8M: La vida se ha vuelto un privilegio para muchas mujeres

8M: La vida se ha vuelto un privilegio para muchas mujeres

Por Ana Pieters

Marcha por el #8M, Día Internacional de la Mujer. FOTO: Melanie Soca.

Para nosotres, es completamente normal que las mujeres voten en las elecciones, conduzcan autos, se divorcien si lo desean, tengan una cuenta en el banco, estudien o trabajen. También se nos hace natural compartir con personas de otras razas o religiones, caminar libremente por la calle sin importar nuestro género o ver familias homoparentales. Sin embargo, no siempre nos detenemos a pensar en todo lo que tuvo que suceder para que las mujeres tuvieramos esta libertad con la que gozamos.

Miles de personas no son conscientes de sus derechos, pero también hay una numerosa cantidad que los conoce y, por cuestiones sociales, no los ejerce o defiende como deberían. La causa femenina tiene más de 100 años y, a medida que evolucionan las naciones, los motivos por los cuales se lucha cambian. 

En la actualidad, se busca la igualdad salarial entre hombres y mujeres, que podamos tener las mismas oportunidades, decidir sobre nuestros cuerpos, que reine la meritocracia y, por sobre todas las cosas, la posibilidad de ser libres.

El Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, principalmente es para celebrar y conmemorar lo que hemos logrado a pesar de las barreras, tangibles o no, que atraviesa nuestro género. Y es que vivimos en una sociedad patriarcal pensada por los hombres y para los hombres.

Las más afectadas por la pandemia

Uno de los aspectos que generó un retroceso abrupto en nuestros derechos fue la pandemia por la COVID-19. El confinamiento y las medidas tomadas por los gobiernos de diversos países para frenar los contagios perjudicaron el significativo avance que se había logrado progresivamente.

Y quizás algunos piensen que el catastrófico año 2020 afectó a todos, pero fueron las mujeres las que más gravemente afectadas terminaron. Y las cifras lo advierten.

Para el 2021 la OIT estimaba que solo el 46,8% de las mujeres tendría un trabajo. Mientras que en el caso de los hombres, la cifra alcanzaba un 66,2%. Pero eso no es todo, las mujeres aún ganan 20% menos que los hombres. 

“Según el documento de la CEPAL, un 56,9% de las mujeres en América Latina y un 54,3% en el Caribe se encuentran ocupadas en sectores en los que se prevé un mayor efecto negativo en términos del empleo y los ingresos por causa de la pandemia”

Pero no solo las mujeres adultas sufren, pues 70 millones de niñas no pueden ir a la escuela o ser educadas. Una cifra que va en aumento, sobre todo desde que los talibanes retomaron el control de Afganistán. 

Del mismo modo, también en América Latina vemos este terrible fenómeno, donde las creencias religiosas y culturales relegan a las niñas a las labores domésticas y de cuidado en el hogar, lo que impide su formación académica.

La vida se ha vuelto un privilegio

En el 2021, Perú cerró el año con la escandalosa cifra de 147 feminicidios y 123 tentativas de feminicidio, lo que significó un incremento del 6,85% respecto al 2020. Además, se contabilizaron 5000 mujeres desaparecidas, lo que equivale a un promedio de 16 desapariciones por día. 

Esto coloca a nuestro país como uno de los más peligrosos para ser mujer, porque no son solo los feminicidios, sino que también el 34% de las mujeres ha sufrido acoso en el trabajo, mientras que 7 de cada 10 mujeres, del total de la población peruana, ha vivido algún tipo de acoso. 

Según cifras entregadas por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) a octubre de 2020 en el país se registraron 67,683 casos de violencia contra la mujer, de las cuales 24.372 fueron casos de niñas, niños y adolescentes”.

Lamentablemente, este es un panorama que no solo sufrimos en el Perú. Y es que, según registros de la ONU, aproximadamente 641 millones de mujeres han sufrido de acoso en todo el mundo. La cifra es aún más preocupante si se toma en cuenta que no todas las víctimas presentan una denuncia.

Niñas y adolescentes en riesgo

La mutilación genital sigue presente, principalmente, en niñas de cinco años. Más de 200 millones de menores son sometidas a esta práctica inhumana. No solo las sentencian por ser mujeres, sino que también ponen sus vidas en riesgo. Ellas pueden contraer infecciones por los métodos utilizados.

