Mujeres participan de marcha para exigir el fin de los feminicidios en México. FOTO: EFE
El Estado de México está al frente de los estados con mayor violencia en contra de las mujeres, a pesar de las medidas por parte del Gobierno y organizaciones civiles para erradicarla, como las alertas de violencia de género, por la impunidad y deficiencias en la búsqueda de la justicia.
Según la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) en México, la violencia contra las mujeres alcanza niveles inaceptables. Tan solo durante el primer trimestre de 2021, ocurrieron 954 homicidios dolosos contra ellas, 239 clasificados como feminicidios.
Alto al feminicidio. Foto: Cuartooscuro
El feminicidio se refiere a los asesinatos de mujeres motivados por el sexismo y la misoginia, y es la expresión extrema de violencia en contra de la mujer que también se manifiesta con la humillación, desprecio, maltrato físico, emocional, hostigamiento, violencia sexual.
Según el Sistema Nacional de Seguridad Pública, agosto de este año ha sido el mes con la cifra más alta de feminicidios en el Estado de México desde que se tipificó este delito, en 2011, con 19 casos. En total, en lo que va del 2021, se han perpetrado 97 feminicidios.
Como una manera de erradicar la violencia feminicida, el Estado mexicano ha estado implementando acciones gubernamentales de emergencia que buscan contribuir a la garantía del derecho de las mujeres a una vida libre de violencia en un territorio determinado: las alertas de género.
Mapa de alerta de Violencia de Género contra las Mujeres en Estado de México. Foto: Facebook OCN Feminicidio México
La alerta de violencia de género contra las mujeres (AVGM) es un mecanismo de protección de los derechos humanos de las mujeres, establecido en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.
El Sistema Nacional de Prevención, Atención, Sanción y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres (Sistema Nacional) acordó por unanimidad de votos la procedencia de la AVGM el 28 de julio de 2015 en 11 de los 25 municipios del Estado de México: Chalco, Chimalhuacán, Cuautitlán Izcalli, Ecatepec de Morelos, Ixtapaluca, Naucalpan de Juárez, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla de Baz, Toluca, Tultitlán y Valle de Chalco Solidaridad.
En octubre de 2019, la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres (CONAVIM) declaró una segunda Alerta en el Estado de México, esta vez enfocada a la desaparición de niñas, adolescentes y mujeres en la entidad en siete de los municipios que ya estaban considerados en la primera alerta.
A la fecha, se han declarado 25 AVGM en 22 entidades del país que incluyen 643 municipios.
Aunque el Gobierno del Estado de México se comprometió innumerables veces a adoptar las acciones que sean necesarias para garantizar una vida libre de violencia para las mujeres y niñas que se encuentran bajo su jurisdicción, este se mantiene como la entidad con mayor número de feminicidios en el país.
Mujeres en manifestación frente a Palacio Nacional, en México. Foto: Armando Monroy/Cuartoscuro.
El Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF), red nacional conformada por 43 organizaciones de la sociedad civil ubicadas en 23 estados de la República mexicana —y que busca la visibilización de la violencia feminicida en el país—, ha manifestado su preocupación ante la prevalencia e incremento de la misma.
Además, para contribuir a reforzar las AVGM, es importante que los estados informen semestralmente sobre las acciones que realizan para que se demuestren los avances mediante indicadores de resultado que permitan la posibilidad del levantamiento de dichas alertas. Ahora bien, también es importante la creación de políticas públicas adicionales que consoliden una política nacional con perspectiva de género.
Las cifras de la impunidad en los casos de feminicidio son alarmantes: se estima que solo 5 de cada 10 feminicidios son esclarecidos, mientras que los homicidios dolosos alcanzan un 89.6% de impunidad.
De acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), de enero a agosto de este año han sido asesinadas 2,571 mujeres y niñas, de las cuales únicamente 672 casos se investigan como feminicidio.
Mural en honor a Diana Velázquez. FOTO: Manuel López/ La Silla Rota
Tal es el caso de Diana, asesinada a los 24 años el 2 de julio de 2017 en el municipio de Chimalhuacán, en el Estado de México. Desde el principio, la investigación estuvo llena de irregularidades: el cuerpo inicialmente fue denunciado como un hombre y se quedó en una morgue de Nezahualcóyotl durante cinco días hasta que su hermana pudo dar con él.
Hasta la fecha, la familia no ha conseguido justicia. Su madre, Lidia Florencio, no ha parado de asistir a movilizaciones y protestas para exigir a la Fiscalía estatal que esclarezca el caso y castigue a quienes asesinaron a su hija.
Aún con Alertas de Violencia de Género, las distintas movilizaciones y esfuerzos para erradicar la violencia feminicida, México continúa con deficiencias en las investigaciones de feminicidios en el Estado de México por la negligencia de las autoridades, lo que ha llevado a la pérdida de evidencias, que no se examinen todas las líneas de investigación y a que no se aplique correctamente la perspectiva de género.
En varias ocasiones, la Procuraduría General de Justicia (PGJ) del Estado de México ha pronunciado que los índices de feminicidio son menores a los que aparecen en las investigaciones, aunque también se sabe que se han negado a reabrir casos o tipificarlos como feminicidio aún con pruebas por parte de familiares, lo que ha generado impunidad, una debida justicia y medidas para la erradicación de la violencia de género.
Para hacer frente a la violencia feminicida, es fundamental que como Estado y como sociedad asumamos conjuntamente la responsabilidad de incentivar un cambio social que implique acciones legales, políticas, institucionales y culturales que busquen garantizar todos los derechos humanos de las mujeres.- CMDPDH
El ‘terruqueo’ dejó a Adelina García sin su esposo y a Liliana Tenorio le hizo perder a su padre. Treinta y ocho años después, ellas siguen buscando a Zósimo Tenorio. La esperanza de volver a verlo con vida disminuye, pero ambas anhelan una cosa: saber qué pasó con él. “¿Lo torturaron? ¿Lo quemaron? ¿Lo mataron?”, se pregunta Liliana. ‘Terruquear’ se volvió en el deporte favorito de muchos. Políticos y periodistas se encargaron de difundir odio y tildar de ‘terruco’ a cualquiera que ose pensar distinto a ellos. Pero ¿se puede ‘terruquear’ tan a la ligera?
Si deseas oír el podcast da click aquí.
Guía de escucha:
Liliana: Duele cuando te dicen terruco. Aquí el estado te ha pisoteado, te ha dañado porque seguro los tildaron de terroristas, de terrucos, los asesinaron … Ya me imagino qué atrocidades le hicieron a mi pobre padre. No es justo que hasta ahora siga existiendo el ‘terruqueo’.
Narradora: Ella es Liliana Tenorio García. Su padre, Zósimo Tenorio, fue desaparecido por los militares. Lo acusaron sin pruebas de ser “terruco” y hasta el día de hoy, su familia no tiene noticias de él.
Narradora: En las últimas elecciones, terruquear se volvió algo muy común. Seguramente escuchaste varias veces a Beto Ortiz o Keiko Fujimori llamar terrorista o vincular con Sendero Luminoso a cualquiera que no pensara como ellos. Desde periodistas y políticos hasta personas de a pie lo hicieron sin ninguna vergüenza.
Beto Ortiz: “cita sobre terrucos”
Milagros Leyva: “Pero si todos sabemos quienes cantan Flor de Retama. ¿Qué piensas cuando los senderistas cantan Flor de Retama?”
Narrador: Hola, bienvenido a Eco, un podcast de Perulogía, espacio que busca armar nuestro país pieza a pieza. En el capítulo de hoy, las huellas del terruqueo en la incansable lucha por encontrar a Zósimo Tenorio.
Adelina: Yo me llamo Adelina García Mendoza. Yo soy presidenta actual de la asociación nacional de familiares secuestrados, detenidos y desaparecidos del Perú, Anfasep.
Narradora: Anfasep es una organización de mujeres que buscan a sus familiares desaparecidos. Entre 1980 y el año 2000, se calcula que más de 20 mil personas fueron desaparecidas a manos de militares y policías. Zósimo Tenorio, el esposo de Adelina y padre de Liliana, fue uno de ellos.
