El Jueves de Comadres es la festividad previa al carnaval. Esta tiene como principal característica la unión y la confraternización de las comadres, además de la revalorización de las costumbres y reivindicaciones feministas.
Originalmente, esta fiesta inició en Italia en el siglo XIII, y posteriormente se trasladaría a España. Fue así que llegó a los países latinoamericanos, donde el punto de partida fue Tarija, en Bolivia. Actualmente se celebra también en Perú, Ecuador, el norte de Argentina y el norte de Chile.
En esta fecha podemos observar el sincretismo entre el mundo exterior y lo nativo, que da como resultado una fiesta mestiza/intercultural, donde se entrelazan las costumbres y creencias con diferentes características durante diferentes etapas y en diferentes regiones, que finalmente le otorgarán un toque particular y único; es decir, la festividad no será igual en Tarija como lo es en Jujuy. Sin embargo, la finalidad es la misma: reforzar los lazos de amistad de las comadres.
Este día tiene una connotación importante mediante el contexto histórico sociocultural, sobre todo en las zonas rurales y más en Tarija, donde no solo se realizan actividades que refuerzan los lazos de amistad entre mujeres, sino también por la existencia de una estrecha relación con la trasgresión, interpelación y la ruptura del sistema patriarcal, la cual romper con el orden simbólico y jerárquico en el que estamos sometidas por el sistema hegemónico.
De acuerdo con el artículo de María Alejandra Vega y Lía Carla De Ieso: “Celebrar el Jueves de Comadres se torna un reaseguro de la vida y del cuidado de esta, desde lo vincular, en el que se entreteje el disfrute, el “estar juntos”, la colaboración, el intercambio de bienes y la reafirmación de la dignidad del grupo y de cada persona que participa”,
De esta manera, este tipo de espacios se considera como una forma de resistencia por parte de las mujeres; sin embargo, en las primeras etapas significaba la búsqueda de la continuidad de la maternidad, ya que en la época colonial, donde ocurrieron varios enfrentamientos bélicos en el área rural de Tarija, las familias de la zona se encontraban desprotegidas y en riesgo tras sufrir saqueos.
El historiador boliviano Molina Gareca, a través del medio de comunicación Verdad Con Tinta, menciona: “Esta fiesta de las mujeres estaba ubicada en el área rural, no en la ciudad de Tarija. ¿Por qué se justificaba esto? Porque, básicamente, el riesgo de quedar sin madre en esta zona era más alto”.
En este sentido, la finalidad era buscar quién podría continuar con la crianza de los hijos de la comadre si es que esta muriera, pero paralelamente se fortalecían los lazos emocionales, afectivos, de compañerismo, de cuidados y económicos, Era una forma de ayudarse mutuamente que dio como resultado una construcción y apoyo colectivo, subjetivo y afectivo entre mujeres: “Una hermana afectiva”.
Es con esta relación del vínculo y la alianza entre mujeres (affidamento) que se ha generado una ruptura en los patrones, roles y finalmente ha planteado un cuestionamiento colectivo-social sobre las condiciones en las que las mujeres estaban/están expuestas. Lo que se puede constatar a través de las coplas, que son cantos tradicionales de la fiesta. Estas se caracterizan desde el sentido de expresar sus experiencias, vivencias, frustraciones y dolores para compartirlos colectivamente.
“Hablamos de nuestras cosas, de nuestra vida, de nuestras penas a través de nuestro canto”, indica Josefina Aragón en el artículo El Jueves de Comadres en Tilcara: tradición y transformación en tiempos de reivindicaciones.
En estas coplas, se pueden evidenciar el vínculo de sororidad, dolor, reciprocidad y afectividad que se genera entre las comadres. Desde este sentido, se relaciona con la consigna feminista “lo personal es político”; es decir, al compartir las experiencias, vivencias, estas ya no solo son personales, sino que toman un carácter público, colectivo, que ayuda a evidenciar las opresiones estructurales/sistémicas en la sociedad. Como se puede apreciar en la siguiente copla: “Dos hermanitas seremos, donde nos quieran matar, las docitas moriremos sin que nos vean llorar”.
María Alejandra Vega y Lía Carla De Ieso señalan: “(…) por medio de sus coplas construyen representaciones fortalecidas sobre sí mismas que generan las condiciones para constituir un horizonte de superación de las violencias que a diario confrontan en múltiples niveles”.
Como es el caso de Alicia Tellez, quien habló a través del diario El País: “Vamos a bailar todas las compañeras, últimamente nos alegramos más y ya no tenemos que pedir permiso al marido”.
En estos ejemplos, podemos ver el carácter transgresor de la fiesta, y la ruptura de imposiciones en relación al comportamiento de las mujeres, donde anteriormente se les criticaba o hasta intentaban establecer actitudes moralistas o culpabilizantes por beber, salir de fiesta, divertirse o hasta expresarse. A través de los diferentes performances, logran establecer y celebrar la condición de mujer, cuestionando y criticando la autoridad masculina.
