El compromiso de las mujeres con el medio ambiente

El compromiso de las mujeres con el medio ambiente

Lideresas de Lima Sur unen esfuerzos para mejorar su relación con el entorno en los sectores más áridos de la capital limeña

Por Leah Sacín

Desde sus distintas asociaciones levantan sus voces para poner en la agenda municipal el desarrollo de la agricultura urbana, la recuperación de alimentos de mercados de abastos y acciones de atención ante los peligros climáticos como las olas de calor.  

El #DíadelMedioAmbiente es una efemérides perfecta para resaltar el trabajo comprometido de mujeres que buscan no solo cuidar y proteger el medio ambiente, sino hacer visibles los impactos diferenciados que tienen las crisis climáticas según el género. Ser mujer en tiempos de cambio climático y sus grandes retos. Y es que el cambio climático no afecta a todas las personas por igual sino de manera diferenciada según su nivel de vulnerabilidad y  capacidad de respuesta.  A mayor marginación social, económica, cultural, política y/o institucional por motivos de género, clase, etnia, edad, entre otros, menor será la capacidad adaptativa de las personas a los riesgos climáticos (MINAM & AECID, 2014). Las desigualdades de género son motores de la vulnerabilidad frente al Cambio Climático.

En el caso de las mujeres, los  impactos son diferenciados, ya que son las principales encargadas de gestionar el agua para consumo humano, de buscar y preparar los alimentos, del cuidado de niños (as), adultos mayores y personas enfermas o con discapacidad, y en situaciones de desastres (carencia de agua y derrumbes) nuestras horas de trabajo en casa aumentan, tal como sucedió en el contexto del covid-19, reduciéndose las posibilidades de recreación, educación, afectando su salud física y mental, trabajo remunerado y una mayor participación política, y por tanto profundizando así las brechas de género que enfrentamos. 

Así mismo, la situación de pobreza en la que muchas mujeres se encuentran debido a que son únicas proveedoras del hogar, jefas de familia, madres solteras (9.3% a nivel nacional), con ingresos mínimos, las coloca en una situación de alta vulnerabilidad.  

Sin embargo, las mujeres  también somos agentes  de cambio, poseemos conocimientos y prácticas que pueden contribuir en la implementación de respuestas frente a los efectos e impactos del cambio climático. Así lo demuestran mujeres de los distritos más grandes de Lima Sur: Villa El Salvador, Villa María del Triunfo y San Juan de Miraflores quienes se han volcado al trabajo de agendas de género y cambio climático elaborando propuestas de medidas de mitigación, adaptación y gobernanza con enfoque de género  para que sus municipios se pongan en acción. 

Las principales propuestas están relacionadas a la seguridad alimentaria (agricultura urbana, recuperación de alimentos de mercados de abastos) y las acciones de  prevención  en salud  frente a los peligros climáticos, como las olas de calor (Programa de familias saludables).

Nuestras voces 

Son diversas pero comparten un entorno, una preocupación y las ganas de luchar por cambiar un futuro que amenaza a las más vulnerables. Provienen de los tres distritos más grandes de Lima Sur: Villa María del Triunfo, Villa El Salvador y San Juan de Miraflores. Estas son algunas de sus historias en las que resalta el valor de poner manos a la obra en un tema en el que muchos voltean la mirada.

Madre e hija 

Marina Gamboa (55 año) y su hija Carmen Najarro (20 años) decidieron juntas involucrarse en el tema del cambio climática en su localidad. En Villa María del Triunfo hay pocas zonas con acceso al agua, escasas áreas verdes y mucha necesidad económica. Las familias que viven en las zonas altas son las más afectadas por los cambios de temperaturas. La mala calidad del aire impacta en niños y adultos mayores generando crisis de enfermedades respiratorias. Marina y Carmen enfocan su esfuerzo en aquellas personas a quienes se les recargan las labores de cuidado por todos estos factores y ellas saben que suelen ser las mujeres. Marina llegó desde Ayacucho cuando aún era una adolescente, no hablaba español y el trabajo que le permitía subsistir le impedía estudiar al mismo ritmo que otras chicas de su edad. Sin embargo, Marina estaba determinada a avanzar en el colegio y luego su sueño era ir a la universidad. Su sueño era estudiar medicina. Aunque el sueño se hizo esquivo con muchísimo coraje logró culminar la carrera técnica de enfermería y forjarse como dirigente en su distrito participando de los comités de salud y haciendo labor de promotora. En ese camino y en esa lucha su hija desde pequeña la acompañaba. Hoy Carmen ha cristalizado el sueño de su madre que es el suyo también: está por terminar su carrera de medicina. Ambas trabajan en su comunidad promoviendo la agricultura urbana y las acciones de prevención en salud. Mujeres que han vivido en carne propia el impacto diferenciado que tienen todas las crisis según el género y en especial la del cambio climático. 

La herencia de Maria Elena

Nicolasa Lima tiene 63 años y todos ellos los ha vivido en Villa El Salvador. En este árido distrito al sur del centro de la capital peruana aprendió de lucha y compromiso con su comunidad. Y cómo no, si conoció y vivenció la fortaleza de una de las lideresas más entrañables de la historia: Maria Elena Moyano. Con Maria Elena las mujeres se organizaron y se involucraron en la política más cercana, la del barrio y el distrito, la de los alimentos y la solidaridad. Allí aprendió que la unión es la verdadera fuerza y que su voz era importante para muchas que aún no se atrevían a tomar liderazgo. Hace algunos años decidió trabajar en la recuperación de alimentos, apoyando a los comedores populares para poder alimentar a más familias. Sabe que el cambio climática, como tantas crisis que nos azotan, como fue también la pandemia, impactará de manera más cruel en las espaldas de las mujeres. Por eso está en acción: capacitaciones, talleres, incidencia política ante sus autoridades locales. Nicolasa ha desarrollado su voz en uno de los lugares en que los estragos de los cambios del clima se sienten con más rudeza. 

Con V de Victoria 

Victoria dice que se siente más cómoda hablando en quechua, su lengua materna. Esa lengua que es también un vínculo con su tierra: Ayacucho. Tenía tan solo once años cuando dejó su cielo celeste y su aire puro para venir a la capital del país. Recuerda que le costó muchísimo aprender el español, la escuela no era prioridad pues lo suyo era una necesidad galopante de trabajar para subsistir día a día. Primero trabajos en los que apenas y le daban un almuerzo, trabajo casi en esclavitud sin sueldo. Una niña quechuahablante expuesta a la rudeza e injusticia de la ciudad. Victoria tuvo todo en contra pero también una determinación a prueba de todo. “Yo voy a salir, voy a lograrlo”, primero era el idioma, luego desenvolverse en la ciudad y finalmente ser una líder en su distrito. Hoy ha enfocado sus esfuerzos en traer algo de sus conocimientos ancestrales al árido distrito en que se ha asentado para vivir. La agricultura urbana es una apuesta por generar espacios verdes, producir alimentos para el autoconsumo e incluso una alternativa para generar recursos. Hoy Victoria levanta su voz para hacer visibles los impactos diferenciados del cambio climático en las mujeres y las labores de cuidado invisibles que se incrementan en estos tiempos. Su voz es poderosa por ha sabido vencer toda adversidad para sostenerla. 

