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Nelly Huamancayo. Trabajadora ambulante. 47 años

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Soy repostera de profesión. Estudié e hice una especialización en masa elástica, pastelería y panadería.

Hace siete años tuve una tienda donde vendía tortas, entre otros postres. Por una tendinitis -el estiramiento de un músculo en mi brazo- cerré mi tienda y dejé de trabajar pues no podía mover el brazo derecho. Llevé terapia, pero ya no podía hacer fuerza.

Así que para ganar dinero y solventar mi hogar me dediqué a repartir mis productos por tajadas en taper. Preparaba dos o tres todos los días. Me despertaba a las seis de la mañana, hacía los postres y a las nueve y media iba al mercado a repartirlos. Ofrecía postres del día y frescos a mis clientes.  Pero desde que comenzó la cuarentena tuve que dejar de vender en la calle, caminando, porque me puedo exponer al contagio. 

Vivo con mis dos hermanos en la misma casa, pero cada uno tiene su propia familia. Yo cuido a mi tía de 80 años y a mi hija que estudia en la universidad. Ellas me apoyan para preparar los postres. 

Psicológicamente me estaba enfermando. Me dolía la cabeza de ver las noticias del día a día cómo van aumentando los casos del COVID-19. La situación en El Agustino, donde vivo, es muy peligrosa porque tengo un mercado a tres cuadras de mi casa y las personas van en parejas o con sus hijos. No hay mucho control. 

Ahora la única manera de solventar mis gastos es haciendo queques en casa y ofrecerlos solo a mis hermanos porque ellos son docentes. Ellos siguen trabajando y tienen disponibilidad de dinero para que me colaboren. De esa manera me estoy ayudando en esta pandemia, ya que tengo que seguir pagando la universidad de mi hija, los recibos de agua y luz. 

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