“(…) empezamos como amigas, nos juntábamos para ir a los bailes […] En ese momento, la mujer estaba en el pueblo tan, digamos, reducida a la casa, en el pueblo había ciertas posturas… que cuando nosotras salíamos decían que hacíamos desastres. La gente lo veía así… entonces me acuerdo que dijimos: ‘¿Por qué solo los hombres pueden hacer esto?’. Entonces empezaron las críticas: que cómo van a salir las chicas así… Y ahí nosotras dijimos: ‘¿ah, sí? Ahora sí, ¡entonces ahora nos emborrachamos más, y listo!’. Y ahí empezamos a decirnos, a llamarnos comadres, y ese año salimos por primera vez Las Comadres […].”, comenta Amancay en el artículo El Jueves de Comadres en Tilcara: tradición y transformación en tiempos de reivindicaciones.
Lo que se genera a través de estos encuentros y muchos otros que se han ido colectivizando y formando en el tiempo, dentro de las reuniones feministas o mujeres organizadas, es el encuentro que se conoce como “el cuerpo como territorio político”, frase acuñada originalmente por Dorotea Gómez. Este que es el resultado de reconocer que nos encontramos atravesadxs por diferentes vivencias que tienen implicaciones políticas y que hemos crecido con estas, se trata de reconocer, validar y desnaturalizar las experiencias con el sistema patriarcal y otro tipo de sistemas de opresiones, claramente en relación con una visión interseccional. Consecuentemente encontrar lo político y ponerlo en un contexto público y colectivo, genera la identificación de las otras comadres y a su vez el reconocimiento colectivo de estas vivencias.
Como lo explica Amancay en el artículo El Jueves de Comadres en Tilcara: tradición y transformación en tiempos de reivindicaciones: “(…) Lo que quedaba como síntesis, que nos juntábamos a emborracharnos, no fue tan así, porque con las chicas muchas veces se hablaba de las violencias que sufrían muchas de ellas. […] Siempre ayudando a las otras [estábamos]. Siempre. Tanto La Banda como Las Comadres surgen en un momento donde acá la mujer estaba muy oprimida. […] Tenés que tratar el tema de la violencia. Había chicas que se habían criado en un seno muy violento y que creían que eso estaba bien. Que habían visto que el padre le pegaba a la madre y para ellas estaba bien que el novio las faje. Pero también había chicas que nunca habían visto a su papá pegando a su mamá y eso te daba pie para decirles: ‘Mirá, hay otra cosa, ¡esto no es normal!’. Y a través del brindis, del poder compartir, te vas soltando. Vas pudiendo hablar. Y compartir solo con mujeres es maravilloso. Podés hablar de todo”.
CONTEXTO TARIJA
La fiesta, originalmente en Tarija, tenía un aspecto más íntimo, se realizaba entre familiares, y amigos cercanos; sin embargo, a través del tiempo tomó un rumbo más público. El festival comienza desde temprano, cuando una de las comadres va a la casa de la otra y lleva una canasta, la cual contiene albahaca, uvas, choclo y ají. Luego, se la cubre con una pañoleta. Posteriormente, se añaden dulces, globos, pepinos y duraznos y finalmente se decora con serpentina multicolor. Si una comadre entrega la canasta, al año siguiente la otra comadre deberá darle otra canasta.
Y empieza la fiesta con el retumbar de los cohetillos: las risas no faltan, beben chicha y se reúnen todas las comadres. Salen a las calles con sus ropas típicas para finalmente reunirse en la plaza Luis de Fuentes, lugar de concentración donde se organizan y empieza la fiesta con grupos musicales. Entre risas, juegos y alegrías se encuentran festejando las comadres.
CONTEXTO ACTUAL
Tarija.
Después de que la festividad se instalara principalmente en las áreas rurales, no pasaron sino años para que se recuperara en el área urbana. Si bien la actividad no conserva la esencia original y tradicional como en el área rural de Tarija, aún existe la principal característica que tiene mucha importancia en el contexto actual: la hermandad colectiva.
No es que se realicen rituales ni actos simbólicos, sino que fueron reemplazados por reuniones en lugares públicos, los llamados “boliches”, espacios culturales, artísticos, entre otros. Sin embargo, el encuentro, el reencuentro, reconocimiento, los lazos de amistad, el afecto colectivo, la reciprocidad, la ayuda mutua y, sobre todo, la trasgresión siguen presentes en esta festividad a través de la fiesta, la alegría, el compartir y el disfrutar. Actualmente, el festival, junto al de Compadres, fue declarado Patrimonio Cultural en Bolivia. El Jueves de Comadres es un espacio que nos recuerda la importancia de la lucha colectiva.
Mapas literarios de Trujillo. Fotografía de Lizeth Agüero Villacorta. Ex Libris.