Adelina: Y de repente nunca más no voy a encontrar sus restos, pero no me canso hasta el momento, sigo buscando señorita igual… Yo sigo buscando.
Narradora: En los 80, Sendero Luminoso empezó a aterrorizar a Ayacucho. En esos años de terror, en Huamanga, la capital de Ayacucho, Adelina conoció a Zósimo. Una vez casados, Zósimo seguía estudiando Ingeniería Agrónoma en la Universidad San Cristóbal de Huamanga. Ahí también enseñaba Abimael Guzmán, el cabecilla de Sendero Luminoso. Sin pensarlo mucho, Zósimo decidió que lo mejor era dejar de estudiar por un tiempo para garantizar cierta tranquilidad a su familia.
Adelina: Entonces, en 83 el dejó de estudiar porque había en la Universidad este movimiento…
Narradora: Se refiere a Sendero Luminoso
Adelina: Pues eso no le gustaba el ‘no, no, yo no, no estoy para eso’. Y también de parte de militares, de los policías fastidiaban a los universitarios. De ambos lados, diciendo que en la Universidad San Cristóbal hay muchos terroristas, decía ¿no? De esta forma, él no le ha gustado todo esto y lo dejó este año, en 83.
Narradora: Zósimo abandonó sus estudios para encontrar tranquilidad. Pero no lo logró. El 1 de diciembre de 1983, su vida cambió para siempre. Esa noche, mientras Adelina ayudaba a Zósimo en su trabajo como cerrajero, iban conversando sobre sus planes a futuro…
Adelina: Como tenía trabajo, él me dijo que voy a ir mañana voy a colocar la puerta de tal señor Alfaro porque está molestándome. Y me falta pintar todavía. Y me decía: ‘sabes que? Esta noche quiero trabajar hasta un poquito tarde. Ayúdame pintar o tú me acompañas’. Yo le decía, ‘ya pues, esta bien, voy a hacer cafecito o sino un caldo’.
Adelina: Después de esto, ya había sido 10:30 de la noche. Entonces es toque de queda. Sería mejor descansamos, le digo….
Narradora: Adelina y Zósimo se fueron a dormir con la idea de despertar muy temprano para seguir trabajando. Pero mientras dormían…
Adelina: Él había sentido a alguien que subía por la pared. Con su codo me decía: “Adelina despierta, creo que alguien entró por la pared”.
Adelina: Justo habla y en eso lo patean la puerta. Justo entran bastantes, 25 a 20 encapuchados. Entran y preguntan su nombre, él dijo “Yo me llamo Zósimo Tenorio Prado”. Ni siquiera su libreta electoral le preguntaron. Así nada más lo levantaron.
Narradora: ¿Y qué hiciste en ese momento?
Adelina: Yo me agarré de su camisa, de su ropa … ahí me están agarrando otros cuando yo no quería soltar. … Así estaban jalando… Jalando del pelo todo entonces ahí yo también gritando me agarré, dijeron uno de ellos de afuera
Militar: “Vuela los sesos a esa terruca”.
Adelina: Ahí sí le dije “si es que yo soy terruca, ¿me están encontrando en la calle? ¿Qué estamos haciendo? Solo estamos durmiendo en mi casa. ¿Cómo es posible? Nos dice terruca, nosotros no somos terroristas».
Militar: ¡Calla terruca de mierda!
Adelina: En eso uno de ellos me patea y yo me caí en el suelo y de ahí yo no sabía nada. Yo no recuerdo nada.
Narradora: Adelina no sabe muy bien cuánto tiempo estuvo inconsciente. Solo sabe que cuando se levantó, Zósimo ya no estaba a su lado. Desesperada y con solo 20 años, Adelina solo podía escuchar el llanto de su hija y llorar con ella. ¿Qué más podía hacer en mitad de la noche?
Adelina: Me levanté esta vez de 12 o 1 de la mañana ya era esa hora entonces, llorando toda la noche amanecí. El día siguiente, como conocía a Mamá Angélica, su casa y todo, he ido corriendo porque yo sabía, ella estaba buscando ya a su hijo desde el mes de julio…
Narradora: Mamá Angélica es como se le llama a Angélica Mendoza, la fundadora de Anfasep. Al igual que Adelina, los militares le desaparecieron a su hijo. En todos estos años de búsqueda, Mamá Angélica fue quien ayudó a Adelina sobre qué debía hacer y a que lugares debía ir.
Adelina: entonces en eso yo corrí, yo le decía “¿Qué puedo hacer? a mi esposo anoche se lo ha llevado”. «¿Cómo voy a hacer?», yo preguntaba. Me decía “Anda primeramente a la comisaría. Después a la PIP».
Narrador: La PIP, la Policía de Investigaciones del Perú, como se le conocía antes a la Policía Nacional.
Adelina: Como dijeron, como me ha dicho, me fui esta mañana a las 8:00 de la mañana cargando mi bebé a preguntar a la comisaría. “Acá lo han traído a mi esposo anoche”, yo decía
Adelina: No está, no está, me dijeron. Pero como, a mi me dijeron que la comisaría van a llevar les decía. Me dijo “esta es una mentirosa, llévenla al calabozo, es por mentirosa, me decía. Entonces mejor me he salido de ahí. Me fui a la PIP.
Narradora: Pero ahí tampoco tuvo mucha suerte.
Adelina: Llorando regresé a mi casa, pero qué voy a hacer, decía. A donde voy a ir, eso era de mi mismo la pregunta.
Narradora: La hija de ambos, Liliana, tenía en esos momentos menos de un año, pero siempre acompañó a su mamá. Juntas empezaron una búsqueda que sigue hasta el día de hoy, 38 años después, y que les ha dejado huellas.
Liliana: El trauma que tuvo mi mamá siempre todavía repercute en nosotros cuando contamos la historia o cuando la escuchamos. Tal vez es doloroso no saber dónde está mi padre o si es que está muerto, no hubo un entierro digno pese a que siempre fue una persona muy inocente.
Adelina: De esa forma, señorita, ella también tenía miedo a los militaristas. Y peor cuando le contaba decía claro, como a mi papá, te va a hacer desaparecer, te van a pegar como esta vez, mejor nos ocultamos. Así me decía ella, mejor nos ocultamos, hay que llamar a los vecinos, cuando escuchaba cuando reventaba bala, ella se metía debajo de la cama, me dice escaparate mami, ahí vienen los militares.
Narradora: Para encontrar a su esposo, Adelina no escatimó esfuerzos. Buscó entre locos y cadáveres, pero nunca tuvo suerte. Un día le dijeron que había un cuerpo cercenado en el río Huatatas, un río muy conocido en Huamanga. Sin dudarlo, Adelina corrió con su hija Liliana en la espalda para ver si al fin había encontrado el cuerpo de Zósimo.
Adelina: Debajo de un árbol estaba un muerto, baje más abajo de la carretera, baje y ahí para mí estaba moviéndose, ese cuerpo… Entonces ahí también me acerqué y un perrito había entrado dentro de su cuerpo le estaba jaloneando… Entonces, de ahí justamente tire con piedras al perrito, llorando decía «así estará mi esposo, por ahí muerto, dónde encontraré» diciendo yo lloraba.
Narradora: Pero ese no era su esposo. Después de ver la ropa del cadáver, sabía que ese no podía ser Zósimo. Adelina recuerda bien qué ropa tenia Zósimo el día que se lo llevaron: vestía un pantalón marrón y una camisa azul con chispitas blancas. En cambio, este cuerpo llevaba ropa distinta y hasta tenía un diente de oro. De repente, mientras Adelina miraba el cadáver… [sonido de disparo]
Adelina: Así estuve y no se sabe de dónde disparaba, de donde cuidaban el cuerpo. Empezaron a disparar, pero éste disparó no me ha agarrado, solamente a un lado, a mi delante a una piedra llegó y chispas salió, así todavía sonó. Entonces gracias a Dios no me ha agarrado.