Datos sobre brechas de género

  • Al año 2020, en Lima Metropolitana el 40% de las mujeres de 14 y más años de edad no tienen ingresos propios, cifra superior al 24,8% en hombres (INEI, 2020).
  • En relación al tiempo destinado al trabajo doméstico no remunerado, la Encuesta Nacional de Tiempo (ENUT) señala que las mujeres dedican 23 horas con 34 minutos más que los hombres a nivel nacional (INEI, 2010).
  • El incremento de la carga doméstica y la reducción de empleos y salarios afectaron especialmente a las mujeres en la pandemia por Covid-19. De tal manera, los impactos del cambio climático pueden acentuar la desigualdad de género ya existente.
  • A nivel de San Juan de Miraflores, la tasa de analfabetismo es mayor en mujeres (3.5%) que en hombres (0.9%), según INEI 2017
  •  A nivel de Villa María del Triunfo, la tasa de analfabetismo es mayor en mujeres (3.5%) que en hombres (1%).
  • A nivel de Villa El Salvador, la tasa de analfabetismo es mayor en mujeres (3.1%) que en hombres (0.8%), según INEI 2017
Honduras: la necesidad insatisfecha de la salud sexual y reproductiva

Honduras: la necesidad insatisfecha de la salud sexual y reproductiva

Por Josselyn López

No es novedad que Honduras sea un país que no satisface las necesidades de salud de la población, principalmente la salud sexual y reproductiva, pero para las mujeres y niñas esto es aún más complicado. Si bien este 8 de marzo se conmemoró con la firma del acuerdo ejecutivo para el uso y la comercialización libre de la PAE, seguimos en lucha para que se ejecute. Tras dos meses de ese hecho histórico, no hay un servicio integral de salud para las mujeres hondureñas y tampoco tienen acceso a la PAE en centro de salud públicos.

Según la ONU, Honduras ocupa el segundo lugar en embarazos de adolescentes. En el año 2022, el Ministerio Público del país recibió 3,932 denuncias de violencia sexual, lo que se traduce a un promedio de 10 mujeres violentadas sexualmente por día: un 19% más que en el año 2021. De esta cifra, el 64% corresponde a denuncias de menores de edad. Cada año que pasa las cifras aumentan.

Un embarazo forzado es una tortura; pero lamentablemente, en el país, a las niñas, jóvenes y mujeres se les obliga a maternar al no poder tener control sobre sus cuerpos. Parte del origen de ello es la necesidad insatisfecha de acceso a la Educación Sexual Integral y a la Anticoncepción, y también a la violencia machista y misógina por la que atraviesa el cuerpo de las mujeres.

En pleno 2023, en Honduras seguimos luchando por que se reconozca la autonomía corporal de las mujeres. Según el imaginario de la población, el cuerpo de las mujeres es territorio de conquista.

El gobierno tiene la obligación de garantizar un país donde las mujeres nos sintamos seguras y libres para tomar decisiones sobre nuestros cuerpos, y también un país libre de violencia machista. El hecho que todavía no se pueda acceder a métodos anticonceptivos nos deja en una posición de desigualdad. A eso le podemos incluir la edad, la etnia, la educación y el nivel socioeconómico; de modo que, si poseemos menor nivel económico, tenemos menor acceso a servicios de salud pública. 

Además, las defensoras de los derechos humanos seguimos en la lucha constante por desligar el gobierno de la religión. Según la Constitución, Honduras es un país laico, pero la religión sigue influenciando decisiones que únicamente debería competer al Estado. Ahí nace la concepción de que el fin único de las mujeres es la reproducción; por lo tanto, las leyes, los decretos y los acuerdos no favorecen a las mujeres. En un contexto como ese, no se puede asegurar los servicios de salud sexual reproductiva esenciales.

A pesar de todas las exigencias realizadas, el gobierno de Honduras sigue sin garantizar el acceso de servicios de salud pública a las poblaciones femeninas. Rosa Gonzáles de la Fundación Llaves, en un reportaje de la IWF (International Women’s Foundation), menciona que constantemente escucha que “las mujeres hondureñas no se cuidan” cuando en este país ni siquiera hay condones femeninos. La única opción para prevenir un embarazo es el uso de condones masculinos, los cuales están bajo la potestad de los hombres. Esto se traduce en violencia y embarazos no deseados.

El camino de la erradicación de la violencia contra las niñas, adolescentes y mujeres es largo, pero paso a paso lo lograremos.

Dar a luz en Guatemala

Dar a luz en Guatemala

Por Melanie Coyoy

Cada dos minutos fallece una mujer por complicaciones en el embarazo o el parto, esto según el último informe de las Naciones Unidas en conjunto con otros organismos de la misma ONU, llamado Tendencias en la mortalidad materna del 2000 al 2020.  De acuerdo al mismo informe, entre el 2016 y el 2020 la tasa de mortalidad materna aumentó un 15% en América Latina y el Caribe. 

En este artículo conoceremos la historia de parto de 5 mujeres que en diferentes circunstancias tuvieron que traer al mundo a sus hijas e hijos en un país con muchas deficiencias. 

Sistema de salud en Guatemala 

En Guatemala el sistema de salud se divide en privado y público. El sistema público contempla los puestos de salud, hospitales regionales y nacionales; brindados a través del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social, (MSPAS). Dentro de este también entra el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS). En cuanto al sistema privado este va desde los seguros de salud proporcionados por bancos y otras entidades hasta hospitales generales, clínicas privadas y farmacias. 

Aunque parece ser un sistema estructurado, la verdadera palabra para describirlo es: frágil. Una de las principales razones es la centralización de recursos en el departamento de Guatemala. Esto aunque existen  departamentos con más población y mayor extensión territorial. 

Además el IGSS llega solamente al 17% de guatemaltecas y guatemaltecos. Pues para poder poder afiliarse es necesario tener un trabajo con prestaciones. Aunque las personas sean asalariadas el no ser parte de una planilla de trabajo les excluye de recibir seguro social. Además en Guatemala, de acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el 65% de la población son parte del sector informal de trabajo. Lo que significa que tampoco tienen la posibilidad de afiliarse al IGSS. 

