Mirtha Navarro: “La enfermería no solo es ciencia, es un arte”

Por Emma Ramos

Mirtha Navarro aplicando la vacuna. FOTO: Archivo del Instituto Nacional de Oftamología

Mirtha Navarro, es una de las muchas enfermeras que luchan en primera línea. Fue una de las primeras enfermeras que vacunó a todo el personal de salud  del hospital Víctor Larco Herrera, INO, entre otros. Hoy, conversa con La Antígona para relatar su experiencia sobre su jornada laboral en tiempos de Covid-19 y los obstáculos que se enfrenta por los bajos recursos que presentan los hospitales del país.

Mirtha descubrió su vocación de enfermera desde los 10 años. A esa edad  le gustaba ir al puesto de salud  de Tongorrape, Lambayeque a ayudar a las enfermeras a cortar gasas y algodones. Así mismo, su padre le enseñó a inocular inyecciones y manejar algunos instrumentos quirúrgicos que eran básicos de curaciones, ya que en ese entonces su papá contaba con los conocimientos necesarios porque trabajó en el  área de sanidad del ejército.

A los 16 años decidió viajar a Lima y estudiar su carrera soñada. En su segundo año, empezó a practicar en la clínica CIRLAP junto al Dr. Jorge Cuyubamba (director médico) con quién viene trabajando hace más de 20 años. 

No contenta con obtener el grado de técnica de enfermería, a sus 34 años, decidió estudiar en la universidad para ser licenciada. Pese a muchos obstáculos y responsabilidades de mamá, logró culminar con éxito su carrera.

Actualmente como licenciada nunca pensó vivir una pandemia, ni mucho menos separarse de su familia por temor a contagiarlos. Menos pensó  en descansar o dejar su trabajo, sino al contrario, sus ganas de querer ayudar a su prójimo cada vez eran más fuertes.

Cuando llegó  la pandemia, ¿Dónde recibiste la noticia y cómo cambió o influyó en tu trabajo?

La pandemia llegó en marzo. Yo estaba en una charla en el hospital Grau donde hice mi internado hospitalario. Faltando una semana para terminar el internado se presentó un caso de Covid-19. Además, nos dijeron que no podían haber internas en el hospital porque no contaban con mucho equipo de protección personal. Al principio, lo tomé como una exageración, pensando que esto acabaría en una semana.

El lunes me presenté en mi trabajo,clínica CIRLAP, y me dijeron que entramos en cuarentena, la clínica se cierra. No lo podía creer, esto era realmente serio y peligroso. Hablé con mi jefe para encontrar una solución y la posibilidad de atender al menos por emergencia. Lamentablemente, se presentaron algunos pacientes  positivos, cuando era así, era una cosa de locos porque todos estábamos cubiertos y durante toda la cirugía teníamos que estar con el mameluco, mandil quirúrgico, con tres mascarillas, con los lentes y  el casco encima. 

¿Llegaste a atender a personas con Covid-19?

Sí, se presentaron casos para cirugía y pacientes positivos de covid. No podíamos dejarlos, aún cuando estábamos en el  pico más alto de la pandemia. Me acuerdo que llegó un caso de  apendicitis, no operarlo sería algo inhumano. Para esto mi jefe me consultó sobre qué hacer y yo le respondí: Lo operamos, tomamos todas las medidas  y arriesgamos.

Ese día fue de locos, estuve operando con mi jefe y el anestesiólogo. Solo los tres en cirugía porque nadie más quería operar. Los médicos estaban en su casa y no venían a la clínica porque son adultos mayores. Y el resto del personal se asustó porque temían contagiar a su familia. 

Solo sé que trabajé con miedo, no te puedo decir que 100% feliz, sería mentirte. Además, llamé a mi hermana para decirle que me gustaba mi profesión. Pensé que si tenía que morir sería trabajando. Lo único que le pedí es que siempre cuiden de mi hija. 

En noviembre, la ola de casos bajó y la atención siguió en curso pero siempre estábamos bien protegidos. Lo cierto es que si nosotros elegimos esta carrera vamos a enfrentar las cosas buenas y malas que vengan, por mi parte yo seguiré en la lucha hasta que Dios diga. 

 ¿Crees que hay un reconocimiento especial hacia las enfermeras en este tiempo de la pandemia?

Supuestamente, había un reconocimiento en los hospitales. Sin embargo, escuché una entrevista de una enfermera del Rebagliati que cuenta que en su turno  de 8 horas, de la noche, fallecieron 40 pacientes. Además, ella lloraba y decía que se contagió durante su turno. Lamentablemente, ni siquiera ha sido reconocida. 

En nuestro país las enfermeras que están en primera línea, las que trabajamos 24 horas con los pacientes, nos encontramos bajo la sombra. Un hospital no funciona sin enfermeras, puede tener médicos y anestesiólogos pero sin enfermeras no va funcionar porque nosotras hacemos parte asistencial, administrativa, estamos en salas quirúrgicas, de emergencia; todas las especialidades prácticamente. Damos la cara en esta pandemia. Sin nosotras no funcionaría. 

 ¿Piensas que el país no cuenta con un buen sistema sanitario?

No, nuestro sistema sanitario no está apto. Para empezar, los hospitales tienen carencias de años. Esto, ya que el gobierno nunca invierte. Cuando empezaron a caer los pacientes para UCI, mucha gente murió debido a que no había ventiladores mecánicos. Los hospitales no se abastecen. Los intensivistas son muy pocos en el Perú para atender a tanta población. 

A veces dicen que las enfermeras  no quieren atender y no es así. No es que vayas hacer una cola por gusto; es porque no tenemos camas y eso no es una situación de ahora, sino de años. Nuestro Perú no estuvo preparado para recibir esta pandemia. El sistema de salud es muy pobre.