Narradora: Si alguien sabe de primera mano tooodo lo que tuvo que pasar Adelina, esa es Liliana, la única hija de Adelina y Zósimo. El terruqueo no solo dejó a Adelina sin su esposo. También dejó a Liliana sin la oportunidad de conocer a su padre.
Liliana: Yo siempre desde que tuve uso de razón siempre supe que papá estaba desaparecido por las Fuerzas Armadas, porque mi acompañamiento siempre era perenne con mi madre, mi madre nunca me dejaba sola.
Narradora: ¿Qué le diría a su padre si pudiese volver a verlo?
Liliana: Si él vendría le diría ¿por qué me dejó? Pese a que no fue su culpa, diría, ¿por qué me has dejado?, y abrazarlo, es lo único que haría, y llenar ese vacío que tuve por 38 años, conocer qué es amor de padre.
Narradora: Para Liliana todo esto ha sido muy difícil. No solo no pudo conocer a su papá o saber qué pasó con él, sino que muchas veces veía cómo maltrataban a su mamá. Cuando ella tenía menos de 10 años, un día acompañando a su mamá Adelina y a mamá Angélica, unos oficiales las retuvieron y sin importarles que Liliana sea solo una niña, las metieron al calabozo.
Liliana: Un día salimos de Anfasep, estábamos en la ruta y suben a la ruta el servicio de inteligencia y dicen que todos se identifiquen. En ese entonces a mi mamá le habían robado el DNI, pero ya había puesto la denuncia en la comisaría, por ese robo. A mi mamá la encuentran sin DNI y la hacen bajar de la ruta y yo también agarro a mi mama. No quería despegarme de mi mamá por cualquier cosa porque yo tenía un trauma cuando veía a los militares.
Liliana: Bajaron a mi mamá y a la señora Angélica y juntas nos llevaron a las instalaciones de la PIP. Nos metieron como en calabozo a interrogar a mi mamá, pese a que yo estaba asustada, ellos no les importaba, nos decían «que te pasa», era como si me despreciaran por ser niña o mujer… Ahí nos tuvieron, nos retenieron, yo vi a muchos presos en carceletas, … escuchaba música a todo volumen , y a lo que yo había escuchado, ciertos relatos de personas que ya habían estado inclusive encerradas en un cuartel, y si la música estaba alta es pq estaban torturando a alguien. Eso se me vino a la cabeza y le decía «ma, hay música alta, están torturando…
Liliana: Era un lugar muy horrible, traumático, ver a tanta gente encarcelada, en celdas bien pequeñas, tal vez escuchando ciertos gritos, confundía.
Liliana: Yo les suplicaba y les decía señor por favor déjala ir a mi mama, ya nos queremos ir, por favor.
Narradora: A los policías parecía no importarles las súplicas de una niña. Después de unas horas que parecieron interminables para Liliana, por fin las soltaron a ella y su mamá. Y aunque ella ha tratado de borrar estos recuerdos de su memoria, no puede evitar quebrarse cuando los cuenta…
Liliana: Sinceramente hay muchos episodios que para curar el alma he procurado olvidar. Si tal vez yo no estaba al lado de mi mamá, tal vez a mi mamá también le iban a desaparecer, no sé, a veces cuando yo recuerdo escena, me pregunto ¿qué hubiese pasado si yo no hubiese estado? Tal vez por un poquito de respeto que me han tenido, tal vez a mi mamá no le han hecho más, pero estoy segura que si no hubiese estado al lado de mi mamá, mi mamá tal vez le hubiesen hecho algo, estoy muy segura.
Narradora: Tu mamá ha luchado desde muy joven y ha pasado por muchísimas cosas buscando a tu papá. ¿Cómo la describirías?
Liliana: A mi mamá la describiría como una persona valiente, luchadora y coraje. Eso para mí es mi mamá. Ella sabe que la amo mucho, ella sabe que si ella me faltara, yo moriría… para mí es una reina, yo la amo tanto porque es lo único que me queda.
Narradora: 38 años después, Liliana aún no pierde las esperanzas de encontrar a su papá Zósimo y al fin poder conocerlo, o al menos, saber qué pasó con él. Pero mientras espera que se pueda cumplir su más grande sueño, también espera que el tiempo le ayude a curar las heridas de perder a su padre.
Liliana: Yo anhelo saber la verdad, que se haga justicia, sobre todo verdad, quiero saber qué ha sucedido con él porque aún sigue abierto ese duelo… ¿Falleció? ¿Murió? Donde esté seguro está bien, pero anhelo esa verdad. Al no saber lo que ha sucedido, llega en el alma y te preguntas «¿Cómo estará él? «¿Cómo habrá muerto? ¿Lo habrán torturado? ¿De qué forma habrá muerto? ¿Lo habrán quemado? ¿Lo habrán botado? Son situaciones que te imaginas y es duro sentirse así, sentir un vacío y volver a tu realidad. Son 38 años que nunca he podido saber de él.
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Chamberas, madrugadoras y aguerridas. Así son estas mujeres que día a día luchan por ganarse los frijoles en una sociedad machista. Ellas cuentan sus duras experiencias en las tormentosas y picantes calles de la capital. Viajarás desde la guerra de la independencia hasta nuestro bicentenario.
Katherine (K): Conoces a… ¿Micaela Bastidas? ¿Brígida Silva de Ochoa? ¿María Parado de Bellido? ¿Las sacas? ¿Has escuchado de ellas? ¿En el colegio? Mmm ¿En la universidad? ¿¡No!? ¿Tampoco?
K: Pues déjame contarte que son mujeres que participaron en la guerra de la independencia.
K: ¡Así es! En el virreinato las mujeres hicieron más que dedicarse a cuidar de sus familias. Las mujeres patriotas contribuyeron en labores de inteligencia: trasladando mensajes, realizando misiones de espionaje y repartiendo propaganda revolucionaria.
K: Aunque no lo creas, mujeres de todas las clases sociales hicieron estas tareas. Por ejemplo, Manuela Estacio, involucrada en varios proyectos de conspiración; Rosa Campusano, que buscó convencer a los oficiales realistas para que se unieran a los patriotas y terminó en “cana” por eso. También Narcisa Arias de Saavedra y Lavalle, que recibió al mismísimo San Martín con sus tropas y convirtió su casa en un hospital; y, como no, Manuela Carbajal, que donó su fortuna a la causa independentista y fue un nexo entre los libertadores y patriotas.
K: Hoy, en pleno siglo XXI, y con el Bicentenario encima, ¿seguimos teniendo mujeres guerreras? ¿Sí? ¿Quiénes pueden ser estas figuras heroicas? Tal vez ya no peleen guerras, pero sí luchan en la calle. Caminemos para encontrarlas.
Presentación: Hola, bienvenido a Eco, un podcast de Perulogía, espacio periodístico que busca armar nuestro país pieza a pieza.
Tania Campos (T): “Mi nombre es Tania Isabel Campos, tengo 26 años y actualmente trabajo de cobradora en un bus de transporte público”.
K: Tania, mejor conocida como «La Romana», se levantaba en sus inicios a las 3:30 a.m. para alquilar el micro donde chambeaba con su padre. Con él recorría Lima desde las 5:00 a.m. hasta las 11:00 p.m.
K: Hace 6 años, Tania se sumó al negocio familiar. Su papá empezó a trabajar en el rubro de transporte desde que cumplió 18. Después de años de esfuerzo, lograron comprar su propio bus.
T: “Va desde San Juan de Lurigancho Ventanilla – Pachacutec. Sale en San Juan de Lurigancho, en la altura de Mariscal Cáceres y termina en Ventanilla en Callao”
K: A la misma edad en la que su padre comenzó, 18, Tania empezó a chambear. Ella salió embarazada después de terminar el cole, por eso tuvo que ganarse los frijoles junto a su padre.
K: Durante el viaje siempre ocurren varias anécdotas para recordar, para llenarte de cólera o para quedarte sorprendido. Tania asegura que le ha sucedido de todo.
T: “También me han pasado experiencias graciosas como, por ejemplo: pasamos por los terminales de 28 de julio. Siempre llevamos personas que viajan. Maletas, bolsas. En una de esas me toco, sin querer, vi un trapo tirado en el piso y era una ropa interior, jajaja. La señora me miró y me dijo: «ay, mi calzón». Me lo quitó. Se fue. Qué roche. Cositas que pasan”.
