Tras 29 años de activismo, el Movimiento Homosexual de Lima (HMOL) convocó a la comunidad LGBTIQ+ frente a la catedral de Lima para una actividad llamada “Besos contra la homofobia”. Se ejecutó el 12 de febrero del 2011, y tuvo como principal objetivo visibilizar las distintas orientaciones sexuales e identidades de género, así como recalcar que todos los ciudadanos tenemos derecho de expresar afecto en lugares públicos sin temor a ser víctimas de ningún tipo de agresión.
Entre 15 y 20 personas se reunieron en la escalinata de la Catedral de Lima. La actividad se mantuvo pacífica hasta que fueron intervenidos de manera brutal por efectivos de la PNP, quienes utilizaron bombas lacrimógenas para amedrentar, además de empujar, golpear e insultar a los jóvenes LGTBIQ+.
Lo más indignante es que el actuar de la policía fue más allá, pues mujeres lesbianas y bisexuales manifestaron haber sido víctimas de tocamientos indebidos, así como los jóvenes que intentaron refugiarse de las agresiones ingresando a negocios fueron perseguidos y golpeados. La activista del MOHL Efe, Mary Vargas, afirmó que otra activista llamada Alicia Parra fue agredida con un varazo policial y terminó con diez puntos de sutura.
Tras la agresión, siete activistas acudieron a la comisaría de Monserrate para realizar las denuncias respectivas y pasar por la revisión del médico legista encargado. Además, identificaron a los efectivos policiales, presentaron los videos que mostraban la agresión y formularon una queja ante la Defensoría del Pueblo, con la cual se inició una investigación policial que concluyó que no hubo delito de abuso de autoridad.
Lo sucedido fue difundido por distintos medios a nivel nacional e internacional. Organizaciones LGBTIQ+ de distintos países mostraron su apoyo con los afectados mientras que el arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, pidió a los jóvenes LGBTIQ+ que “no provoquen con manifestaciones en ese lugar por respeto a la iglesia”.
Asimismo, el 15 de febrero, Phillip Butters —además de coincidir con Cipriani en que fue un “acto de provocación”— dijo vía radio: “Yo te digo una cosa, así para terminar, yo por la mañana voy al nido de mi hija y si veo a dos lesbianas u homosexuales chapando, les pido por favor que se vayan a la primera y segunda, a la tercera ya los estoy pateando”.
Once años después, los policías siguen sin ser sancionados y Phillip Butters continúa con un espacio en la pantalla chica. Aparentemente, utilizar la fuerza de manera desmedida en condición de efectivo policial es enfrentar una provocación y predicar discursos de odio al aire no es tan grave, pues lo que pesa más es la “libertad de expresión”.
La diversidad sexual, que sigue siendo un tema tabú, va ganando espacio en los pueblos a pesar de los prejuicios, la violencia y los abusos sufridos. La imagen de arriba muestra a Cacica Majur | Foto: Archivo personal/Usada con autorización de Amazônia Real
Más indígenas hablan sobre la diversidad e identidad sexual en sus comunidades.
Este texto, escrito es de Keka Werneck y se publicó originalmente en el sitio web Amazônia Real en diciembre de 2021. Se reproduce aquí en virtud de una asociación, con algunas modificaciones.
Majur empezó a darse cuenta de su identidad como niña a los 12 años. En la aldea Apido Paru, Tierra Indígena Tadarimana en Rondonópolis, en el estado brasileño de Mato Grosso, donde nació y vive, esto nunca fue un tema problemático. Sin embargo, durante un tiempo, la mujer indígena de la etnia boe bororo no comprendió del todo lo que estaba ocurriendo en su interior.
Hoy, a los 30 años, se identifica como mujer transgénero y está pasando por la transición de género, a la vez que se convierte en cacica (jefa indígena), porque su padre, de 79 años, se ha jubilado por problemas de salud.
Desde que se dio cuenta de que era trans, Majur dejó atrás a Gilmar Traytowu, el nombre masculino que le pusieron, y ha construido su identidad como mujer.
«Estoy haciendo (la transición) por partes. En primer lugar, tomo la hormona femenina, con el seguimiento de un endocrinólogo de Rondonópolis», dijo a Amazônia Real en una entrevista.
Majur esperaba someterse al tratamiento de transición de forma gratuita a través del Servicio Único de Salud (SUS, el sistema de salud público de Brasil), pero por la demora en la atención, optó por procedimientos pagados.
