Una de cada cinco mujeres con discapacidad señalan haber sufrido de algún tipo de violencia por parte de sus parejas. Ellas viven sometidas por una sociedad que las mira con pena e indiferencia, lo que les dificulta aún más reconocer y denunciar estos abusos.
“Diversidad funcional” es el término alternativo que han comenzado a utilizar las personas con discapacidad. Su objetivo es evitar ser tratadas de una forma condescendiente o peyorativa. En el caso de las mujeres, su imagen e identidad son borrosas y distorsionadas. La sociedad, regida por los rígidos cánones estéticos del patriarcado, por el capacitismo y la discafobia, las invisibiliza. Estas mujeres sufren doble discriminación: por ser mujeres y por su diversidad funcional.
Ante esta realidad, los casos de violencia de género en los que las víctimas son mujeres con diversidad funcional pocas veces tienen presencia en los medios de comunicación. El raro número de casos que trascienden son objeto de repulsa desde las organizaciones feministas hegemónicas o por las grandes organizaciones de los llamados “legítimos representantes” de las personas con diversidad funcional.
En España, hasta hace poco tiempo ni siquiera existían datos estadísticos sobre el tema, y en la actualidad son insuficientes. También se debe señalar que las cifras tan solo reflejan una pequeña parte de la realidad, dada la cantidad de casos que no se denuncian.
Una de cada cinco mujeres con discapacidad ha sufrido violencia física o sexual por parte de alguna pareja a lo largo de su vida; es decir, un total del 20% frente al 13% de las mujeres sin diversidad funcional reconocida. En tanto, la cifra de mujeres con diversidad funcional que ha sufrido este tipo de abusos por parte de un miembro con el que guarda algún tipo de relación sentimental alcanza el 10,3%, frente a un 6,2%de las mujeres sin diversidad funcional reconocida.
Según un informe del Parlamento Europeo, las parejas o exparejas son mayoritariamente las figuras agresoras de las mujeres sin diversidad funcional, pero en el caso de las mujeres con diversidad funcional, ellas están expuestas a la violencia por parte del entorno más allá de la pareja, ya sea un familiar cercano, amistades, profesionales de referencia, compañeros de las residencias, entre otros. Estas violencias suelen producirse en el hogar familiar, en el colegio, en el centro ocupacional, etc.
En España, cada día se registran casos en los que las mujeres sufren violencia de género, y bastantes también llegan a los noticiarios y periódicos; sin embargo, rara vez salen a la luz pública cuando una mujer con diversidad funcional es la víctima.
Las barreras en las denuncias
La violencia de género afecta a todas las mujeres de una forma u otra. Sin embargo, a estas mujeres les resulta más difícil reconocer el maltrato. Esto, ya que dichos abusos se crean dentro de su propio entorno familiar o habitacional. Incluso en las instancias policiales y judiciales. La falta de conocimiento, de recursos y formación, o falta de interés suma a este silencio.
También se debe apuntar que estas mujeres, por el hecho de tener una diversidad funcional, están -en muchos casos- condenadas a una infancia infinita. En muchos casos, durante este proceso de vida, su voz es silenciada y un familiar o su pareja, son quienes hablan por ellas. Cuando sufren algún tipo de violencia de género y se plantean denunciar, su único y mayor obstáculo no es solamente llegar a la comisaría, sino que es poder entenderse en ellas mismas, ya que va a denunciar a su agresor, de quien, en muchos casos, depende.
Así, esta mujer con diversidad se da cuenta que no hay protocolos adaptados. Tampoco, existen recursos suficientes para atenderlas con rigor y eficacia. Por ejemplo, es notoria la inexistencia de intérpretes de lengua de signos, casas de acogida que no contemplan la accesibilidad universal, etc.—. También, que las y los diferentes profesionales que tienen que atender a estas mujeres estén formados y sensibilizados. Desde el agente que cursa la denuncia, pasando por los profesionales de la sanidad, abogados y terminando con el juez o la jueza. Todos ellos deberían estar capacitados para apoyar en situaciones de violencia.
Parece ser, que no se toma en cuenta la existencia de estos casos. Es por ello que no existen suficientes recursos ni herramientas para que ellas puedan ser atendidas adecuadamente. Es cuestión de justicia y equidad. De derechos humanos. Todas las vidas humanas tienen el mismo valor y merecen ser vividas sin discriminación ni violencia.
Glosario
Diversidad funcional es un término alternativo al de discapacidad. Ha comenzado a utilizarse por iniciativa de las propias personas afectadas, y pretende sustituir a otros cuya semántica puede considerarse peyorativa, tales como «discapacidad» o «minusvalía». Se trata de un cambio hacia una terminología no negativa sobre la diversidad funcional. El termino fue propuesto en elForo de Vida Independiente llevado a cabo en 2005.
Capacitismo es una forma de discriminación o prejuicio social contra las personas con diversidad funcional.
Discafobia hace referencia a la aversión (fobia, del griego antiguo Φόϐος, fobos, ‘pánico’) obsesiva contra personas con discapacidad o en situación de dependencia, lo que conduce a adoptar o consentir conductas de rechazo, discriminación e invisibilización de las personas con otras capacidades o en situación de dependencia.
El pueblo Kañaris es uno de los tantos pueblos originarios y ancestrales de nuestro país. Su tradición es transmitida por ellos mismos a través de su tejido, sus danzas y su lengua. Todos ellos son unidos; tanto, que han creado un vínculo entre la comunidad campesina, el trabajo en el campo y el medio ambiente. Es por todo ello que, resisten como uno de los últimos pueblos quechua hablantes del norte del Perú, a pesar del riesgo de la explotación minera y las debilidades de la globalización. Conoce sobre ellos en este reportaje.
Justino Huamán Rinza sonríe. Su rostro guarda muchos años dentro y él lo resume en una oración: “Es que nosotros los Kañaris no fuimos conquistados: Por eso todavía hablamos el quechua y por eso en celebración, danzamos”. Luego de eso, toma la caja y el pingullo. Inmediatamente, los apoya en su poncho rojo, e inhala hondo para comenzar a tocar un ritmo. Ese mismo que se aloja en la memoria de todos aquellos que visitamos Kañaris.
La Comunidad Campesina San Juan de Cañaris
Cañaris, -también escrito como Kañaris-, es un pueblo religioso, agricultor y ligado a su historia, que recibe visitas en sus fiestas de aniversario. Su nombre entero es “Comunidad Campesina San Juan Bautista de Kañaris”, ancestral y originario por derecho propio, donde todos sus integrantes se reconocen en el quechua norteño o linwaras, en su vínculo con su comunidad, con el trabajo en el campo y con el medio ambiente.
Territorialmente, Cañaris es un distrito ubicado en Ferreñafe, en la serranía de Lambayeque. Como explica el investigador Pedro Alva, este distrito presenta dos áreas históricamente diferenciadas: la Comunidad Campesina San Juan de Cañaris, en la zona oriental (tradicionalmente conocida como común de indios, comunidad de indígenas y ahora pueblo originario) y, en la zona occidental, una área que fue haciendas y al presente es la Comunidad Túpac Amaru II.
En la presentación del libro “Los Cañaris de Lambayeque y sus títulos coloniales” el autor señala que Kañaris es una comunidad prehispánica que creció en paralelo a Lambayeque y casi en desconección con ella, debido a lo difícil que era (y sigue siendo) el acceso. Es en 1956, que recibe un reconocimiento gubernamental, como “Comunidad de Indígenas”, que en 1970 sería obligada a llamarse “comunidad campesina” por el gobierno de Velasco y se apega a las leyes específicas dictadas para comunidades campesinas como son la Ley N°24656. En distrito limita con Jaén, Cutervo, Incahuasi y Lambayeque y al 2017 contaba con más de 11 mil habitantes.