El proyecto Ex Libris –ganador de un estímulo económico del Ministerio de Cultura (MINCUL)– organiza recorridos literarios en la ciudad, que la convierten en el escenario de personajes históricos, como María Sandoval. ¿Qué historias viven detrás de las caminatas de los trujillanos?
Es viernes 18 de febrero. Cae la tarde gris en Trujillo, una ciudad, por lo común, amarilla. En la Fundación del Banco de la Nación, Érika Caballero Liñán –historiadora– presenta el primer mapa literario de la ciudad. “La propuesta deEx Libris es vincular la zona con sus historias, reconociendo cómo la literatura la atraviesa de cuadra a cuadra”, afirma.
El resultado del proyecto es una cartografía de tamaño A2, que recoge puntos históricos de la localidad. Durante la presentación, Érika Caballero anuncia que se publicarán más rutas citadinas. Este es, apenas, el primero de la serie.
“Haremos recorridos de mujeres también. Esta vez, con el literario, vamos a empezar con María Sandoval”, comenta emocionada. Con este dato, da un salto hasta el 25 de febrero, día en que se realiza la primera caminata literaria de Trujillo.
Caminatas literarias: el Trujillo de María Sandoval
En Lima, la Casa de la Literatura Peruana organizó “He vuelto a despertar en Lima” durante 2020, un trayecto que recorría espacios importantes paraescritoras mujeres de las décadas de los 80 y 90.
En Trujillo, sin embargo, el panorama era diferente. No solo no se había formalizado ningún recorrido literario hasta la fecha, tampoco lo había hecho la participación de muchas mujeres en la literatura. Luis Paliza Sánchez –compañero de Érika Caballero en Ex Libris– lo menciona al comenzar la guía.
Toda la información en la Página Oficial de Facebook de Ex Libris Truxillo
“[En La Bohemia], hay registro de sus nombres, no apellidos. Es más, se dice que asistían por un tema de afinidad, por el gusto de oír a sus amigos poetas, no porque ellas escribieran… Esta es la crítica que hacemos al Grupo Norte. Las mujeres escribían”.
La Bohemia de Trujillo fue un movimiento cultural que tuvo mayor impacto entre 1910 y 1920. Es recordado por incluir personalidades como las de César Vallejo o Víctor Raúl Haya de la Torre. Sin embargo, como LuisPaliza sostiene, también formaron a mujeres escritoras que no fueron registradas.
Entre ellas, está María Sandoval, quien vivió en el barrio de Santa Ana y frecuentó las reuniones de La Bohemia. Aunque sus escritos fueron recopilados por Teodoro Rivero Ayllón, no han sido muy difundidos. Por eso, Ex Libris inicia el camino de Trujillo a través de sus letras con un texto de su diario.
Trujillo, 18 de febrero de 1915:
He salido sola a la caída de este sol de febrero, a pasear por el óvalo. Es la barriada extrema de la ciudad donde comienza el campo. Me siento bajo los sauces, en la umbría de este camino que mira hacia el poniente. En lo lejano, surgen las torres de la iglesia del pueblo. Hacia allá está Mansiche, con sus chozas pajizas, sus huertos y sus largos tapiales. Hacia allá va la huella de mis pasos, por ahí deambula aún mi alma de colegiala…
(Fragmento del diario de María Sandoval)
A la izquierda, María Sandoval, escritora trujillana. Hasta la actualidad, la gran calidad literaria de sus escritos es eclipsada por su relación con César Vallejo.
Próximas rutas para Trujillo
Ex Libris seguirá produciendo cartografías alrededor de distintos hitos de la localidad. Por ahora, las caminatas literarias se divulgan en sus redes sociales (Instagram y Facebook) con horarios de fines de semana. Se avecinan próximas rutas para la población trujillana, que es peregrina de más historias por contar.
Cartel en manifestación CDMX. Foto: Arleth G. /La Antígona
Cada año en el 8M, las calles de México se llenan de mujeres que toman el espacio público. Con carteles y pañuelos verdes, salen a marchar para exigir una vida libre de violencia, pero, siempre existe la pregunta: ¿las marchas hacen algún cambio?
El 8M (8 de marzo) se conmemora el Día Internacional de la Mujer en todo el mundo, una fecha que lejos de ser una celebración, es un día que reivindica las luchas por la libertad, la equidad y una vida libre de violencias y opresiones para las mujeres.
La marcha de la Ciudad de México es una de las más grandes e importantes del país. En el 2020, se vivió una de las protestas feministas más importantes porque, según cifras oficiales de las autoridades, se reportó la participación de 80 mil personas. También se impulsó la huelga #UnDíaSinMujeres, convocada para crear conciencia sobre nuestro trascendental rol en la sociedad.
Desde semanas antes, los medios de comunicación estaban sacando notas sobre lo que sería la marcha del 8M: Día Internacional de la Mujer este 2022, ya que en el 2021, pocas mujeres pudieron asistir a la manifestación por la pandemia, por lo que se esperaba que en esta ocasión se contara con una gran asistencia y, según cifras oficiales, marcharon 75 mil mujeres en el 8M.