K: Aunque no todo es chistoso. Tania confiesa haber sufrido insultos, recibido golpes y presenciar el acoso.
T: “En una ocasión me tocó lidiar con un borracho. Subió al vehículo, se puso malcriado y quise retirarlo del vehículo. En el afán de querer bajarlo, el pasajero se puso malcriado conmigo y en esa, pum, puñete y me hizo volar de la puerta del carro hasta la mitad del pasadizo. Me quedé en shock, nunca pensé que me iban a meter un golpe en plena ruta”.
K: Ese día Tania se fue a la comisaría. Justo había un patrullero cerca, ella se quejó y fue a un médico legista y ahora está en un proceso legal. Aunque no es la única mala experiencia que le ha tocado lidiar.
T: «Antes de la pandemia llevábamos escolares en el micro y nunca falta un atrevido que está tocando, grabando, molestando y falte el respeto a las señoritas. Me tocó pasar esto con una niña, se quedaba callada. Yo vi como el pata la empezó a molestar, la chica en vez de pedir ayuda se quedaba en un rincón sentada sin hablar. Entonces tuve que intervenir ahí”.
K: Era solo una escolar de 13 años siendo acosada por un hombre de alrededor de 50 años. Situaciones que día a día las niñas y mujeres nos vemos expuestas.
T: «Quisimos denunciar al chico, era un señor adulto. Lo retuve en el carro. Lo que quería era que la niña se queje con el policía y lo denuncie. Este señor tuvo tanto miedo que se ha aventado por la ventana del carro y se escapó. Se tiró por la ventana. Como si se quisiera matar. Se tiró por la ventana y se metió una corrida que no te imaginas”
K: Lamentablemente, cada vez el acoso es más frecuente en el transporte público. Tania se prometió a sí misma que si ve un caso similar, siempre va a encarar al agresor y ayudar a la víctima. Tania fue una de las muchas afectadas por la pandemia. Sus ahorros solo le alcanzaron para 2 semanas. Aunque también la pandemia fue una oportunidad para que Tania incursione en el mundo Tiktokero. Tania ahora cuenta con más de 500 mil seguidores y casi 8 millones de likes en Tiktok. Cada día anda subiendo tiktoks sobre bailes, experiencias, trabajando en el micro. Aunque no siempre todo es color de rosa en esta plataforma.
T: «Por ejemplo, al ser cobradora, me decían que cobraba de más, que hacía de más. Creaban historias, asu que ni yo misma sabía que existían. Me empezaron a juzgarme por mi físico, hablar de muchas cosas. Sentía que todo lo que hacía le daba cólera. Como si les diera un motivo para que me tengan cólera”.
K: Estar en redes es estar expuesta a las críticas. Mayormente los comentarios son de personas desconocidas o personas con perfiles fake. Todo esto le pasa factura a la salud emocional de Tania.
T: «Créeme que, en un tiempo, sí me afecto bastante todas las críticas que me hicieron. Que estaba gorda, que era una mala madre por grabar y no dedicarme a mi hijo. Un montón de cosas”
K: Por estas críticas, Tania se retiró un mes de TikTok y 2 meses de Instagram.
T: «Me empezaron a buscar hasta en mi Instagram y me mandaban mensajes así feos, amenazantes. Yo no entiendo cómo es el odio de las personas que vienen y te desean lo peor, lo malo»
K: Pese a esto, Tania siguió con las redes sociales. Ahora sabe cómo lidiar con los haters y tiene bastantes planes a futuro para su carrera profesional en el rubro de transporte y en las redes sociales.
K: Ser peruano también es ser migrante. La migración trajo consigo a 100.000 trabajadores del sur de China en el gobierno de Ramón Castilla. Hoy, nos trae a un millón de venezolanos y que cada vez se vuelven parte de nuestra cultura.
K: Ros y Leidi son parte de esta comunidad.
Leidi Malparejo (L): «Hola, buenas noches mi nombre es Leidi Malparejo, vengo de Venezuela. Tengo 24 años y actualmente trabajo en delivery rappi
Rossmery Franco (R): «Hola, buenas noches, mi nombre es Rossmery Franco, soy venezolana. Trabajo en el aplicativo de Rappi y tengo 29 años
K: Leidi y Ros son una pareja venezolana que trabajan como repartidoras en Rappi desde que llegaron a Perú
L: «Llegué a Lima aproximadamente hace 3 años, vine por una mejor calidad de vida ya que la situación económica en Venezuela hizo que cada quien haga su rumbo en otro país. Actualmente vivo en Lima con una amiga. Desde que llegué acá siempre he trabajado en delivery Rappy y sigo trabajando allí”.
R: «Llegué hace 3 años por una mejor calidad de vida, aparte que aquí también está mi familia, mi mamá y mis hermanos. He trabajado en un chifa, de moza y luego me compre la moto y empecé a trabajar con el aplicativo de Rappi porque se genera más dinero»
K: Poco a poco las mujeres han incursionado en el mundo del delivery. Aunque hay algunas personas a las que esto no les cuadra.
R: «Buenos los clientes a veces se sorprenden porque no es común que hayan mujeres repartiendo en moto, porque en bicicleta sí se ve. Pero en moto se ve siempre. Ay es mujer, maneja moto, no te da miedo, esto que el otro. Siempre se sorprenden. Me pasa mucho”.
K: Ross al recorrer las calles para entregar sus pedidos, también se enfrenta con pequeños problemas, pero que son comunes en nuestra cultura vial.
R: “Me han chocado también taxistas, he estado estacionada y ya me ha pasado que han retrocedido y no ven. No usan los retrovisores, aquí pasa mucho esto. Me he estacionado para entregar un pedido y me han llegado a la moto, no ha pasado a mayores, pero sí la moto se me ha caído”.
R: «A ellos no les importa si te chocan o no te chocan, si te chocaron, siguen como si nada. Pero he visto que muchos compañeros le han pasado».
K: Al ser venezolana, los insultos son más fuertes por la venenosa xenofobia
R: «Por el tema que es venezolano, ahí se agarran y lo insultan más. Tuvo un problema con un cliente, lo insultaba y le decía pues conchatumadre como dicen acá. Manejando uno pasa mucha rabia, cólera porque manejan a lo coñazo y sí me han insultado en la vía mayormente».
K: Por otro lado, Leidi recorre hasta 50 kilómetros diarios para entregar sus pedidos. Todo lo hace con su bicicleta. En ese recorrido también la insultan.
L: «A mí también me han insultado, creen que hay ciclovía por todos lados y a veces la situación amerita que me tenga que montar por la acera y hay veces que voy despacio”.
K: Ros y Leidi como rappis y mujeres están expuestas al peligro de la capital.
L: «Creo que las mujeres estamos más expuestas, ya que a veces cuando nos metemos a lugares en zona roja, como le dicen acá que son más peligrosas, creo que somos más expuestas en el sentido de que nos vayan a robar o hacer cualquier cosa porque nos ven más débil. Entonces por esa parte estamos más expuestas en este trabajo de delivery».
R: «Definitivamente estamos más expuestas porque cuando ven a uno como mujer por lo menos un malandro o delincuente, obviamente se va a sentir con más poder, tanto por la fuerza porque, aunque nosotras podamos hacer los mismos trabajos que ellos, obviamente el hombre por naturaleza tiene más fuerza”.
K: Pero Ros y Leidi no son las únicas mujeres que recorren Lima en su chamba. Cada noche Diana hace carreras desde Pueblo Libre hasta donde el cliente decida. La acompaña con una salsa de antaño o un reguetón moderno para hacer más amena su noche.
Diana Arellano (D): “Me llamo Diana Arellano Diaz, tengo 29 años, vivo en pueblo libre, soy bachillera en derecho, pero desde el año pasado vengo incursionando en el mundo del taxi. Tengo aplicativo, he hecho uber, beat y particular”.