Cabe señalar que en la actualidad, Kañaris tiene una difícil conección con Lambayeque, debido a lo accidentado de la carretera y es aún más difícil su conección con Incahuasi, la otra comunidad quechua hablante de la región, como han resaltado sus autoridades locales. Cada vez que las lluvias retumban en los cerros, dejando sordos por unas horas a los comuneros, temen quedar aislados por el derrumbe de los cerros sobre la vía que los conecta a Pucará, el pueblo más cercano para el comercio.
La tradición viva y bosques montanos en la Comunidad Kañaris
En Kañaris se habla el quechua norteño como idioma principal, salpicado de palabras en español. Los hombres visten punchus, ponchos rojos o blancos tejidos en lana de oveja, llankis, sandalias tradicionalmente hechas de cuero y sumrus o sombreros de paja. Las mujeres, anuku o pollera de color negra, amplia y tradicionalmente tejida en lana de oveja y sobre la pollera una wacuku o faja. Llevan una blusa de colores cubierta por una pullu o manta de abrigo en el cotidiano o por una liklla o manta de fiesta, con colores vivos. Sobre la cabeza un qatapañu o pañuelo debajo del sombrero y se adornan con collares y pulseras.
En contraste al verde del campo o el negro de la montaña, la ropa de las mujeres resalta en tonalidades rosadas, amarillas, azules o rojas. Las casas, principalmente de adobe robusto, tienen una sala grande, donde se reúnen las familias. La salud se cura gracias a las mujeres que saben de hierbas, curanderos y al seguro integral de salud. Tanto hombres, mujeres y niños trabajan en la siembra, recogiendo legumbres, tubérculos y frutas.
Kañaris alberga tanto identidad cotidiana, como valor natural: Los Bosques Montanos o Bosques de Neblina, estudiados por César Lucero Rinza, son particulares a Kañaris. Estos, tienen un clima húmedo y lluvioso, y se sitúan en la cuenca Chamaya – microcuenca Kañaryaku. En ellos destaca el árbol de la quina -o cascarilla-, las orquídeas y la catarata El Chorro, una de las más grandes de Lambayeque.
Conservan entre la fauna y flora relevante al cóndor, tucán y al puma, así como el helecho arbóreo y el saucecillo. Las fuentes de agua nacen en los páramos de Qiwamarka y generan microcuencas con diversidad biológica en todo su recorrido hacia el mar. La zona abarca tanto bosque seco como bosque húmedo según la altura y relieve del territorio, y guarda en ella flora y fauna relevante.
En el 2017 se llevó a cabo un programa de restauración del ecosistema, mediante la siembra de quina, sauco y cedro, con la intención de mejorar la calidad de vida y acceso al agua, así como brindar sostenibilidad a futuro mediante el comercio de la quina. Esta zona se encuentra en amenaza debido tanto a la degradación antrópica (Cambio de usos de suelo y contaminación con residuos sólidos), así como por grandes cantidades de pérdida de bosque en la cabecera de Kañaryaku, acción del proyecto minero Candente Cooper.
Kañaris y el derecho a la Consulta Previa
Una voz en off, con el acento dulce del quechua que repite las palabras como si fueran versos, resuena en el documental Cañari Amaru, de Tomate Colectivo: “Nosotros queremos aire puro, para nuestros hijos. Queremos que nuestra agua sea limpia y natural, para el futuro de nuestros hijos. Natural, sin abono, sembramos nosotros”. Roberto Rodolfo Reyes Rinza, ex presidente de la Comunidad Campesina, señala que la comunidad apuesta por la conservación del bosque y el agua, así como la alimentación natural. Esto se hizo evidente en el 2010, con el caso Kañaris frente a Candente Cooper.
Protestas frente al proyecto Cañariaco. Foto: Servindi
El Abogado Luis Hallazi resume el caso de la Comunidad de Cañaris y la vulneración al derecho a la consulta previa para SERVINDI. Hace presente que en los años 2010 – 2013 retumbó en Lambayeque el caso de Cañaris frente al proyecto Cañariaco Norte de la minera Candente Cooper, que desarrolló estudios de factibilidad para extraer cobre y oro.
A medida de que la empresa iba logrando sus objetivos, se iba desconociendo a la comunidad. No respetaban los procesos de esta, pues se había realizado una consulta comunal en septiembre del 2010. Esta misma, reflejó un 95% de desaprobación de los y las comuneras frente al avance de la mina. Frente a esto, la empresa Candente Cooper rechazó el resultado, alegando que esta no se hizo de acuerdo a la Ley 24656, por lo que no era vinculante. Sin embargo, esta fue realizada por la comunidad, en su derecho de autonomía organizativa y con presencia estatal.
La invisibilización de esta autonomía y de los estipulado por el Convenio 169 OIT sobre derecho a la Consulta Previa generó un levantamiento de la Comunidad Campesina de Kañaris. Los comuneros, intentaron tomar la carretera. Esta acción, fue reprimida por la policía de forma desproporcionada, llegando -incluso-a insultar a los y las personas que reclamaban. Cabe señalar que, como indica SERVINDI, a diciembre del 2012 según el Gerente General de Energía y Minas de Lambayeque, se registraron 459 concesiones mineras y otras 173 en trámite, concentradas en Kañaris, Incahuasi, Olmos y Oyotún, sin profundizar en la comunicación con las comunidades o en la sostenibilidad de estos proyectos extractivos.
En el documental “Cañaris no está sola”, de Martín Lopez, se puede escuchar a las ronderas sobre los riesgos de la contaminación que este avance en las concesiones significaría. Otro rondero expone que un 96,16% de Cañaris está concesionado por 18 empresas mineras para una futura exploración y el riesgo de la comunidad en en desaparecer o apagarse bajo la mina.
Documental Kañaris no estás sola
Las mujeres Kañaris tejen sueños nuevos
Las mamitas de Kañaris son agricultoras, ronderas y artesanas. Sus tejidos visten y abrigan en el cotidiano a las familias, pero también recogen las tradiciones e historias del pueblo. Su labor en telar ha reunido a quince artesanas en la asociación Warmikuna Awakun Shumaqta (“Las mujeres Kañaris tejen sueños nuevos”), desde el año 2019 presididas por la Sra Lucila Bernilla Gaspar.
En el año 2020 las artesanas ganaron el fondo de Estímulos Económicos para las Artes Escénicas, las Artes Visuales y la Música 2020 – Artes Visuales, del Ministerio de Cultura, con el proyecto “Mujeres tejiendo identidad” (“Warmikuna Awakun Chaynillata”). Esta propuesta de la asociación, coordinada por Rosa Sara Huamán Rinza, tiene como objetivo visibilizar la tradición Kañaris reflejada en la artesanía textil, y así motivar a que las mujeres jóvenes de la comunidad sigan conservando este arte.
En el proyecto “Mujeres tejiendo identidad” las artesanas de la asociación tejerán prendas representativas de la tradición Kañaris que serán presentadas en una exposición abierta al público en Kañaris (octubre) y Chiclayo (noviembre) y también compartidas en su inaugurada cuenta en instagram. Esta experiencia fortalece las técnicas tradicionales, para evitar que la lana industrial o las telas sintéticas ganen a la siempre cómoda e impermeable lana de oveja en la montaña.
Cada prenda tiene un significado y cada color una historia, que se remonta a la época incaica. En las fajas se reflejan |los caminos tradicionales con forma ondulada, el árbol de la quina y las manitos de los cuyes. Las artesanas cuentan qué materiales han usado para que los tintes naturales lleguen a la lana. Ellas, se guían por los ciclos lunares para elegir el mejor momento de corte de lana de oveja, que luego procederán a lavar e hilar.