 ¿Cómo te sentiste cuando te enteraste que, el presidente Martín Vizcarra y personas que formaban su gabinete en ese momento, recibieron antes la vacuna que el personal médico?

La verdad,  me sentí muy decepcionada de nuestras autoridades. Han muerto médicos y enfermeras que estaban en primera línea. Ellos pudieron ser salvados o quizás, en su momento, pudieron ser vacunados.

 ¿Tuviste algún amigo o conocido que perdió la vida? 

Si, un amigo muy cercano llamado Carlos, enfermero instrumentista. Un chico trabajador que cuando vino el Covid-19 fue una de las primeras víctimas. Un día en una cirugía  me enteré que él estaba en UCI, conectado a un ventilador. Fue muy triste para mí porque es joven y pensaba que saldría de esta enfermedad. Al final falleció y dejó huérfanos a sus hijos. Esto del Covid-19 es fuerte y triste. 

¿Cómo fue que llegaste a formar parte del equipo de vacunación?

Yo estaba en el centro de salud Breña. Llegué ahí por el internado y justo llegaron las vacunas. La jefa le dijo a mi tutora que elija a su grupo y ella me mandó junto a una amiga que se llama Cristina. Fuimos una de las primeras enfermeras en vacunar en el hospital Víctor Larco Herrera. Recuerdo que vacunamos el 12 de febrero. Fue la primera dosis; y el 5 de marzo pusimos la segunda dosis. Nos llamaron, nos dieron charlas sobre inmunizaciones, aunque nosotros ya sabíamos porque venimos vacunando desde hace muchos años. También, nos instruyeron sobre las reacciones adversas al medicamento. Ese día vacunamos a más de  400 personas  y no tuvimos ninguna reacción.

¿Cómo sentiste al personal médico cuando recibió la vacuna?

Fue hermoso. Nosotros llegamos al Hospital Víctor Larco Herrera y todos nos aplaudieron. Decían: ¡vivan las enfermeras! Fue muy especial. Nos sentíamos emocionadas porque era ver llegar la esperanza. Nos recibieron con globos y aplausos. Bajamos las vacunas, colocamos nuestras carpas y empezamos a vacunar. Todos estaban felices, contando sus chistes, a pesar de estar con sus mascarillas. 

Esta es una linda experiencia para mi carrera y mi vida. El haber pertenecido a este grupo tan bonito, ha sido una experiencia maravillosa. También, fui al Instituto Nacional de Oftalmología (INO) a vacunar a  más de 200 médicos, enfermeras y técnicos. Todos estaban muy contentos. Si bien es cierto, no estás 100% protegido, sabes que ya tienes algún anticuerpo que va evitar que el contagio sea fuerte. 

Cuando pase la pandemia, ¿con qué momentos te quedarías?

Me voy a quedar con toda la experiencia que logré  en este tiempo porque fue algo nuevo para nosotros, viviré con los recuerdos bonitos que nos unió con mi equipo porque sabemos que la vida se nos podía ir en cualquier momento de nuestras manos. El haber formado  parte del equipo médico en la pandemia, los aplausos que nos dieron los médicos y enfermeros en los hospitales; todos son momentos que nunca olvidaré.

Otro momento importante para mí, fue el tiempo que compartí con mi hija durante la pandemia. Quizá era el tiempo que ella necesitaba y yo no le había dado por mi trabajo. Dios me ha dado mucha fortaleza y sabiduría. 

¿Psicológicamente, tú crees que las enfermeras han sido las más afectadas?

Sí. Ver gente que está en una cama o que se está muriendo es impactante. No tienen idea cómo las enfermeras lloramos por las veces que un paciente no puede recuperarse y tú no sabes qué hacer. A pesar de que das todo de ti, no puedes hacer más. Hay muchas enfermeras muy humanas. Algo positivo de esta pandemia, ha sido que muchas personas han visto que no solamente estamos bajo la sombra, si no que somos quienes podemos ayudarles a resolver cualquier enfermedad que tengan y que estamos ahí para servir. Esta es una de las carreras más sacrificadas y bonitas.

¿Con qué frase cerrarías esta entrevista?

La  enfermería no solo es ciencia, es un arte. Asimismo, que la  manera más hermosa de demostrar esta afirmación, es amando lo que haces. 

Kañaris: Identidad y tradición de un pueblo originario

Por Karien Díaz

Asociación Warmikuna Awakun Shumaqta. Foto: Joao Soccola

El pueblo Kañaris es uno de los tantos pueblos originarios y ancestrales de nuestro país. Su tradición es transmitida por ellos mismos a través de su tejido, sus danzas y su lengua. Todos ellos son unidos; tanto, que han creado un vínculo entre la comunidad campesina, el trabajo en el campo y el medio ambiente. Es por todo ello que, resisten como uno de los últimos pueblos quechua hablantes del norte del Perú, a pesar del riesgo de la explotación minera y las debilidades de la globalización. Conoce sobre ellos en este reportaje.

Justino Huamán Rinza sonríe. Su rostro guarda muchos años dentro y él lo resume en una oración: “Es que nosotros los Kañaris no fuimos conquistados: Por eso todavía hablamos el quechua y por eso en celebración, danzamos”. Luego de eso, toma la caja y el pingullo. Inmediatamente, los apoya en su poncho rojo, e inhala hondo para comenzar a tocar un ritmo. Ese mismo que se aloja en la memoria de todos aquellos que visitamos Kañaris.

La Comunidad Campesina San Juan de Cañaris

Cañaris, -también escrito como Kañaris-, es un pueblo religioso, agricultor y ligado a su historia, que recibe visitas en sus fiestas de aniversario. Su nombre entero es “Comunidad Campesina San Juan Bautista de Kañaris”, ancestral y originario por derecho propio, donde todos sus integrantes se reconocen en el quechua norteño o linwaras, en su vínculo con su comunidad, con el trabajo en el campo y con el medio ambiente.