Tampoco escapamos de la violencia sexual. Aproximadamente, 15 millones de adolescentes han sufrido relaciones sexuales forzadas. Y esto también está asociado al matrimonio infantil, ya que, 4 de cada 10 niñas en el África subsahariana se casaron antes de cumplir 18 años.

Referentes desconocidas para muchas

Malala Yousafzai es una niña pakistaní que sobrevivió milagrosamente y se convirtió en la persona más joven en ganar un premio Nobel. El 9 de octubre de 2012, cuando regresaba de clases, un talibán abordó el autobús donde ella se desplazaba y le propinó tres disparos: una bala atravesó su frente. 

Malala es una activa luchadora por el derecho a la educación, en especial de las niñas. En Pakistán los talibanes impiden que las pequeñas asistan al colegio e intentaron silenciar su voz. Su historia debe servir de inspiración para todos. La obligaron a abandonar su país, a sus amigos, su vida, pero con ello solo lograron que multique sus ideas. 

Chimamanda Adichie es escritora nigeriana, feminista y con gran sentido del humor. Esta excepcional mujer busca la igualdad a través de sus discursos y con los mensajes en sus novelas. Su TEDxEuston “Todxs deberíamos ser feministas” es una de las más aplaudidas. 

Ella se define como una “feminista africana feliz”, ya que muchas veces le dijeron que “las feministas son mujeres tristes porque no encuentran esposo”. Y por si fuera poco también ha tenido que lidiar con frases como: “ser feminista es contrario al sentir africano, porque es algo de Occidente”.

En el 2021, esta increíble mujer fue nominada al Nobel de literatura por su increíble talento y obra literaria, pero a diferencia de sus colegas hombres, su nombre no tuvo resonancia.

El camino que todavía falta por recorrer 

Es necesario celebrar nuestros derechos. La lucha por estos ha sido bastante larga y se remonta no mucho tiempo atrás, es entonces cuando nos damos cuenta que otros hicieron el trabajo para que las generaciones siguientes viviéramos en armonía. Si bien esta no es total, al menos está en proceso y tenemos la certeza de saber que en buena parte del mundo, somos libres y buscamos que otros también lo sean.

Y a pesar de que en algunos ámbitos mujeres como Ursula von der Leyen, exministra de defensa de Alemania y actual presidenta de la Comisión Europea, han llegado lejos, eso no las exime de sufrir golpes de realidad indignantes. En una visita oficial a Turquía, el presidente Recep Tayyip Erdoğan tuvo un desaire con ella al privilegiar a su acompañante masculino. Además, en una reciente reunión con el ministro de Exteriores de Uganda, este la ignoró y saludó solamente a sus pares hombres.

Hay quienes juzgan a las feministas de hoy porque “la lucha de ahora no es como la de antes”, pero eso mismo decían con las sufragistas, y eso mismo van a seguir diciendo en el futuro. Todavía hay un largo, larguísimo camino por recorrer y frentes por conquistar. Y quizás Occidente sienta que ya todo está ganado, pero es una afirmación nada más lejana a la realidad.

Las periodistas latinoamericanas decimos ¡No más ACOSO SEXUAL EN EL PERIODISMO!

Las periodistas latinoamericanas decimos ¡No más ACOSO SEXUAL EN EL PERIODISMO!

Por Redacción La Antígona

Marcha previa al Día Internacional de la Mujer. FOTO: Melanie Soca.

Las situaciones de hostigamiento sexual en medios son algo endémico pese a que cada día aumenta la cantidad de mujeres que estudian la carrera. El periodismo es una profesión que en sus inicios se reservó casi en exclusivo para varones  y hoy el acoso, en la mayoría de los medios de comunicación, se mantiene en el más absoluto silencio y normalización como consecuencia de ese machismo. Por nosotras y las generaciones que vienen, ya no es hora de callar. 

Desde nuestra propia experiencia y escuchando a colegas de todas las edades, entendemos que las mujeres periodistas somos y podemos ser víctimas de conducta sexistas y depredadoras. Estas no solo ocurren en el reporteo, sino también en las redacciones. De la misma forma, los agresores han sido pares, editores, jefes y hasta fuentes. En muchas ocasiones fueron referentes que admirábamos.