Mujer, tejedora Kañaris sostiene un telar. FOTO: Harold Espinoza
Sus manos siempre están ocupadas. Como cuenta la Sra Rosa Sara, ella aprendió a tejer muy niña. Recuerda que lo hizo, haciendo mantas gruesas, donde el hilado podía ser tosco y tener errores. Con el tiempo y la práctica, su técnica se iba perfeccionando, para llegar a lograr las fajas labradas o los ponchos finísimos.
“Tejemos porque es algo nuestro. Las prendas que nosotros aprendemos a hacer desde los cinco años por la enseñanza de nuestras abuelitas, son abrigos, mantas y polleras. Es lo que vestimos. Antes de 1970 aquí no conocíamos lanas sintéticas. Si queríamos colores, recurríamos a los bosques para pintar en combinaciones de varias plantas, como la andanga y otras flores”, recuerda Rosa. También dice, “cuando éramos mujeres jóvenes, después de la pedida de mano, a nuestro compañero le regalábamos obligadamente una alforja y un poncho. Esto, para ser el orgullo de nuestras mamás. Por eso ellas nos enseñaban desde muy niñas”
Los Guerreros Cascabeleros
Justino Huamán es docente y director de la Danza de Guerreros Cascabeleros. “Esta danza tiene más de doscientos años. Ya se estaba perdiendo y nosotros lo hemos rescatado para conservar a los danzantes de cascabel”, señala. Esta danza es símbolo de la resistencia de la comunidad Kañaris. Júbilo por no ser conquistados y por conservarse libres y victoriosos.
Los Guerreros Cascabeleros son doce bailarines, vestidos con un pantalón negro de luto, una camisa blanca de paz y un poncho rojo, de la sangre de los caídos durante las guerras. En las manos llevan un pallio, similar a una espada pulida en madera, y una corona de color, en la que traen la victoria. El Sr. Justino toca la música con la que los Guerreros danzan, usando un pingullo y una caja (equivalentes a una flauta dulce y un tambor).
Guerreros Cascabeleros. FOTO: MINCUL
Es tradición ver danzar a los Guerreros Cascabeleros en la fiesta de San Juan Bautista. Como señala Benito Lucero Rinza, mientras ellos se presentan, las señoras visten al Santo y adornan su portal con palmas y flores. Los danzantes ofrecen varias piezas como el Golpe, el palio, el cascabeleado, el gavilán, la casaca, el borracho, entre otros. Cada una dura de 5 a 8 minutos, y su sonido resuena en todo el pueblo.
En el año 2019, gracias a la labor de docentes y líderes locales, la Danza de los Guerreros Cascabeleros fue reconocida como Patrimonio Cultural de la Nación por la UNESCO. En el aniversario de la Comunidad, recibieron la declaratoria de manos de la entonces ministra Ulla Holmquist.
Otro caso relevante en la comunidad son las y los maestros, que reciben a sus estudiantes con su ropa tradicional y se cercioran de hacer al menos 8 horas a la semana en quechua linwaras. Buscan formar infancias en ambos idiomas. Estos maestros parten desde la identidad. Por ejemplo, Eloy Reyes, quien se especializa en educación intercultural bilingüe en quechua norteño y ha sido Premio Nacional de Innovación Educativa 2019.
La cultura viva en la comunidad
Cañaris es una comunidad abierta y amigable, que recibe con cariño a quienes les visitan de buena fe. En el año 2016 se promovió el proyecto de turismo vivencial “Déjate adoptar por Cañaris”, donde las familias abrieron sus puertas a los turistas, “hijos adoptivos”, para integrarlos a las costumbres del pueblo, así como a la alimentación y las conmemoraciones de Semana Santa. “Y para que así entiendan por qué nosotras defendemos nuestra comunidad», agrega Rosa Sara cuando recuerda esta actividad.
Tras el COVID-19 el pueblo ya no recibe visitas hace un buen tiempo. Las celebraciones de San Juan Bautista se detuvieron también, pero esperan iniciarlas pronto, para volver a bailar en la plaza, el taqui (en grupos de hombres y mujeres, que giran en un gran círculo), o la cashua, danzada en parejas. Los carnavales bailando alrededor de la unsha (o árbol cubierto de regalos, conocido en otros lugares como la yunza), esperan también una próxima celebración.
Almuerzo tradicional de Kañaris. FOTO: Joao Socola
Cañaris se recuerda como un pueblo valiente que viste los colores de su memoria. Sin embargo, no es su única cualidad. También, dicen ser amorosos y unidos. Sus tradiciones así lo comprueban: ellos chacchan coca para tener energía en el campo y en las fiestas juntan la comida de todas las familias sobre una manta. Inician el brindis con guarapo y comen juntos la gallina, el mote, el dulce de cipchi (o chiuche) y el agüita. Siempre dulce y siempre limpia, de la acequia más cercana. Finalmente, agradecen estar juntos y son felices por tener tanta tradición. Así son los Cañaris.
Clementina Peralta es uno de los asentamientos humanos más unidos que pueden existir en Trujillo. Cada familia de este lugar, tiene un caso que presentar a diario. Aún así, siempre están para apoyarse el uno al otro. Esta vez, presentamos el caso de Faustina Rodríguez, una mujer adulta mayor sordomuda que hasta hace unos días no encontraba esperanza ni ayuda.
El analfabetismo y la discapacidad auditiva son comunes en el sector. Algo semejante ocurre en los adultos mayores que carecen de alimentos, salud y vida digna. Ese es el caso de la querida vecina Faustina Rodríguez Polo. Esta mujer adulta mayor no puede oír ni hablar. Estas condiciones complicaron el proceso para exigir la ansiada pensión 65. La misma, que es brindada a adultos mayores cuando viven en condiciones precarias. A pesar de ello -de tanta lucha e insistencia- una alegría llegó al sector tras darse con la sorpresa que aún había esperanza de poder solucionar y darle calidad a sus últimos días de vida.
Era una tarde ajetreada. Una colega de una radio nacional y yo, caminábamos por los arenales de Clementina. Una señora de aproximadamente 70 años, salía de una choza a punto de caerse. Aquel lugar era el baño al que suele recurrir. La mirada triste de Faustina demuestra lo crudo que puede ser al llegar a la tercera edad.
Faustina es proveniente de Huamachuco, de la región de La Libertad. Vive acompañada de su hijo Silvestre Alcapoma. Él es el mayor de 5 hermanos, quienes hasta el momento, no han preguntado por su madre. Silvestre, desde muy temprano sale a ganarse el pan de cada día en cualquier tipo de trabajo. A veces en construcción, a veces en otros. Cuando la noble anciana se queda sola en su vivienda, son los mismos vecinos quienes le dan cariño. En especial los más pequeños. Son ellos quienes hacen reír a Faustina y le ayudan cuando lo necesita.
Niños y niñas cuidan a los adultos mayores de Clementina. FOTO: Arturo Gutarra
“Últimamente solo estaba comiendo papa sancochada, es lo único que tienen”, manifiestan los vecinos quienes la ven diariamente. Suele hacer un gesto indicando querer hablar. Es imposible verla y no querer ayudarla. Ella intenta, con señas, explicar qué es lo que quiere. En ocasiones no se daba a comprender, pero entre los intentos de hacer señas a objetos, partes del cuerpo y otras cosas, entendimos que lo que exigía Faustina era su pensión. Asimismo, que un médico le haga una revisión. Esto, ya que manifestaba un dolor en la parte del estómago. Es por ello que, un médico en Clementina es urgente para estos casos.