Territorialmente, Cañaris es un distrito ubicado en Ferreñafe, en la serranía de Lambayeque. Como explica el investigador Pedro Alva, este distrito presenta dos áreas históricamente diferenciadas: la Comunidad Campesina San Juan de Cañaris, en la zona oriental (tradicionalmente conocida como común de indios, comunidad de indígenas y ahora pueblo originario) y, en la zona occidental, una área que fue haciendas y al presente es la Comunidad Túpac Amaru II

En la presentación del libro “Los Cañaris de Lambayeque y sus títulos coloniales” el autor señala que Kañaris es una comunidad prehispánica que creció en paralelo a Lambayeque y casi en desconección con ella, debido a lo difícil que era (y sigue siendo) el acceso. Es en 1956, que recibe un reconocimiento gubernamental, como “Comunidad de Indígenas”, que en 1970 sería obligada a llamarse “comunidad campesina” por el gobierno de Velasco y se apega a las leyes específicas dictadas para comunidades campesinas como son la Ley N°24656. En distrito limita con Jaén, Cutervo, Incahuasi y Lambayeque y al 2017 contaba con más de 11 mil habitantes.

Cabe señalar que en la actualidad, Kañaris tiene una difícil conección con Lambayeque, debido a lo accidentado de la carretera y es aún más difícil su conección con Incahuasi, la otra comunidad quechua hablante de la región, como han resaltado sus autoridades locales. Cada vez que las lluvias retumban en los cerros, dejando sordos por unas horas a los comuneros, temen quedar aislados por el derrumbe de los cerros sobre la vía que los conecta a Pucará, el pueblo más cercano para el comercio.

La tradición viva y bosques montanos en la Comunidad Kañaris

En Kañaris se habla el quechua norteño como idioma principal, salpicado de palabras en español. Los hombres visten punchus, ponchos rojos o blancos tejidos en lana de oveja, llankis, sandalias tradicionalmente hechas de cuero y sumrus o sombreros de paja. Las mujeres, anuku o pollera de color negra, amplia y tradicionalmente tejida en lana de oveja y sobre la pollera una wacuku o faja. Llevan una blusa de colores cubierta por una pullu o manta de abrigo en el cotidiano o por una liklla o manta de fiesta, con colores vivos. Sobre la cabeza un qatapañu o pañuelo debajo del sombrero y se adornan con collares y pulseras. 

En contraste al verde del campo o el negro de la montaña, la ropa de las mujeres resalta en tonalidades rosadas, amarillas, azules o rojas. Las casas, principalmente de adobe robusto, tienen una sala grande, donde se reúnen las familias. La salud se cura gracias a las mujeres que saben de hierbas, curanderos y al seguro integral de salud. Tanto hombres, mujeres y niños trabajan en la siembra, recogiendo legumbres, tubérculos y frutas.

Kañaris alberga tanto identidad cotidiana, como valor natural: Los Bosques Montanos o Bosques de Neblina, estudiados por César Lucero Rinza, son particulares a Kañaris. Estos, tienen un clima húmedo y lluvioso, y se sitúan en la cuenca Chamaya – microcuenca Kañaryaku. En ellos destaca el árbol de la quina -o cascarilla-, las orquídeas y la catarata El Chorro, una de las más grandes de Lambayeque

Conservan entre la fauna y flora relevante al cóndor, tucán y al puma, así como el helecho arbóreo y el saucecillo. Las fuentes de agua nacen en los páramos de Qiwamarka y generan microcuencas con diversidad biológica en todo su recorrido hacia el mar. La zona abarca tanto bosque seco como bosque húmedo según la altura y relieve del territorio, y guarda en ella flora y fauna relevante. 

En el 2017 se llevó a cabo un programa de restauración del ecosistema, mediante la siembra de quina, sauco y cedro, con la intención de mejorar la calidad de vida y acceso al agua, así como brindar sostenibilidad a futuro mediante el comercio de la quina. Esta zona se encuentra en amenaza debido tanto a la degradación antrópica (Cambio de usos de suelo y contaminación con residuos sólidos), así como por grandes cantidades de pérdida de bosque en la cabecera de Kañaryaku, acción del proyecto minero Candente Cooper.

Kañaris y el derecho a la Consulta Previa

Una voz en off, con el acento dulce del quechua que repite las palabras como si fueran versos, resuena en el documental Cañari Amaru, de Tomate Colectivo: “Nosotros queremos aire puro, para nuestros hijos. Queremos que nuestra agua sea limpia y natural, para el futuro de nuestros hijos. Natural, sin abono, sembramos nosotros”. Roberto Rodolfo Reyes Rinza, ex presidente de la Comunidad Campesina, señala que la comunidad apuesta por la conservación del bosque y el agua, así como la alimentación natural. Esto se hizo evidente en el 2010, con el caso Kañaris frente a Candente Cooper.

Protestas frente al proyecto Cañariaco. Foto: Servindi

El Abogado Luis Hallazi resume el caso de la Comunidad de Cañaris y la vulneración al derecho a la consulta previa para SERVINDI. Hace presente que en los años 2010 – 2013 retumbó en Lambayeque el caso de Cañaris frente al proyecto Cañariaco Norte de la minera Candente Cooper, que desarrolló estudios de factibilidad para extraer cobre y oro. 