El acoso sexual es una forma de violencia machista en Latinoamérica y particularmente en el gremio periodístico, es una práctica normalizada e invisible. Quizá por la manida frase “El periodista no es la noticia”, las periodistas hemos pagado con nuestro silencio. El ejercicio del periodismo en sí mismo ya es un riesgo, pero la mayoría del tiempo estamos inseguras en nuestros lugares de trabajos y cubículos.

La Federación Internacional de Periodistas (FIP) ya lo ha advertido: la mitad de las mujeres periodistas ha sufrido acoso sexual, abuso psicológico, trolling en línea y otras formas de violencia de género mientras trabajan. En el 85% de los casos, las empresas periodísticas no han tomado acciones adecuadas porque ni siquiera tienen una política para contrarrestar tales abusos. El 48% vivió violencia de género en su trabajo y un 44% abuso en línea. Entre las formas más comunes de violencia de género relatados por las mujeres periodistas está el abuso verbal (63%), el abuso psicológico (41%), el acoso sexual (37%).

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el acoso sexual en el espacio de trabajo es perjudicial para las condiciones de trabajo, el empleo y las oportunidades de carrera de quienes lo sufren. Las consecuencias del acoso sexual pueden ser demoledoras para la víctima. Además de los dañinos efectos psíquicos y físicos (estrés emocional, ansiedad, depresión, ira, impotencia, fatiga y enfermedad física), la víctima corre el riesgo de perder su trabajo o experiencias relacionadas con él, tales como su formación profesional, o llegar a sentir que la única solución posible es renunciar a todo ello. El acoso sexual lleva a la frustración, pérdida de autoestima, ausentismo y una merma de la productividad.

A veces al hostigamiento se responde, otras se rehúye y hay ocasiones en que se sostienen sonrisas incómodas después de bromas de calibre sexual, masajes, invitaciones salir, degradaciones y anulación por no aceptar salidas, abusos, y acoso sexual sistemático. Las periodistas resistimos por no quedar sin trabajo, por no quedar “marcadas” dentro del rubro, porque muchas veces no hay alternativa.

 Y ya no podemos solo seguir resistiendo.

Queremos hacer un llamado a trabajar en concordancia con los discursos que se emiten desde las redacciones, que las buenas intenciones no se remitan a campañas solo para el 8M o una sección de “género”. Necesitamos que los directores y editores se esfuercen por sensibilizar los espacios de trabajo y tomen acciones acerca del acoso que vivimos las mujeres en los medios. Las situaciones de hostigamiento sexual se normalizaron pese a que cada día aumenta el número de mujeres que estudian la carrera. Todas ellas son otra razón para levantar esta campaña: ¡No más acoso sexual en el periodismo! Las periodistas investigamos, producimos información, escribimos crónicas sobre derechos humanos. Por eso, el acoso y otras manifestaciones de violencia machista contra nosotras, son también atentados a la libertad de expresión. Exigimos nuestro derecho a trabajar libres de violencia género.

“Llegué como practicante a un noticiero muy conocido en Chile y lo primero que hizo uno de los periodistas fue ponerme el apodo de una nudista, porque dijo que así se imaginaba que debía verme sin ropa. Yo me paseaba por la redacción-cuerpo enjuto, casi infantil-atenta a todos los detalles con mi libreta de notas en las manos, ajena a todo lo que vendría después. Uno de los editores montajistas de los reportajes también sabía de este apodo y este hombre a su vez tenía una broma muy normalizada, de hecho se jactaba que lo había hecho con varias generaciones de periodistas, algunas de ellas hasta “rostros” de televisión que admirábamos. Cada vez que le dabas las gracias por su trabajo, te decía “Nada de gracias, bájate los calzones”. En otros lugares de trabajo viví y fui testigo de situaciones similares y con el tiempo entendí que cada colega que se emparejaba con algún editor, lo hacía como una manera de resistir a esa violencia (pero sin duda había asimetría de poder). También estaba la segunda opción: masculinizarte, ‘ser una de ellos’ y contestar las bromas de tenor sexual, tocaciones y así también esquivar las invitaciones a salir o de lleno acosos más sistemáticos. Muchas veces me pregunté, como tantas, como ustedes “¿Seré yo?””.

Carolina Rojas, directora de La Otra diaria

“Desde que empecé a ejercer el periodismo, lo hice en medios transfeministas y autogestivos por convicción política. Sin embargo, en 2019 me tocó trabajar en un medio hegemónico y masivo, una experiencia que decidí aprovechar para entender sus metodologías de trabajo y, por qué no, incorporarlas a nuestros medios si eran útiles.