Faustina sosteniendo el tubérculo que come a diario. FOTO: Arturo Gutarra
La burocracia, a veces, suele ser un obstáculo para denunciar y resolver problemas sociales. Por ejemplo, en Arequipa, son al menos 600 adultos mayores que continúan a la espera de ser incluidos en el programa del Estado que beneficia a personas de la edad de Faustina. Muchos, como ella, están en espera del subsidio monetario. La cifra presentada por Defensoría del Pueblo demuestra la falta de apoyo para las mujeres en estado vulnerable. Un 73,90% no está afiliado(a) a un sistema de pensión. Así mismo, un 56,08% de la población femenina, no recibe pensión, ni Pensión 65.
Comité de damas reclama al estado por el olvido de Faustina. FOTO: Arturo Gutarra
Volviendo a Trujillo, el caso fue difundido a través de las transmisiones en vivo para que las y los vecinos puedan levantar su voz y puedan acceder a la petición. Las lágrimas de Faustina abrazando a su nieto menor conmovieron a los presentes.
Al día siguiente, la municipalidad distrital llegó al lugar con donativos para Faustina. Ella apreciaba con sorpresa y alegría lo que sucedía. Aquellos días de oración en silencio dieron frutos. Martin Namay,Alcalde del distrito de La Esperanza, aseguró que en un corto plazo, Faustina recibiría su pensión.
Donación de víveres y materiales para Faustina y su hijo. FOTO: Arturo Gutarra
Luego de 2 años, la municipalidad puso cartas en el asunto para acelerar el trámite de la pensión. Pero, ¿cómo y porqué el alcalde “se puso las pilas” luego de que estos casos sean difundidos? Es sencillo. Anteriormente, ya se había hecho un llamado de atención a través de distintos medios de comunicación para difundir las quejas de los moradores. Como el tema de educación (Exitosa Trujillo), mujeres sin identificación (intervención de La Antígona), y este último caso, el de Faustina. Asimismo, representantes del MIDIS acudieron al lugar para gestionar el trámite. En la sede central habían aceptado la solicitud y se pondría en marcha el proceso. Así, Faustina podrá acceder al banco y recoger su dinero equivalente a 250 nuevos soles.
Tras entregar los donativos, Luis Flores –en compañía de su esposa- y la señora Alicia, quien también es parte de la directiva del comité de damas, realizaron un acuerdo para gestionar el traslado de un médico particular de una clínica cercana. Según lo manifestado por los esposos, el redondeo de los chequeos médicos superan más de los cien soles. Sin embargo, el gasto en servicios, fue subsanado por la misma clínica privada Betesda ubicada en el sector Manuel Arévalo.
Al realizar los chequeos, detectaron que la anciana padecía de gastritis. Los medicamentos que le recetaron podrán ayudarla. Casi todos los días el comité de damas realiza las observaciones y vigila la casa de Faustina para verificar que nadie hurte los donativos que le dejaron. Ya que, al vivir sola, corre riesgo de ser víctima de robo.
La mañana del 18 de agosto, Luis Flores recibió una llamada inesperada. Era una gran noticia pues le indicaban que Faustina ya podía acercarse al banco para recoger su dinero. Una camioneta de la Municipalidad realizó las carreras para el recojo.
“Me encuentro muy agradecido que mi mamacita ya pueda recibir su pensión, ha pasado mucho tiempo y perdí las esperanzas. Sin embargo, ya me siento tranquilo”, comentó Silvestre en las afueras del banco. Su rostro lucía iluminado, esperanzado. Luego retornó a su hogar.
Faustina saliendo de recoger su bono en el banco de la nación. FOTO: Arturo Gutarra
En la actualidad, la mamita Faustina –como lo conocen en el centro poblado- cuenta con una silla de ruedas para poder trasladarse. De regreso a Trujillo, Silvia Yupanqui, feminista y periodista radial, y quién ayudo para que Faustina tenga un final feliz con la cobertura brindada desde su espacio, comentó feliz: “Ahora cada vez que me siento derrotada en mi profesión, recuerdo que a través de nuestra denuncia y gracias a la difusión, pudimos cambiar la vida de una persona y exponer esta problemática, eso me recuerda porque escogí ser periodista”.
Si tienes un caso que quieras compartir para que sea difundido, escribe a proyectolaantigona@gmail.com
Momentos históricos que marcaron los 70s, 80s y 90s fueron capturados por las cámaras de estas intrépidas mujeres. En un conversatorio organizado por la Asociación de Foto Periodistas del Perú (AFPP), Alicia Benavides, Beatriz Suárez, Fátima López, Mónica Newton, Carmen Barrantes, Rocío Cáceres, Mariel Vidal, Mayu Mohanna y Nancy Chappell se animaron a compartir sus experiencias en el mundo de la fotografía periodística. Sus imágenes te harán volver en el tiempo…
Nueve mujeres tenían mucho en común: una cámara, un cuarto oscuro en casa, rollos y un don para la fotografía. Ellas descubrieron el poder de la imagen en los albores del fotoperiodismo peruano cuando las cámaras eran análogas y el revelado resultaba esencial para obtener la foto perfecta. Con mucho talento y dedicación lograron colaborar para diarios y revistas reconocidas en el Perú y el extranjero.
CARMEN “LA CHINA” BARRANTES
Alfabetizando mujeres a través de medios audiovisuales, Carmen descubrió el poder de la imagen y su gran valor. Así, en 1975, ‘la china’ tomó un curso de fotografía en Sao Paulo, compró su primera cámara y armó su laboratorio en casa. Comenzó trabajando como fotógrafa freelance para pequeños diarios de origen sindicalista ligados a la izquierda.
Era una época donde la gente empezaba a salir a las calles para marchar y levantar la voz. Fue durante la dictadura de Morales Bermúdez que la china Barrantes capturó, junto a otros colegas, marchas multitudinarias pese a la gran represión del gobierno.
“Era muy intenso y riesgoso, en ese momento, durante las marchas morían personas. Nos lanzaban perdigones sin dirección. Varias hemos vivido la experiencia”, recuerda.
Pese a la represión, el peligro y la escasa remuneración, Carmen seguía en su labor acompañada de un maletín que utilizaba de escalera y también para defenderse de la policía y de otros periodistas.” Tenía un maletín de metal que medía 30 cm y me daba altura para estar por encima de la aglomeración de fotógrafos. Me servía también de escudo protector.”
Por un tiempo tuvo que dejar la fotografía para dedicarse a la consultoría de temas sociales, debido a que el oficio de reportera gráfica no le daba el sustento necesario para mantener a sus tres hijos. Con el tiempo, retomó su vocación. Porque, como ella misma menciona, nunca dejará su alma de reportera.
FÁTIMA LÓPEZ
Fátima López fue una de las primeras egresadas de la facultad de comunicaciones en la Universidad de Lima, fue ahí donde descubrió su amor por la fotografía. Entrar al cuarto oscuro para revelar las fotos era mágico. Rápidamente pidió tener su propio cuarto oscuro en casa. Su familia siempre apoyo este interés por lo que sus obsequios de cumpleaños y navidad eran rollos Tri-X y papel Ilford.
Pronto llevó su talento a la cancha. Trabajó para el suplemento VSD de La República y para la revista Caretas. Y, posteriormente, para el diario El Comercio. Le tocó desempeñar su labor en una época donde las condiciones laborales no eran las mejores para los reporteros gráficos.
“Era difícil, posiblemente no medí nunca el peligro ni las condiciones absurdas con las que trabajamos. Teníamos que llevar nuestro equipo, no teníamos seguro de salud, ni seguro de vida. Nos íbamos a la guerra por amor a la fotografía”, cuenta López.
A Fátima como a muchas otras pioneras del fotoperiodismo le tocó cubrir durante la violenta época del conflicto armado interno. “Mi generación y todos los que hemos tenido la mala suerte de vivir esa época tan violenta sabíamos que había un momento en el que estábamos en peligro si estábamos en la calle. Yo le llamaba “la hora de la bomba”, comenta.