En su pueblo, en un estado de la región centro-oeste de Brasil, a Majur siempre la han respetado. Ahora, como cacica y al frente de una comunidad de unos 800 habitantes, dice que el respeto ha aumentado. Sabe que esa no es la realidad de la mayoría de los indígenas LGBTQIA+.
«Nosotros, además de ser indígenas, LGBT, sufrimos un doble prejuicio. Aunque nunca he sufrido por parte de mis padres, sí por parte de algunos familiares, y en la sociedad exterior también», explica.
Incluso teniendo la oportunidad de salir del pueblo para estudiar, decidió quedarse y trabajar con su gente. Soltera, cría a dos sobrinas como si fueran sus propias hijas;, dice que una ya le ha dado «dos nietos».
«Siempre digo que nuestra [orientación] sexual no define nuestra personalidad, somos lo que somos, no lo que la sociedad homofóbica quiere que seamos», dice, y añade que siempre da las gracias a Aroe Eimejera – «Dios, el Jefe de las Almas, el Jefe de los Espíritus»- de los bororo por estar bien.
El diseñador amazónico Sioduhi | Foto: Jéssica Lagoas/Usada con autorización de Amazônia Real
Romper el silencio
Aunque el tema sigue siendo tabú, la diversidad sexual en los pueblos ha cobrado fuerza pues más indígenas que han decidido romper el silencio.
A los 25 años, el diseñador amazónico Sioduhi, del pueblo pira-tapuya (también llamado Waíkahana), recuerda lo difícil que fue darse cuenta de que era gay.
«Este descubrimiento me dio mucho peso, precisamente porque nací en una zona con un proceso de colonización muy fuerte, que es el Alto Río Negro, en la Amazonia. Allí hay un elevado número de católicos y protestantes. Es un lugar donde la colonización es tan fuerte que todos sufrimos el proceso de integración», afirma.
Consciente del papel que ocupa en la sociedad, ha tratado de orientar este debate de forma más abierta.
«Como indígena, LGBTQIA+ y diseñadora de moda con algo de influencia, he tocado más estos temas, que todavía son sumamente delicados, por esta construcción del binarismo (hombre-mujer) y la culpa cristiana, que todavía es muy grande. Nos dijeron que íbamos a ir al infierno», dice.
Cuando decidió perseguir su sueño de convertirse en diseñador de moda en São Paulo, llevaba toda esta carga e historia en su maleta, que se reflejaba en su proceso creativo. También llevaba en su maleta la prevaricación, la violación espiritual y los abusos morales. No es raro que un indígena LGBTQIA+ acabe sintiéndose aislado y oprimido dentro de su propio territorio.
Para el pueblo waíkahana, Sioduhi significa «espíritu ancestral de un baiá», el cantor de las ceremonias sagradas. Nació y creció en la comunidad Mariwá, en São Gabriel da Cachoeira, en el Alto Río Negro, estado de Amazonas, región que concentra la mayor diversidad de etnias indígenas, con 23 pueblos diferentes.
A los 12 años se trasladó a la ciudad para estudiar. Hace tres años, Sioduhi llegó a la ciudad de Pedras, en el estado de São Paulo. Resistir es lo que aprendió a hacer, como indígena gay que corría tras el sueño que tenía desde niño de ser diseñador de moda. Creó la marca Sioduhi Studio, de moda indígena.
Antropóloga Bárbara Arisi | Foto: Archivo personal/Usada con autorización de Amazônia Real
Indígena gay
Barbara Arisi, que investiga la diversidad sexual entre los indígenas, es doctora en antropología por la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC).
«Mi investigación doctoral fue con los matis, que viven en la tierra indígena de Vale do Javari, cerca de la frontera con Perú, donde el río Javari separa ambos países», explica.
Arisi, que actualmente vive y enseña en los Países Bajos, es coautora de dos libros sobre el tema. La Tierra Indígena de Vale do Javari se encuentra en el estado de Amazonas y es la segunda mayor tierra indígena del país. Es el hogar de más de 6000 indígenas recientemente contactados y aislados..
«Los cronistas, los sacerdotes, los jesuitas, los dominicos registraron la presencia de otras prácticas sexuales no monógamas y no heterosexuales, que los indígenas, al igual que muchos otros pueblos indígenas del mundo, tenían antes de la colonización europea, admitidas en la comunidad», explica el antropólogo.