Dar a luz en un mundo en crisis

La vulnerabilidad, tanto de la población como del sistema de salud del país, se vieron fuertemente afectadas a consecuencia de la crisis sanitaria. En el momento de mayor emergencia el IGSS debía recibir a cualquier persona que necesitara atención por Covid-19 estuviera afiliada o no. Claramente todos los esfuerzos estaban concentrados en combatir la pandemia. Esto repercutió de manera indirecta a algunas mujeres que estaban próximas en dar a luz. 

Ese es el caso de Mónica Obando que se convirtió en mamá en plena pandemia, en junio del 2020. Mónica trabaja en el área de educación en una organización sin fines de lucro que le facilita la afiliación al IGSS, sin embargo a causa de la emergencia no pudo dar a luz en el seguro social y optó por ir a un hospital privado. 

“El IGSS estaba colapsado, en los hospitales (nacionales) corríamos riesgo de contagiarnos mi bebé y yo. Buscamos opción en lo privado, no teníamos tantas opciones ya que cerraron mucho por el covid”. 

Uno de los principales temores de Mónica era contraer el virus pues además de la vulnerabilidad en la que ella y su bebé estarían también pensaba en su mamá que había sido diagnosticada recientemente con esclerosis múltiple. Necesitaba tomar precauciones. A causa de la pandemia tampoco pudo elegir cómo sería su parto. 

“No me dieron oportunidad de que fuera parto normal, ya que los médicos no podían salir en cualquier horario y algunos estaban contagiados, así que debía ser cesárea programada para evitar que no hubiera médicos si era emergencia”.

Al preguntarle si hubiera utilizado su afiliación en el IGSS de no haber existido pandemia, piensa un poco y dice que sí. “Si, en otras circunstancias. Mis 3 hermanos y yo nacimos allí. También mis 2 sobrinos, no hubiera tenido inconveniente, aparte lo he pagado toda mi vida aunque sea en esa ocasión lo hubiera usado”, dice mientras ríe. Explica que el área de maternidad tiene ‘buena fama’ y luego de pensarlo dice que “Ahora después del covid, quizá lo pensaría más.”

Un tema complejo en cuanto al sistema de salud pública en Guatemala es que existe un prejuicio sobre la calidad de sus servicios y de la atención que da el personal. Y como en la mayor parte de veces en la maternidad, todas las personas tienen una opinión sobre lo que es ‘lo mejor’. 

IGSS con buenas y malas experiencias

Alejandra Méndez es emprendedora y dio a luz en abril de este año. Ella había escuchado sobre experiencias negativas dentro del IGSS. Pensaba también en el desgaste de energía que tendría al momento de realizar procesos dentro de la institución, pensando que estos serían lentos y tediosos. 

“Tengo amigas y familiares que no han tenido buenas experiencias en el IGSS, entonces creo que por miedo y desconocimiento no quise hacerlo ahí. Creo que el IGSS tiene los profesionales y el equipo adecuado, sin embargo los procesos son muy lentos, el trámite es muy tedioso”. expresa Alejandra. También le daba temor no recibir un trato humano en la institución por lo que optó por un centro privado. 

Alejandra recuerda que al momento del parto sintió que la atención de la anestesióloga fue clave para sentirse tranquila y segura. Pues no tenía una idea muy clara de qué iba a ocurrir o cómo iba a sentirse en la cesaría. De nuevo, había escuchado experiencias, pero vivirlo fue algo completamente diferente. 

“Aunque no era su deber, ella me acompañó y me fue diciendo paso a paso todo lo que yo iba a sentir, eso me ayudó muchísimo. Recuerdo que hubo un momento donde se me durmieron las piernas, empecé a sentir un hormigueo y aunque ya sabía que era parte de la anestesia era una sensación horrible entonces me asusté. Pero ella me ayudó mucho porque me dijo exactamente cómo me iba a sentir, entonces así estuve más tranquila”, recuerda Alejandra. 

Por otro lado tenemos la experiencia con el IGSS de Celeste Abril, ella trabaja como secretaria y a diferencia de Alejandra ella sí se sintió acompañada pues dentro de la Institución se pone en una misma habitación a 10 mujeres que acaban de dar a luz. Esto hizo que Celeste pudiera hablar con otras 9 mujeres de lo que acababa de vivir. 

“Una no se compone sola, sino acompañada de muchas mamás. Solo en la habitación donde nos pusieron en reposo, éramos 10.  Fue muy bonito porque entre todas nos ayudamos el primer día.”, Celeste también dice que el personal, sobre todo las enfermeras fueron muy atentas con ella y su hijo. “En mi experiencia todos me trataron muy bien y también a mi bebé. Me lo atendieron muy bonito las enfermeras, estaban al pendiente de nosotros, le cambiaron el pañal dos veces. Muy amables.”

El parto de Celeste fue natural y recuerda que el 4 de noviembre del 2022 fue a las 10 de la mañana a realizar la suspensión que le correspondía por su tiempo de post parto. Luego fue trasladada a la sede del IGSS donde finalmente daría a luz a las 16h. 

Un servicio constante

El IGSS fue fundado en 1946 y forma parte de los logros de la Revolución del 44 en Guatemala. Es una institución gubernamental, pero cuenta con autonomía. En sus concepción este fue pensado primero para recibir a personas asalariadas para poco a poco poder afiliar también a las personas que no contaran con un sueldo fijo. Sin embargo esa meta no ha sido lograda 77 años después. 

Claudia Zamora recuerda cuando dio a luz por primera vez, hace 30 años. 

“En ese momento yo era súper jovencita, tenía menos de 20 años. Y la persona con la que yo me casé era quién tenía la cobertura en el IGSS. Fue un parto sin ninguna sorpresa, muy normal, muy tranquilo”. Además explica que recibió en la misma institución la atención desde el momento que supo que estaba embarazada con chequeos cada mes para monitorear el desarrollo de su hijo. Luego del parto, Claudia se sintió muy acompañada pues además del personal de salud también tuvo atención de una trabajadora social para resolver sus dudas. 

“Ella siempre estaba ahí pendiente si tenía alguna pregunta y pasaban a preguntar si alguien quería platicar con la trabajadora social, entonces fue una atención muy bonita. Me hizo sentir no tan sola y me hicieron sentir segura de qué era lo que iba a suceder. Te dan mucha información, incluso te dan algún folletito con información como la lactancia o la dieta de los 40 días”. Claudia recuerda también que le enseñaron a cambiarle el pañal a su bebé y que el trato de las enfermeras y doctores que llevaron todo su proceso, fue amable. 

