“No hay mayor orgullo que emprender tu propio negocio”

“No hay mayor orgullo que emprender tu propio negocio”

Por Emma Ramos

negocio
Arte: Adriana Velásquez

Myrian Edith Ramos Marcos, 22 años, Negocios Internacionales

“Yo nací en la peluquería de mi mamá y actualmente ese lugar tiene 25 años. Desde pequeña me llamó la atención el diseño de las uñas, pero nunca lo tomé en serio porque mis planes eran dedicarme a la profesión que estudié. Hasta que llegó la pandemia y tuve que reinventarme.

En el 2019, llegó una tía a Lima a dictar clases sobre extensión de pestañas y diseño de uñas. Ella es de Italia y llegó con la nueva tendencia de la cosmetología. Me invitó a participar, pero no le tome importancia. Hasta sentir la presión constante de mi familia para tomar el curso. Solo ingresé con una condición, renunciar a mi trabajo. El mismo que no me permitía estudiar. Además, los permisos para faltar solo eran en caso de urgencia o de una enfermedad.

Renuncié y tomé las clases durante dos meses, hasta que me volví una experta gracias a la práctica y constancia que le dediqué.

Con las nuevas restricciones de la pandemia, se tuvo que cerrar el negocio de mi mamá. No sabíamos qué hacer. Fue así, que me animé a estudiar de manera online diseño de uñas. Empecé a practicar con mi mamá, primas y amigas cercanas con la finalidad de perfeccionar mis diseños y técnicas.

Una vez que el Estado dio la autorización de abrir los negocios, le pedí a mi mamá que me de un espacio en su spa para colocar una mesa y silla, y empezar a atender por citas a mis futuras clientas.  Empecé con una, ella me recomendó a sus amigas. Ahora, no me doy abasto porque son muchas. Estoy en busca de personal para poder atender a todas.

Nunca me imaginé ser socia de mi mamá y trabajar en el negocio familiar. Hoy en día, tengo mi propio espacio y empresa. Gracias a mi carrera de negocios internacionales, empezaré a importar desde México todas las herramientas y materiales que se requiere. Esto, ya que es el país pionero del mundo en el diseño de uñas.

Ahora, entiendo que la vida te da muchas enseñanzas y oportunidades. Solo es cuestión de aprovechar, perseverar y seguir adelante. Por un momento sentí un poco de vergüenza sobre lo que emprendí. Después entendí que no hay mayor orgullo que tener tu propio negocio”.

“Es Maira, la de las tetazas”

“Es Maira, la de las tetazas”

Por Diandra García

Foto: Las Tetazas. Intervención por La Antígona.

Maira Rodríguez, 23 años, creadora de Cafem y Las Tetazas.

Cuando inició Cafem, Maira Rodríguez, no sabía que sería Maira, la de las tetazas. Su propósito siempre fue empoderar a las mujeres: hacer que se sientan cómodas consigo y con las demás. Por eso creó Cafem, un espacio femenino libre y seguro. 

“Mi idea era que sea una cafetería, como un Starbucks femenino. Cafem tiene una relación muy estrecha con el té de tías: se inspira en los momentos en que hablas y estás cómoda con más mujeres. No es un espacio físico, es nuestro cuchicheo. Nos sentimos comprendidas cuando hablamos. 

Cuando llegó la pandemia, tuvimos un primer conversatorio virtual. Fue como una gran terapia para todas. Me di cuenta de que podemos formar relaciones sororas a través de la pantalla. El evento fue increíble… pero yo necesitaba algo más. Quería empoderar a las mujeres de manera más directa.

Entonces empecé Las Tetazas. Siempre me interesó la cerámica, lo que más colecciono son tazas y había visto arte con tetas en internet. Me dije: «Quiero aprender cerámica. Quiero aprender cerámica y hacer tazas. Quiero aprender cerámica y hacer tazas con tetas». El nombre lo propuse casi a la joda. Mi papá es comunicador. Le pregunté qué pensaba sobre llamarlas «tetazas». Le gustó, aunque cuestionó: «¿no será muy obvio?» Pues esa es la idea. Que sea lo más obvio posible: esta soy yo; estas, mis tetas; esta, mi tetaza. Es una manera de luchar contra el estigma y la censura.