*Mujeres jóvenes con pancarta frente a fuego. Foto: Arleth García
Aunque se buscaba informar, mucha de la información estaba fuera de contexto y generaba el pánico colectivo de las personas creyendo que sería un acto violento, que se agrediría a peatones y dañarían locales. Se decía que iban a haber mujeres infiltradas agrediendo a otras compañeras y que la presencia policiaca iba a encontrarse en todo el recorrido, como una forma de disuadir a que asistieran.
Aunque el Estado sigue reforzando discursos que solamente afectan al movimiento, la lucha de miles de mujeres que se concentran en las calles para volverlas suyas desde diferentes trincheras continúa. Puedes encontrar contingentes que resisten desde el baile, madres e hijas que visibilizan la maternidad deseada, batucadas con consignas sobre la violencia y artistas que van pegando su arte en diferentes paredes con mensajes en contra del Gobierno.
Mientras el presidente Andrés Manuel López Obrador trataba de advertir a la ciudadanía de “los males que trae feminismo”, desde temprano, un zepelín por el dolor de los feminicidios sobrevolaba la Ciudad de México con el letrero: “10 feminicidios diarios”, porque el aumento de la violencia contra las mujeres en México sigue siendo el reclamo constante del feminismo.
“En el primer bimestre del 2022, destacan al menos 80 masacres; al menos, 221 casos de tortura; al menos, 164 casos de mutilación, descuartizamiento y destrucción de cadáveres; al menos, 122 asesinatos de mujeres con crueldad extrema; y al menos, 59 asesinatos de niñas, niños y adolescentes”, reporta la Organización Causa en Común.
*El globo inflable vuela sobre la Ciudad de México. Foto: El País
Marchar se ha vuelto una forma de sabernos presentes tomando el espacio público. ¿Por qué nos lo quieren quitar? No se trata de romantizar las marchas. Es agotador cada año tomar las calles y gritar que quiero una vida libre de violencia. No es justo tener que salir a exigir mis derechos. No quiero gritar que no me maten. No marcho por gusto, sino porque ya estoy cansada de tanta indiferencia a lo que nos sucede.
Cuando viajaba en el transporte rumbo al Ángel de la Independencia en Ciudad de México, escuché al chofer conversando con otro compañero sobre el tráfico que había ese día porque muchas avenidas estaban cerradas o desviadas a otras calles por las marchas. Su tono de voz era de cansancio. Quería decirle que también me siento así, pero no por lo que me tardaría en llegar la marcha, sino porque ven este acto político como una afectación a su cotidianidad.
Pero, este año, en la estación Lechería del Suburbano (tren que conecta al EDOMEX con la CDMX) había grupos de mujeres adolescentes con pancartas, vestimenta morada y pañuelos verdes, muchas de ellas asistían a su primera marcha y se acercaban las unas a otras para acompañarse en el trayecto y en esta experiencia.
En la marcha, había una adolescente de 16 años que mientras iba a la secundaria, hace dos años, fue acosada sexualmente por un señor en el transporte público. Ninguna persona presente hizo algo, la escuela sólo llamó a su mamá y papá para que fueran por ella. No se levantó una denuncia porque no sabían a quién hacerla, se desconocía la identidad de esa persona que sólo bajó del transporte y corrió por si alguien intentaba seguirlo. Ella tuvo miedo por mucho tiempo y se sintió culpable pensando que había sido su culpa y ahora con toda esa digna rabia fue que hizo su cartel y asistió por primera vez a la marcha.
Por esto, a pesar de los discursos de odio del miedo, de que las mismas familias te juzguen por decidir asistir, las jóvenes siguen yendo a manifestarse porque no pierden la esperanza de que habrá un cambio.
“Fuero muchas mis emociones ,de felicidad y de tristeza por ver a familias y amigas marchar por personas especiales de sus vidas que les quitaron y no hacen nada. Pero feliz de estar ahí apoyando y ver cómo bailan a pesar de todo . Me pareció muy hermoso verlas a todas apoyándose desde que te ven en el suburbano y te preguntan si vas sola. Si era como lo imaginaba, pero ya cuando estás ahí se siente como 100 veces más.” (K, 16 años).
Marcha por el #8M, Día Internacional de la Mujer. FOTO: Melanie Soca.
Para nosotres, es completamente normal que las mujeres voten en las elecciones, conduzcan autos, se divorcien si lo desean, tengan una cuenta en el banco, estudien o trabajen. También se nos hace natural compartir con personas de otras razas o religiones, caminar libremente por la calle sin importar nuestro género o ver familias homoparentales. Sin embargo, no siempre nos detenemos a pensar en todo lo que tuvo que suceder para que las mujeres tuvieramos esta libertad con la que gozamos.