«El heterosexismo, la violencia contra las prácticas que luego llamaremos homosexuales, es parte de un proceso de imposición cultural católica sobre las prácticas indígenas relacionadas con las formas de establecer las familias, la sexualidad, la afectividad.»
«El libro trata de todo lo que encontramos de material en la arqueología, en los registros de los cronistas hasta la parte más contemporánea, de cómo los indígenas de hoy en día se reivindican como ‘pueblos maricas’, por ejemplo, un término que se usa en Sudamérica. En Bolivia, los indígenas usan esta expresión», destaca..
El libro también presenta información sobre los académicos indígenas estadounidenses y canadienses que reivindican el número dos del acrónimo de la diversidad: LGBTQIA2+. Esto se debe a que son indígenas y no se sienten cómodos en el binarismo. Se hacen llaman dos espíritus, categoría nativa. El término similar en Brasil sería «indígena gay».
Tarisson Nawa | Foto: Archivo personal/Usada con autorización de Amazônia Real
Fluidez de género
Según el periodista José Tarisson Costa da Silva, indígena y gay del pueblo nawa, en el estado de Acre, al norte de Brasil, hay informes de que sus antepasados vivían su sexualidad de forma tan natural que no era necesario asumir su orientación sexual.
«La sexualidad no tenía esta jerarquía o relación de violencia con las personas, con las diferentes prácticas. Hoy en día, afirmarse como persona indígena LGBT es fundamental para la lucha y el reconocimiento. Es la diferencia dentro de la diferencia», explica.
Tarisson Nawa, que actualmente vive en Manaos, capital del estado de Amazonas, recuerda que la agenda de género en los pueblos indígenas la está planteando el movimiento de mujeres indígenas.
«Porque las luchas de género traen otras formas de ser y vivir dentro del territorio», señala la periodista. «Junto a esta lucha de las mujeres, esta lucha por el territorio, ligada a las cuestiones de género, también vienen las cuestiones de la sexualidad».
Reconoce que en la mayoría de los territorios la colonización ha afectado directamente a la sexualidad de los pueblos indígenas, impactado en sus afectividades, sensibilidades y formas de relacionarse. Al igual que alteró y sigue afectando a la organización social de los pueblos.
«Tengo mis temores al decir que todo es producto de la violencia de la colonización. No lo niego, es un hecho que la colonización tuvo un impacto, pero hay que tener en cuenta que en Brasil hay 305 pueblos indígenas. La diversidad es inmensa, es difícil medir hasta qué punto antes de la colonización existía la fluidez de género y sexualidad en todos estos territorios», afirma.
Para la antropóloga Barbara Arisi, la discriminación y los prejuicios contra la diversidad sexual entre los indígenas dependen del contexto. Aunque muchas comunidades, como la de Majur, tienen aceptación, otras no.
«Hay comunidades muy violentas. En Centroamérica, a las personas las golpean, las maltratan, y para que sigan el binarismo, la forma de castigo suele ser la violación», advierte.
«Siempre pienso que las comunidades indígenas aceptan más a la gente, pero eso no significa que todos, la diferencia es muy grande, hay muchos pueblos, no se puede hablar genéricamente».
Al menos siete reporteros fueron asesinados en 2021 y, en las pocas semanas de 2022, tres más han muerto en ataques. Por tercer año consecutivo, México es considerado el país más peligroso del mundo para los periodistas, según Reporteros sin Fronteras.
José Ignacio Santiago Martínez estaba trabajando durante la madrugada del miércoles. Como reportero de sucesos acababa de recopilar fotografías y videos en una localidad cercana a San Lucas Yosonicaje, en el estado mexicano de Oaxaca.
A las 2:00 am, un taxi rojo comenzó a seguir la camioneta que lo transportaba y, de repente, intentó cerrarle el paso.
«El chofer hizo una maniobra y logró evadirlo, pero los hombres del taxi portaban armas largas y comenzaron a dispararnos. Por fortuna no salimos heridos, pero fueron muchos balazos. Los escoltas me pidieron que me tirara al piso de la camioneta y no levanté la cabeza hasta que nos alejamos de ahí», explica Santiago Martínez, con el miedo vivo en la voz, durante una entrevista con Noticias Telemundo.