Las Tetazas fueron un éxito. En una ocasión, una chica pidió que diseñara una con detalles específicos. Me pregunté ¿qué tal si doy un paso mucho más allá y personalizo las tetazas? Era mucho más íntimo. Ya no se trataba de normalizar tetas, eran tus tetas. Era verte en los ojos de otra persona, en una pieza de arte. Al principio sentía mucha carga. La primera me pareció  que salió malaza. Yo decía: «la cagué, aquí hay una manchita, no salió como debía»… pero quien recibió la tetaza me dijo que estaba perfecta. Yo estaba dispuesta a volverla a hacer, pero ella insistía «Maira, está perfecta». Me hizo entender que gran parte de la cerámica y del cuerpo humano son las imperfecciones.

Por eso tomarse las fotos es un momento muy sensible. Eres tú con tu cámara, tú-real. Para hacer la tetaza, doy indicaciones muy técnicas de cómo debe ser la imagen que envían: de la clavícula para abajo, de costado… Doy mis datos, mi correo, mi instagram. Hablo de manera empática, porque lo entiendo. Desde chibolas nos dicen «tápense». Es obvio que, al pedirte «destápate», vas a estar incómoda. Cada una pasa por un proceso propio. Lo que yo hago es acompañarlo.

La reacción a la taza es muy importante para mí. Ese gesto de verse y decir «¡soy yo!» incluso lo sentí cuando diseñé mi tetaza. Fue muy bonito. Dejo una partecita de mí en cada taza que hago. Hay diferentes historias: mujeres que aman sus tetas y están encantadas de verlas en una taza, pero también mujeres con procesos complejos. A veces han pasado por procedimientos quirúrgicos y me dicen «no sé si podrías hacerlo con esta cicatriz»… Vaya, ¡es tu proceso! Tuyo. Yo hago la taza para que te sientas bien contigo, para que te veas y te ames.

Es un gran reto. Tenemos que amar el cuerpo en todos sus estados, porque cambia constantemente. Una vez, me contactaron para regalar una taza a una madre que había pasado por una intervención en su mama. Fue la más difícil que he hecho. Al final, hablé por videollamada con ella y… su cara. Ala. Su cara fue hermosa. La vi transformarse en una guerrera. La tetaza era su grito de victoria.

Tocamos al resto sin siquiera saberlo. Pienso en lo que entrego con una tetaza y espero que recuerden lo que sintieron al recibirla. He visto compañerismo. Una mujer me pide una tetaza para su amiga. Yo voy a su cuenta para hablarle: «Hola, tal persona te ha regalado una tetaza, quiero saber si estás dispuesta…». Ella se emociona y me pide que haga otra para una amiga más. Es una cadena de favores. Me emociona saber que conectamos así, de manera espontánea. Creo que Cafem –y las tetazas– entregan eso: el entendimiento de que todas pasamos por algo parecido. Solo hay que conocernos.

Me ha pasado que me ven y dicen «es Maira, la de las tetazas». El nombre lo hace llevadero, porque llamarlas senos o busto es muy… anatómico. Las tetas son más de nosotras. Somos nosotras, libres y seguras, porque estamos en tetas”. 

“En el mundo de la melomanía caleña existe mucho micromachismo y violencia”

“En el mundo de la melomanía caleña existe mucho micromachismo y violencia”

Por Emma Ramos y Zoila Antonio

Arte por Adriana Velásquez

Diana Ordóñez Hincapié, 38 años, fundadora de Cultura Siguaraya nos habla del micromachismo en la melomanía.

“Soy melómana y fundadora de Cultura Siguaraya. Mi proyecto empezó en el 2021. Sin embargo, es el producto de un trabajo de más de 7 años. Su iniciativa es crear, producir y circular contenido relacionado a las memorias y apreciación musical de la sonoridad afrocaribeña del cual Cali, Colombia ha sido receptora y productora. Pero esto no sería posible sin la ayuda de mis dos socios: Alejandra Arias, encargada de la coordinación de eventos y Sergio Bernal, encargado de diseño gráfico.

Nosotros brindamos cursos virtuales en apreciación y memoria musical. Aquí, muchas mujeres tuvieron su primera experiencia en una audición [sesiones de escucha e intercambio musical]. Además es una gran puerta para ellas, porque les permite desarrollar su formación en la melomanía. También, reconocer esos procesos de desarrollo de la música, pues saber de ella es un saber exclusivo.

Para Cultura Siguaraya es importante que la nueva generación de melómanos aprendan a apreciar la letra y origen de la música. Y también a reconocer que existen producciones de mujeres.