Miles de personas no son conscientes de sus derechos, pero también hay una numerosa cantidad que los conoce y, por cuestiones sociales, no los ejerce o defiende como deberían. La causa femenina tiene más de 100 años y, a medida que evolucionan las naciones, los motivos por los cuales se lucha cambian.
En la actualidad, se busca la igualdad salarial entre hombres y mujeres, que podamos tener las mismas oportunidades, decidir sobre nuestros cuerpos, que reine la meritocracia y, por sobre todas las cosas, la posibilidad de ser libres.
El Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, principalmente es para celebrar y conmemorar lo que hemos logrado a pesar de las barreras, tangibles o no, que atraviesa nuestro género. Y es que vivimos en una sociedad patriarcal pensada por los hombres y para los hombres.
Las más afectadas por la pandemia
Uno de los aspectos que generó un retroceso abrupto en nuestros derechos fue la pandemia por la COVID-19. El confinamiento y las medidas tomadas por los gobiernos de diversos países para frenar los contagios perjudicaron el significativo avance que se había logrado progresivamente.
Y quizás algunos piensen que el catastrófico año 2020 afectó a todos, pero fueron las mujeres las que más gravemente afectadas terminaron. Y las cifras lo advierten.
Para el 2021 la OIT estimaba que solo el 46,8% de las mujeres tendría un trabajo. Mientras que en el caso de los hombres, la cifra alcanzaba un 66,2%. Pero eso no es todo, las mujeres aún ganan 20% menos que los hombres.
“Según el documento de la CEPAL, un 56,9% de las mujeres en América Latina y un 54,3% en el Caribe se encuentran ocupadas en sectores en los que se prevé un mayor efecto negativo en términos del empleo y los ingresos por causa de la pandemia”.
Pero no solo las mujeres adultas sufren, pues 70 millones de niñas no pueden ir a la escuela o ser educadas. Una cifra que va en aumento, sobre todo desde que los talibanes retomaron el control de Afganistán.
Del mismo modo, también en América Latina vemos este terrible fenómeno, donde las creencias religiosas y culturales relegan a las niñas a las labores domésticas y de cuidado en el hogar, lo que impide su formación académica.
La vida se ha vuelto un privilegio
En el 2021, Perú cerró el año con la escandalosa cifra de 147 feminicidios y 123 tentativas de feminicidio, lo que significó un incremento del 6,85% respecto al 2020. Además, se contabilizaron 5000 mujeres desaparecidas, lo que equivale a un promedio de 16 desapariciones por día.
Esto coloca a nuestro país como uno de los más peligrosos para ser mujer, porque no son solo los feminicidios, sino que también el 34% de las mujeres ha sufrido acoso en el trabajo, mientras que 7 de cada 10 mujeres, del total de la población peruana, ha vivido algún tipo de acoso.
Lamentablemente, este es un panorama que no solo sufrimos en el Perú. Y es que, según registros de la ONU, aproximadamente 641 millones de mujeres han sufrido de acoso en todo el mundo. La cifra es aún más preocupante si se toma en cuenta que no todas las víctimas presentan una denuncia.
Niñas y adolescentes en riesgo
La mutilación genital sigue presente, principalmente, en niñas de cinco años. Más de 200 millones de menores son sometidas a esta práctica inhumana. No solo las sentencian por ser mujeres, sino que también ponen sus vidas en riesgo. Ellas pueden contraer infecciones por los métodos utilizados.
Tampoco escapamos de la violencia sexual. Aproximadamente, 15 millones de adolescentes han sufrido relaciones sexuales forzadas. Y esto también está asociado al matrimonio infantil, ya que, 4 de cada 10 niñas en el África subsahariana se casaron antes de cumplir 18 años.
Referentes desconocidas para muchas
Malala Yousafzai es una niña pakistaní que sobrevivió milagrosamente y se convirtió en la persona más joven en ganar un premio Nobel. El 9 de octubre de 2012, cuando regresaba de clases, un talibán abordó el autobús donde ella se desplazaba y le propinó tres disparos: una bala atravesó su frente.
Malala es una activa luchadora por el derecho a la educación, en especial de las niñas. En Pakistán los talibanes impiden que las pequeñas asistan al colegio e intentaron silenciar su voz. Su historia debe servir de inspiración para todos. La obligaron a abandonar su país, a sus amigos, su vida, pero con ello solo lograron que multique sus ideas.
Chimamanda Adichiees escritora nigeriana, feminista y con gran sentido del humor. Esta excepcional mujer busca la igualdad a través de sus discursos y con los mensajes en sus novelas. Su TEDxEuston “Todxs deberíamos ser feministas” es una de las más aplaudidas.
Ella se define como una “feminista africana feliz”, ya que muchas veces le dijeron que “las feministas son mujeres tristes porque no encuentran esposo”. Y por si fuera poco también ha tenido que lidiar con frases como: “ser feminista es contrario al sentir africano, porque es algo de Occidente”.
En el 2021, esta increíble mujer fue nominada al Nobel de literatura por su increíble talento y obra literaria, pero a diferencia de sus colegas hombres, su nombre no tuvo resonancia.