K: Diana pensó en hacer taxi cuando estaba embarazada de su hija Tabatha. Ella trabajaba en un call center de inglés en Miraflores. Todas las mañanas Diana chapaba un taxi para llegar a su trabajo, el cual salía muy costoso.
D: “Mi motivación fue que me tocó una taxista mujer, la vi tan regia, su carro bonito es como si fuera tu oficina entonces me pareció chévere la idea. Cuando di a luz tenía que regresar al trabajo y se me hacía pesado trabajar en un turno de 9 horas al día”.
K: A partir de las extensas horas que pasaba en el trabajo y con la necesidad de cuidar a su recién nacida, vio como oportunidad ser taxista. Al iniciar en este trabajo, a Diana se le vino a la mente todos los riesgos que iba enfrentar al ser taxista.
D: «Me daba miedo porque qué pasa si me quieren robar el auto, si es que me voy por una zona fea. Entonces tomé mis precauciones. Me levantaba a las 5:30 a.m y me iba con el auto y regresaba del trabajo a la 1:00 p.m., lo cual era perfecto porque mi pareja se quedaba con la bebé».
K: El trabajo que escogió le era muy rentable, por esas horas recibía una ganancia de 100 soles, además se sentía relajada al ser su propia jefa. Pero todos los trabajos tienen sus pros y contras.
D: «Me sentía expuesta porque en las carreras que he hecho el 90% de las mujeres nunca me hablaban. Lo cual es raro porque si ves a una taxista mujer deberías sentirte en confianza. Algo interesante es que todos los hombres se quedaban así, me preguntaban, me hablaban todo el camino y algunos me pedían mi número porque les llamaba la atención que una mujer estuviese haciendo taxi. También se sentaban adelante conmigo y me hacían sentir muy incómoda»
K: Frente a este temor, Diana tomó nuevas alternativas como poner un trabagas al carro y otras no muy esperadas.
D: «Otra cosa es que yo siempre iba, por si acaso, con un cuchillo porque no sabía que podía pasar y no trabajaba de noche».
K: ¡Sí! Medidas como estas tenemos que tomar para sentirnos seguras al salir. A pesar de esto, cuando llegó la pandemia, Diana creó su emprendimiento «Mommy Taxi», taxi exclusivo para mujeres.
D: “Empecé a promocionar mis servicios en páginas de solo mujeres, en páginas de compra y venta para mujeres, en páginas de mujeres feministas. Ahí empezó el boom donde la verdad no me di abasto porque eran todos los días y a todas las horas me pedían que haga carreras»
K: Lamentablemente, las mujeres corremos peligro en cualquier lugar, peor si es en el transporte. A Diana su emprendimiento le dio más seguridad.
D: «Gracias a dios, como te digo, he tenido buenas épocas trabajando en mommy taxi y en su mayoría trabajé de la mano de solo mujeres, lo cual es mucho mejor. Es mucho mejor el hecho de no estar lidiando con hombres que no conoces, que no conoces que va a pasar porque estas en un ambiente como es un carro no sabes lo que va a pasar. No sabes si te van a robar, si te quieren robar la mercancia, el auto, o si te quieren violar, es complicado».
K: Cuando Diana hacía taxi, ella vivía sola con su pequeña de dos años.
D: “Entonces lo que yo hice es que a veces como me pedían carreras al aeropuerto y de madrugada. Me iba con mi hija de 2 años, en esa época más chiquita, un año y medio. La ponía en su carseat, en el copiloto. Muchas veces hemos salido 2 a.m, 4 a.m, ella dormida, bien abrigada, la ponía en su carseat y me la llevaba a hacer una carrera”.
K: Por esta acción ella fue muy criticada
D: “La gente me puede decir que soy muy irresponsable, que esto que el otro. Pero chamba es chamba. Mientras me esté generando ingresos si una carrera al aeropuerto me va a pagar 5 veces más de lo que yo sé que cuesta esa carrera, me conviene, entonces lo hago”
K: Ella se ha ido hasta huacho, hasta las playas del sur de Lima. Todo con su hija como copiloto.
D: “Yo también decía qué me queda, vivo sola y no tengo con quién dejar a mi bebé. Algunas personas le parecían súper chévere eso, pero si tú ves a las mujeres peruanas que quien quiera salir adelante va a salir como sea”
K: “Como sea”. Así ven estas luchadoras el reto de salir adelante. Tania como cobradora, Ros y Leidi como delivery de Rappi y Diana como taxista. Estas chicas trabajan día a día para su familia y por ellas. Sus historias son únicas y admirables. Sin duda son parte de una nueva generación de mujeres guerreras peruanas que, como las del pasado, con mucho valor y confianza brillan en nuestro maravilloso país.
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Mujeres venezolanas caminan en el control fronterizo. Foto: REUTERS/Nacho Doce
Cuando la teoría dista de la práctica
“Creí que, por ser una persona de mi edad, mi jefe iba a ser una persona adecuada. Pero recibir sus insinuaciones era incómodo. No le iba a hacer caso porque, principalmente, no me gustan los hombres. Se convirtió en una relación muy incómoda y abusiva de su parte. No ganaba mal, pero dejé el trabajo y me fui a otro donde ganaba muchísimo menos, sólo por esa incomodidad”, relata Vanessa Armas, venezolana que radica en Lima. El tema legal no es lo único con lo que mujeres y poblaciones LGBTIQ+ migrantes tienen que lidiar cuando se trata de trabajo. El acoso y hostigamiento sexual también están presentes.
Esto empeora cuando, inclusive, recurren a dinámicas amenazantes que se asocian con la transfobia. Esto le pasó a un hombre trans migrante en Arequipa. “Había trabajado cerca de dos años para una empresa bastante conocida, pero le habían pagado menos de su sueldo y le hacían quedarse muchas horas. Soportaba una explotación grave. Él quería cambiar de trabajo y le dijeron que si se iba, ellos dirían que él es un hombre trans. No le iban a dar ninguna carta de recomendación”, asegura Fhran Medina, representante de la Red de Litigantes LGBTI de las Américas. Lo mismo sucedió con Dominic, quien a pesar de haber trabajado y apoyado a un club de esparcimiento en los momentos más críticos de la pandemia, fue despedido cuando sus superiores escucharon rumores sobre su identidad de género. “En ese momento dejé de ser útil para la empresa. Me despidieron de una forma triste. No me dieron ni siquiera un bono, una gratificación o compensación. El personal nunca me apoyó”, recuerda.
«El personal nunca me apoyó», enfatiza Dominic, quien fue despedido cuando sus superiores escucharon rumores sobre su identidad de género. Foto: Empleos y mucho más
Según el informe Mujeres migrantes contra la violencia en el mundo del trabajo: venezolanas viviendo y trabajando en Lima, Perú de Luis Enrique Aguilar, el común denominador de esta violencia de género es el abuso de poder. Dentro del Perú, contamos con una ley en contra del hostigamiento y acoso sexual (Ley 27942). Para mejorar su aplicación, se tienen una serie de requisitos. “Una empresa tiene una personería jurídica en el Perú y, por ende, debe cumplir obligaciones. Cuando tienes 20 trabajadores o más en planilla, deben tener un comité de intervención frente al hostigamiento sexual. Si tienen menos de 20 deben tener un delegado”, indica la abogada laboralista Ana Roque.
No obstante, la práctica y la norma distan mucho entre sí. “Algunos creen que la solución a algo es una norma, y muchas veces no es así. Está fomentando que se denuncie más, pero los casos de violencia aparecen, siguen existiendo”, asegura Roque. Como Vanessa, quien no supo a quién acudir por su situación migratoria irregular y porque no estaba en planilla. “Mis compañeros de trabajo prefirieron ser más reservados, no hablaban claramente de eso. (…) Ni siquiera el peruano trabajaba en planilla”, comenta. Ante estas problemáticas, inclusive, se evidencian las medidas a adoptar del Estado en su Plan Nacional de Acción sobre Empresas y Derechos Humanos, pero ¿cuánto más se puede esperar por ellas?