Es por eso que mi relación con la música es muy fuerte y larga. Por un lado, me ha permitido reconocer historias de mujeres dentro de la música colombiana y en general. Como el libro de Daniela Cura, que cuenta la historia de una compositora llamada Esther Forero. Ella es una mujer de la costa atlántica y madre soltera que empieza a reconocer y registrar la música a inicios del siglo XX. A través de esta historia pude conocer la vida de una artista colombiana que tuvo grandes composiciones de boleros y guarachas. Sé que mi país desconoce su trayectoria, vida y rol en la música. Lamentablemente eso es lo que suele suceder con muchas mujeres. Así como el papel de las mamás de los grandes músicos que tuvieron que ver en su  formación. Es por eso que, considero importante rescatar esas grandes historias.

Por otro lado, he aprendido que, en este mundo de la melomanía existe mucho micromachismo y violencia. Restan la visibilidad de las otras personas. Yo pasé por un episodio similar. A pesar de aprender mucho y conocer a muchas mujeres, sé que dentro de esa comunidad hay un ejercicio de violencia machista.

Lo que nos interesa en Cultura Siguaraya es despertar y motivar el alma melómana. No nos importa competir. Asimismo, queremos enseñarles a las mujeres a buscar oportunidades para hacer trabajos en redes, aún cuando esa persona no forme parte de tu mismo grupo. Siempre nos tenemos que juntar con personas que tengan objetivos o gustos distintos. Así, a través de esos gustos, se puede potenciar algo lindo que beneficie o ayude a ambos”.

“Hoy estoy convencida de que todos podemos expresarnos artísticamente”

“Hoy estoy convencida de que todos podemos expresarnos artísticamente”

Por Mariana Aljovín

Intervención por La Antígona. Foto: Oruga Incendiaria.

Ximena Tam, 23 años, creadora del proyecto Oruga Incendiaria que hoy sigue logrando éxitos.

“Mi nombre es Ximena Tam, tengo 23 años, soy egresada de la facultad de educación de la PUCP. Di vida al proyecto y emprendimiento Oruga Incendiaria en el 2019. El proyecto nació de la necesidad de expresar y plasmar mis intereses y pasiones en el bordado, al cual le doy bastante tiempo y dedicación. Se podría decir que, de manera autodidacta y con la guía de mi madre, aprendí la técnica y así comencé a bordar en bastidores, a trabajar con marcos miniatura y ahora con bolsas de tela que yo misma he aprendido a confeccionar. Nunca antes me había considerado una persona con habilidades para el arte. Pensaba que era algo reservado para unos pocos dotados. Hoy, estoy convencida de que todos podemos expresarnos artísticamente. 

Oruga Incendiaria nace de la influencia que el feminismo tuvo en mi vida. Empecé plasmando en la tela símbolos y consignas de este movimiento social y político. Al inicio, solo me seguían algunos amigos y familiares, pero ahora he logrado construir una comunidad más amplia en Instagram pudiendo llegar a personas fuera de mi círculo. Además, he conocido comunidades de bordadoras de otros países latinoamericanos que compartían diseños vinculados a lo político y otros temas coyunturales. 

Elegí a las orugas para el nombre porque éstas tejen su capullo para convertirse en mariposas, e incendiaria porque en mis inicios me inspiraba sobre todo en temas feministas y de conciencia política. El nombre viene de la idea de transformar, de destruir para volver a construir. Si bien mi proyecto despegó durante el primer año de pandemia no he encontrado mayores complicaciones o riesgos para todo lo que implica la elaboración de mis bordados. 

Lo que comenzó como una fuente de expresión artística de uno de los aspectos de mi identidad y vida personal ha ido creciendo a la par conmigo.  Siempre busco superarme aprendiendo nuevas técnicas de bordado, utilizando nuevas herramientas y, en general, experimentando con los hilos y las agujas. Ahora mi trabajo está enfocado en hacer bordados a pedido y en enseñar a bordar, pero lo que más me gusta es crear mis propios diseños. Encuentro muy gratificante cuando alguien gusta de mis creaciones.

Me gustaría generar mayor impacto e influencia dentro del Perú. Ahora mismo me interesa difundir iconografía peruana en mis trabajos, y de esta manera compartir nuestro arte antiguo con el público de hoy”.

EL MAYOR MILAGRO QUE ME CUMPLIÓ LA CRUZ DE CHALPÓN FUE SER MADRE

EL MAYOR MILAGRO QUE ME CUMPLIÓ LA CRUZ DE CHALPÓN FUE SER MADRE

Por Emma Ramos

Arte por Adriana Velásquez

Diandra Orellano Franco, 33 años, Gestora de Recursos Humanos. 

Yo nunca tuve fe en la cruz. Solo iba a visitarla porque mi papá era un fiel creyente y es de Motupe, Lambayeque. Cuando era niña él nos llevaba al norte con mis hermanos en las vacaciones. Además, era ya una tradición ir al Cerro de Chalpón, rezar y pedir un deseo, era lo que siempre nos enseñó. Pero yo nunca le pedí nada importante.