A medida de que la empresa iba logrando sus objetivos, se iba desconociendo a la comunidad. No respetaban los procesos de esta, pues se había realizado una consulta comunal en septiembre del 2010. Esta misma, reflejó un 95% de desaprobación de los y las comuneras frente al avance de la mina. Frente a esto, la empresa Candente Cooper rechazó el resultado, alegando que esta no se hizo de acuerdo a la Ley 24656, por lo que no era vinculante. Sin embargo, esta fue realizada por la comunidad, en su derecho de autonomía organizativa y con presencia estatal. 

La invisibilización de esta autonomía y de los estipulado por el Convenio 169 OIT sobre derecho a la Consulta Previa generó un levantamiento de la Comunidad Campesina de Kañaris. Los comuneros, intentaron tomar la carretera. Esta acción, fue reprimida por la policía de forma desproporcionada, llegando -incluso-a insultar a los y las personas que reclamaban. Cabe señalar que, como indica SERVINDI, a diciembre del 2012 según el Gerente General de Energía y Minas de Lambayeque, se registraron 459 concesiones mineras y otras 173 en trámite, concentradas en Kañaris, Incahuasi, Olmos y Oyotún, sin profundizar en la comunicación con las comunidades o en la sostenibilidad de estos proyectos extractivos.

En el documental “Cañaris no está sola”, de Martín Lopez, se puede escuchar a las ronderas sobre los riesgos de la contaminación que este avance en las concesiones significaría. Otro rondero expone que un 96,16% de Cañaris está concesionado por 18 empresas mineras para una futura exploración y el riesgo de la comunidad en en desaparecer o apagarse bajo la mina.

Documental Kañaris no estás sola

Las mujeres Kañaris tejen sueños nuevos

Las mamitas de Kañaris son agricultoras, ronderas y artesanas. Sus tejidos visten y abrigan en el cotidiano a las familias, pero también recogen las tradiciones e historias del pueblo. Su labor en telar ha reunido a quince artesanas en la asociación Warmikuna Awakun Shumaqta (“Las mujeres Kañaris tejen sueños nuevos”), desde el año 2019 presididas por la Sra Lucila Bernilla Gaspar. 

En el año 2020 las artesanas ganaron el fondo de Estímulos Económicos para las Artes Escénicas, las Artes Visuales y la Música 2020 – Artes Visuales, del Ministerio de Cultura, con el proyecto “Mujeres tejiendo identidad” (“Warmikuna Awakun Chaynillata”). Esta propuesta de la asociación, coordinada por Rosa Sara Huamán Rinza, tiene como objetivo visibilizar la tradición Kañaris reflejada en la artesanía textil, y así motivar a que las mujeres jóvenes de la comunidad sigan conservando este arte. 

En el proyecto “Mujeres tejiendo identidad” las artesanas de la asociación tejerán prendas representativas de la tradición Kañaris que serán presentadas en una exposición abierta al público en Kañaris (octubre) y Chiclayo (noviembre) y también compartidas en su inaugurada cuenta en instagram. Esta experiencia fortalece las técnicas tradicionales, para evitar que la lana industrial o las telas sintéticas ganen a la siempre cómoda e impermeable lana de oveja en la montaña.

Cada prenda tiene un significado y cada color una historia, que se remonta a la época incaica. En las fajas se reflejan |los caminos tradicionales con forma ondulada, el árbol de la quina y las manitos de los cuyes. Las artesanas cuentan qué materiales han usado para que los tintes naturales lleguen a la lana. Ellas, se guían por los ciclos lunares para elegir el mejor momento de corte de lana de oveja, que luego procederán a lavar e hilar. 

Mujer, tejedora Kañaris sostiene un telar. FOTO: Harold Espinoza

Sus manos siempre están ocupadas. Como cuenta la Sra Rosa Sara, ella aprendió a tejer muy niña. Recuerda que lo hizo, haciendo mantas gruesas, donde el hilado podía ser tosco y tener errores. Con el tiempo y la práctica, su técnica se iba perfeccionando, para llegar a lograr las fajas labradas o los ponchos finísimos. 

“Tejemos porque es algo nuestro. Las prendas que nosotros aprendemos a hacer desde los cinco años por la enseñanza de nuestras abuelitas, son abrigos, mantas y polleras. Es lo que vestimos. Antes de 1970 aquí no conocíamos lanas sintéticas. Si queríamos colores, recurríamos a los bosques para pintar en combinaciones de varias plantas, como la andanga y otras flores”, recuerda Rosa. También dice, “cuando éramos mujeres jóvenes, después de la pedida de mano, a nuestro compañero le regalábamos obligadamente una alforja y un poncho. Esto, para ser el orgullo de nuestras mamás. Por eso ellas nos enseñaban desde muy niñas”

Los Guerreros Cascabeleros

Justino Huamán es docente y director de la Danza de Guerreros Cascabeleros. “Esta danza tiene más de doscientos años. Ya se estaba perdiendo y nosotros lo hemos rescatado para conservar a los danzantes de cascabel”, señala. Esta danza es símbolo de la resistencia de la comunidad Kañaris. Júbilo por no ser conquistados y por conservarse libres y victoriosos. 

Los Guerreros Cascabeleros son doce bailarines, vestidos con un pantalón negro de luto, una camisa blanca de paz y un poncho rojo, de la sangre de los caídos durante las guerras. En las manos llevan un pallio, similar a una espada pulida en madera, y una corona de color, en la que traen la victoria. El Sr. Justino toca la música con la que los Guerreros danzan, usando un pingullo y una caja (equivalentes a una flauta dulce y un tambor). 

Guerreros Cascabeleros. FOTO: MINCUL

Es tradición ver danzar a los Guerreros Cascabeleros en la fiesta de San Juan Bautista. Como señala Benito Lucero Rinza, mientras ellos se presentan, las señoras visten al Santo y adornan su portal con palmas y flores. Los danzantes ofrecen varias piezas como el Golpe, el palio, el cascabeleado, el gavilán, la casaca, el borracho, entre otros. Cada una dura de 5 a 8 minutos, y su sonido resuena en todo el pueblo.