Fátima fue una de las primeras fotógrafas en llegar a Tarata después del atentado de 1992. Ella recuerda muy bien ese día. Como vivía cerca, pudo escuchar la explosión. En pijama se apresuró para salir, se puso un saco, tomó su bicicleta y siguió a un camión de bomberos que iba en dirección a Tarata. “Cuando vi la magnitud de la explosión me quedé sin aire, me agaché, me volví a levantar y empecé a tomar fotos sin parar. Encontré autos todavía con fuego, pedazos de gente, cabezas… Simplemente disparé sin detenerme. Seguí y seguí como una zombie”.
Esa noche, la fotógrafa se quedó cerca del lugar y a la mañana siguiente continuó tomando fotos a las personas que recogían los restos que habían quedado de sus casas. Fue una experiencia que la marcó. Hace 22 años Fátima viajó a Austria y se convirtió en foto corresponsal de la región. Hoy continúa viviendo ahí con sus hijas. Nunca dejó de hacer lo que más ama: fotografiar.
“Tú eres tan bueno como fue tu ultima foto y eso es un estímulo para seguir produciendo”
MÓNICA NEWTON
Mónica había estudiado economía, se había casado y tenía tres hijos cuando en 1984 decidió matricularse en un taller de fotografía, el cual le cambiaría la vida. Más tarde, estudiaría fotografía profesional en el Centro de la Imagen en España.
Segura de su pasión, no dudo en escribirle una nota al jefe de fotografía del diario Ojo pidiéndole practicar como fotógrafa. Inesperadamente, él la contacto y la cito a una reunión el mismo día. Así fue como entro al área de fotografía en donde compartió una oficina con otros 15 fotógrafos hombres. Una pared llena de posters de mujeres voluptuosas en aquella oficina la hizo cuestionarse sobre donde había ido a parar. Pero ella quería trabajar y optó por quedarse. Al ser la única mujer en ese equipo de trabajo tuvo que enfrentarse a conductas machistas. “Al principio era terrible. Todo este conjunto de hombres que eran super machistas y vulgares en muchos momentos me malograron negativos, me publicaban lo malo y en lo bueno no ponían mi nombre”.
Pero con la llegada de su colega Nancy Chappell al equipo las cosas se tranquilizaron. En seis meses ya habían logrado ganarse el cariño de esos hombres quienes ahora las protegían. El diario pronto se convirtió en un lugar lleno de aprendizajes.
“Yo estudié Economía y había leído sobre la pobreza, pero lo que encontré en la calle fue algo no imaginado. En Ojo pude conocer cada plaza, cada posta de salud, cada escuelita, cada cono. Pude realmente tener una visión total de lo que era el Perú”, declara.
Tras su paso por Ojo, llegó a la revista Sí! y, posteriormente, a la unidad de investigación de La República. Lo que la llevó a cubrir en la selva peruana. “Cuando yo llegué a la selva me conecté totalmente con ella. Sentía que, a pesar de la violencia, la vida cotidiana seguía y de pronto cambiaban de canal y estaban riendo, cantando, compartiendo contigo. Entonces quise fotografiar ese documento de vida donde la vida y la muerte hacían un contrapunto.”
A través de la fotografía, Mónica tuvo una transformación. Cuenta que pese a tener tres hijos le tenía mucho temor a la maternidad. Pero recuerda la vez en la que le comentaron algo peculiar en la mayoría de sus fotografías. Casi todas tenían a mujeres y niños. Fue ahí que entendió todo. “La selva como tierra abundante y fértil, y las mujeres de la selva me enseñaron cómo ser madre. La selva salvo mi maternidad”, declara.
ROCÍO CÁCERES
Rocío tenía muy en claro que quería dedicarse a la fotografía, por ello se fue a estudiar a Londres. Ahí empezó a cubrir manifestaciones feministas y antifascistas. Tras diez años, regresó a su patria justo en una década marcada por la violencia. Ser fotógrafa de guerra en los 80s era extremadamente duro.
“Constantemente iba a Ayacucho y cubría manifestaciones bravas. Corrían balas, corrían piedras, mataban a los perros y los colgaban en los postes. Era una cosa atroz. Eran unas mini guerras”.
Una anécdota que impactó a la reportera se dio durante una comisión en la casa del ex presidente Alberto Fujimori, cuando él era aún candidato a la presidencia. Le habían asignado cubrir a Fujimori y el ex mandatario la mandó a llamar. Cuando entró a su casa se topó con una mesa de comedor cubierta de una gran variedad de periódicos. En todos ellos se había publicado la foto de Fujimori con un traje japonés y una espada. Aquella foto que lo hizo enfurecer era obra de Rocío.
“Me dijo: ‘Hace más de 60 años que este periódico desde que salió no ha publicado una sola foto y mira.’ Me enseña la primera página donde está él. Entonces ahí fue donde me pone la espada en el cuello. Yo hasta ese momento estaba un poco desconcertada. Él estaba furioso. Entonces me dice: ‘¡¿Cómo te has atrevido?!’ Y conforme se ponía más colérico me empujaba más la espada en el cuello. Hasta que uno de sus guardaespaldas le bajo la mano y le dijo: ‘Suave, cuidado’”, relata.
Los guardaespaldas ayudaron a que Rocío saliera de la casa, ya que Fujimori no la quería dejar ir. “Entonces cuando estaba saliendo. Me dijo: ‘Yo voy a ser presidente ya vas a ver’. Y yo volteo y le digo: ‘Y llorarás lágrimas de sangre’. Y los dos guardias prácticamente me empujaron para fuera”.
Después del incidente, a Cáceres le quitaron la asignación de cubrir al ex mandatario porque temían que pudiera hacerle daño a la periodista.
NANCY CHAPPELL
En 1987, Nancy Chappell egresó de la carrera de comunicaciones y empezó sus prácticas en el diario Ojo. Ella tenía muy en claro que quería ser redactora, pero en las salas de redacción se dio cuenta que las palabras no le eran suficiente para contar lo que cubría. Empezó a sentir envidia de los fotógrafos que la acompañaban a las comisiones. Así que habló con el jefe de redacción y le suplico que la trasladaran al área de fotografía. La aceptaron por un mes, pero se quedó ahí muchos años.
Era la década de los 90’s, la violencia perduraba en las calles. Nancy viajó por primera vez a Ayacucho para fotografiar las conmemoraciones por semana santa. “Es impactante llegar ahí y ver a a la gente con unos rostros tan sufrientes y en el poco tiempo que estuve, escuchar historias de terror. Fue muy impactante. Y yo como limeña, aún como periodista, había visto todo de una manera tan lejana y me sentí mal.” Después de esa experiencia, Chappell regresó a Lima.
La violencia ya se había movilizado a la capital y los atentados eran frecuentes. En ese clima de guerra, Nancy sentía que la labor que hacían ella y sus demás colegas serviría para parar la guerra. “Siempre tuve esa esperanza y la convicción de que los fotógrafos mostrando imágenes íbamos a hacer un cambio, pero pasaban los años y todo eso se hizo peor.”
Algo que marcó profundamente a la periodista fue cubrir un atentado que acabó con la vida de un taxista en la avenida Canadá en 1992. El hombre tenía 54 años, la misma edad que tenía su padre en ese entonces. Había sido quemado y de su cuerpo aún desprendía humo. “Ese día llegué a mi casa y vomité. Esa noche hubo un coche bomba que voló completamente la Embajada de Bolivia. Y ese día tuve consciencia del miedo de cubrir porque antes no lo había tenido”. La excesiva violencia hizo que Nancy se desencantara de la fotografía. Sentía que se había equivocado, que la fotografía no iba a parar la guerra y optó por no registrar más los horribles actos de terrorismo.