Nueve años después Claudia volvió al IGSS al área de maternidad, pero esta vez la decisión de ser atendida ahí no la hizo por no tener otra opción, como la primera vez, además ahora ella ya era afiliada. La experiencia fue completamente distinta pues a partir del quinto mes de embarazo comenzó a tener complicaciones, situación que la hizo permanecer en reposo absoluto por 2 meses internada en el hospital. 

“Empezaron los problemas de parto prematuro desde el quinto mes. Desde ese momento me dejaron en reposo absoluto y ahí empezó nuestro tomo uno y tomo dos. También me sentí súper acompañada, las enfermeras fueron re lindas. La trabajadora social y la psicóloga también me estuvieron acompañando por dos meses”.

Recuerda que el médico tratante también fue muy amable y respondía la avalancha de preguntas que tenía. Este embarazo tenía una carga emocional muy fuerte para Claudia pues temía que el bebé naciera mucho antes de los 9 meses. Las preocupaciones que le generaban estos pensamientos hacían que tuviera contracciones, pero gracias a ejercicios de respiración propuestos por la psicóloga asignada pudo terminar con ese ciclo que se repitió mucho durante el tiempo de espera en el hospital. 

El segundo embarazo de Claudia fue de 7 meses y las complicaciones fueron causadas por unos fibromas que controlaron durante el embarazo. 

“Me monitoreaban, incluso yo tuve hasta atención médica externa. Me mandaban a servicio contratado para hacer algunos chequeos del bebesito. Yo oía el corazón de mi hijo. tuvimos la alegría de verlo en ese escaneo 3D que no existía en Guatemala o era el inicio, estoy hablando de hace 21 años. Y tengo ahí la foto de Juan Fernando que se veía como un bebé muy activo, pero bajo de peso”.

El IGSS no cuenta con servicios tan especializados, ni en ese momento ni ahora, así que cuando eso sucede realiza una consulta externa en el sector privado que es absorbida por la institución a través de servicios contratados. 

“Si hubiera tenido que pagar por ese servicio médico quizás no hubiera recibido una atención tan buena como la que recibí en el IGSS”.

Ella también recuerda que en este segundo parto le dieron indicaciones para alimentar a su bebé con una combinación de fórmula y leche materna También para ‘cangurear’ a su bebé. Este es un método donde la madre o padre tiene a su bebé en contacto directo, piel con piel. Se utiliza con bebés prematuros o bajos de peso.

“Al final mi experiencia con el IGSS te puedo decir que fue satisfactoria. Agradezco el trato de esas personas en ese momento. Sobre todo por Juan Fernando y tocó cangurearlo tuvieron toda la paciencia del mundo para explicarme, para enseñarme.” Claudia se escucha agradecida pues percibe que siempre hicieron más por ella y sus hijos. Por esta buena experiencia ella no duda en recomendar al IGSS. 

“Si yo tuviera que recomendar a la institución a alguien que va a tener a sus hijos ahí por primera vez, yo no dudaría en recomendarla.” 

Acompañarse por otras

Cuando Alejandra piensa si tuvo algún momento incómodo dentro de su cesaría inmediatamente habla sobre la vulnerabilidad de estar en una sala de operaciones rodeada de hombres. En su caso solo la anestesióloga era mujer. 

“Lo único que me hizo sentir incómoda fue que en la sala de operación, las personas que me operaron eran hombres. Dentro de la cesaría, una tiene que estar desnuda. Una está súper expuesta. Aunque es el trabajo de los médicos y lo han hecho muchas veces, una se siente incómoda, expuesta. Te tienen acostada en una camilla sin ropa con los brazos abiertos, las piernas abiertas y creo que esa parte fue un poco incómoda”. cuenta Alejandra mientras se escucha de fondo a su hijo Rodrigo. 

Pensando en este tipo de situaciones incómodas la comunicadora y defensora de los derechos sexuales y reproductivos, Joseline Velásquez decidió parir en un centro privado donde fue acompañada por parteras. Explica que eligió este lugar para su parto porque ya había sido atendida ahí. 

“Tenía experiencia de haber tenido consultas ahí de salud sexual y reproductiva y de métodos anticonceptivos. El trato y la atención siempre fue especial, me sentía segura”.

Joseline descartó por completo el servicio público, pues no quería enfrentar precariedad o violencia dentro en su atención en el momento del parto. Hace énfasis en la violencia obstétrica que sufren algunas mujeres en ese sector de salud. 

“No quería que me ‘cortaran’ para que el parto fuera más fácil. Y me refiero al corte que hacen algunos profesionales, entre la vagina o los labios hacia el ano para que el parto sea más fácil. No quería, tenía miedo de que eso me pasara”.

La atención prenatal la recibió en otro centro privado, donde no se sintió cómoda para el parto pues percibía un trato de una empresa que presta un servicio más, sin mayor interés genuino por ella o su bebé, Amapola. 

“Yo quería tener la posibilidad de sentirme cómoda con mi cuerpo, que no me juzgara por querer tener un parto natural, en donde no me estuvieran presionando para pujar”.

Dentro del parto Joseline dice que se sintió muy acompañada y no solamente por las parteras, también por su hermana y el papá de Amapola, quiénes pudieron estar presentes. Ambos recibieron junto a Joseline varios cursos antes de que llegara el momento del parto. Esto de alguna manera generó un vínculo entre ella y las parteras. Se sintió acompañada físicamente, a través de las técnicas de respiración que le enseñaron, pero también emocionalmente con los cuidados físicos y emocionales. 

“Nada de lo que lees, de lo que ves en videos o de las experiencias; te prepara. Te da información, pero el momento es único. Yo no voy a decir que tuve un parto sin dolor o un parto bonito porque fue un parto intenso. Había mucho dolor, mucha carga emocional y cansancio”, recuerda. Lo dice con una sonrisa que explica que genuinamente se sintió cómoda. 

Joseline hizo todos los esfuerzos necesarios para que el momento del parto fuera cómodo para ella y para su bebé, sin embargo el hecho de confiar el procedimiento a parteras en vez de médicos hizo que la decisión fuera cuestionada por sus amistades. Ocurre que aunque contar con el acompañamiento de una partera o comadrona es algo muy común en el país se sigue teniendo prejuicios sobre su conocimiento.

 “Yo compartí la forma en la que había decidido tener a la bebé, que no era en un hospital, con doctores, con anestesia. Y que por el contrario había decidido tenerla con parteras en un centro, en una clínica diferente. Y en algún momento se me cuestionó por qué. Que no estaban preparadas”. Joseline explica que se sintió juzgada y con dudas sobre su plan de parto, incluso contempló cambiarlo.

Para ella existe un prejuicio de clase sobre las parteras y las comadronas, clasificándolas como ignorantes o poco capaces por no seguir al pie de la letra los métodos de la medicina occidental; pero, al recordar por qué había tomado la decisión en principio, comodidad y bienestar para ella y su hija, retomó la seguridad del principio. 