El reportero oaxaqueño, director del medio Pluma Digital Noticias, dice que se salvó porque forma parte del Mecanismo Federal de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas que le asignó cuatro escoltas que trabajan en dos turnos. «De no ser por la protección con la que yo contaba, formaría parte de la estadística lamentable que estamos viviendo», comenta Santiago Martínez con desaliento.
A inicios de enero, José Luis Gamboa, fundador del portal de internet Inforegio, fue apuñalado mortalmente en el estado de Veracruz; el 17 de enero mataron al fotoperiodista Margarito Martínez de un balazo en la cabeza, a plena luz del día y frente a su casa en un barrio de Tijuana. Seis días después, asesinaron a la reportera Lourdes Maldonado López, en el mismo estado y también frente a su residencia.
El 31 de enero, durante las últimas horas del mes, el periodista Roberto Toledo fue baleado en Zitácuaro, Michoacán. Toledo, de 55 años, era abogado y articulista del medio Monitor Michoacán y, según informaciones de los medios locales, había recibido múltiples amenazas por lo que fue incluido en el mecanismo de protección del gobierno federal.
En el más reciente informe anual de Reporteros sin Fronteras, México volvió a ser considerado como el país más peligroso del mundo para los periodistas —por tercer año consecutivo— debido al asesinato de al menos siete periodistas en 2021.
«Lo que México enfrenta ahora es producto de la proliferación de la delincuencia organizada en todo el territorio, y la corrupción en los cuerpos policiales y las fiscalías que atentan contra el Estado de Derecho. En realidad, el Gobierno mexicano no tiene la capacidad para atender un problema tan específico como los ataques contra la libertad de prensa», asevera Jan-Albert Hootsen, representante en México del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, por su sigla en inglés).
Según diversas organizaciones, como Artículo 19, la cifra roja del país suma 148 periodistas asesinados por ejercer su oficio desde el año 2000. Al menos, 28 de ellos han muerto durante el mandato de Andrés Manuel López Obrador.
Durante el primer semestre de 2021, Artículo 19 documentó 362 agresiones contra periodistas, es decir, una cada 12 horas.
«Me siento un poquito mal por la situación que estoy viviendo. Siempre que sucede un ataque contra los medios de comunicación nos tienen que mover de nuestro lugar de origen y eso ya lo viví, y lo sufrí», dice Santiago Martínez.
No es la primera vez que el reportero de Oaxaca sufre agresiones por su trabajo periodístico: en 2015 le fracturaron dos brazos y dos años después lo amenazaron de muerte si no trabajaba para difundir las informaciones de unos narcotraficantes, por lo que fue trasladado a Ciudad de México por las autoridades.
A veces me da miedo, pero no pienso retroceder porque hay que seguir informando».
JOSÉ IGNACIO SANTIAGO MARTÍNEZ, PERIODISTA
Santiago Martínez, de solo 31 años, explica que esos incidentes, además del constante acoso a través de los medios digitales han hecho mella en su salud y padece de un intenso estrés. Hace poco más de un mes sufrió un infarto.
«A veces me da miedo, pero no pienso retroceder porque hay que seguir informando. Ese es mi trabajo», asevera.
Familiares y amigos en el entierro de la periodista Laura Maldonado en Tijuana, el 27 de enero de 2022.Marco Ugarte / AP
«Hasta temo por mi vida»
El 26 de marzo de 2019 fue un día normal en las conferencias matutinas del presidente López Obrador.
La reportera Lourdes Maldonado, que trabajaba en Tijuana, hizo algunas preguntas sobre temas de comercio y luego aprovechó ese momento para contarle al mandatario que exigía justicia laboral en una demanda contra Jaime Bonilla Valdez, aliado político del presidente en Baja California, por despido injustificado y adeudos de nómina.
Bonilla Valdez gobernó Baja California entre los años 2019 y 2021, y es el dueño del canal PSN, donde trabajó la reportera.
En esa ocasión, Maldonado miró fijamente a López Obrador y le dijo: «Hasta temo por mi vida». El pasado domingo, cuando se cumplían 669 días de su intervención en la conferencia presidencial, fue asesinada frente a su casa en Tijuana.
La reportera estaba protegida, en su caso, por el Mecanismo Estatal de Protección a Periodistas porque en marzo de 2021 fue agredida cuando dispararon un balazo que perforó el vidrio trasero de su vehículo.
Sin embargo, el incidente del domingo sucedió cuando los oficiales que la custodiaban ya se habían marchado de su residencia. Según la fiscalía estatal, fue abordada por tres hombres y uno le disparó.