Los estereotipos y la hipersexualización también están latentes. Por un lado, hay estereotipos positivos y negativos, así lo señala Care en la encuesta titulada Las mujeres migrantes y refugiadas venezolanas y su inserción en el mercado laboral peruano: dificultades, expectativas y potencialidades. En el caso de las mujeres, los empleadores asocian su nacionalidad a competencias como la habilidad para los negocios, el manejo de redes sociales, el buen trato hacia clientes y un idóneo cuidado personal. En el caso contrario, los prejuicios negativos les imposibilitan acceder a empleos dignos. Las relacionan con la deshonestidad o la criminalidad. Esto puede venir de la experiencia propia, pero también de comentarios de personas cercanas y del tratamiento informativo de los medios de comunicación masivos.
Es en estos escenarios donde, a su vez, ocurre la hipersexualización. Esto se ha podido evidenciar más en Piura y La Libertad, regiones ligadas al turismo y que concentran mayor cantidad de ciudadanos venezolanos.Todo lo que engloba la frase “buena presencia” al realizar una venta o estar en negocios de diversión las cosifica y minimiza sus otras aptitudes para el trabajo. Inclusive, como analizó Aguilar, esta sexualización se valora en la atención al cliente. Coincide con la mayoría de puestos ocupados por mujeres en el Perú según el INEI (Instituto Nacional de Estadística e Informática): limpiadoras y asistentes domésticas, meseras y cocineras o ayudantes de cocina, a diferencia del hombre, que es más empleado como conductor de vehículos, albañil y portero. Estas labores acentúan y fomentan, aún más, los roles tradicionales de género.
¿Azul para hombres y rosado para mujeres? ¿Carros o muñecas? Preguntas así acentúan los roles tradicionales de género. IMAGEN: Libre Te Quiero
“Eso nos hace daño y tiene que ver con un tema de discriminación que los peruanos conocen”, puntualiza Marta Fernández, fundadora de la Asociación de Protección a la Población Vulnerable – APPV, “Yo siempre digo que los venezolanos somos los nuevos provincianos del país. Por años hubo discriminación hacia el peruano de regiones. Y ese peruano, en vez de ir en contra del que lo discriminó, se va en contra del venezolano. En algún momento los venezolanos que se queden van a empezar a ‘camuflarse’ – convertirse más en peruanos – porque van a tener hijos peruanos que lo único que van a conocer es la realidad del país”, asegura.
Cabe entonces pensar en el futuro. Sobre todo cuando, actualmente, hay una ‘feminización’ del proceso migratorio, como indica el gerente general de la Superintendencia Nacional de Migraciones, Fernando Ríos. «Cada vez son más las mujeres, que son cabeza de familia, que migran a territorio nacional”, afirma. Además, existen ciudadanas venezolanas que dan a luz en Perú. Por ende, estos hijos son peruanos, pero, ¿qué garantías tienen de insertarse satisfactoriamente en el mercado laboral peruano más adelante?
“Dentro de 20 o 30 años le van a decir al Estado ‘ustedes no hicieron nada por mis padres’ y van a exigir derechos para los venezolanos que se quedaron, porque ellos son peruanos. Es como si hablamos de hijos de peruanos que nacieron en Venezuela. Ellos tienen derechos allá”, señala Fernández.
Por ello, y sin duda, las redes de apoyo juegan un factor clave al buscar alternativas laborales y hacer prevalecer sus derechos.
Desde la trinchera de lo diverso
El adverso escenario laboral al que se enfrentan los migrantes en nuestro país los ha llevado a buscar formas alternativas de obtener un sustento económico. Para Laura*, por ejemplo, la situación era tal que el aislamiento por la emergencia sanitaria la ayudó en lugar de perjudicarla, pues le permitió ejercer como psicóloga a distancia. Así, las mil entrevistas laborales que no llegaban nunca a buen puerto han quedado en el olvido. Ahora ofrece sesiones a sus pacientes de Colombia, donde sus años de estudio sí son válidos.
Como la unión hace la fuerza, muchos de los migrantes se han organizado y gestionado iniciativas para sacar de la precariedad a sus compatriotas. “Yo ‘comí las verdes’, pero aquí estoy para brindarle a ellos las maduras”, dice con orgullo Dominic. El compromiso que siente con su comunidad es evidente. Él cuenta que en la primera etapa del programa de emprendimiento de Lo Natural es Ser Diverso, ONG que lidera, podrá contribuir a la formación laboral de 30 personas trans, entre ellos migrantes venezolanos y colombianos.
El abanico de cursos por los que los beneficiarios pueden optar es diverso y tiene como objetivo desarrollar sus habilidades en actividades que les permita emprender de manera independiente. La ONG no solo se encarga de conseguir el apoyo internacional para costear las formaciones virtuales, sino que además garantiza mentoría gratuita a los estudiantes para el lanzamiento de sus emprendimientos.
Vives Emprende. VIDEO: Acción contra el Hambre
Después de dos años y medio de supervivencia, Alixe por fin ve una luz al final del túnel. “Ahora veo un cartel que dice que están buscando trabajo y yo ni pregunto (risas). No me interesa”, comenta ella con satisfacción. Gracias al apoyo de Lo Natural es Ser Diverso y el capital semilla que obtuvo a través del Programa Vives Emprendede Acción contra el Hambre, pudo recientemente certificarse, adquirir equipos y ejercer la cosmiatría. Hoy en día siente que su trabajo es valorado y sus clientas confían ciegamente en su talento.
No obstante, esa no es la realidad de la mayoría de migrantes. Es por ello que la ONG actualmente continúa en la búsqueda del apoyo económico de organismos internacionales para así poder llegar a cada vez más personas en Perú y Latinoamérica, e incluso a aquellos que siguen en Venezuela y temen salir del país sin tener un ingreso fijo.
Por su parte, la agencia humanitaria CARE Perú realiza, desde septiembre del 2019, elProyecto Alma Llaneraen Lima, Callao, La Libertad, Piura y Tumbes. Este programa brinda a hombres, niños y mujeres un mayor acceso a los servicios de protección y salud mental. Entre ellos se encuentran el aspecto laboral, donde, en el caso de las mujeres, buscan empoderarlas e impulsar, mediante un fondo semilla y talleres, sus propios negocios.
Proyecto Alma Llanera. VIDEO: Care Perú
La Asociación de Protección a la Población Vulnerable – APPV también busca empoderar a mujeres, sobre todo aquellas que han vivido violencia basada en género. A través de talleres de liderazgo y oratoria, grupos focales donde crean redes y capacitación financiera, ofrecen apoyo económico para que puedan empezar a trabajar.
La ayuda llega desde todas las trincheras. Veneactiva, por ejemplo, se formó con el objetivo de orientar y empoderar a la población migrante en el Perú. En ese sentido, ofrecen planes de salud, asesorías migratorias e incluso cuentan con un programa para cubrir los aranceles de aquellos migrantes que realicen trámites de regularización. Asimismo, han organizado talleres de bienestar psicoemocional y brindan sesiones psicológicas a través de Whatsapp para tratar el duelo migratorio y otros malestares.
“La idea es romper con ese patrón lastimero: formarse en algo para poder salir adelante y no depender de que alguien te quiera dar trabajo”, expresa Alixe, quien observa que más mujeres y hombres trans venezolanos y peruanos se están integrando a la iniciativa de Lo Natural es Ser Diverso. Asimismo, considera que su vida cambió positivamente tras obtener el capital semilla. “Actualmente estoy haciendo estética facial, limpieza facial profunda y soy experta utilizando un equipo muy novedoso para el rejuvenecimiento facial”, indica.
“No podemos cambiar el nombre, el género, no podemos ir al servicio de salud y que te atiendan dignamente, pero sí podemos formarnos y trabajar para llevar una vida más digna”, enfatiza. Para ellas, los problemas se han convertido en oportunidades caracterizadas por el trabajo conjunto y la independencia de un sistema que no las ha sabido acoger.