Mi experiencia fue triste y confirmó mucho de lo que suponía: tuve un editor que reconocía como el hombre que había puesto un famoso titular pedófilo en una revista comercial. Yo había oído de ese titular, como todo lo que no hay que hacer, pero como realmente me interesaba su sección, decidí enfrentarlo.

Resultó ser infernal, no solo avalaba chistes sexistas en la reunión de sumario, sino que desaprobaba sistemáticamente todas las ideas que planteaba (yo era la única mujer de esa sección) y festejaba las ideas más insulsas de mis compañeros. En medio de una crisis internacional en un país que yo venía siguiendo, ignoró cuatro notas que escribí en el día y él mismo hizo la nota de tapa con copy-paste. No sólo era un machirulo, sino también un pésimo periodista.

Tenía razón Ryszard Kapuscinski cuando dijo que para ser buen periodista hay que ser buena persona. Desde entonces estoy convencida de que los medios transfeministas son la trinchera desde la que elegimos comunicar. 

Nicole Martin, coordinadora editorial de Revista Colibrí

“Cuando haces periodismo, te impones no expresar tus experiencias y emociones. A veces parece una buena idea cuando deseas olvidar aquello que te mortifica, pero al mismo tiempo, el silencio y la invisibilización hacen que la situación se acreciente. Durante mis estudios universitarios viví -lamentablemente-, muchas instancias de acoso. Y al egresar, tenía la esperanza casi naif de que no se iba a repetir en mi vida laboral. No fue así. Mientras trabajaba en una redacción un grupo de compañeros nos fotografiaban cuando las mujeres comíamos hot dogs, o cualquier alimento para luego subirlas a un grupo de WhatsApp que tenían entre ellos con bromas alusivas al sexo oral. Para ellos era una “humorada”, para nosotras una vejación. En otra oportunidad, un compañero se enfureció conmigo, porque no deseaba conversar con él y su hostigamiento colmó mi paciencia. El resultado: me tomó el brazo tan fuerte que mi muñeca quedó con un hematoma. No podía decir nada y otro colega   me recomendó silenciar esta situación porque sería tildada de «problemática y exagerada» y creo que tenía razón. Hoy ya no es hora de seguir callando. 

Josefa Barraza, periodista de La Otra diaria

“Cada mañana, antes de entrar a la redacción, no pensaba en qué temas iba a ofrecer en la reunión de pauta, sino en qué blusas me iba a poner para tapar mi cuerpo. Con 23 años, recién salida de la universidad, en mi primer día de práctica, encontré a un asechador en lugar de un editor. Me miraba cada vez que me veía pasar por fuera de su cubículo, luego comenzó a tomarme fotos, después empezó a hablarme por WhatsApp fuera del horario de oficina y me decía “¡Ay! Perdón, me equivoqué de chat”.

Con el tiempo se alejó al ver que yo no respondía a sus insinuaciones, de ahí vino una suerte de “Ley del hielo”. Como siempre suele suceder, yo me fui de ese trabajo y él siguió ahí, a la espera de una nueva presa. Con el tiempo me enteré de que, en efecto, hubo otras víctimas y, si bien todo el mundo conocía su comportamiento, jamás alguien le dijo algo. Era amigo del editor general, tenía un pase de libertad para destruir mujeres profesionales”. 

A.E.V

En poco tiempo ajusto mi primera década ejerciendo el oficio del periodismo. Es una temporada insuficiente para hablar de este como la disciplina de mi vida, pero ha sido vasta en los aprendizajes que me ha otorgado, incluso sobre mi rol como mujer en esta andanza. Las salas de redacción hace diez años tenían campos excepcionales y estrechos para las mujeres: relaciones públicas y venta de pauta —ojalá de tacones y con mucho cosmético—; la sección de cultura —que pueda hacer la cartelera de cine— y cargos administrativos de bajo rango —una señora que todxs tratan bien porque paga la nómina—. Y al escaso porcentaje de mujeres en un medio se le incluía lo menos posible en discusiones de grueso calibre —guerra, economía, política—, tampoco en las de suave calibre —deportes y hasta clasificados—. 