Días antes de su asesinato, la reportera había participado en una manifestación para recordar a Margarito Martínez, el fotoperiodista que también fue asesinado en Tijuana.
«Estoy muy consternada, llena de dudas y de conflictos en la mente. Me urge que este caso se aclare, hay que saber cuáles eran las razones por las que asesinaron a Margarito», dijo la periodista en la protesta de la noche del 21 de enero.
Desde 2012, el Gobierno mexicano implementó el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, que actualmente tiene 1,504 beneficiarios, 493 de ellos son profesionales de la comunicación.
Como sucede con la mayoría de los delitos en México, la impunidad en las agresiones contra periodistas es casi total. La Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión inició alrededor de 3,000 investigaciones desde 2010 pero, según Artículo 19, solo logró 22 sentencias condenatorias.
«El Gobierno quiere hacer foros para mejorar el mecanismo de protección, y eso está muy bien, pero las exigencias de la comunidad periodística es muy clara: lo principal es el combate a la impunidad. No puede haber un cambio en la situación de violencia, si no se investiga y se sanciona a las y los perpetradores», afirma Itzia Miravete, coordinadora de prevención en Artículo 19.
Cuando la guerra toca la puerta
Unas 16 horas después del atentado contra Santiago Martínez, el reportero Alejandro Ortiz quedó atrapado en medio de una balacera en Chilpancingo, Guerrero.
Era poco después de las seis de la tarde, y Ortiz acababa de cenar cecina con sus dos hijos y su esposa. Mientras atendía una llamada telefónica comenzó a escuchar una detonaciones estruendosas en Buenavista de la Salud, la comunidad donde vive.
Fueron cientos de balas, el sonido era ensordecedor».
ALEJANDRO ORTIZ, REPORTERO
«Yo pensé que era alguna celebración religiosa, nunca me imaginé que era una descarga de balas de un grupo delictivo», explica con sorpresa.
Al colgar, vio el semblante espantado de su esposa y comprendió que la guerra acababa de estallar afuera de su casa. Rápidamente se abalanzó sobre su familia y todos se tiraron al piso, mientras se comunicaba con las autoridades y sus redes de apoyo para pedir ayuda.
Cuando concluyó la balacera y los maleantes se habían marchado de la zona, llegaron las autoridades con efectivos policiales y militares.
«Fueron cientos de balas, el sonido era ensordecedor y duró más de una hora, sin parar. Mis hijos nunca olvidarán eso», dice con tristeza, mientras recuerda que hace unos años otro grupo armado les quitó cámaras, laptop y una camioneta durante una cobertura.
«Aunque uno está preparado para que sucedan esas cosas en el trabajo, nunca te lo esperas en tu casa, fuera de horario, y cuando ya estás descansando», concluye Ortiz, quien no se encuentra protegido por las autoridades.
Estresado y hastiado, el reportero casi no pudo dormir esa noche. Pero, al día siguiente, escribió un breve texto para drenar su traumática experiencia. El título es elocuente: «Y las balas seguían…».
«Están aniquilando al periodismo»
Para expertos como Hootsen y Miravete, revertir la situación de violencia contra los periodistas llevará años, pero se puede lograr si se fortalecen los mecanismos de protección y se inician procesos de capacitación para las autoridades con el fin de que combatan la impunidad. Además, se deben implementan procesos de reparación.
«El impacto de la violencia que vive la prensa, tanto a nivel físico, psicosocial y económico es brutal. Muchos periodistas se enferman después de estar desplazados, incluso algunos se han muerto, y eso hay que atenderlo», afirma Miravete.
Omar Bello, periodista desplazado de Guerrero, conoce bien las consecuencias de ser extraído de su región. Tuvo que abandonar el paraíso de las playas de Zihuatanejo, por la gris megalópolis capitalina. El 20 de agosto de 2017 recibió una última amenaza de los narcotraficantes de su zona y el mensaje fue claro: «O dejas de portarte mal o te matamos».
Poco después, entró al mecanismo de protección y ahora vive en Ciudad de México.
«Pierdes todo: familia, amigos, empleos y, lo más importante, pierdes tu identidad porque al ser desplazado ya no puedes ejercer más. El mecanismo solo te da ayudas para comida y vivienda pero no te ayuda a volver a ejercer, renuncias a eso. Los delincuentes están aniquilando el periodismo», dice con impotencia.