El camino que todavía falta por recorrer
Es necesario celebrar nuestros derechos. La lucha por estos ha sido bastante larga y se remonta no mucho tiempo atrás, es entonces cuando nos damos cuenta que otros hicieron el trabajo para que las generaciones siguientes viviéramos en armonía. Si bien esta no es total, al menos está en proceso y tenemos la certeza de saber que en buena parte del mundo, somos libres y buscamos que otros también lo sean.
Y a pesar de que en algunos ámbitos mujeres como Ursula von der Leyen, exministra de defensa de Alemania y actual presidenta de la Comisión Europea, han llegado lejos, eso no las exime de sufrir golpes de realidad indignantes. En una visita oficial a Turquía, el presidente Recep Tayyip Erdoğan tuvo un desaire con ella al privilegiar a su acompañante masculino. Además, en una reciente reunión con el ministro de Exteriores de Uganda, este la ignoró y saludó solamente a sus pares hombres.
Hay quienes juzgan a las feministas de hoy porque “la lucha de ahora no es como la de antes”, pero eso mismo decían con las sufragistas, y eso mismo van a seguir diciendo en el futuro. Todavía hay un largo, larguísimo camino por recorrer y frentes por conquistar. Y quizás Occidente sienta que ya todo está ganado, pero es una afirmación nada más lejana a la realidad.
Marcha previa al Día Internacional de la Mujer. FOTO: Melanie Soca.
Las situaciones de hostigamiento sexual en medios son algo endémico pese a que cada día aumenta la cantidad de mujeres que estudian la carrera. El periodismo es una profesión que en sus inicios se reservó casi en exclusivo para varones y hoy el acoso, en la mayoría de los medios de comunicación, se mantiene en el más absoluto silencio y normalización como consecuencia de ese machismo. Por nosotras y las generaciones que vienen, ya no es hora de callar.
Desde nuestra propia experiencia y escuchando a colegas de todas las edades, entendemos que las mujeres periodistas somos y podemos ser víctimas de conducta sexistas y depredadoras. Estas no solo ocurren en el reporteo, sino también en las redacciones. De la misma forma, los agresores han sido pares, editores, jefes y hasta fuentes. En muchas ocasiones fueron referentes que admirábamos.
El acoso sexual es una forma de violencia machista en Latinoamérica y particularmente en el gremio periodístico, es una práctica normalizada e invisible. Quizá por la manida frase “El periodista no es la noticia”, las periodistas hemos pagado con nuestro silencio. El ejercicio del periodismo en sí mismo ya es un riesgo, pero la mayoría del tiempo estamos inseguras en nuestros lugares de trabajos y cubículos.
La Federación Internacional de Periodistas (FIP) ya lo ha advertido: la mitad de las mujeres periodistas ha sufrido acoso sexual, abuso psicológico, trolling en línea y otras formas de violencia de género mientras trabajan. En el 85% de los casos, las empresas periodísticas no han tomado acciones adecuadas porque ni siquiera tienen una política para contrarrestar tales abusos. El 48% vivió violencia de género en su trabajo y un 44% abuso en línea. Entre las formas más comunes de violencia de género relatados por las mujeres periodistas está el abuso verbal (63%), el abuso psicológico (41%), el acoso sexual (37%).
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el acoso sexual en el espacio de trabajo es perjudicial para las condiciones de trabajo, el empleo y las oportunidades de carrera de quienes lo sufren. Las consecuencias del acoso sexual pueden ser demoledoras para la víctima. Además de los dañinos efectos psíquicos y físicos (estrés emocional, ansiedad, depresión, ira, impotencia, fatiga y enfermedad física), la víctima corre el riesgo de perder su trabajo o experiencias relacionadas con él, tales como su formación profesional, o llegar a sentir que la única solución posible es renunciar a todo ello. El acoso sexual lleva a la frustración, pérdida de autoestima, ausentismo y una merma de la productividad.
A veces al hostigamiento se responde, otras se rehúye y hay ocasiones en que se sostienen sonrisas incómodas después de bromas de calibre sexual, masajes, invitaciones salir, degradaciones y anulación por no aceptar salidas, abusos, y acoso sexual sistemático. Las periodistas resistimos por no quedar sin trabajo, por no quedar “marcadas” dentro del rubro, porque muchas veces no hay alternativa.
Y ya no podemos solo seguir resistiendo.
Queremos hacer un llamado a trabajar en concordancia con los discursos que se emiten desde las redacciones, que las buenas intenciones no se remitan a campañas solo para el 8M o una sección de “género”. Necesitamos que los directores y editores se esfuercen por sensibilizar los espacios de trabajo y tomen acciones acerca del acoso que vivimos las mujeres en los medios. Las situaciones de hostigamiento sexual se normalizaron pese a que cada día aumenta el número de mujeres que estudian la carrera. Todas ellas son otra razón para levantar esta campaña: ¡No más acoso sexual en el periodismo! Las periodistas investigamos, producimos información, escribimos crónicas sobre derechos humanos. Por eso, el acoso y otras manifestaciones de violencia machista contra nosotras, son también atentados a la libertad de expresión. Exigimos nuestro derecho a trabajar libres de violencia género.