En 2002 la llamaron para participar en la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) y buscar archivos de los 20 años de violencia que sufrió el país. Entre archivos de fotógrafos y distintos medios entendió la importancia del registro fotográfico. “La fotografía sí hace la diferencia. No va a parar la guerra, pero nos crea consciencia, nos acerca, es capaz de confrontar y ser un testimonio. Ahí reside el valor de la fotografía. Nos hace más empáticos».
Créditos: Comunidad Callao Underground. Foto: Camila Brizuela Cisneros.
Llevan casi cuatro años esperando la promulgación de una ordenanza regional que tiene como finalidad la promoción, prevención y sanción de la discriminación por orientación sexual y de identidad de género. Sin embargo, a la fecha, ninguna autoridad les ha brindado un informe del estado situacional de la misma. No obstante, entre tantos problemas, la resignación no es una opción. Motivados y dispuestos a continuar luchando, así se encuentra la comunidad LGBT en el Callao.
“Es lamentable que la reunión no se haya llevado a cabo, pues iba a ser el primer acercamiento entre el Gobierno Regional y la sociedad civil. […] Lamentable que no se haya realizado como para tener también al menos una perspectiva de si es que realmente hay un compromiso de su parte” fue lo que señaló Jonas Ave, activista chalaco por la diversidad sexual y derechos humanos, al cancelarse la reunión cuyo objetivo era conocer el estado situacional del proyecto de la ordenanza regional LGBT del Callao, convocada el pasado martes 10 de agosto por Angie Trujillo, consejera de la Región.
“Fuimos convocados, Julio Callo, activista de la comunidad desde hace más de 20 años y mi persona junto a la gerencia de desarrollo social y la de asesoría legal. Sin embargo, la reunión no se llevó a cabo”, cuenta. Y añade que, aquel día, minutos antes de iniciar la reunión, el asistente de la consejera regional comunicó a los invitados que la autoridad no podría apersonarse. Esto, debido a problemas personales. Inmediatamente, los representantes de las gerencias mencionadas se retiraron de la sala y dejaron solos a los activistas, quienes representan a una comunidad que viene esperando casi 4 años por la aprobación de la ordenanza.
Foto: Prensa
“Las juventudes y lxs activistas nos preguntamos ¿en qué quedó esta ordenanza? Y por ello comenzamos a articular con algunos colectivos del Callao que ya venían impulsando esto en el 2018”, comentó Jonas. De hecho, la mayor parte de estas normativas aprobadas por gobiernos regionales se dan gracias a la incidencia y presión realizada por la misma ciudadanía.
El 8 de septiembre del año pasado, luego de años de lucha, el Gobierno Regional de Arequipa promulgó la Ordenanza Regional de Igualdad y no Discriminación en la Región Arequipa. Dicha normativa previene y sanciona los casos de discriminación por orientación sexual e identidad de género. La Libertad, Lima, Tacna, entre otras regiones; también tienen publicadas ordenanzas que buscan proteger a un sector de la población que sufre altos valores de violencia y discriminación.
Según la II Encuesta Nacional de Derechos Humanos: Población LGBT, elaborada por Ipsos por encargo del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, se estima que en el Perú más de 1.7 millones son miembros de la comunidad LGBT, el 71% de peruanos consideraba que la comunidad LGBT son discriminadas.
Foto: Prensa
También se encontró que el 37 % no estaría dispuesto a contratar a una persona trans, mientras que el 30% no estaría dispuesto a contratar a una persona homosexual. El estudio también reveló que el 46% estaba de acuerdo con que las personas trans viven confundidas, el 45% estaba de acuerdo con que las personas se vuelven homosexuales por traumas de la infancia y el 20% consideraba que las personas con VIH – SIDA no deberían trabajar por poner en riesgo su centro laboral.
Al hablar del caso chalaco, se debe mencionar que ya existe un proyecto de ordenanza regional que busca erradicar la exclusión social sistemática que vive la diversidad chalaca. Esto, a través de su prevención y sanción. Titulada bajo el nombre de Ordenanza Regional para la Defensa y Promoción de los Derechos Humanos de la Población LGTBI y Prevención de la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género en la Región Callao. La misma que, fue una propuesta de la Gerencia de Desarrollo Social de la anterior gestión del Gobierno Regional. Se encuentra aprobada desde el 27 de noviembre del 2018. Sin embargo, como no se promulgó oportunamente, los nuevos órganos de cogobierno regional para el periodo 2019-2022 pidieron su ratificación. Desde allí, la ordenanza regional pasa de despacho en despacho, recibiendo observaciones, recomendaciones, adecuaciones e informes de actualización.
Este largo trámite documentario reduce las esperanzas de que las opiniones de colectivos u organizaciones LGBTQ participen en las modificatorias de una ordenanza que los afecta directamente. Además, puede percibirse como un modo de retrasar su promulgación para dejar aquel trabajo a un nuevo gobierno regional.
“Hoy en día nos hemos dado cuenta de que han comenzado a suprimir o modificar algunos articulados que el Ministerio de la Mujer había emitido”, dijo Jonas. Y añade que la Asesoría Legal ha negado que se ejecute. Asimismo, “la Gerencia de Desarrollo Social solamente ha dicho: Ya, lo subsano, eliminando”, señaló. También comentó que algunas de las modificaciones realizadas debieron ser comunicadas. “Es lamentable porque nosotros como sociedad civil deberíamos haber tomado conocimiento de estas modificaciones cuando hubo un trabajo articulado entre sociedad civil y la Gerencia de Desarrollo Social con la anterior gestión. Por desgracia esto no sucede actualmente”.
Foto: RPP
Existen algunos cambios resaltantes. Uno de ellos, es el retiro del artículo que indicaba que en toda la región debería existir un comunicado en el cual se prohíba todo tipo de discriminación. Así mismo, la observación para que los integrantes de la Mesa Multisectorial (con unidades orgánicas y representantes de la sociedad civil) sea reducida. Esto, a pesar de ellos consideran que algunos actores estratégicos no deberían desaparecer. “No sé qué más habrán retirado porque no tenemos el proyecto final. La reunión no se llevó a cabo. No sabemos qué es lo que se ha quedado”, mencionó.
Al referirse a la demora del trámite de la ordenanza, Angie Trujillo, consejera de la Región Callao, comenta que en este año, la ordenanza regional tuvo 11 observaciones. Estas fueron emitidas por parte de la Gerencia de Asesoría Jurídica. De entre todas ella, solo 10 han sido subsanadas por la Oficina de Desarrollo Social, Población e Igualdad De Oportunidades, Vivienda Y Saneamiento. La misma de la cual depende de la Gerencia de Desarrollo Social.
La observación -que aún no se encuentra subsanada- corresponde a que en el expediente de la ordenanza se guardan copias simples de los antecedentes, cuando se debería adjuntar el documento original. “Existe la presunción de que la oficina encargada, que depende de la Gerencia de Desarrollo Social, habría perdido documentos o piezas procedimentales, procesales y administrativas del expediente. Estos son los antecedentes. A la fecha no ha sacado la resolución de la reconstrucción del expediente”, señala Angie. En la medida que esta característica no se cumpla, la ordenanza no se promulgará.
¿Qué tan poco valor puede tener para un burócrata, el garantizar los derechos de la comunidad LGTB? Un error administrativo puede retrasar procesos legales que son valiosos para asegurar las facultades de cualquier persona. No obstante, como en toda lucha, cada obstáculo es un impulso para mejorar la organización y exigir igualdad con más fuerza .
“No hay bicentenario si no hay un reconocimiento a las diversidades. Eso es lo que pedimos. Queremos que se apruebe esta primera ordenanza, porque no va a ser la última. Hoy en día creo que con la articulación de varixs jóvenes chalacxs venimos con todo. Que se esperen, ya estamos aquí”, comentó Jonas con esperanza en su voz.