En el año 2019, gracias a la labor de docentes y líderes locales, la Danza de los Guerreros Cascabeleros fue reconocida como Patrimonio Cultural de la Nación por la UNESCO. En el aniversario de la Comunidad, recibieron la declaratoria de manos de la entonces ministra Ulla Holmquist.

Otro caso relevante en la comunidad son las y los maestros, que reciben a sus estudiantes con su ropa tradicional y se cercioran de hacer al menos 8 horas a la semana en quechua linwaras. Buscan formar infancias en ambos idiomas. Estos maestros parten desde la identidad. Por ejemplo, Eloy Reyes, quien se especializa en educación intercultural bilingüe en quechua norteño y ha sido Premio Nacional de Innovación Educativa 2019.

La cultura viva en la comunidad

Cañaris es una comunidad abierta y amigable, que recibe con cariño a quienes les visitan de buena fe. En el año 2016 se promovió el proyecto de turismo vivencial “Déjate adoptar por Cañaris”, donde las familias abrieron sus puertas a los turistas, “hijos adoptivos”, para integrarlos a las costumbres del pueblo, así como a la alimentación y las conmemoraciones de Semana Santa. “Y para que así entiendan por qué nosotras defendemos nuestra comunidad”, agrega Rosa Sara cuando recuerda esta actividad.

Tras el COVID-19 el pueblo ya no recibe visitas hace un buen tiempo. Las celebraciones de San Juan Bautista se detuvieron también, pero esperan iniciarlas pronto, para volver a bailar en la plaza, el taqui (en grupos de hombres y mujeres, que giran en un gran círculo), o la cashua, danzada en parejas. Los carnavales bailando alrededor de la unsha (o árbol cubierto de regalos, conocido en otros lugares como la yunza), esperan también una próxima celebración.

Almuerzo tradicional de Kañaris. FOTO: Joao Socola

Cañaris se recuerda como un pueblo valiente que viste los colores de su memoria. Sin embargo, no es su única cualidad. También, dicen ser amorosos y unidos. Sus tradiciones así lo comprueban: ellos chacchan coca para tener energía en el campo y en las fiestas juntan la comida de todas las familias sobre una manta. Inician el brindis con guarapo y comen juntos la gallina, el mote, el dulce de cipchi (o chiuche) y el agüita. Siempre dulce y siempre limpia, de la acequia más cercana. Finalmente, agradecen estar juntos y son felices por tener tanta tradición. Así son los Cañaris.

LA FE DE FAUSTINA Y SU LUCHA POR LA PENSIÓN 65

Por Arturo Gutarra

Clementina Peralta es uno de los asentamientos humanos más unidos que pueden existir en Trujillo. Cada familia de este lugar, tiene un caso que presentar a diario. Aún así, siempre están para apoyarse el uno al otro. Esta vez, presentamos el caso de Faustina Rodríguez, una mujer adulta mayor sordomuda que hasta hace unos días no encontraba esperanza ni ayuda.

El analfabetismo y la discapacidad auditiva son comunes en el sector.  Algo semejante ocurre en los adultos mayores que carecen de alimentos, salud y vida digna. Ese es el caso de la querida vecina Faustina Rodríguez Polo. Esta mujer adulta mayor no puede oír ni hablar. Estas condiciones complicaron el proceso para exigir la ansiada pensión 65. La misma, que es brindada a adultos mayores cuando viven en condiciones precarias. A pesar de ello -de tanta lucha e insistencia- una alegría llegó al sector tras darse con la sorpresa que aún había esperanza de poder solucionar y darle calidad a sus últimos días de vida. 

Era una tarde ajetreada. Una colega de una radio nacional y yo, caminábamos por los arenales de Clementina. Una señora de aproximadamente 70 años, salía de una choza a punto de caerse. Aquel lugar era el baño al que suele recurrir. La mirada triste de Faustina demuestra lo crudo que puede ser al llegar a la tercera edad. 

Faustina es proveniente de Huamachuco, de la región de La Libertad. Vive acompañada de su hijo Silvestre Alcapoma. Él es el mayor de 5 hermanos, quienes hasta el momento, no han preguntado por su madre. Silvestre, desde muy temprano sale a ganarse el pan de cada día en cualquier tipo de trabajo. A veces en construcción, a veces en otros. Cuando la noble anciana se queda sola en su vivienda, son los mismos vecinos quienes le dan cariño. En especial los más pequeños. Son ellos quienes hacen reír a Faustina y le ayudan cuando lo necesita. 

Niños y niñas cuidan a los adultos mayores de Clementina. FOTO: Arturo Gutarra

“Últimamente solo estaba comiendo papa sancochada, es lo único que tienen”, manifiestan los vecinos quienes la ven diariamente. Suele hacer un gesto indicando querer hablar. Es imposible verla y no querer ayudarla.  Ella intenta, con señas, explicar qué es lo que quiere.  En ocasiones no se daba a comprender, pero entre los intentos de hacer señas a objetos, partes del cuerpo y otras cosas, entendimos que lo que exigía Faustina era su pensión. Asimismo,  que un médico le haga una revisión. Esto, ya que manifestaba un dolor en la parte del estómago. Es por ello que, un médico en Clementina es urgente para estos casos.  

Faustina sosteniendo el tubérculo que come a diario. FOTO: Arturo Gutarra

La burocracia, a veces, suele ser un obstáculo para denunciar y resolver problemas sociales. Por ejemplo, en Arequipa, son al menos 600 adultos mayores que continúan a la espera de ser incluidos en el programa del Estado que beneficia a personas de la edad de Faustina. Muchos, como ella, están en espera del subsidio monetario. La cifra presentada por Defensoría del Pueblo demuestra la falta de apoyo para las mujeres en estado vulnerable. Un 73,90% no está afiliado(a) a un sistema de pensión. Así mismo,  un 56,08% de la población femenina, no recibe pensión, ni Pensión 65. 

