos por nuestros nombres elegidos o respetar nuestros pronombres podrían implementarse en todos los pasos. El primer contacto para la rectificación puede que sea menos hostil porque se trata de la recepción del trámite en una oficina con empleadxs que conocen el proceso, pero luego nuestros expedientes atraviesan muchas instancias en donde las personas no saben cómo tratarnos. Estos son algunos problemas puntuales que pongo de ejemplo: siempre te piden el nombre “como figura en el DNI”, entonces apareces así registrada en turnos, llamados, en los sistemas de información y demás. Cuando fui al registro central me llamaron a través de unas pantallas que están a la vista de todxs y pusieron el nombre de mi DNI. Cada vez que llamé tuve que decir ese nombre. No hay forma de seguir el trámite virtualmente y si hay dos jurisdicciones involucradas, al parecer no dialogan entre ellas. En un momento del trámite yo debí ir al registro de la Ciudad de Buenos Aires, llamar desde mi teléfono al Registro de Salta  —la provincia en la que nací y donde viví hasta hace un año— y poner en diálogo al jefe de CABA con el de Salta. Un absurdo. No hay un protocolo claro para algunos casos, entonces dependes de la suerte o la buena voluntad. El decreto que habilita la X aún genera confusión y en muchos momentos equivocaban mi trámite con el de los documentos con X. Tuve bastante temor de terminar recibiendo un DNI con X, porque muchas veces lxs empleadxs del registro en lugar de preguntar, asumen. Al final de todo, cuando definitivamente tramitan tu DNI, deben adjuntar foto de tu viejo DNI cortado, roto. No sé cómo será para una persona cis, pero para mi, sumada a la incomodidad de tener un documento con un nombre y género distinto al mío, tuve que ir las últimas dos semanas al supermercado con un DNI roto y la constancia del trámite para poder pagar con tarjeta. Un montón.

Cuando inicié este proceso pensaba que podía servir de experimento y ver cómo funciona este trámite para una travesti “normal’”, que va al registro y solicita su rectificación sin más. Pero al tiempo me di cuenta que mi experiencia era única y privilegiada. Yo no sé cómo afrontaría este mismo trámite una compañera sin recursos materiales para perseguirlo, hacer llamadas, viajar a los registros, imprimir papeles. Además hay que tener sagacidad y astucia para saber por dónde entrarle a cada trámite y que puerta ir a golpear. Y sobre todo, un montón de energía emocional para tragarte los garrones y superar ese dolor. Hubo escenas en las que yo estuve más desencajada que nunca, gritando y llorando delante de perfectos desconocidos. Aunque la Ley de Identidad de Género no contempla la judicialización o patologización, la trama burocrática que la contiene termina operando como una autopsia, dónde estas obligada a desnudar tu sexo una y otra vez.

Escribo esta nota cómo un último desnudo. Es una manera de exorcizarme de esos enojos pero también de ponerle un cierre a una parte de mi propia historia. Cuando asumí hacer carne mi género y elegí este camino de incertidumbres rompí el vínculo con mi familia. No me gusta hablar de eso, pero me decepciona de maneras horribles. Sin embargo, ese simple documento de plástico que me costó seis meses de trámites y angustias también operaba en mi cabeza como una forma de clausurar el pasado. Nunca me gustó la metáfora de “volver a nacer” porque en mi experiencia siempre fui esta misma persona. Pero una tarde hablando con un amigo me preguntó qué nombres iba a escoger y si me iba a poner un segundo nombre. Yo la verdad que nunca había pensado mucho al respecto. Me había debatido lo de escoger entre una F y una X, pero la decisión fue pragmática: me interesa viajar y una F es menos lío. Mi nombre siempre fue Marce, no se si es un nombre elegido, sencillamente devino así. Entonces se me activó una fibra muy íntima y recordé el momento más bonito de mi infancia, lo cuento porque creo que quizás sirve para humanizar tanta burocracia, porque necesitamos que algo emocional se filtre entre tanto expediente.