Lo cierto es que entre más mujeres han entrado a medios de comunicación más se nota el avance en la agenda periodística: análisis de datos, información con enfoque de género, activismo en derechos humanos, enfoques en construcción de paz y hasta investigaciones forenses en cobertura de movilización social. Pero no es lo único, el empoderamiento femenino dentro del ecosistema periodístico también ha dejado ver un sinnúmero de violencias que empiezan por desestimar nuestro pensamiento y terminan en casos de acoso laboral y hasta abuso sexual. No me salvé de lo primero y, por ventura, sí de lo segundo.

Trabajé en un medio “joven y alternativo” en el que los hombres decían “llegó carne fresca” refiriéndose a las pasantes mujeres, a quienes ellos osaban perseguir como cazadores furtivos, sobre todo los que estaban en puestos directivos. Cuando oí su expresión, por eso la traigo a cuento, recordé que como pasante de un diario nacional, uno de los más tradicionales, recibí la humillación del editor hacia el final de mi proceso cuando descubrió que mi reticencia a acostarme con él era definitiva. Ya no mojan mi mal genio sus babas salpicando mi teclado mientras me hablaba borracho y oprimía todas las teclas buscando estropear el trabajo. Ese es mi recuerdo inaugural sobre ser mujer en esta profesión: sería tratada en adelante, intelectual y personalmente, según lo que estuviera dispuesta a ceder. 

Crecí viendo reproducir desde el cine y la televisión el estereotipo de la periodista cuyo cuerpo y relativa belleza son señuelos para obtener información de la fuente. Crecí en Colombia con la imagen de Virginia Vallejo, la periodista del telediario más visto en ese entonces, el noticiero 24 Horas, pero que quedó registrada en la historia como una de las parejas del narcotraficante Pablo Escobar. Y también me formé con el caso de Jineth Bedoya, quien salió a cubrir la guerra y regresó con esta en el cuerpo tras ser violada. Hay una cantidad de ejemplos que demuestran que el trato nunca propende a estimar nuestro aporte sino que disminuye nuestra capacidad humana con agresiones psicológicas y físicas. Hoy hago parte de un medio en el que la mayoría somos mujeres. Esto era algo improbable hace diez años, pero con pulso hemos demostrado cómo se puede ser la excepción a la regla. 

Sally Jabiel, periodista independiente

Cuando era estudiante de periodismo sufrí hostigamiento sexual de al menos dos profesores. Uno de ellos en el primer día de clases me dijo, en frente de los demás, que yo no serviría para esta profesión. Desde ahí, siempre hacía que me quedara luego de clases para “asesorarme”. En esas “asesorías” aprovechaba para lanzar comentarios sobre mi cuerpo y preguntarme de forma insistente sobre mi vida sexual. Cuando me negaba a responder, me decía: “Alguien tan tranquila como tú no sirve para este oficio”, y me recordaba lo reconocido que él era y cómo con apenas una llamada podía colocarme en el periódico que quisiera. 

Yo le tenía miedo. Se había encargado de hacerme entender el poder él que tenía y las pocas personas a las que acudí en aquel entonces me dijeron: “Qué esperabas, así es esta profesión”. 

Cuando ese hostigamiento se repitió con otro profesor, llegué a sentir culpa y a creer que ningún mérito mío era verdadero si había un hombre cerca. Culpa, miedo y desconfianza. Y ante la falta de una red de soporte, pensé varias veces en cambiarme de carrera. Pero me salvaron las clases con las pocas profesoras que habían. Ellas me devolvieron poco a poco la confianza en mi trabajo y, aunque nunca hablamos del tema, me hicieron entender que el periodismo no podía ser ese hostigamiento constante que enfrenté. 

Casi 10 años después todavía hay momentos en que se me viene el síndrome de la impostora —sobre todo cuando trato con jefes varones—, pero es algo que he ido sobrellevando de la mano con otras colegas y amigas que hacen que esta vez sí sienta que tengo una red de soporte. 

Luciana Torres: “Las mafias asesinan a personas que necesitan trabajar y dejan huérfanas a sus hijas”

Luciana Torres: “Las mafias asesinan a personas que necesitan trabajar y dejan huérfanas a sus hijas”

Por Mya Sánchez

Si quieres escuchar esta historia en la voz de la autora, haz click aquí.