*Laura es un nombre ficticio para proteger la identidad de la persona
Caminantes venezolanos recorren las principales carreteras y atraviesan terrenos difíciles. FOTO: Muse Mohammed/ IOM – UM MIGRATION
AlixeSánchez tenía la vida que había planificado. Había seguido su pasión y estudiado periodismo, trabajaba en un canal de televisión en su natal Caracas y contaba con muchos años de experiencia en su carrera. Quería ser docente universitaria y soñaba con estudiar eventualmente un posgrado. A los 39 años parecía haber alcanzado una estabilidad digna de admirar. Pero en el 2018, se convirtió en una de las más de 5.9 millones de personas venezolanas que huyeron de la grave crisis humanitaria, de las que, actualmente y según Migraciones, más de un millón se encuentra en Perú.
Ella ya conocía este país. Además, el idioma era el mismo y la situación económica, mejor. Pasó siete días viajando por tierra rodeada de sus amigos. Sabía bien que ser una mujer transgénero la colocaba en una situación de vulnerabilidad particular. Llegar sana y salva parecía ser otra señal de buen augurio sobre su futuro aquí. Pero la realidad le explotó en la cara. Necesitaba trabajar para sobrevivir.
Qué difícil ser formal
“Migró mucha gente profesional. Para nosotros era muy beneficioso porque nos daba legalidad y la posibilidad de trabajar en la formalidad porque en Venezuela estamos acostumbrados a eso”, explica Nurys Morin, coordinadora de las áreas de Integración, Atención Psicoemocional y Vulnerabilidad en la ONG Veneactiva. Recordemos que Perú fue uno de los primeros países en la región en dar la bienvenida a los migrantes venezolanos al activar el Permiso Temporal de Permanencia (PTP).
No obstante, con el paso del tiempo las exigencias empezaron a aumentar. Desde agosto del 2018, el pasaporte se convirtió en un requisito para ingresar al país. Posteriormente, desde junio del 2019, se añadió como condición la visa humanitaria, medida por la que los venezolanos se convirtieron en los únicos ciudadanos sudamericanos en necesitar visa para entrar a Perú.
Pero la realidad dista de lo legal. “La verdad es que se ha estado entrando por trochas, porque para acceder a una de esas modalidades el pasaporte tenía que estar vigente y eso es casi imposible en Venezuela”, indica Morin. Acertadamente, en octubre del 2020 el Estado peruano activó el Carné dePermiso Temporal de Permanencia (CPP), con el cual cualquier migrante, cuyo plazo de permanencia había vencido o que había ingresado de manera irregular hasta el 22 de ese mes, podía regularizar su situación migratoria.
Al cumplirse un año del PTP o durante la vigencia del CPP, los migrantes pueden optar por el cambio de calidad migratoria para obtener residencia y, por tanto, un carné de extranjería. Es así que solo existen tres vías para trabajar de manera formal en nuestro país: el carné de solicitante de refugio, el PTP o CPP, y el carné de extranjería. Sin embargo, el elevado costo de los trámites dificulta su realización. Por ejemplo, solo para conseguir el CPP se debe pagar S/ 47.30, y para tramitar el cambio de Calidad Migratoria, S/ 162.50.
Carné de Extranjería, documento que otorga residencia peruana a los no nacidos en el país. FOTO: Venezolanos En Perú.
Por si fuera poco, las resoluciones que suspendían el cobro de multas de parte de Migraciones durante el estado de emergencia fueron derogadas en agosto. “Cuando vencen los permisos temporales, la multa es de S/ 4.40 por día, pero cuando vence la residencia, asciende a S/ 44 diarios”, precisa Morin. “Díselo a alguien que gana 12 soles ocasionalmente”, protesta Alixe, quien después de mucho esfuerzo, tendrá su carné de extranjería en las manos pronto. “Lo que una persona cisgénero puede lograr en tres meses, yo lo he conseguido en casi tres años”, añade.
Consultamos sobre estas multas a Francisco Ríos, gerente general de la Superintendencia Nacional de Migraciones. “Si no hay para pagar, se puede solicitar calificación por vulnerabilidad. Toma 30 días una vez ingresada la solicitud. Se puede hacer a través de la agencia digital, pero debes tener paciencia porque hay sobrecarga de trabajo”, afirma.
Por su parte, Laura*, a diferencia de Alixe, no es una mujer trans y tampoco se fue de su país de origen por la crisis. Vino de Cartagena, Colombia en el 2019 por una oferta de trabajo que le hicieron a su ahora esposo. Pensó que aquí todo sería más fácil. Al ser su país parte del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), la obtención del carné de extranjería le tomó solo un mes. Su siguiente meta era ejercer como psicóloga clínica aquí.
Para validar títulos obtenidos en Colombia, los ciudadanos de estados que tienen tratados suscritos al respecto con el Perú deben presentar su documento de identidad y su diploma original con la apostilla de La Haya, en caso de que su país sea parte de dicho convenio. Para los migrantes venezolanos, por ejemplo, obtener la apostilla para distintos documentos en su país de origen ha sido particularmente difícil debido a la dictadura. “Estamos cercenados de identidad para poder acreditar nuestros papeles”, expresa Morin.
Por ello, gracias al gobierno interino de Juan Guaidó, se activó en Perú la Embajada de Guaidó y con ella algunos mecanismos gratuitos para facilitar la legalización de títulos. No obstante, en la actualidad, la atención consular se encuentra suspendida luego de que Perú reestableciera relaciones diplomáticas con el gobierno de Nicolás Maduro.
Centro de Atención al Venezolano en Perú, a cargo del ex embajador Carlos Scull. FOTO: Redes de Representación AN en Perú.
Para Laura*, por su nacionalidad, no fue tan difícil hacerlo. Sin embargo, las actitudes del personal de una universidad peruana a la que asistió la llevaron al llanto. “Hasta el día de hoy yo no soy psicóloga aquí”, lamenta ella. Asimismo, conseguir trabajo es enfrentarse a actitudes machistas de parte del personal en las entrevistas. “Me dijeron ‘¿Usted tiene esposo?’, y les dije ‘Sí, soy casada’. Luego me preguntaron ‘¿Y su esposo la deja trabajar?’. Me quedé asombrada”, menciona. Además, su carrera, como muchas otras, necesita de una habilitación a cargo de los colegios profesionales que, relata Morin, son costosos y colocan diversas trabas.
Todo esto, sumado a los S/ 325.10 que son necesarios para revalidar los títulos profesionales, coloca a los migrantes entre la espada y la pared. Por tal motivo, muchos de ellos optan por realizar labores ajenas a su profesión y al margen de lo legal. De hecho, de acuerdo con la Encuesta Población Migrante y Refugiada Venezolana en Perú realizada por la organización Equilibrium CenDe en septiembre, el 89% de venezolanos en Perú no ha convalidado sus títulos profesionales y el 79% no trabaja en algo relacionado a su profesión.
Aún cuando sí lo consiguen, las leyes peruanas dificultan la formalidad de la fuerza laboral migrante. Así, el Decreto Supremo Nº 014-92-TR establece que las empresas pueden contar con un máximo de 20% de trabajadores extranjeros. Además ellos no podrán percibir remuneraciones que superen el 30% del monto total pagado. En aquellas cifras no se incluye a los ciudadanos con cuyos países existe un convenio de reciprocidad laboral, como el Mercosur. Ese no es el caso de los venezolanos, pese a que resultan ser los principales migrantes en territorio peruano actualmente.
En la opinión de la abogada laboralista Ana Roque, la normativa del 20% no es coherente al contexto peruano actual. “La norma de contratación de extranjeros es del año 90. No está actualizada, sigue pensando que en nuestro país la cantidad de extranjeros es mínima, que sólo vienen para ciertas cosas y no considera que estamos en un ambiente de globalización donde ya entran personas de todos los países y una cantidad de migrantes enorme”, explica.
Si para un migrante es difícil trabajar legalmente y enviar remesas a su país de manera formal, la situación se agrava cuando entran a tallar factores de género. Dominic Orduz, hombre trans venezolano que llegó a Perú en 2018, aprovechó la carta de trabajo que obtuvo al iniciar su solicitud de refugio para conseguir empleo. El documento consignaba su nombre social. “Nunca pude firmar un contrato, porque al momento de hacerlo sí iba a revelar mi identidad y ya no me iban a contratar, entonces preferí trabajar sin beneficios”, cuenta.