Hace muchos años, durante una siesta calurosa en la que mi mamá no estaba en casa, me puse a revisar las cajas arrumbadas que guardaba en su habitación. Siempre me pareció fascinante revolver entre cosas viejas —no por nada estoy enamorada de los archivos—. En unas cajas de cartón polvorientas mi mamá guardaba diarios viejos, libros, unas copas de cristal que sólo usábamos en Navidad, zapatos y cachivaches. Aquella tarde encontré viejos discos de pasta. Los saqué y los puse sobre la cama y leía sus portadas. Uno de esos discos era “En tránsito” de Joan Manuel Serrat. Mi mamá adoraba a Serrat, en mi casa lo oíamos con frecuencia. Yo aún puedo cantar sus canciones de memoria. En un momento giré el disco y se cayó de entre su portada un papel, cómo en la películas. Era una carta. Mi mamá había escrito durante el embarazo una carta dirigida a mí. Me contaba cosas sobre la relación con mi padre, me deseaba cosas lindas, me hablaba con confianza de lo que sentía y de sus miedos. Hablaba sobre los nombres que deseaba ponerme. Yo, que no tenía más que 10 años, entendía cada una de esas emociones. Lloré. Guardé la carta de nuevo en la portada de ese disco y nunca mencioné nada. Durante años atesoré secretamente ese momento en que me llegaba por azar la carta que mi mamá me había escrito cuando ni siquiera había nacido. Hoy le pongo nombre a mi cuerpo con aquellas palabras: Marce Joan Butierrez, en tránsito.

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Más avances para las ollas comunes

Más avances para las ollas comunes

Por Aylinn Siñas

Mujeres de una olla común. Foto: Municipalidad de Lima.

Este mes, el Pleno del Congreso aprobó las leyes que garantizaban el Reconocimiento de las ollas comunes y de Recuperación de alimentos. Estos logros simbolizan un avance significativo para dichas organizaciones autogestionadas que frenaron el hambre de muchas familias durante la pandemia.

El 07 de abril del presente año se aprobó el Proyecto de Ley N° 00009/2021-CR, Ley de las Ollas Comunes que busca su reconocimiento, garantiza su sostenibilidad y financiamiento. Su autora fue la congresista Isabel Cortez, más conocida como “Chabelita”, junto con otros miembros de su partido Juntos por el Perú. 

Esta ley autoriza a los gobiernos locales y al Ministerio de Desarrollo de Inclusión Social (MIDIS) hacer modificaciones en el presupuesto público para financiar la compra de alimentos de las ollas comunes. Asimismo, el Ministerio de Salud (MINSA) realizará documentos de orientación sobre las condiciones mínimas para la preparación de alimentos en las ollas y aspectos nutricionales. Las Direcciones Regionales de Salud se encargaran de la difusión de los mismos.

Fotografía: Twitter de la Red de Ollas Comunes de Lima

Con el cumplimiento de esta normativa se espera beneficiar a las ollas comunes registradas en el Registro Único Nacional de Ollas Comunes. Cabe resaltar que solo en Lima Metropolitana existen 2476 ollas comunes, siendo San Juan de Lurigancho el distrito con mayor cantidad. Muchas de estas organizaciones populares venían resistiendo gracias a la colecta de varios vecinos y madres de familia para la compra de alimentos, viviendo a su suerte.

Del mismo modo, cinco días después se aprobó el Proyecto de Ley N° 00478/2021-CR, Ley de Recuperación de Alimentos, elaborado por la congresista Sigrid Bazán. Este proyecto prioriza el rescate de alimentos frescos de mercados mayoristas y abastos a favor de la población en situación de vulnerabilidad, como el caso de las ollas comunes.

El informe titulado “Índice de Desperdicio de Alimentos 2021”, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la organización asociada WRAP estimó que el 17% de los alimentos en el mundo fueron desperdiciados durante el 2019, siendo un 11% de residuos del hogar, 5% de servicios de comida o restaurantes y 2% de mercados minoristas.

Ambos logros estatales demuestran un emergente apoyo a una lucha que se ha agudizado durante la pandemia y que suele pasar desapercibido. También refuerza el compromiso con una adecuada seguridad alimentaria. El último paso esperado es la publicación de las leyes en el portal El Peruano y el cumplimiento de las mismas. 

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Femidiskas: una lucha feminista desde la discapacidad

Femidiskas: una lucha feminista desde la discapacidad

Por Brenda Villalba

Dentro de las luchas de todos los días, una de las más excluidas e invisibilizadas es la de las personas con discapacidad. La cultura y lo social ha inscrito a estas poblaciones con términos despectivos. Además, socialmente se les obliga a permanecer en espacios marginados o donde no se lleva a cabo el uso de sus derechos. 