En su caso, la imposibilidad de ejercer el oficio informativo lo llevó a convertirse en activista por los derechos humanos. En diciembre de 2020, Bello y un grupo de manifestantes se extrajeron sangre frente a la Secretaría de Gobernación capitalina para protestar por los recortes presupuestarios en los mecanismos de protección.
Omar Bello, periodista desplazado, durante una protesta frente a la Secretaría de Gobernación en Ciudad de México, en diciembre de 2020. Foto: Albinson Linares
«Duré más de 25 días en un plantón y no me atendían. Ni siquiera me pusieron escoltas aunque estoy amenazado de muerte. Por eso manchamos con nuestra sangre toda la fachada, ahí quedó mi ADN«, dice con vehemencia.
Santiago Martínez coincide con Bello, y afirma que su experiencia en la capital mexicana fue «un martirio» porque se sentía preso y sin la posibilidad de volver a escribir sobre su amada Oaxaca.
«No te dan ni siquiera un empleo temporal, no te dan alternativas y te encierran en un refugio. Por eso, con todo y los peligros, decidí volver a mi lugar de origen y aquí pienso continuar», concluye.
Si usted tiene información sobre casos de abusos contra periodistas en México puede escribir a albinson.linares@nbcuni.com.
Si hablamos de salsa, Noemi Herrera dice: “Pa’ brava, yo”. Con cabello corto, rostro redondo, lentes pequeños y un amor inmenso hacia el cantante Maelo Rivera, Noemi hace visible el rol de las melómanas de la salsa en el Perú. Pese a ser un género musical donde han destacado nombres como Luis Delgado Aparicio o Luis Rospigliosi, también hay lugar para las mujeres.
Economista y melómana, Noemi nos cuenta por qué tuvo que pasar un ‘examen de admisión’ para entrar a un colectivo formado en su mayoría por hombres, habla sobre las peruanas y amigas dedicadas a investigar la salsa,declara su amor por la música cubana, y se pregunta qué pasará con el patrimonio de los coleccionistas.
¿Cómo descubre la salsa?
Mi vida cambió mientras lavaba mi ropa. Escuchaba el programa de radio de Yolvi Traverso, con Cecilia Tait de coanimadora, llamado Danza Matadora. Allí mencionaron al colectivo La raza latina. Estaban haciendo una convocatoria para integrar el grupo. Fui a la segunda. Llego al lugar y había 52 personas, de las cuales solo cinco eran mujeres. Hasta que llegó un ángel, mi amiga Laurita Piñeiros.
Nos dieron una prueba. Preguntas como ¿para ti cuál es el mejor trombonista?, ¿el mejor violinista?, ¿el mejor saxofonista?, ¿en la percusión?, ¿cuáles son los dioses del Panteón Yoruba?, ¿cuál sería tu desempeño dentro del colectivo? Lo sabía todo, era como un examen de admisión. Creo que fui la primera en terminarlo. A partir de ahí, mi espectro musical creció y conocí a gente maravillosa. Se hicieron conversatorios en el Instituto Nacional de Cultura (actualmente Ministerio de Cultura), Banco Central de Reserva, se hizo un pequeño boletín, estuvimos presentes con nuestra banderola en los conciertos de Héctor Lavoe, Eddie Palmieri e Irakere. Esta asociación duró 10 años más o menos. Yo era la única mujer en el colectivo, pero no me miraban como ‘la única’. Yo era un miembro más.
La raza latina fue una idea de Carlos Loza, Luis Delgado Aparicio, Agustin Tazi y Luis Rospigliosi. Uno dice: “¿Por qué tantos filtros?” Porque el que ingresa debía saber ‘la mata dura’ de la salsa, por así decirlo. Ellos son los que pusieron la semilla para que ahora nosotros podamos seguir disfrutando de esto. Ahora es facilísimo buscar con la computadora, pero en ese tiempo no.
Foto que el señor Carlos Loza compartió a Noemi. Él (agachado, de camisa roja) se encuentra en la tumba de Maelo Rivera en el cementerio San José de Villa Palmeras, Puerto Rico. Foto: archivo personal Noemi Herrera
¿Hay un antes y después en usted cuando fallece Maelo Rivera?