Comité de damas reclama al estado por el olvido de Faustina. FOTO: Arturo Gutarra

Volviendo a Trujillo, el caso fue difundido a través de las transmisiones en vivo para que las y los vecinos puedan levantar su voz y puedan acceder a la petición. Las lágrimas de Faustina abrazando a su nieto menor conmovieron a los presentes. 

Al día siguiente, la municipalidad distrital llegó al lugar con donativos para Faustina. Ella apreciaba con sorpresa y alegría lo que sucedía. Aquellos días de oración en silencio dieron frutos. Martin Namay, Alcalde del distrito de La Esperanza, aseguró que en un corto plazo, Faustina recibiría su pensión. 

Donación de víveres y materiales para Faustina y su hijo. FOTO: Arturo Gutarra

Luego de 2 años, la municipalidad puso cartas en el asunto para acelerar el trámite de la pensión. Pero, ¿cómo y porqué el alcalde “se puso las pilas” luego de que estos casos sean difundidos? Es sencillo. Anteriormente, ya se había hecho un llamado de atención a través de distintos medios de comunicación para difundir las quejas de los moradores. Como el tema de educación (Exitosa Trujillo), mujeres sin identificación (intervención de La Antígona), y este último caso,  el de Faustina. Asimismo, representantes del MIDIS acudieron al lugar para gestionar el trámite. En la sede central habían aceptado la solicitud y se pondría en marcha el proceso. Así, Faustina podrá acceder al banco y recoger su dinero equivalente a 250 nuevos soles.

Tras entregar los donativos, Luis Flores –en compañía de su esposa- y la señora Alicia, quien también es parte de la directiva del comité de damas, realizaron un acuerdo para gestionar el traslado de un médico particular de una clínica cercana. Según lo manifestado por los esposos, el redondeo de los chequeos médicos superan más de los cien soles. Sin embargo, el gasto en servicios, fue subsanado por la misma clínica privada Betesda ubicada en el sector Manuel Arévalo. 

Al realizar los chequeos, detectaron que la anciana  padecía de gastritis. Los medicamentos que le recetaron podrán ayudarla. Casi todos los días el comité de damas realiza las observaciones y vigila la casa de Faustina para verificar que nadie hurte los donativos que le dejaron. Ya que, al vivir sola, corre riesgo de ser víctima de robo. 

La mañana del 18 de agosto, Luis Flores recibió una llamada inesperada. Era una gran noticia pues le indicaban que Faustina ya podía acercarse al banco para recoger su dinero. Una camioneta de la Municipalidad realizó las carreras para el recojo. 

“Me encuentro muy agradecido que mi mamacita ya pueda recibir su pensión, ha pasado mucho tiempo y perdí las esperanzas. Sin embargo, ya me siento tranquilo”, comentó Silvestre en las afueras del banco. Su rostro lucía iluminado, esperanzado. Luego retornó a su hogar. 

Faustina saliendo de recoger su bono en el banco de la nación. FOTO: Arturo Gutarra

En la actualidad, la mamita Faustina –como lo conocen en el centro poblado- cuenta con una silla de ruedas para poder trasladarse. De regreso a Trujillo, Silvia Yupanqui, feminista y periodista radial, y quién ayudo para que Faustina tenga un final feliz con la cobertura brindada desde su espacio, comentó feliz: “Ahora cada vez que me siento derrotada en mi profesión, recuerdo que a través de nuestra denuncia y gracias a la difusión, pudimos cambiar la vida de una persona y exponer esta problemática, eso me recuerda porque escogí ser periodista”. 

Si tienes un caso que quieras compartir para que sea difundido, escribe a proyectolaantigona@gmail.com

La Libertad: Vivir sin identidad

La Libertad: Vivir sin identidad

Por Arturo Gutarra

Foto: Arturo Gutarra. Intervención por La Antígona

María Clara Lozano Huamán. Así es cómo la conocen todos sus vecinos y su misma hermana. Sin embargo, esta joven de 24 años de edad no cuenta con un documento que la reconozca e identifique con algún nombre. A pesar de la insistencia de los vecinos, no ha obtenido ayuda para conseguir su partida de nacimiento. Aún así, su historia llegó al corazón de un fotógrafo. El mismo que nos cuenta en esta crónica, cómo es el vivir sin identidad.

Los años pasaron muy rápido para las hermanas Lozano Huamán, viviendo bajo su hogar construido con esteras y calaminas. Trece años que son causa de nostalgia para Deysi, la hermana mayor. Ella, a sus 27 años, toma un rol importante al cuidar a su hermana discapacitada. Viviendo con el misterio del cómo, un día, nunca volvió a hablar ni a escuchar, quedándose así por el resto de su vida.

María Clara
Foto: Arturo Gutarra

Una noche, cuando su hermana se encontraba delicada de salud, Deysi se comunicó con una miembro del comité de damas para solicitar ayuda y para llevarla a un centro de salud más cercano.Lamentablemente, ella no contaba con documentos que identifiquen a su hermana. Este hecho dejó al descubierto que su caso, se convertía en uno más dentro de la cifra de una problemática social que con el pasar del tiempo ha sido olvidada y a la que muchos gobiernos no le han tomado importancia.  