Las mujeres con discapacidad conllevan una doble lucha contra las opresiones sociales, buscando la ruptura de estereotipos, estigmas sociales y patrones patriarcales a través de una nueva configuración social. El feminismo abrió paso al cuestionamiento de lo que es establecido, lo normalizado y lo naturalizado en los distintos sectores sociales que han sido discriminados y violentados. Lo que daría pie a su principal característica: la interseccionalidad en su lucha.

El espacio colectivo ha significado la construcción y el reconocimiento de cada una de las experiencias y vivencias de estas mujeres, construyendo desde la diferencia. La conformación de grupos feministas que se encuentran atravesadas por la discapacidad, representan la lucha y visibilización de las necesidades y las injusticias que viven día con día. La Antígona conversó con Nicole Yanatelli, una de las co-fundadoras de Femidiskas. Ellas son una colectiva feminista en Bolivia integrada por mujeres con discapacidad y aliadas.

¿Cómo se conformó Femidiskas?

Nos hemos articulado entre un grupo de amigas que nos conocíamos por otros espacios compartidos con personas con discapacidad y empezamos a considerar que es importante abordar y hablar sobre el aborto en personas con discapacidad, visibilizar que existe esta injusticia, que te obliguen a abortar o que toman una decisión sobre tu cuerpo y que encima no te enteras, porque los casos de esterilización forzada pueden darse en momentos después de un aborto o hablar sobre la anticoncepción forzada. También de las libertades sexuales, y cómo una mujer con discapacidades puede desarrollar su vida y sus actividades sexuales, como cualquier otra persona.

Hemos ido hablando sobre estas temáticas, primero como amigas y después dijimos “qué importante es articular con las colectivas en general” y visibilizar esto. Con unas cuatro amigas más nos hemos organizado y después sacamos un formulario para ver si otras mujeres pensaban como nosotras. No todos dentro de la colectiva tienen discapacidad, por eso es de feministas con discapacidad y aliadas que tienen conciencia y quieren realmente ayudar. Vemos por las personas con discapacidad visual, como es mi caso, con discapacidad auditiva, psicosocial, múltiple y física. 

¿Cuál definirías que es el principal objetivo como un grupo que articula el feminismo con la discapacidad?

Es hablar sobre las violencias, no solo físicas y psicológicas, sino sexual y las libertades, independencias sexuales también. Lo que hemos ido mostrado ha sido casos de violencia sexual y también la injusticia que hay alrededor de ello. Tratamos de dar apoyo.

Nosotras empezamos a articularnos con las Femidiskas desde que las demás colectivas feministas empezaron a trabajar el proyecto de ley para el aborto. Estábamos mostrando o queriendo llevar esa visión desde la discapacidad. Desafortunadamente por discapacidad existe el aborto forzado en Bolivia. Además existe el clandestino.

La colectiva es bastante nueva, por lo que todavía nos vamos articulando de a poco. Nosotras interpelamos la discapacidad y los entornos capacitistas, y tratamos de deconstruir estos entornos y estas conductas capacitistas sobre nosotras. Una de nuestras intenciones es el poder dar uso a la voz disca, por eso somos Femidiskas: dar voz a las mujeres con discapacidad, siempre hablando en primera persona y usando esto de “Nada sobre nosotras, nada sin nosotras”.

Es visibilizar la discapacidad y la inequidades, y también dar uso de la voz a las mujeres con discapacidad, desde la primera persona, pero siempre partiendo desde la decisión de la otra persona, que es bien importante a considerar.

¿Cuáles han sido los principales obstáculos sociales a los que se enfrentan tanto de a nivel colectivo como individual?

Desde la individualidad, las conductas y actitudes capacitistas. Consideramos que la discapacidad son aquellas limitaciones que existen por diferentes razones. Pero la sociedad es la que discapacita, porque existen diferentes formas en la que pone una barrera actitudinal ante la discapacidad y diversidad funcional. Si te ven protestando o diciendo lo que piensas, dentro de estos conceptos de infantilización, o angelización dicen: “Ay cómo va a decir eso o cómo va a actuar de esta forma, si tiene discapacidad”. Esto está dentro de los conceptos y los problemas de la discapacidad, el no tomar en cuenta, el no reconocer, el no dar el espacio individual y el uso de la voz de las personas con discapacidad, en términos generales y más aún con las mujeres con discapacidad.  

Personalmente me he encontrado con varias barreras más allá de las físicas, urbanísticas y demás. Soy madre de un niño de 11 años y un bebé. Que la sociedad te diga que no puedes ejercer tu maternidad o que te digan cómo ejercerla impide que tú te puedas desarrollar como persona, ahí está el problema. 