“No solo fue un servicio. Había una conexión especial de las parteras, nos comunicamos para saber cómo estábamos. Yo ya estaba muy cansada el último mes, ellas me recomendaban mucho por chat ‘tomá este té’. Preguntaban: ¿Tienes alguna duda? ¿Cómo te has sentido?».

La atención que recibió Joseline fue muy especial para ella, detalles como recibir una impresión de  la placenta, tener la membrana como un recuerdo. El corte del cordón umbilical no fue inmediato y lo realizó su hermana. Además de haber hecho cápsulas y pintura con la placenta. Este tipo de detalles no existen en el sector público o privado. Para ella es parte del fortalecimiento del vínculo madre e hija. 

Privilegio agridulce

Para Joseline tener el privilegio de vivir un parto como el suyo, como quiso, es un tema agridulce. Pues sabe que esta no es la realidad de muchas guatemaltecas. Que por diferentes razones su única opción es el sistema de salud público. 

Deben acudir a lugares lejanos de sus comunidades, tener a la mano de alguna forma de transporte y en algunos casos, recibir atención médica en un idioma que no es el suyo. Por eso muchas acuden a comadronas que pueden explicar desde lo cotidiano lo que están pasando y que además les hablarán en su idioma.

En contraste a lo ofrecido por el MSPAS el sector privado generalmente apuesta por ofrecer el servicio de cesárea y este tiene un costo entre Q7 500 hasta los Q50 000, es decir entre USD 960 y USD 6 400. 

“Cada mujer debería tener la posibilidad de que su parto sea recordado aunque haya sido intenso como el mío. Doloroso y cansado. Que haya la posibilidad que no sea violento, no violento porque ejercen violencia obstétrica”.

***

Más adelante, podremos conocer más historias de mujeres en Guatemala, sus experiencias dando a luz en departamentos de todo el país y su vivencia en el parto de la mano de ‘comadronas’.  

Gioconda Belli: El presente de Nicaragua, la revolución interior y la creación literaria en el exilio

Gioconda Belli: El presente de Nicaragua, la revolución interior y la creación literaria en el exilio

Por Rocío Santos

Retrato de Gioconda Belli, escritora Nicaragüense. FOTO: LA PRENSA/ Archivo Jader Flores

Rocío Santos conversó con la poeta, novelista y activista política Gioconda Belli en su última visita a Chicago durante el mes de abril. En este encuentro con una de las voces nicaragüenses más influyentes de la literatura latinoamericana, Belli nos acerca a sus inicios en la literatura, su activismo político como revolucionaria sandinista, y su constante compromiso con el cambio individual y social que ha transmitido desde las letras.

RS: Bienvenida Gioconda, feliz de tenerte en Chicago, ¿cómo estás?

GB: Muy contenta de estar de vuelta en Chicago después de muchísimos años. Esta es una ciudad que me gusta mucho, excepto cuando hace tanto frío. Por otro lado, me encanta el lago, la vibra de la ciudad, es bonita, y los edificios.

RS: Yo llegué a tus letras porque una gran amiga que es nicaragüense, y que vive en San Francisco, California, hace muchos años me obsequió El país bajo mi piel: memorias de amor y guerra que es un libro que recorre parte de tu historia. No empezaste directamente en las letras, pero sí tu abuelo te llevó ahí. Cuéntame de esos inicios, cuéntame de esa Gioconda niña.

GB: La Gioconda niña vivió en un país con una dictadura que ya llevaba más de cuarenta años cuando yo nací o menos (treinta y algo). Realmente mi familia era opositora. Mi abuelo Francisco Pereira es un ser que fue importantísimo en mi vida como escritora porque él es un hombre muy culto self-made; él se había hecho así mismo y era erudito, sabía de todo. Tenía una memoria fotográfica. Me contó muchas historias sobre las leyendas de Nicaragua, las luchas de los indígenas contra los conquistadores y me dio a leer los primeros libros que fueron importantísimos en mi vida como Julio Verne. El viaje al centro de la tierra para mi fue un descubrimiento de la fantasía, de lo que es capaz de hacer la imaginación ¿no?Además, él decía: “cualquier cosa que el hombre pueda imaginar, otro hombre puede construir”. Entonces él hizo de la tierra la luna, submarinos cuando no existían. Todo eso me llevó a amar la literatura. Y además, mi madre fue la primera directora de teatro de un grupo en Managua. Era una mujer que le encantaba la literatura, y que le encantaba el teatro. Salí de esa familia muy inclinada a la literatura y la cultura.

RS: Hay una revolución propia en la juventud. ¿Cómo fue esa transición de estar en la revolución sandinista?

GB: Mira, yo digo en mi libros de memorias que dos cosas decidieron mi vida: el país dónde nací y el sexo con que vine al mundo. Han sido las dos vertientes de mi literatura. Por un lado, porque pienso que la revolución no puede existir si no hay mujeres en la revolución. Una de las primeras explotaciones que se dieron en el mundo fue hacia la mujer. Y mientras no haya esa liberación, esa igualdad necesaria entre el hombre y la mujer, no podemos hablar de un cambio profundo en el espíritu humano. Porque eso se adquiere, o sea ese tipo de explotación se da desde la casa. El hombre aprende desde niño a someter, a dominar a otro ser humano. Por eso es que el cambio profundo de una revolución tiene que empezar por uno mismo.

Esa es otra de las cosas en las que yo creo profundamente. La revolución nicaragüense en la que yo participé y en la que vi morir tanta gente, tantos amigos, tantas personas que valían muchísimo, no se realiza realmente porque nos ha faltado esa revolución interior. Entonces ¿qué pasa? Llega Daniel Ortega, perdemos las elecciones en 1990 y él se apropia del proyecto revolucionario y lo convierte en un proyecto personal de él y su familia. ¿Eso qué te dice? Qué hay un ser enfermo en ese cuerpo. Qué la revolución no lo tocó internamente. Ese hombre abusó de su hijastra. Es una persona autoritaria que ahora en Nicaragua está destruyendo el país, destruyendo nuestra libertad. A mí me quitaron la nacionalidad, el 16 de febrero me confiscaron todas mis cosas. Me cerraron la cuenta bancaria y me quitaron mi pensión de jubilación. Y realmente yo tengo la suerte de que tengo un trabajo portátil. Pero sé de muchísimas amistades, gente que quiero, que la han dejado en la más absoluta pobreza. También, de gente mayor que estuvo en la revolución, es lo más triste, que dio toda su vida por la revolución, y ahora le quitan su seguridad social.