Cuando falleció Maelo Rivera, fue un golpe tremendo. Se abre un espectro que no profundizaba mucho. Da la casualidad que, un día en un restaurante, llegó un joven y le compro un cassette del grupo Irakere. Me encantó. Para mí, el mejor grupo de jazz del mundo. Ahí comencé a investigar más sobre música cubana y me permitió encontrar otras amistades que no eran salseros, pero sí cubanófilos. Tú te imaginas esa suerte. Con Ricardo Ferreira, que lo conocí en la cola del conversatorio del BCR con La raza latina, y el amigo de este, formamos un colectivo que se llamó Sandunguéate, de solo música cubana. Mientras La raza latina expiraba, nacía Sandunguéate. Duró siete u ocho años hasta que Ricardo falleció. Hacíamos, además de conversatorios, emisiones de videos. Para ello, se había contactado con la embajada de Cuba y ellos con un colegio en Cuba para que la entrada a este evento no sea dinero, sino útiles escolares.
Como todo decae, nace otra asociación llamada En clave, donde también estábamos nosotros. Ahí, el 2006, se hizo el primer encuentro de coleccionistas de música salsa de mujeres. Es raro encontrar mujeres que les guste, coleccionen o sepan de salsa. Estaba Angelina Medina, Milagritos Moreno, Norma Livia y yo. Ahora conozco a Maricarmen Montoya y Angelina Acasiete.
En la década de los ochenta, escuchaba un programa radial muy bueno, llamado Salsa Picante, con Roy Rivasplata. Adivina quién estaba ahí presente en vivo con 12 años de edad: Angelina Medina con su mamita. Recuerdo que Roy la mencionaba y, caramba, eso es querer a la música. Ella investiga, es erudita, estudiosa y conocedora de la salsa. En el caso de Milagros Moreno, uno de sus anhelos era tener un programa de radio. Hasta estudió locución, imagínate. A Maricarmen Montoya la conocí en un conversatorio que hubo en la casona de la Universidad San Marcos. Nos dimos un fuerte abrazo, como si la conociera de toda la vida. ¿Cuál fue el común denominador? Es el amor a esta música. Dicen: “Ah, te gusta la salsa, sinónimo de chela o baile”, pero debe haber, en lo que uno difunde, un valor agregado.
Por ejemplo, debes de haber escuchado sobre “Descarga en el barrio” [evento en Lima que revalora la música afrocaribeña] de Omar Córdoba. Tengo el placer de conocerlo desde los 15 años. Se forjó desde muy jovencito como ayudante de otro amigo. Lo que comenzó como algo pequeño, dio en el clavo. Para mí, si hay un premio al emprendedor en algún momento, es para él. Siempre hay una temática; por ejemplo, febrero es de Ray Barreto, junio es Héctor Lavoe, etc, etc. Se crea un ambiente bonito y uno lo disfruta.
Noemi con ‘El rey de las manos duras’, el percusionista y estrella de la Fania: Ray Barretto. Foto: archivo personal Noemi Herrera
¿Qué hace usted con lo que colecciona de salsa?
Eso me preocupa. Tuve la suerte de visitar la casa del señor Luis Rospligliosi en el Callao cuando él fue invitado a una ceremonia de premiación. Tenía una habitación en la que, desde arriba hasta abajo, estaban codificados todos sus CD. Yo me hago la pregunta: “¿Dónde va todo ese patrimonio?”. Yo tengo mis libros, no son 1000 ni 2000, serán 30, también tengo mis LP y CD, pero, ¿qué pasa el día que yo desaparezca?
Mi hijo tiene 20 años, pero cero con la salsa. Conozco a otras personas que posiblemente estén en la misma situación que yo, inclusive el mismo señor Luis Delgado Aparicio. Vi por fotos la maravillosa biblioteca que tenía, pero ¿a dónde fue ese patrimonio musical y biográfico cuando falleció? ¿A dónde va?
Noemi con Luis Delgado Aparicio ‘Saravá’. Es considerado uno de los más importantes difusores de salsa en el Perú. Foto: archivo personal Noemi Herrera
¿Qué viene para Noemi Herrera? ¿Qué se viene relacionado a la salsa? ¿Planea seguir en un colectivo o hacer alianzas?