¿Cómo se articulan con las otras colectivas feministas? ¿Hubo alguna dificultad a la hora de hacerlo?

Empezamos a visibilizarnos con amigas feministas, que pertenecen a otra colectivas. En algunas ocasiones nos metemos a las marchas como un bloque pequeño, con la intención de demostrar que existimos y que también, dentro del feminismo, existen barreras. Sabemos bien y es entendible que una forma de expresar el enojo es rayando, gritando, pero no se toma en cuenta de que estamos personas con diversidad funcional. A causa de estas actitudes, existe luego la represión policial y terminamos siendo gasificadas. Ahí como Femidiskas empezamos a decirles a las chicas en nuestras redes sociales que existimos personas que funcionamos diferente y que, ante una gasificada, yo no sé por dónde correr, o no va a haber alguien que me diga: “Niki ven por acá” o me ayude, a eso vamos. A veces voy con mis hijos a las marchas.

A raíz de nuestros comentarios sobre estas situaciones, nos hemos reunido con otras colectivas que se han contactado precisamente conmigo para las organizaciones de las marchas o plantones, como colectivas en general. Necesitamos cuidarnos. Gritamos: “La policía no me cuida, me cuidan mis amigas”, pero ¿qué tan en serio lo aplicamos?. Puede que no nos conozcamos entre todas, pero nuestra intención es también hablarlo, es hacer notar que existe estas situaciones. A través de reuniones, nos hemos ido articulando con las colectivas, mas allá de lo que ha sido nuestra intención principal, que era nuestro proyecto de ley de aborto.

Hemos ido trabajando con los diferentes colectivos, para poder abordarlos y trabajarlos. Para los manifiestos, nosotras vamos con nuestra intérprete de lengua de señas, porque dentro de nuestra colectiva hay compañeras con discapacidad auditiva. Como Femidiskas entramos en un bloque de tres en las marchas, representando a aquellas que no nos pueden acompañar, por el mismo temor que puedan ser reprimidas o gasificadas.

Personalmente, ¿cómo describirías la actual situación de las mujeres con discapacidad en el contexto boliviano?

Dentro de Bolivia las ven como personas angelicales, existen bastantes violencias simbólicas, económicas, patrimoniales y sexuales. En algunos casos, por falta de información, no saben que están viviendo esas violencias, entonces nosotras queremos dar cuenta de esta situación. 

Existe también bastante inequidad, porque a una mujer con discapacidad le es mucho más difícil encontrar trabajo y más aún si está maternando. Para las empresas es mejor tener una persona con discapacidad mínima, discapacidad física o que sean varones. Si existiera algún abuso o alguna situación de embarazo con una mujer con discapacidad la empresa no quiere invertir, no quiere gastar en esto. 

Legalmente existe una cuota laboral para las personas con discapacidad: las empresas privadas tienen que contar con el 2% y las públicas con el 4% de su personal, pero prefieren tomar personas con física y mejor varones. Es una de las cosas que personalmente veo injusta y grave, sobre todo para la mujer con discapacidad, que la lleva al borde de la indigencia, de la pobreza. 

Tampoco podemos apuntar a un puesto en una empresa. Si tienen trabajo, son telefonistas o ascensoristas. En Bolivia yo no conozco cargos empresariales dirigidos por personas con discapacidad y sobre todo mujeres. Dentro de la empresa sabemos que existen estas cuestiones machistas y más aún con la discapacidad. Son capacitistas. Existen casos que naturalizan la violencia, que la misma persona con discapacidad o la gente no se da cuenta.

El poder luchar desde ámbitos que las oprimen, primero con las actitudes machistas y el sistema patriarcal, y luego con los estigmas sociales hacia las personas con discapacidad, devela la importancia de la interseccionalidad en el feminismo, ¿cómo ha surgido tu paso por el feminismo y la doble lucha?

Parto desde el feminismo interseccional ¿Qué quiere decir esto? No solo busco la lucha por la discapacidad, sino también por todo aquello que me atraviesa. Soy mujer, soy madre, soy mujer con discapacidad visual, soy psicóloga: mis luchas son por todas aquellas razones que forman mi identidad o que están alrededor de mi familia o de mi entorno. Hay que trabajarlos, hablarlos y manifestarlos. No estoy en su totalidad de la deconstrucción, porque eso es lo bonito del feminismo, que cada día se va a haciendo o que cada momento a momento se va conociendo. 

la antígona

Periodismo en Femenino

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