RS: También este régimen ha marcado mucho la migración. Cuéntanos de ese cambio porque se sigue hablando de la revolución sandinista que tú viviste.

GB: Hay mucha falta de información porque la gente no entiende. La revolución sandinista fue una revolución que despertó tanta esperanza, tanto entusiasmo. La gente se desconecta, no se acordaron de Nicaragua por muchos años y de repente, el mismo tipo que parecía haber sido una de las figuras más importantes de la revolución recibe otros nombres: tirano y dictador. Empieza a hacer todas estas cosas. Existe mucha gente confundida porque no ha vivido todo ese proceso que sí vivimos nosotros de su descomposición como dirigente, de su ambición, de su autoritarismo. Su esposa, incluso, es vicepresidenta, o sea es el primer país donde la esposa es vicepresidenta. Es como house of cards. Es como una cosa burlesca. Tienen hijos que los ponen a todos de ministros. Los medios de comunicación, todos los que han quedado en Nicaragua, los han cerrado. La mayoría de los medios independientes los manejan los hijos de ellos. Entonces, es una dictadura familiar, otra vez.

RS: Es un retroceso, que era lo que ocurría con [Anastasio] Somoza. Estamos hablando de presos políticos.

GB: 222 presos políticos fueron liberados el 9 de febrero, ahorita recién. Los tenían en la cárcel, estaban sufriendo mucho aislados. No les habían dado un papel, un lápiz, un libro, en más de seiscientos días. Y de repente deciden sacarlos del país y cuando llegan aquí a los Estados Unidos, les quitan la nacionalidad, los dejan sin estado, los dejan en una situación apátrida total. Y también les quitan la jubilación. A ellos no los confiscaron. Después sacaron una lista de 94 personas en las que estamos Sergio Ramírez y yo, que somos dos escritores importantes de Nicaragua, que nos quitaron todo. Pasó algo similar con un sacerdote muy importante, Rolando Álvarez, lo condenaron a 26 años de cárcel cuando ese hombre no ha hecho más que decir sus sermones en los púlpitos. Es muy querido en la zona donde él trabajaba en Matagalpa, zona norte del país.

Han hecho cosas terribles realmente.

RS: Siempre has tratado este tema del exilio porque has sido exiliada en México, Costa Rica, bueno viviste un tiempo por acá en Estados Unidos, ahora te encuentras en España. También es un acto simbólico el haber roto este pasaporte [nicaragüense]. Sin embargo en Despatriada, que es un poema que resuena mucho con la comunidad migrante, con la comunidad que a veces no puede regresar, dices: “soy libre aunque no tenga nada”.

GB: Así es que escogí las palabras. Me fui con mis palabras bajo el brazo. Ahí hago una lista de lo que estoy dejando. Más del 10% de la población de Nicaragua ha dejado el país desde 2018. Osea, ha sido una fuga de cerebros, una fuga de tanta gente que no puede seguir viviendo en ese régimen opresivo con miedo. La gente tiene un miedo terrible.

Nicaragua, que no era un país donde emigraba mucha gente, de repente empieza a tener migraciones. No hay futuro mientras siga ese régimen. No hay futuro porque prohiben todo, como la expresión. Tienes que ser leal, y si no, te echan del trabajo. Por eso la gente se ha ido y estamos viendo estas olas migratorias que a mí me dan un terrible pesar.

RS: El exilio también duele, pues es tu raíz, es como dejar atrás esa esencia tuya.

GB: No, además que te lo hacen a esta edad, mira como vos dices estuve en el exilio tres veces, pero era una mujer joven, ¿no? Me siento joven, siento que estoy en la avanzada juventud, pero no es lo mismo claro. Ahorita yo no puedo esperar rehacer mi vida. Me acomodo porque uno se acomoda, y uno se arriesga. Yo sí me arriesgue, me arriesgué a decir lo que pensaba y yo sabía que esta podía ser una de las consecuencias pero creo que es lo que nos toca hacer a los intelectuales, a los que escribimos, a los que tenemos un compromiso con la literatura. Este no es sólo un compromiso con la palabra, es un compromiso con el poder que tiene la palabra. Y el poder de la palabra es que necesita decir lo que no dicen otras personas.

He estado muy clara de que mi poder es el poder de la palabra, y que no podía dejarlo de hacer porque se necesitaba que se usara, por la mujer y por la situación de mi país.

RS: Ahora, algo que me sorprende mucho, y que refleja esta esencia de lucha de la mujer, es que en estos 19 años tienes una hija y tienes dos luchas: la maternidady y la social. Incluso en tu libro comentas “tengo mi dualidad, ser mujer y ser hombre” en un mundo machista.

GB: Bueno, la maternidad te da un extra nivel de complicación al compromiso político. Sin embargo, yo tuve mis hijas y las mantuve conmigo, son unas mujeres extraordinarias ahora. Tengo un poema que se llama “La madre de mis hijas” donde cuento todo lo que tuvieron que pasar conmigo. Pero que ahora yo las veo, y digo no sé qué es lo que hice, pero algo hice bien porque veo que son unas mujeres extraordinarias. Sí fue duro para ellas y para mí pero pienso que uno se debe a la vida, que uno se debe a su potencial. Yo creo en el sentido de la vida que decía Aristoteles, ese que es desarrollar al máximo tu potencial; vos venís al mundo como un potencial, y tu responsabilidad como ser humano es desarrollar ese potencial.

RS: Y hablando de este potencial que continúa, ¿en qué te encuentras trabajando ahora? ¿A qué te ha llevado este espacio desde el exilio?

GB: Bueno, mira, he estado escribiendo mucha poesía porque, claro, estas situaciones emotivamente fuertes, la poesía te ayuda mucho ¿no? es como catártica, pero también estoy escribiendo una novela. Esa novela me ha estado costando mucho porque requiere una disciplina, una concentración, y me ha costado mucho lograrlo. Por eso he estado encerrada aquí, aprovechando que estoy en Chicago. Ahorita estoy como al final de la novela y es la parte donde tengo que estar más presente para mis personajes, para la trama, para poder unir todos los hilos de la historia al final. Entonces eso me obliga a estar consciente, presente, y a veces es difícil porque también me toca hacer todos estos viajes, atender invitaciones, etc. Me gusta porque me pone en contacto con mis lectores y porque creo que es como una misión. Mi hija decía: “mamá, vas a ir a poetizar”.

RS: Esto también crea puentes porque de repente sí nos olvidamos [de Latinoamérica], a pesar de ser una comunidad latinoamericana muy fuerte en Estados Unidos. Siempre es importante tener esos ojos puestos ahí. Esta comunidad a veces no se ve en otros países, sin embargo estamos muy presentes.