“Llegué como practicante a un noticiero muy conocido en Chile y lo primero que hizo uno de los periodistas fue ponerme el apodo de una nudista, porque dijo que así se imaginaba que debía verme sin ropa. Yo me paseaba por la redacción-cuerpo enjuto, casi infantil-atenta a todos los detalles con mi libreta de notas en las manos, ajena a todo lo que vendría después. Uno de los editores montajistas de los reportajes también sabía de este apodo y este hombre a su vez tenía una broma muy normalizada, de hecho se jactaba que lo había hecho con varias generaciones de periodistas, algunas de ellas hasta “rostros” de televisión que admirábamos. Cada vez que le dabas las gracias por su trabajo, te decía “Nada de gracias, bájate los calzones”. En otros lugares de trabajo viví y fui testigo de situaciones similares y con el tiempo entendí que cada colega que se emparejaba con algún editor, lo hacía como una manera de resistir a esa violencia (pero sin duda había asimetría de poder). También estaba la segunda opción: masculinizarte, ‘ser una de ellos’ y contestar las bromas de tenor sexual, tocaciones y así también esquivar las invitaciones a salir o de lleno acosos más sistemáticos. Muchas veces me pregunté, como tantas, como ustedes “¿Seré yo?””.
“Desde que empecé a ejercer el periodismo, lo hice en medios transfeministas y autogestivos por convicción política. Sin embargo, en 2019 me tocó trabajar en un medio hegemónico y masivo, una experiencia que decidí aprovechar para entender sus metodologías de trabajo y, por qué no, incorporarlas a nuestros medios si eran útiles.
Mi experiencia fue triste y confirmó mucho de lo que suponía: tuve un editor que reconocía como el hombre que había puesto un famoso titular pedófilo en una revista comercial. Yo había oído de ese titular, como todo lo que no hay que hacer, pero como realmente me interesaba su sección, decidí enfrentarlo.
Resultó ser infernal, no solo avalaba chistes sexistas en la reunión de sumario, sino que desaprobaba sistemáticamente todas las ideas que planteaba (yo era la única mujer de esa sección) y festejaba las ideas más insulsas de mis compañeros. En medio de una crisis internacional en un país que yo venía siguiendo, ignoró cuatro notas que escribí en el día y él mismo hizo la nota de tapa con copy-paste. No sólo era un machirulo, sino también un pésimo periodista.
Tenía razón Ryszard Kapuscinski cuando dijo que para ser buen periodista hay que ser buena persona. Desde entonces estoy convencida de que los medios transfeministas son la trinchera desde la que elegimos comunicar.
“Cuando haces periodismo, te impones no expresar tus experiencias y emociones. A veces parece una buena idea cuando deseas olvidar aquello que te mortifica, pero al mismo tiempo, el silencio y la invisibilización hacen que la situación se acreciente. Durante mis estudios universitarios viví -lamentablemente-, muchas instancias de acoso. Y al egresar, tenía la esperanza casi naif de que no se iba a repetir en mi vida laboral. No fue así. Mientras trabajaba en una redacción un grupo de compañeros nos fotografiaban cuando las mujeres comíamos hot dogs, o cualquier alimento para luego subirlas a un grupo de WhatsApp que tenían entre ellos con bromas alusivas al sexo oral. Para ellos era una “humorada”, para nosotras una vejación. En otra oportunidad, un compañero se enfureció conmigo, porque no deseaba conversar con él y su hostigamiento colmó mi paciencia. El resultado: me tomó el brazo tan fuerte que mi muñeca quedó con un hematoma. No podía decir nada y otro colega me recomendó silenciar esta situación porque sería tildada de «problemática y exagerada» y creo que tenía razón. Hoy ya no es hora de seguir callando.
“Cada mañana, antes de entrar a la redacción, no pensaba en qué temas iba a ofrecer en la reunión de pauta, sino en qué blusas me iba a poner para tapar mi cuerpo. Con 23 años, recién salida de la universidad, en mi primer día de práctica, encontré a un asechador en lugar de un editor. Me miraba cada vez que me veía pasar por fuera de su cubículo, luego comenzó a tomarme fotos, después empezó a hablarme por WhatsApp fuera del horario de oficina y me decía “¡Ay! Perdón, me equivoqué de chat”.
Con el tiempo se alejó al ver que yo no respondía a sus insinuaciones, de ahí vino una suerte de “Ley del hielo”. Como siempre suele suceder, yo me fui de ese trabajo y él siguió ahí, a la espera de una nueva presa. Con el tiempo me enteré de que, en efecto, hubo otras víctimas y, si bien todo el mundo conocía su comportamiento, jamás alguien le dijo algo. Era amigo del editor general, tenía un pase de libertad para destruir mujeres profesionales”.