La Directora del Museo de Túcume, Bernarda Delgado. Foto: Karen Díaz
En su viaje hacia Trujillo para inscribirse en la Universidad Nacional, Bernarda Delgado no tenía en mente estudiar arqueología. Sin embargo, circunstancias de la vida familiar, sumadas a su admiración por las culturas antiguas la acompañaron en su decisión vocacional. Con el tiempo, estos factores, la convertirían en la Directora del Museo de Túcume, reconocido internacionalmente por su enfoque comunitario y ecológico.
Hija del poeta y compositor del himno de Chiclayo, Alfredo José Delgado Bravo y de una amorosa madre y administradora del hogar. Bernarda Delgado nació en Monsefú, entonces un pueblo pequeño como una gran familia. Tuvo una infancia feliz y ligada al arte. Cuando llegó el momento de estudiar en la universidad, viajó a Trujillo a iniciar una vida universitaria compartida con sus hermanas, amigas y primas, en un ambiente tan alegre como exigente.
En ese entonces, elegir estudiar arqueología era abismal. Tras superar la primera huelga de la universidad, que duró casi dos años, se vio muchas veces en duda de continuar con su formación debido a los comentarios generales. Muchos le decían: “Qué carrera es esa, te vas a morir de hambre”. Así mismo, la metodología de dictado era más teórica que práctica en ese entonces.
Sin embargo, gracias a la inspiración y confianza de sus padres decidió permanecer en el reto de la arqueología y buscar prácticas en campo desde el segundo año de su carrera. Así hizo prácticas en lugares como Chan Chan, Kuelap, Tacaynamo, Huaca de la Luna y en la sierra de Huamachuco. Su madre no entendía bien cómo la niña tímida que se fue de casa, ahora estaba encantada con el trabajo de campo, pero la apoyaba. Con esa experiencia ganada, fue en Kuelap donde la Srta Bernarda trabajó por primera vez con Alfredo Narváez, en ese entonces investigador en la fortaleza, quien la invitaría a sumarse a las investigaciones que iniciaban apenas en el proyecto Túcume.
Una joven arqueóloga en el proyecto Túcume
Lo que hoy en día es uno de los Ecomuseos más reconocidos de América Latina, en ese entonces era aún un lugar apenas en exploración y promovido por el entusiasmo de Thor Heyerdahl. Sí, el internacionalmente reconocido explorador noruego que en 1947, cruzó el Océano Pacífico en la balsa de madera Kon-Tiki. En ese entonces (1988 a 1992) dirigía las excavaciones en el complejo “La Raya”. El proyecto arqueológico de Túcume dirigido por Heyerdahl, Narváez, Arne Skjølsvold y Daniel Sandweiss era entonces una permanente exploración.
Foto: Southamericaplanet
Bernarda Delgado tenía mucho interés por investigar textilería y cerámica a lo largo de su carrera, así que antes de ir a trabajar al sur del país, aceptó la invitación de Alfredo Narváez para venir a Túcume y organizar las piezas de cerámica parte de los nuevos descubrimientos. Lo que sería un proyecto de tres meses, se convirtió al presente en 29 años trabajando en la investigación y gestión de este museo que, bajo la dirección de la mirada de antropólogo-arqueólogo de Narváez, tenía un carácter dinámico y participativo. También, promovía la integración e intercambio de aprendizajes.
Como la arqueóloga recuerda, el contexto de la época no era para nada sencillo. Había superinflación, una epidemia de cólera, el conflicto armado interno y la falta de servicios básicos y recursos. Todas estas carencias fueron suplidas gracias a las personas, especialmente de la comunidad de Túcume, de las que conservan amistad hasta el día de hoy.
La primera experiencia de la arqueóloga Bernarda en Túcume fue la excavación del Templo de la Piedra Sagrada. Tras quince días bajo el sol, comenzaron a encontrar entierros y ofrendas humanas, que había que inventariar, dibujar a mano y analizar. Todas estas piezas son actualmente parte de la exposición del museo. Durante los primeros años, la Srta Bernarda fue la única mujer del proyecto, trabajando en sectores como Huaca 1 y Huaca Las Balsas. De la mano con arqueólogos y el personal de la zona, principalmente varones contratados para ser parte de la excavación.
Foto: Arqueología del Perú
La arqueóloga recuerda estos primeros años en Túcume como un aprendizaje constante e integral que unía la arqueología y la antropología. Tenían a la comunidad involucrada en el proceso. Tanto en la obra como en la sensibilización y diálogo sobre lo que se estaba descubriendo allí.Por ejemplo, en una oportunidad encontraron piezas funerarias con instrumentos que parecían ser de tejido. Compararon con referencias de otras excavaciones y culturas, pero no encontraban el nombre ni los usos de cada herramienta.
Así, guiados por el espíritu comunitario y antropológico que para ese entonces ya tenía el proyecto, iniciaron un diálogo con las mujeres de la zona, hábiles en el tejido, quienes se sorprendieron al notar que las herramientas que aparecían en las excavaciones eran iguales a las que ellas usaban en el presente en el telar de cintura.
La gestión del Museo de Túcume y su enfoque ambiental – comunitario
El proyecto de exploración financiado culminaba pronto, pero no era suficiente. El Museo Túcume se planteó crear para dar continuidad y visibilización a la investigación. Alfredo Narváez Vargas logró gestionar ante el entonces Fondo de Promoción Turística (FOPTUR), la construcción de un museo de sitio para exponer los vestigios arqueológicos procedentes del proyecto arqueológico.
El 20 de agosto de 1992, se inauguró el museo de sitio. Los arqueólogos trabajaron ad honorem en el museo los primeros 8 años, para lograr fortalecer la labor cultural. Este vínculo con las personas de la zona, que estuvieron involucradas desde el principio, delineó el cariz de Museo Comunitario que sostienen hasta ahora. El joven Museo de Túcume, dirigido hasta 1997 por Alfredo Narváez, comenzó a hacer vínculos con la Unidad Ejecutora y Promperú en nuevos proyectos, para pasar de ser considerados “Proyecto arqueológico” a “Museo comunitario”.
Foto: Gobierno del Perú
Desde el principio la visión de este museo fue clara: trabajar vínculos con la comunidad, profundizar en la investigación y así, en palabras de la Srta Bernarda “hacer del pueblo un mejor espacio para vivir a partir del uso del patrimonio”.
Bernarda Delgado, Directora del Museo de Túcume
Desde el año 1997 la arqueóloga Bernarda Delgado quedó a cargo de la dirección del Museo de Túcume, en el delicado trabajo de gestionar proyectos para el museo, impulsar la investigación arqueológico-científica y fortalecer el vínculo con la comunidad. La arqueóloga recuerda que para ese entonces no se contaba con las facilidades actuales respecto a la comunicación y acceso a la información. Por ejemplo, para poder dialogar con otros investigadores hacía uso de la red científica peruana, en cabinas de internet de Chiclayo; o también el recuerdo del Fenómeno del Niño, la peor tormenta del norte, y la lucha para afrontarlo desde el museo.
Pero no todo era dificultad. El ahora antiguo edificio del museo ganó en ese entonces dos premios internacionales de los Colegios de Arqueólogos del Perú y Quito. En 1998 lograron un vínculo con la Unión Europea, que se acrisola en un programa de vinculación con artesanos como tejedoras, cesteras y joyeros, promoviendo la asociatividad, el fortalecimiento de capacidades y el marketing. Su fin es lograr que, mediante el desarrollo económico local, la tradición artesanal antigua se conserve en la comunidad.