Recuerdo que el 2006. Estaba a punto de culminar mi etapa escolar y no tenía las mejores notas. Sin embargo, pedí a la cruz que me ayudara a pasar el año y lo cumplió. Desde ahí empecé a tenerle un poco de fe. 

Pero el hecho que marcó mi vida por completo fue cuando tenía 28 años. Fue ese año que recibí una inesperada noticia que me dejó desconcertada. En el 2017, decidí realizarme unos chequeos de rutina y los resultados confirmaron que no podía tener hijos. El ginecólogo me dijo que era imposible salir embarazada. También, que si en algún momento yo decidiera ser mamá, tenía que tomar un largo tratamiento. Busqué las opiniones de otros especialistas y los resultados eran iguales. 

En una ocasión, decidí viajar con mi pareja. Le comenté sobre la Cruz de Motupe y lo milagrosa que decían que era. Ambos decidimos visitarla. Cuando llegamos puse algunas velas, le dejé unas medallas y recuerdo que le pedí salir embarazada sin la necesidad de tomar un tratamiento. 

Habían pasado dos meses desde que habíamos regresado a Lima y no llegaba mi periodo. Procedí a realizarme una prueba de embarazo que salió positiva. Le conté a mi pareja y decidimos  sacarnos una ecografía. Fue ahí cuando escuché por primera vez los latidos  del corazón de mi bebé. 

Yo estaba tan asombrada que no lo podía creer. Salimos del consultorio y decidimos hablar en un parque cerca de la clínica. Mi pareja me confesó que cuando visitamos la cruz él pidió que yo saliera embarazada. Ambos nos miramos y nos dimos cuenta que ella nos concedió un milagro.

Luego de sacar cálculos, me di cuenta que yo concebí a mi hijo un 17 de febrero, sin embargo, había visitado la cruz un día antes. Yo regresé a Lima sin saber que ya estaba embarazada. Para mi esto es un milagro. Prometí a la cruz visitarla con mi hijo y lo cumplí.

SI YO RENUNCIO NOS QUEDAMOS SIN COMER

SI YO RENUNCIO NOS QUEDAMOS SIN COMER

Martha Carchery, trabajadora de limpieza en hospital de Essalud. 56 años

Si quieres escuchar esta historia en la voz de la autora, haz click aquí.

“Me levanto a las 4:30 de la mañana para ir caminando y llegar a las 6:00 a.m al hospital Alberto Leonardo Barton Thompson, en el Callao. Hace cinco años soy operaria de limpieza para la empresa SELIM. Empecé limpiando las áreas de emergencia y hospitalización. Pero hace tres años me pasaron a Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), área al que ahora tengo miedo limpiar porque todos los pacientes instalados tienen el COVID-19. Hasta el momento han fallecido dos pacientes de UCI y la situación cada vez empeora. 

A pesar que contamos con la protección necesaria, este nuevo “disfraz” es incómodo y doloroso, pero lo tengo que usar por 12 horas diarias. Nos dan el uniforme de limpieza -uno tradicional-, tres mascarillas, seis guantes quirúrgicos, tres mandiles quirúrgicos, tres gorros quirúrgicos, tres botas quirúrgicas, guantes de limpieza, zapatos con punta de acero y lentes. 

Los doctores son buenos y ya no nos permiten quedarnos tanto tiempo en el área. Solo limpiamos lo que necesitan y cada vez que salimos de ese espacio nos bañamos y nos volvemos a cambiar. Es decir, si yo ingreso a UCI cuatro o cinco veces, yo me baño las cuatro o cinco veces. Por ese lado me siento protegida, pero por otro lado me siento desamparada. Mi empresa no nos quiere aumentar la remuneración, a pesar de que nos exponemos día a día. Su respuesta es “si te quejas, te vas”. Y yo no me puedo ir. Tengo dos hijos: uno de treintaiún años sin trabajo y uno de quince en el colegio. Si yo renuncio nos quedamos sin comer. Solo me queda trabajar y no puedo darme ese lujo a estas alturas.

Somos 25 personas, todas tenemos entre 30 a 50 años. Cada día trato de animar a mis compañeras a seguir laborando y agradecer que aún tenemos trabajo. Al regresar a casa, el cual dura dos horas y media, pienso mucho en mi familia y en mí. Solo pido a Dios que me dé coraje y valentía para seguir adelante y hacerle frente a este virus. 

© 2021 La Antígona

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Periodismo en Femenino

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