Luciana Torres es una trabajadora sexual. A pesar de que su zona es la cuadra 2 de la avenida Petit Thouars, el pasado 26 de febrero unió su voz a las de sus compañeras desde el Centro de Lima por cuatro mujeres como ella que fueron asesinadas durante la última semana: dos de ellas en el Jirón Zepita y otras dos, en Puente Nuevo, El Agustino.

Al grito de “¡Ni una trabajadora sexual menos!”, integrantes del colectivo Rosas, Mujeres de Lucha, el Movimiento de Trabajadoras Sexuales del Perú, el Sindicato de Trabajadoras Sexuales del Perú, la Plataforma Latinoamericana de Personas que Ejercen el Trabajo Sexual, la Asociación de Trabajadoras Sexuales Miluska Vida y Dignidad, y otras compañeras feministas se autoconvocaron desde las 4 pm para que su grito conjunto sea escuchado.

Como se dio a conocer, los autores de los asesinatos fueron las mafias de cobro de cupos, quienes desde hace más de siete años demandan dinero a las trabajadoras sexuales por la ocupación de las calles en distintos distritos de Lima. La problemática se agrava al considerar que no hay un marco legal que tenga como objetivo distinguir el trabajo sexual de la trata de personas o proteger a estas mujeres de las mafias que lucran con sus vidas. Como Luciana cuenta, solo las ven como moneda de cambio.

“Estamos pidiendo que no se cobre cupos acá en el Centro de Lima. Estamos pidiendo que no haya más mafias que asesinan, lamentablemente, a personas que necesitan trabajar y dejan huérfanas a sus hijas. Queremos que no nos maltraten, porque nosotras nos dedicamos a esto y sabemos y entendemos que no es fácil la vida. No más delincuencia, no más asesinatos a nosotras que, a diario, tenemos que trabajar para sobrevivir y subsistir”.

Wendy Sulca se une con mujeres organizadas de Lima Norte y Lima Sur para impulsar campaña Cambiemos el Ritmo

Wendy Sulca se une con mujeres organizadas de Lima Norte y Lima Sur para impulsar campaña Cambiemos el Ritmo

La cantante e influencer se reunió con lideresas y autoridades para generar conciencia sobre la importancia de cambiar la normalización de la violencia contra las mujeres.

FOTO: Pedro Dinos Chauca

Wendy Sulca se une junto a mujeres organizadas de Lima Norte y Lima Sur, las organizaciones de sociedad civil FOVIDA, DEMUS y Alternativa para presentar la campaña “Cambiemos el Ritmo” por vidas libres de violencia.  Cuyo objetivo es promover que la sociedad cuestione y modifique las creencias conservadoras/machistas que normalizan la violencia hacia las mujeres.

Según la abogada feminista y directora de DEMUS, Cynthia Silva, el contexto actual es preocupante, no hay data desagregada que nos informe cuántas mujeres y niñas son víctimas de violencia en Lima Sur y Lima Norte. “La gravedad de esto es que no se pueden crear políticas públicas aterrizadas y específicas que puedan tener un impacto positivo en nuestras localidades”, enfatiza. 

Ante ello, “Cambiemos el Ritmo” Por vidas libres de violencia, recoge las demandas de mujeres de Lima Sur y Norte. “Es una construcción conjunta, participativa con cada una de las representantes”- señala Aurora Ríos, representante de FOVIDA- “significa el llamado a la acción para cambiar la tolerancia que existe hacia la violencia”, la cual normalizamos y justificamos. Según el estudio hecho por la Encuesta Nacional sobre Relaciones Sociales (ENARES-2019), el 58.9% de la población tolera o justifica la violencia hacia las mujeres. Esto afecta su proyecto de vida y su derecho a una vida libre de violencia.

Amalia Nicoll, Coordinadora del Consorcio FOVIDA-Alternativa-DEMUS, remarcó en los recursos y la responsabilidad que tiene el Estado para garantizar la implementación de políticas y programas en contra de la violencia hacia las mujeres. Por su parte, el MIMP en su participación como ente rector reafirmó su compromiso con la prevención primaria y los esfuerzos en mejorar los servicios de atención.

Luz Medina, representante de la Red Interdistrital de Mujeres de Lima Metropolitana contra la violencia de género, hizo incapié en el deber del Estado en cumplir con todas las recomendaciones que acaba de emitir el Comite para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW). Asimismo, señaló que es necesario que la Política Nacional de Igualdad de Género cuente con presupuesto específico.