GB: Es tremenda esa interacción que hay entre las comunidades de migrantes y las comunidades nacionales. En Nicaragua, ahorita, una de las principales fuentes de ingreso del país son las remesas. Han crecido enormemente porque claro se ha ido muchísima más gente. Entonces es como una paradoja ¿no? porque de alguna manera está sosteniendo la economía del régimen pero la gente tiene que sostener a su gente también. Y por eso se sobrevive. Necesitamos un cambio urgente [en América Latina], necesitamos que haya mejores gobernantes, que haya un sentido de comunidad mayor. Es un problema grande que tengamos que migrar de nuestros países para poder encontrar trabajo, una vida digna y felicidad.

RS: ¿Qué podemos hacer nosotros desde el otro lado? A veces no sabemos ni lo que sucede allá.

GB: Informarse es muy importante. Saber lo que está pasando. Por otro lado, creo que la comunidad tiene un enorme papel que jugar porque pueden hacer presión. Ahorita, por ejemplo, con la diáspora nicaragüense nosotros estamos tratando de que hagan presión en sus diferentes estados para que se actúe de una manera más fuerte contra el régimen de Daniel Ortega porque cuando tenés un sistema tan cerrado, militarizado, autoritario, tenés que confiar en que la presión internacional va a tener un efecto. Claro que tiene que haber presión nacional, pero cuando estás que no podés salir a la calle sin que te capturen, creemos que las diásporas tienen un papel importantísimo en informar, y también en presionar a la comunidad internacional.

RS: Siempre te hemos visto como una de las voces más fuertes dentro de la literatura latinoamericana. A veces te catalogan como en la literatura femenina, pero que más bien es literatura (en general) con esencia femenina. En tus poemas encontramos también lo que somos como mujeres desde el erotismo, desde la sexualidad, eso siempre ha estado muy presente en tu literatura.

GB: Claro porque yo pienso que el cuerpo de la mujer es negado. Es un territorio en discordia. Entonces yo creo que las que tenemos que sacarlo de ahí somos las mujeres. Porque si vos te ponés a analizar, el sometimiento de la mujer tiene que ver con su capacidad biológica, de reproducir la vida, de ser madre, que es esencial. Es absurdo que haya tenido ese costo cuando es tan vital para el ser humano y el planeta, etc. Entonces, eso yo lo reivindico mucho. Yo creo que la mujer tiene que tener una relación diferente con su cuerpo porque por ahí empieza la liberación también. No sentirse objeto sexual. Lo que hice fue plantear la mujer como sujeto de su propio cuerpo, de su propia sexualidad, y creo que lo voy a seguir haciendo porque todavía falta qué hacer por delante, todavía necesitamos mayores niveles de igualdad y hay afortunadamente una nueva generación de mujeres, como vos, que tienen ese interés, y que creo van a ser fundamentales para que esta lucha, que iniciamos tantas hace años, se continúe y logre lo que se propone.

RS: Esperando ya esta nueva novela. Quisiera saber si nos puedes adelantar por qué rumbo va esta novela que estás creando.

GB: Es una novela un poco de suspenso porque es un nacimiento extraño. Hay una mujer que está en la pandemia, y comienza a tener visitas extrañas de una persona. Ella tiene que averiguar quién es esta persona, se encuentra papeles de la madre, y entre ellos se da cuenta que puede ser que haya algo que ella no sabe. Y que explica la presencia de esta otra mujer. También trata sobre la relación de la madre guerrillera con su hija, ese resentimiento que las hijas han estado viendo por lo que le pasó a Nicaragua. Y se ponen a pensar: ¿valió la pena que mi mamá me dejara a mí? ¿valió la pena que yo sufriera el abandono? Cuando lo que ha pasado es que la revolución no triunfó y se maleó. Es la eterna dicotomía entre hija y madre.

RS: Y creo que eso se refleja mucho en nuestras dinámicas con nuestras madres.

GB: Yo me pongo a pensar: las hijas apenas conocemos a las madres, y las madres apenas nos conocen a nosotros. Hay como un vacío en medio de esa relación de amor pero al mismo tiempo no llegamos a conocernos tan profundamente como deberíamos conocernos. Eso me interesó mucho como novelista.

Prohibido llorar: Un requisito para recobrar la libertad 

Prohibido llorar: Un requisito para recobrar la libertad 

Por Nancy García

“Por eso me digo, me convenzo, me obligo a que este texto – esta especie de bitácora del viaje de regreso – tiene que ser escrito en primera persona. Porque el dolor solo se puede contar así. El dolor, el desgarro, la huida, el partirse en mil pedazos que nunca volverán a unirse, la mirada lejana, el abandono, el abandonarse, las cicatrices, solo se pueden narrar en primera persona.” 
Una suerte pequeña, Claudia Piñeiro.

Escrito y narrado por Nancy García @NancyCG22

***

«Dieciocho días se hacen cortos cuando se toman de la mano con la rutina, pero al estar en un hospital psiquiátrico las horas son eternas y los días interminables. Días en que un cartel invisible te dice: «prohibido llorar, si querés sentir la libertad«. 

Hace un año la depresión me tumbó. Internarme, fue una alternativa a la enfermedad. Sabía que no sería fácil pero nunca imaginé que en el encierro se censuraban las lágrimas. 

Me desperté temprano el 24 de mayo de 2022. Una de mis mejores amigas y mi compañero de caminos, me llevaron al Hospital Psiquiátrico Mario Mendoza en Honduras. Ya había «recibido» atención psiquiátrica en ese lugar por una especialista poco empática.

Al llegar, explicamos la situación que la psiquiatra ya conocía y comenzaron las preguntas y los trámites burocráticos para el ingreso. Fueron horas para darles un abrazo de despedida.

Mi amiga se hizo responsable del encierro y firmó la posibilidad de practicarme electroshock, en caso de ser necesario. 

Recuerdo que el celular no tenía mucha carga. Llamé a dos personas y le pedí a mi compañero que se encargará de avisarles a las personas más cercanas en ese momento. 

Y llegó el abrazo con sabor a pronto nos veremos. Me despedí. Me subieron a una camilla y me inyectaron. Caminé hasta ingresar a la sala de mujeres de ese hospital donde por suerte encontré a otras mujeres».

Las miradas y las preguntas 

«Al ingresar a la sala me sujetaron de brazos y piernas. Me colocaron un pañal y las demás internas tenían casi restringido el habla con la nueva, o sea, conmigo.

Me dormí. No sé cuánto tiempo. Solo sé que al despertar no podía orinar en el pañal y le pedía a las enfermeras me permitirían usar el baño. Una, dos, cinco, muchas veces se negaron; hasta que accedieron.

Caminé con ellas al baño con dudas. Habían pasado unas horas y el encierro ya estaba haciéndome dudar de si debía estar en ese lugar. Oriné y fui feliz.