“El silencio es el ruido más fuerte, 

quizás el más fuerte de los ruidos” 

-Miles Davis-

María Clara
Foto: Arturo Gutarra

El distrito de La Esperanza, es el más poblado de la provincia trujillana, según el último censo del 2017. Cuenta con  un aproximado de 189,206 habitantes. Fue este lugar al cual acudí cuando me llegó la propuesta para trabajar como fotógrafo de campaña. Oferta que acepté. Claro, eso implicaba estar pendiente a los viajes en todo el territorio Liberteño. Además, debía estar al tanto de cada movimiento y gesto de mis clientes para capturar el momento perfecto. Cada lugar con población vulnerable se convertía en ese tesoro al que todo postulante al gobierno quiere acercarse. Sus objetivos son repartir palabras ficticias y enamorar a las personas que más necesitan de ellos. Los mismos que ponen toda la fe en que en algún momento, regresarían a visitarlos y cumplir su palabra.

—Iremos al Cerro Cabras, de seguro habrás ido, ¿verdad? —decía una candidata por la «palatina» de Acción Popular. 

—Mis padres dijeron que por ahí es peligroso. No he pasado por esas zonas —respondí temeroso. 

—Tenemos contactos por el sector. Estas personas suman votos. Si vamos, a este paso, de seguro tendríamos el ingreso seguro. —comentó entusiasmado el asesor de campaña, mientras manejaba el automóvil.

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Foto: Enrique Narvaez

Dos mil quinientas familias -incluyendo menores de edad- eran quienes habitaban en los arenales. Aún cuando varias autoridades, locales y regionales, recurrían a la zona a entregar apoyo humanitario, olvidando que sus dirigentes exigían la construcción de veredas.

En el asentamiento, aquellos niños y niñas eran los iconos en las fotografías para elevar la popularidad y robarle puntos a la competencia. Yo, un jóven comunicador, tan solo observaba, graficaba lo oportuno y continuaba con lo mío, mientras iba escuchando las típicas promesas del retorno una vez que alcanzaran la victoria. 

—Envié un oficio al señor Kike. Tuve conocimiento que ganó las elecciones, pero hasta el momento no me responde. Necesitamos su ayuda –aseguraba Martha Villarreal, una de las personeras leales al partido, que conocí hace medio año en este asentamiento humano llamado Clementina Peralta.

Foto: Arturo Gutarra

La historia de este lugar es algo interesante. En 2007, un grupo de moradores sin hogar, trabajo y con una situación inestable recurrieron a las faldas de un cerro muy conocido por los trujillanos y se instalaron ahí.

Tras culminar con mi labor y antes de partir del sitio, sentí el compromiso de continuar descubriendo cuáles eran las problemáticas que, en ese entonces, vivían los habitantes. Fue ahí cuando conocí a Doña Martha y a sus hijos. Los mismos que cada vez que regresó por esos lares, son los primeros en preguntarme cómo me ha estado yendo en el transcurso de los días. La amistad entre los moradores y yo, se ha vuelto tan grande como aquellas de la infancia o de la primaria. Asumo sus problemas como míos, y esto me permite hacer que se visibilicen. 

De entre todos ellos, hay uno en específico, que es necesario conocer. Me refiero al analfabetismo. Este, no solo está presente en la región La Libertad, sino en todo el Perú. No es difícil analizarlo ya que gracias a la información recaudada por La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), se ha ido develando su profundidad. Gracias a un estudio realizado en 2020, hoy sabemos que el analfabetismo llega a los 2 millones 211 mil personas aproximadamente. Es decir, un 12,3% de la población; de entre ellos, el  74,1 % son mujeres. 

***

Unos días después, como suele ser mi costumbre, salí a caminar por los jirones principales de Trujillo y me encontré con colegas. Me hallaba hablando con uno cuando me llegó una llamada desde un número desconocido.

¿Quién podría ser? Me pregunté.

Luego de timbrar 4 veces decidí contestar. La voz temerosa se escuchó en mi teléfono móvil. Era la misma voz que escuché hace 5 meses.

—Joven, le saluda Martha de Clementina… 

—¡Hola! ¡Qué gusto volver a escucharle! ¿Cómo está? ¿Y este número?

Martha pasó a explicarme que uno de sus familiares le estaba prestando un celular ya que lamentablemente en las periferias no cuentan con teléfonos.

—El alcalde vecinal quiere contarte sobre un caso de una vecinita. Te lo paso para que pueda comentarte. –fueron las palabras de la Presidenta del vaso de leche

Los relatos de don Luis Flores, alcalde vecinal de Clementina, me hacían imaginar un panorama complejo. Para entenderlo mejor, tomé la decisión de ir a conocer la historia entre los arenales y el frío significativo de la zona. 

Rompiendo la rutina de casa-centro de ciudad, me arriesgué a ir hasta donde se encontraba mi destino. Fueron ocho kilómetros fuera de Trujillo en un microbús de color verde claro. La música chicha no faltaba en cada viaje de ida-vuelta. La mañana calurosa animaba el día para hacer las cosas bien.  

Un hombre, un tanto ya mayor, que aparentaba 70 años y tenía la cabellera blanca, palmoteaba en significado que un pasajero estaba por bajar. Quién diría que con tan solo un par de monedas harías un gran favor a varias personas que verdaderamente lo necesitaban. 

Foto: Arturo Gutarra

Don Luis Flores Acevedo,  me esperaba al interior de su vivienda. Me encontraba listo para empezar a graficar y conocer más sobre la situación. Cuando ingresé al domicilio, logré observar un folder lleno de documentos hechos a puño y lapicero. Estaban sobre la mesa. Ahí, en el documento había una solicitud dirigida a un nosocomio del centro de la ciudad. Se pedía que entregaran la partida de nacimiento de una joven de 24 años de edad cuyo nombre era María Clara Lozano Huamán. 