Foto: Karen Díaz
La arqueóloga resalta la diferencia entre el Túcume de los años 80’ y el de hoy. En ese entonces el área arqueológica y los cerros y huacas cercanas fueron usados como cantera para material de construcción y arrasada por el gobierno. Esto, ya que aspiraban a construir los caminos del pueblo y obtener materiales. Lo que consiguieron, fue convertir a la zona en un gran basurero.
Ella señala que el proyecto arqueológico de investigación muestra las potencialidades de las “ruinas” como plataforma para gestar el desarrollo del pueblo. Al presente, en este vínculo museo-turismo-comunidad, las personas han interiorizado la importancia de este espacio: Ya no hay huaqueros ni depredación y sí personas unidas a su identidad en Túcume, fortaleciendo así el desarrollo y la calidad de vida de las personas.
Construir el vínculo entre el Complejo Arqueológico y la Comunidad
La arqueóloga señala con mucha ternura que las personas del pueblo, especialmente niños y jóvenes, digan “mi museo” al hablar del Museo Túcume. Para ellos no se trata de una exposición o colección de objetos viejos. Para ellos es trabajo en equipo, perros peruanos, talleres de artesanía, encuentro, comunidad. Este enfoque de nueva museología social gestado por Alfredo Narváez y Bernarda Delgado, expuesto en logros internacionales y con evidentes resultados en el cambio tanto actitudinal como aptitudinal hacia el Sitio Arqueológico se ve reflejado -en tiempos de coronavirus- en el amor y nostalgia de los niños que extrañan su museo.
En la actualidad el Museo de Túcume cumple 29 años este 20 de agosto y es conocido a nivel internacional por la calidad de los descubrimientos de su complejo arqueológico. Por ejemplo, expone la arqueología de culturas como las excavaciones en Túcume entre 1989 y 1994, que reúnen a las culturas lambayeque, chimú e inca.
Es igual de resaltante el vínculo del museo con Túcume, ya que promovieron la creación de una articulación de sociedad civil, que reúne a 35 asociaciones bajo el título de EcoMuseo -que nació en el 2014- y el objetivo de desarrollar acciones comunitarias para la gestión sostenible de su patrimonio cultural y medio ambiente. Esto, mediante la educación para la ciudadanía, la equidad de género y la lucha contra la pobreza.
Foto: El Comercio
Así, más allá de la muestra arqueológica el museo desarrolla y expone actividades educativas como arqueología para niños, talleres con artesanos locales, gastronomía local, entre otros. También realiza actividades ambientales. Como por ejemplo, el Bosque TINI de niños y niñas, el programa educativo para las infancias, el vivero, la planta de reciclaje, el área de cultivo y el bicitour. Múltiples actividades dirigidas a la comunidad y a turistas, que hacen del museo un referente internacional.
El esfuerzo del museo por equilibrar gestión e investigación les permitió postular a oportunidades, como por ejemplo el logro del Fondo Contravalor Perú – Francia que les permitió invertir en proyectos sociales. El ganar este fondo permitió fortalecer el trabajo comunitario y la investigación, en la zona de Huaca Las Balsas. Este esfuerzo, se vió reflejado en el libro sobre Murales en Las Balsas, del cual ella y Alfredo Narvaez son coautores.
Investigadora, gestora cultural y promotora del patrimonio
La srta Bernarda, como todo el mundo la nombra en Túcume, no se encarga sólo de dirigir el museo. Es investigadora, ama la artesanía, estudia los descubrimientos y los analiza para interpretar este patrimonio. Ella resalta el enfoque interdisciplinario para construir conocimiento en el campo, sin un referente previo de investigación en la zona. La gestión cultural vino en el camino posterior a la investigación y le correspondió profundizar en ella desde la Dirección del museo.
Trabajar en Túcume todos estos años abrió su mirada de arqueóloga, al aprender que arqueología no es sólo excavar, investigar y descubrir. Es aún más relevante, humana y útil cuando se conecta intencionalmente con su territorio. El trabajo de la Srta Bernarda no es el activismo cultural, si no la gestión de programas educativos y culturales cristalizados en un plan de manejo para la institución. Es por ello que se capacitó intensamente en sostenibilidad, educación en museos y gestión cultural.
Bernarda resalta que la gestión cultural no es posible si no hay amor de por medio. Tampoco, si no hay entrega al 100%. Gestar cultura y patrimonio es convencimiento y amor, por convicción hecha compromiso. Es por ello que la directora está orgullosa del equipo tras el museo de Túcume. Ya que actúan convencidos del trabajo y la comunidad, reflejados en el enfoque de museología social: museos y comunidad.
Foto: La Industria de Chiclayo
La visión para el futuro del Museo Túcume es “ser el museo consolidado en los aspectos de investigación y conservación científica, puesta en valor para el uso social sobre la base de la sostenibilidad”.
Aquí, la Srta. Bernarda se emociona y amplía la idea: “La sostenibilidad es tanto social, cultural, económica y ambiental. Para nosotros y para la comunidad, el museo es eje para el desarrollo comunitario. Apoyado en la cultura, el turismo sostenible y la educación como herramienta para el desarrollo”. Añade también: “Partir desde la sostenibilidad como eje implica desarrollar alianzas intersectoriales e interinstitucionales. Esto, para que la comunidad sea su principal soporte. Así, ser el mejor museo del mundo, con un trabajo participativo y horizontal para el desarrollo comunitario. Y, que parte de la base comunitaria. El Museo de Túcume tiene reconocimiento internacional no por la colección arqueológica que tienen, si no por el trabajo colectivo”.
Estos vínculos se refuerzan en contexto de pandemia COVID-19. Por ejemplo, el museo está realizando visitas a los niños de sus escuelas, con el vivero, para poder acompañarlos. En palabras de la directora: “Lo más importante ahora para ellos en la gestión cultural en el contexto pandemia es el intercambio de afectos y sentimientos, así como el respeto mutuo en las diferencias”. Es solidaridad, dice ella. No cree que haya un museo en este momento de pandemia que no piense en ser solidario y respetuoso. Tampoco, que no priorice los afectos y las necesidades colectivas. “Esta humanidad es la razón de ser de los museos, ¿si no lo hacen desde ahí, entonces para qué existen?”.
Ejemplo de gestión cultural
Bernarda Delgado es actualmente corresponsal del CECA –Comité de Educación y Acción Cultural del ICOM (Consejo Internacional de Museos). Asimismo, participa representando al Perú en la Mesa Técnica de Sostenibilidad de IberMuseos. En el 2018, recibió el reconocimiento a Persona Meritoria de la Cultura por el MINCUL. Este mismo es dirigido a personas que trabajan en artes, culturas y defensa del patrimonio.
La postulación, nos cuenta, fue gestionada en secreto por su secretaria por lo que recibirla fue una emoción y sorpresa para ella. Ello significó una fiesta familiar, debido a que su carrera le ha impedido estar cerca de su familia. Es por eso que, celebrar con ellos fue un maravilloso regalo.
En este 2021, ha recibido el reconocimiento Bicentenario de Lambayeque, por su compromiso con la sociedad de la región. La directora Delgado es una persona generosa y reconoce la relevancia de con quienes trabajó. Para extender esa gratitud de la calidad humana y profesional que la rodea, ella recomienda a las mujeres jóvenes interesadas en arqueología, patrimonio y gestión cultural: “Existe ahora tal facilidad para el aprendizaje, que sería abominable no aprovecharlo”, enfatizando la disciplina, el respeto, la atención y puntualidad.
Así mismo, reconociendo la experiencia de los mayores y las oportunidades del presente. “No hay buenos profesionales que sean malas personas”, enfatiza ella. “Hay que ser responsable y metódico. Y por sobre todo, aprovechar al máximo las oportunidades que se tengan de hacer prácticas fuera, para la profesionalización personal”.