Volví a la cama y de nuevo me sujetaron. Llegó la noche, la comida, las miradas y el silencio. Un silencio casi irrompible. 

Cuando una paciente ingresa al Mario Mendoza pasa primero por un sitio llamado Aislamiento. Es un lugar con seis camas y pacientes en observación por el personal del hospital. Creo que estuve cinco días. 

En aislamiento no se puede salir a los demás espacios destinados para las internas. Hasta que pase a la siguiente sala.

Las internas me explicaban la dinámica del lugar y nos alegrabamos cuando llegaba una paciente nueva porque significaba que nos moverian a otra sala y existía la posibilidad de salir antes del encierro.

Uno de esos días, llegó una interna que era de la policía. Como estaba medicada no escuchaba o no entendía las palabras, pero nosotras sí. Una de las enfermeras comenzó a hablar de ella. Decía que se las iba a desquitar por una esquela. La enfermera no la conocía, solo quería hacerla sufrir por ser de la policía. Me pareció aterrador e inhumano ese trato».

Entre el agua fría, los baños sin privacidad y el diagnóstico 

«Después de permanecer mis primeras horas internas, sonó la radio a las cinco de la mañana y las luces de aquel lugar se encendieron. 

Me indicaron que debía pasar a bañarme. No esperaba el espacio condicionado pero si un poco de privacidad. Nos daban un pedazo de jabón a veces shampoo y crema. Una de las enfermeras me dijo que debía pasar a ducharme a la vista de todas. Yo sentía pena que me vieran, dejar mi cuerpo frente a ojos de extrañas me causaba intriga, pena y dolor. Quería llorar y volver a casa. 

Después de bañarme y no tener ropa interior, llegó un doctor y comenzaron de nuevo las preguntas. Preguntas y preguntas. 

Ese día si mal no recuerdo me tocó ingresar a la sala con la psiquiatra. Otra mujer sin empatía. Cuando ingresé a la sala habían varias personas: una trabajadora social, el doctor, practicantes nutricionista, una psicóloga y una enfermera. 

Me hizo ruido tanta gente. Era exponerme ante otras personas a las que quizás solo les movía la obligación de su trabajo y no la vocación.

La psiquiatra preguntó cómo me sentía y dije que bien. Su respuesta: «todas dicen lo mismo al siguiente día». «Acá te vas a quedar otra semana más». Eso fue todo. 

Al salir lloré. Ya no quería estar interna. Ya no quería ser paciente.

Me tomaron varios exámenes. Ingresé dos veces con la psicóloga durante mi estadía y nadie daba razón de mi diagnóstico. La enferma desconocía su enfermedad. ¡Irónico no!

Antes de salir del encierro supe que me diagnosticaron con un trastorno bipolar y una depresión severa. Para la bipolaridad, Litio; para la depresión Fluoxetina y para la noche, Lorazepam».

Las mujeres que conocí

«Podría alargar el texto y detallar distintos abusos pero me detendré un poco a recordar la convivencia y el amor que recibí por mis compañeras, algunas hoy amigas.

Pasé de Aislamiento a Cuidados Intermedios. Nunca estuve en Ambiente, la última instancia. En Cuidamos Intermedios se vigilan a las personas que han intentado suicidarse. Ese era mi caso y aunque no tomé una cantidad exagerada de pastillas ya existían antecedentes y la acción era un detonante del por qué había llegado a ese lugar.

Cuando me trasladaron a la otra sala, tenía la posibilidad de salir al patio después de almuerzo. Desde las doce hasta las cinco con una pausa a las dos en punto para tomar el medicamento.

Caminábamos alrededor del lugar. Hablabamos de nuestras vidas afuera y la urgencia de recobrar la libertad. Jugábamos pelota, cantabamos y bailabamos.

Había una interna con una voz hermosa. Nos cantaba y nos alegraba el día. Otra interna tenía unas manos mágicas y nos hacía trenzas. Se hacían unas filas para que nos peinara y ella lo hacía con dedicación. Otra nos maquillaba. Sí, a veces nos prestaban maquillaje que pasaba de boca en boca y de rostro en rostro. Otra interna nos hacía reír con sus ocurrencias. Y así, cada una tenía una pincelada de alegría que aportar en aquel encierro.

Yo me había llevado dos libros: Elena Sabe de Claudia Piñeiro y La Peste de Albert Camus. El último casi tan prohibido como las lágrimas. Los leía en los tiempos permitidos.

A las cinco mirábamos novelas. Ese momento era nuestro. Gozamos con Betty versión mexicana, la Rosa de Guadalupe y otra novela que no recuerdo su nombre. 

Sabiamos que en un momento, la despedida llegaría. Entonces nos pusimos creativas y compartimos nuestros números. Al salir, nos contactamos y algunas amistades hoy se mantienen. Es bueno reconocerlas y tenerlas cerca.

A todas nos pareció un poco extraño que nuestro diagnóstico fuera el trastorno bipolar. Nos preguntábamos si en realidad esa era nuestra enfermedad porque no había un abordaje profundo individual».

La salida

«Cuando ingresé por segunda vez con la psiquiatra me dijo que debía seguir una semana más. Volví a llorar pero solo a los ojos de las otras internas. Si nos veían con lágrimas era un retroceso y no parte del proceso. 

Habían días que me preguntaba cómo seguía la vida afuera. No sé permitían visitas. A veces llamaban preguntando por mí pero casi nunca me enteraba. 

Escuché, observé y sentí malos tratos. También miré la bondad de cuatro o cinco enfermeras. Hay una de ellas que siempre la recuerdo con cariño. Fue muy especial con todas. 

El día 18 me abrazó. Entré a la sala, la psiquiatra habló y preguntó que había aprendido. Contesté que reconocía ser mi propia planta y que debo cuidarme. Quizás fue un discurso del momento. El cuidado personal no solo pasa por lo individual hay diversos factores que nos atraviesan.

Las otras internas me abrazaron; fue un abrazo sincero. Algunas se quedaron más tiempos, otras salieron el mismo día. Lo que puedo asegurar es que ninguna desea volver a ese lugar. 

Aquel lugar significó algo. Aún sigo preguntandome qué.

Aquel lugar necesita presupuesto, necesita cambios en su manera de operar y tratar a las internas.

Aquel lugar no puede seguir siendo ese lugar. 

Ese lugar llamado hospital psiquiátrico no debe condicionar el llanto, no puede censurar las emociones, no debe sujetarte. Debe ser un lugar para hablar, soltar y abordar las enfermedades de una manera integral. No puede ser un espacio que produce miedo y al que no querés volver en las crisis. No puede ser ese lugar«.