María Clara
Foto: Arturo Gutarra

***

Ya era medio día. Las calles alegres de Clementina se llenaban con los vecinos del lugar. Ellos salían de sus casas con tapers. Iban con dirección al comedor popular. Todo el camino me preguntaba por María Clara, ¿en qué condiciones se encontrará? ¿Podrá declarar y contarme su historia? 

Subir esas pequeñas colinas en los arenales me habían traído un grato recuerdo. Cuando inició la pandemia, solía pasar por los asentamientos humanos a recolectar testimonios; tal cómo lo estaba haciendo en ese momento. Esos recuerdos se desvanecieron cuando llegué a la vivienda de las hermanas Lozano. Una joven tímida abrió la puerta. Traía puesta la pijama de color rosa. Don Luis, intentaba hacer algunas señas para explicarle mi visita. Era en vano. 

—No puede hablar, ni oírnos. —dijo Olivia mientras acariciaba su cabello lacio y corto. 

Estando un día entero, conocí personalmente a Deysi Lozano, la apoderada de María Clara. Su mirada de cansancio luego de una larga jornada de trabajo me daba claras señales de su historia.

Sus padres nunca le dijeron el motivo por el que no realizaron el trámite de inscripción de nacimiento de su hija, saliendo del hospital. Esto, ocasiono que nunca contara con una partida de nacimiento. Y se uniera a los más de 277 mil 596 ciudadanos que tampoco cuentan con identificación. 

Los años pasaron y los problemas en casa se presentaron, causando la separación, y posterior ausencia de su madre. Ellas tenían 11 y 13 años.  

—Lo que tengo entendido es que vive por Virú con su nuevo compromiso. No hemos hablado desde hace años y le comenté sobre mi hermana, pero no me dio solución ya que también es analfabeta. —comentó. 

No contar con documentos le ha costado perder los estudios básicos como la educación inicial, primaria y secundaria. Su hermana intenta enseñarle a través de los objetos y también improvisando con un poco de caligrafía. Esto, ya que en su caso, dejó el colegio cursando el 3er año de secundaria para dedicarse a trabajar. Desafortunadamente, su padre falleció producto de un cáncer en la tiroides hace 8 años. 

—Mientras yo trabajaba en ventas, mi hermana se quedaba sola en casa. Hasta el momento continúa así. Si un día no trabajo, no tenemos para comer. Sus mascotas -Sasu, Pequeña y Bobby- son con quienes pasa los tiempos libres mientras se encuentra sola.

Un estudio realizado en base a cifras del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), detalla que los 564 mil 487 habitantes que no cuentan con DNI representan el tres por ciento de la población mayor de 18 años. Las cifras más altas se presentan en Piura, Cajamarca, Loreto y La Libertad -esta última donde reside María Clara-.

Además, existen más mujeres que varones sin DNI, puesto que del total de indocumentados, el 57% son mujeres (310 mil 165).

Deysi empezó a llorar desconsoladamente luego de observar las cifras que le mostraba. Ella nunca paró de asegurar que su hermana es su motor para seguir avanzando. Su familia le dio la espalda y no les quedaba de otra que continuar. 

Foto: Arturo Gutarra

El Comité de damas, un grupo de 10 féminas, son quienes están al cuidado de las dos señoritas. He de recalcar que, en el sector, se han registrado muchos casos de violencia y por ende, ellas deben estar siempre al cuidado de María, al menos cuando se queda sola. Cada madre de familia tiene una historia detrás. Aún así,  consideran a María Clara como una hija más de sus familias. Ellas, brindan así, todo el apoyo emocional que ambas hermanas necesitan en estos tiempos. 

—Desde un principio cuando Deysi se me acercó a pedir ayuda para su hermana, sentí esas ganas de estar ahí con ellas. Lo que exigimos es que sea considerada como ciudadana y contar al menos con un SIS. —aclara la señora Alicia, promotora de la comitiva. 

Foto: Arturo Gutarra

***

La noche de ayer -15 de agosto- las madres de familia se organizaron para preparar una deliciosa torta de vainilla con manjar blanco encima. El motivo fue la celebración por el cumpleaños número 25 de María Clara. Durante el preparativo, estas cálidas damas, recordaban cómo llegaron a conocerla, y cómo han podido ayudar desde su precaria posición. Una de ellas es la señora Martha Estrada. Ella no culminó sus estudios de psicología pero cuando María cae en la tristeza, le brinda algunas charlas para alegrarla. Lo mismo sucede con su vecina Olivia, cuya profesión es enfermera técnica. Ella siempre está atenta para cuando María Clara se enferma. Es, sin duda, la indicada y la primera en darle auxilios.

Foto: Arturo Gutarra

Al llegar a la casa, una sonrisa se dibujó en el rostro de María Clara. No se esperaba la sorpresa que le tenían los vecinos. La esperanza de que a sus 25 años sea considerada ciudadana y sea reconocida por el estado, no ha muerto en ella. Tampoco desaparece el apoyo incondicional de su hermana mayor y la de los vecinos. Estas, perduran haciendo que uno de los sectores más golpeados por la pobreza, siga unido y  apoyándose el uno al otro. 

Foto: Arturo Gutarra

La melodía de la clásica canción “Happy Birthday” empezó a sonar en la puerta de humilde vivienda. Era el broche de oro para culminar un día especial en la vida de María Clara. Una joven con sueños y que aún lucha por su derecho a poseer una identidad a pesar de la negativa y el silencio de las autoridades locales, regionales y nacionales. 

*La Antígona se comunicó con las autoridades relacionadas al caso y no pudo obtener respuesta alguna hasta el cierre de ésta crónica*

Primera Entrada

Primera Entrada

INTRODUCCIÓN

Y la mañana comenzó teniendo oscuros fragmentos de luz en el alba…

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“Las cosas como so”

Cosas Mías

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