Desligarme totalmente de la salsa no, pero si hablamos de colectivos, no podría decirlo todavía, porque este tiempo es mi peor enemigo como mamá y trabajadora. Diría que hay varios pendientes. Están los contactos, están los amigos. Lo último que participé fue antes de que iniciara la pandemia en San Marcos. Ahora las universidades te dan total respaldo. ¿Y uno por que no iba? Por el bendito tiempo. Le dije Angelina que sería bonito reunirnos con las amigas y hacer algo solamente de damas. Estuvo de acuerdo. Para mí, no es lo mismo el Zoom con la interacción con el público. También hay que felicitar a Eduardo Livia con El salsero y a Martin Gómez, que sigue con Salserísimo y su canal de YouTube.
Cuando tengo que hacer algo difícil de la chamba, pongo mi música. Uy, se me viene todo a la mente y comienzo a escribir. Te juro que me funciona. Cuando uno pasa por cosas muy tristes, pones el tema que te gusta y, uf, te levantas.
¿Investigadora, historiadora, melómana o coleccionista?
Melómana 100%. Me gusta investigar mucho, leer y conocer. Tengo la costumbre de garabatear libros. Historiadora no, porque hay que dedicarle tiempo y también cierto grado de conocimiento.
¿Qué significa para usted la salsa?
Es vida, así, en una sola palabra. Me hace sentir viva.
Esta selección de relatos reúne a las cuatro ganadoras del Primer Premio Nacional de Crónica Feminista y otras siete mujeres que obtuvieron menciones especiales. Ambos proyectos, el certamen y el libro, son impulsados por la revista feminista Muy Waso.
Diez crónicas feministas escritas por 11 jóvenes autoras han sido publicadas en el libro La Bolivia, una antología de crónica feminista. La colección reúne los textos ganadores del Primer Premio de Crónica Feminista, organizado por la revista Muy Waso en 2019.
Las maternidades, el acoso callejero, la violencia machista y patriarcal (en sus formas más obvias y también sutiles) son algunas de las problemáticas abordadas desde distintas voces, miradas, historias y cuerpos.
Este libro se encuentra disponible, para su distribución y envío, en todo el país.
La antología
La Revista Muy Waso, organizadora del Primer Premio de Crónica Feminista, consiguió publicar La Bolivia luego de dos años de crisis social, política y sanitaria. Sara Molina, una de las galardonadas con el segundo lugar en el Premio, comenta que las historias de La Bolivia “son contadas desde diferentes pieles, pasados, culturas. Las situaciones sociales y económicas también son diferentes, entonces esa es la riqueza y el valor que tiene este libro”.
Para la directora de la Revista Muy Waso, el proceso de la publicación del libro permitió conocer las voces y escrituras de “mujeres que no siempre están ligadas a la literatura o el periodismo, pero que tienen historias urgentes y necesarias con las que todas nos podemos identificar”.
Las ganadoras
Adriana Montenegro es la cronista que obtuvo el primer lugar del Premio de Crónica Feminista 2019 con el relato “(Auto)crónica de una luchona”. El trabajo a cuatro manos de Sara Molina y Rafaela Molina logró el segundo lugar con la crónica “Nacimos libres y nos esclavizaron”.
Daniela Rodríguez obtuvo el tercer lugar con el texto “El feminismo su diversidad y luchas en Tarija”. La antologíca La Bolivia incluye también los escritos de Karina Quiñones, Emma Rada, Fabiana Méndez, Eva Choque, Claudia Michel, Carla Alina Amurrio y Elena Peña. Todas ellas consiguieron menciones especiales.
El libro cuenta con el diseño y la diagramación de la Editorial El Cuervo. El cuidado editorial estuvo a cargo de la escritora Lourdes Reynaga.
Otros proyectos
Debido al contexto económico y social ocasionado por la pandemia, desde 2021 el Premio de Crónica Feminista se transformó en el Fondo de Apoyo a la Producción Periodística de Mujeres y Personas LGBTIQ+ de la Revista Muy Waso. Esta convocatoria se encuentra abierta de manera permanente y es autogestionada por el portal digital feminista Muy Waso.
La Bolivia es el segundo libro en tres años que publica la Revista Muy Waso. En 2019 realizó el lanzamiento de Libreras, una antología desde la Cárcel San Sebastián Mujeres. En esta publicación participaron 15 mujeres privadas de libertad, luego de cinco talleres literarios con reconocidas escritoras y escritores gestionados por la Revista Muy Waso.
El Primer Premio Nacional de Crónica Feminista de la Revista Muy Waso recibió el apoyo de “Micros para avanzar”, microfondos de impulso para colectivos, redes y organizaciones sociales. También recibió el impulso de recursos autogestionados por la Revista Muy Waso.