A.E.V
En poco tiempo ajusto mi primera década ejerciendo el oficio del periodismo. Es una temporada insuficiente para hablar de este como la disciplina de mi vida, pero ha sido vasta en los aprendizajes que me ha otorgado, incluso sobre mi rol como mujer en esta andanza. Las salas de redacción hace diez años tenían campos excepcionales y estrechos para las mujeres: relaciones públicas y venta de pauta —ojalá de tacones y con mucho cosmético—; la sección de cultura —que pueda hacer la cartelera de cine— y cargos administrativos de bajo rango —una señora que todxs tratan bien porque paga la nómina—. Y al escaso porcentaje de mujeres en un medio se le incluía lo menos posible en discusiones de grueso calibre —guerra, economía, política—, tampoco en las de suave calibre —deportes y hasta clasificados—.
Lo cierto es que entre más mujeres han entrado a medios de comunicación más se nota el avance en la agenda periodística: análisis de datos, información con enfoque de género, activismo en derechos humanos, enfoques en construcción de paz y hasta investigaciones forenses en cobertura de movilización social. Pero no es lo único, el empoderamiento femenino dentro del ecosistema periodístico también ha dejado ver un sinnúmero de violencias que empiezan por desestimar nuestro pensamiento y terminan en casos de acoso laboral y hasta abuso sexual. No me salvé de lo primero y, por ventura, sí de lo segundo.
Trabajé en un medio “joven y alternativo” en el que los hombres decían “llegó carne fresca” refiriéndose a las pasantes mujeres, a quienes ellos osaban perseguir como cazadores furtivos, sobre todo los que estaban en puestos directivos. Cuando oí su expresión, por eso la traigo a cuento, recordé que como pasante de un diario nacional, uno de los más tradicionales, recibí la humillación del editor hacia el final de mi proceso cuando descubrió que mi reticencia a acostarme con él era definitiva. Ya no mojan mi mal genio sus babas salpicando mi teclado mientras me hablaba borracho y oprimía todas las teclas buscando estropear el trabajo. Ese es mi recuerdo inaugural sobre ser mujer en esta profesión: sería tratada en adelante, intelectual y personalmente, según lo que estuviera dispuesta a ceder.
Crecí viendo reproducir desde el cine y la televisión el estereotipo de la periodista cuyo cuerpo y relativa belleza son señuelos para obtener información de la fuente. Crecí en Colombia con la imagen de Virginia Vallejo, la periodista del telediario más visto en ese entonces, el noticiero 24 Horas, pero que quedó registrada en la historia como una de las parejas del narcotraficante Pablo Escobar. Y también me formé con el caso de Jineth Bedoya, quien salió a cubrir la guerra y regresó con esta en el cuerpo tras ser violada. Hay una cantidad de ejemplos que demuestran que el trato nunca propende a estimar nuestro aporte sino que disminuye nuestra capacidad humana con agresiones psicológicas y físicas. Hoy hago parte de un medio en el que la mayoría somos mujeres. Esto era algo improbable hace diez años, pero con pulso hemos demostrado cómo se puede ser la excepción a la regla.
Sally Jabiel, periodista independiente
Cuando era estudiante de periodismo sufrí hostigamiento sexual de al menos dos profesores. Uno de ellos en el primer día de clases me dijo, en frente de los demás, que yo no serviría para esta profesión. Desde ahí, siempre hacía que me quedara luego de clases para “asesorarme”. En esas “asesorías” aprovechaba para lanzar comentarios sobre mi cuerpo y preguntarme de forma insistente sobre mi vida sexual. Cuando me negaba a responder, me decía: “Alguien tan tranquila como tú no sirve para este oficio”, y me recordaba lo reconocido que él era y cómo con apenas una llamada podía colocarme en el periódico que quisiera.
Yo le tenía miedo. Se había encargado de hacerme entender el poder él que tenía y las pocas personas a las que acudí en aquel entonces me dijeron: “Qué esperabas, así es esta profesión”.
Cuando ese hostigamiento se repitió con otro profesor, llegué a sentir culpa y a creer que ningún mérito mío era verdadero si había un hombre cerca. Culpa, miedo y desconfianza. Y ante la falta de una red de soporte, pensé varias veces en cambiarme de carrera. Pero me salvaron las clases con las pocas profesoras que habían. Ellas me devolvieron poco a poco la confianza en mi trabajo y, aunque nunca hablamos del tema, me hicieron entender que el periodismo no podía ser ese hostigamiento constante que enfrenté.
Casi 10 años después todavía hay momentos en que se me viene el síndrome de la impostora —sobre todo cuando trato con jefes varones—, pero es algo que he ido sobrellevando de la mano con otras colegas y amigas que hacen que esta vez sí sienta que tengo una red de soporte.