De mujeres para mujeres

Es así que la campaña “Cambiemos el Ritmo” Por vidas libres de violencia, desarrollará contenidos y actividades en espacios mediáticos, digitales y públicos a fin de informar, sensibilizar y llamar a la acción para cambiar esta problemática. 

“Las mujeres por años hemos tolerado la violencia dentro y fuera de nuestros hogares, afectando nuestro bienestar, el de nuestras hijas e hijos. La evidencia de ello son las cifras mencionadas. Eso no va más. Es momento de que cambiemos el ritmo de esta realidad”, recalcó Bertha Jáuregui, miembro del Colectivo de Concertación de Género de VES. 

El fin de la jornada lo puso la cantante e influencer Wendy Sulca, quien puso a bailar y cantar a las asistentes con su tema “Mi reclamo” y, además, reafirmó su compromiso con la lucha contra la violencia hacia las mujeres, actuar y cuestionar los prejuicios y creencias que sostienen dicha violencia. 

La campaña realizada gracias al apoyo de Fundación Adsis y la Agencia Vasca de Cooperación al Desarrollo, resalta que no solo en el #8M, sino siempre, necesitamos reflexionar y actuar ante la violencia basada en género. Las mujeres organizadas seguiremos vigilando y demandando al Estado, garantizar el derecho de todas las mujeres a vivir libres de violencia de género. Como parte de sociedad civil, hacemos un llamado para que todos, todas, todes y las autoridades “Cambiemos el Ritmo” por vidas libres de violencia.

Síguelos en la web: https://www.demus.org.pe  / https://fovida.org.pe   / http://www.alter.pe  /

Cambiemos el ritmo por vidas libres de violencia. VIDEO: FOVIDA

Kelly Aliaga: “Soy un joven en pandemia”

Kelly Aliaga: “Soy un joven en pandemia”

Por Adriana Velásquez

Kelly Aliaga solo tenía 17 años cuando el mundo se detuvo debido a la pandemia por covid-19. Este año, cerca de cumplir 20, apostó por componer sus propias canciones y lanzarlas por sus redes sociales. Sin esperarlo, su primera canción Joven en pandemia, obtuvo más de 700 mil reproducciones en TikTok y más de 13 mil en Spotify. Una canción que le ha permitido conectar con personas alrededor del mundo que comparten su sentir al haber vivido los primeros años de juventud en el confinamiento. 

“La canción la compuse un poco como en broma. Yo solía hacer canciones para mi grupo de amigos del zoom que conocí en la pandemia. Lo hacía para molestarlos y pasar el rato. Un día quise hacer una canción para desahogarme. No la tomaba en serio, la escribía y luego la dejaba de lado, pero hubo una ocasión en la que me sentí muy mal y decidí terminar de escribirla.

Empezó el 2022 y me chocó bastante asimilar que este año cumplo 20, porque cuando inició la pandemia yo tenía 17 años. Y sentía que todo estaba pasando muy rápido. Así que agarré un papel y puse todas mis metas del año. Entre esas metas estaba componer 10 canciones. 

Joven en pandemia es la canción más honesta que he escrito, por eso la saqué primero, y con sacarla me refiero a subirla en Tik Tok. Yo creí que lo iban a ver 5 personas, pero pasaron 2 horas y ya tenía como 10 mil visitas. Yo me aloque. Nunca había tenido una interacción tan masiva. Me impresionó bastante ver que la gente estaba compartiendo la canción porque realmente es algo que les marcó.

Yo trato mis canciones como si fueran mi diario personal, por eso me daba cosita compartirlo, porque es algo íntimo. Pero cuando la gente se empezó a identificar con la canción, me sentí muy humana, sentía que no estaba conectando con una pantalla, sino que estaba relacionándome con personas que no conocía pero que podía conectar con ellas en un nivel más profundo. Y eso me marcó muchísimo. 

Para mí la pandemia ha sido un proceso total de reconstrucción. Siento que he crecido y he aprendido bastante. Si a los 17 años me dijera a mi misma, ‘Oye cuando tengas 19 vas a estar en una pandemia mundial y por fin te vas a animar a escribir canciones’. Me daría mucho miedo porque en ese entonces dudaba mucho de mi potencial. Y el hecho de que me sienta más segura ahora es porque he tenido tiempo de reflexionar sobre mi vida.”