Dominic no es el único que percibe estos tratos. Alixe, durante dos años y medio, ha pasado madrugadas enteras en mercados cargando cajas y limpiando locales, en pleno frío y bañada en tierra. A cambio, obtenía lo que llama “propinitas”, que no superan los 15 soles o a veces promesas de pagos que nunca llegaban.
Al no acceder a derechos laborales básicos, estas poblaciones quedan mucho más expuestas a situaciones de explotación e injusticia. “Las personas que han notado mi necesidad me han puesto en jornadas más largas que las del común. Si la remuneración a los migrantes ya es mínima, a mí me pagan por debajo de eso”, manifiesta Alixe. Para ella, la supervivencia no era una opción, era la regla.
Las historias de Laura, Vanesa y Dominic no son las únicas que reflejan un trato hostil hacia las mujeres y poblaciones LGBTIQ+ migrantes en espacios de trabajo. Diseño e ilustración: Adriana Velázquez, Mya Sánchez y Zoila Antonio
El trabajo textil es una práctica que las mujeres de culturas ancestrales han desarrollado para preservar la identidad de los pueblos. En Bolivia, especialmente, forma parte del tejido social en el territorio. Sin embargo, del paso de los telares a las máquinas de coser y con los cambios capitalistas de sentido del trabajo, este rol, generalmente ocupado por mujeres, ha tomado características de explotación: bajos salarios, interminables jornadas y pésimas condiciones laborales. Si a la tarea feminizada se le suma el ser migrante en contexto de pandemia, el escenario empeora.
Sin embargo, en la zona sur de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el barrio Padre Rodolfo Ricciardelli -antes conocido como Villa 1.11.14, la más grande en extensión de la ciudad-, un grupo de mujeres trabajadoras textiles y migrantes de países andinos comenzaron a reunirse para compartir cafés y mundos y, entre viernes y viernes, empezaron a pensar en la posibilidad de crear una alternativa comunitaria en un sector laboral de condiciones deshumanizantes. Estas son sus historias.
“La costura es lo primero en un mundo que se hace pedazos”, canta la artista mexicana Laura Murcia. Así es para Yeni Chambi, una trabajadora textil boliviana de 29 años. Además de coser “lo que venga”, Yeni pone sus manos a trabajar por la transformación social como militante de género en la organización popular Barrios de pie, con la cual camina el barrio que aún llama con los números “1.11.14”. Según cuenta, allí la mayoría de las personas son migrantes y lo que abunda son talleres textiles, porque “afuera no te dan trabajo si no cumplís con los requisitos”, como lo es una dirección postal fuera de la villa.
Lo que dice hace eco en las respuesta de la Encuesta Nacional Migrante de Argentina (ENMA, 2020), que concluyó que el 37% de les migrantes señaló que su situación laboral es inestable, mientras que el 51% de la actividad laboral realizada por migrantes no pareciera estar registrada, principalmente para personas que no cuentan con documento nacional. A esto se le suma que, en el contexto de pandemia, el 53% de las personas migrantes perdió parcial (17%) o totalmente (36%) sus ingresos.
Para Yeni, la pandemia fue una oportunidad, a pesar de que los talleres cerraron sus puertas. Desde su casa, cosió barbijos, muchísimos, llegando a 5 mil por semana. Con una máquina prestada por una amiga, trabajaba desde las 7 de la mañana hasta las 12 de la noche, junto a su marido. “Si no hubiera tenido una máquina, no sé qué hubiera hecho. Fue horrible por la cantidad de trabajo, pero sí pude ahorrar”, cuenta a Revista Colibrí. Para alimentar a sus dos hijos, iba al comedor del barrio, porque no tenía tiempo para cocinar, ni tampoco para comer.
“Si a mí me agarró COVID, yo no le di importancia, me preparé un mate con jengibre y limón y seguí trabajando”, dice Yeni. Llegó de Bolivia en 2005 y a los 16 años empezó a trabajar de costurera. Una vez, un argentino le dijo: “A ustedes (las personas bolivianas), les gusta ser explotados, dan hasta la fuerza que no tienen”. Ella cree que en parte tuvo razón, porque por el miedo a perder el trabajo, ha llegado a aceptar quedarse después de hora, aunque llegue “muerta a casa”. Aún así, lucha por hacer valer sus derechos.
En Argentina, la mayoría de les trabajadores textiles son migrantes de Bolivia, Perú y Paraguay. Según el último censo realizado en Argentina (2010), las personas de estos tres países suman casi el 60% de la población del país nacida en el extranjero. Algunas llegan engañadas con promesas de mejorar sus condiciones de vida y se encuentran con talleres clandestinos. Es muy común que se les retengan sus documentos y vivan bajo la amenaza de la deportación.
“Las mujeres suman a las dificultades el desafío de maternar sin dejar de trabajar”, cuenta Camila Ibáñez, docente integrante de la Asamblea Feminista del Bajo Flores, nacida en noviembre de 2018 y de la Red de docentes, familias y organizaciones del Bajo Flores. Se debe amamantar, criar, y cuidar frente a la máquina y si el niñe ya es grande y puede caminar, más vale que no circule por el taller, que no llore, que no distraiga a la mamá u otres trabajadores, porque puede causar problemas que resultan muchas veces en despidos.
Si el taller es legal, el trabajo está más regulado, pero las condiciones de explotación son generales: las jornadas siempre superan las 10 horas diarias. En blanco, sí tienen descansos y comidas aseguradas por la ley. En cambio, en el ámbito clandestino se sostiene la modalidad de “cama caliente”, en la que se duerme en el lugar donde son explotadas, sin descanso ni cobro asegurado.
En cooperativas textiles, maternar no debería devenir en posible despido y son las compañeras de trabajo las que colaboran con esa crianza, también están quienes arman taller en el domicilio. “Aún así el trabajo es muy sacrificado, para hacer prendas que finalmente compitan en el mismo mercado que las confeccionadas en talleres tradicionales, las jornadas son muy extensas y el sueldo, bajo”, dice la docente feminista. La modalidad de pago es a “destajo”, es decir que se cobra por prenda realizada. Esta se paga el 10% del precio de venta y el resto es ganancia para las marcas millonarias.
El rubro textil plantea un sistema productivo de explotación. Cuenta con una maquinaria similar a la desarrollada en 1800 que no se actualiza porque sigue siendo más rentable mantener las formas de producción y de contratación actuales que costear los gastos del desarrollo tecnológico. Las condiciones casi esclavas se mantienen con la dificultad de las personas del rubro para acceder a recursos: ni vivienda ni redes de contención y ayuda.
En el Barrio Padre Rodolfo Ricciardelli, la pandemia trajo reducción de jornadas laborales y de salario por la poca demanda de cortes y la presencia de niñes que bajaron el ritmo del trabajo al no haber clases presenciales. Trabajar en el hogar también fue un problema por no tener máquinas o por el poco espacio físico para ubicarlas. Contraer el virus de la COVID-19, en algunos casos, implicaba no poder trabajar y estar todo el día en la casa llevó a que incrementen exponencialmente situaciones de violencia de género.
El espacio de encuentro surgió en el Bachillerato Popular del barrio, cada viernes. A través de un relevamiento convocado por la Red de docentes, familias y organizaciones del Bajo Flores en articulación con otras organizaciones para atender las problemática sociales que se agravaron en la pandemia, como las habitacionales, alimentarias y de escolaridad. Se abrió una convocatoria para hacer un relevamiento puerta a puerta y entregar a quien lo necesite bolsones de comida, ayuda y orientación en situaciones de violencia de género, tramitación para el cobro del Ingreso Familiar de Emergencia al que el 82% de las personas migrantes no accedió, según la ENMA.
En ese caminar del relevamiento, la Red tocó la puerta de Lucía, de 53 años. Ella había llegado de La Paz, Bolivia, en 1994, buscando un trabajo con el cual mantener a su hija a distancia. Con sus conocimientos de costura y confección, comenzó a trabajar en un taller textil coreano, que describe como explotador. Según cuenta, para entrar al taller, tenían que pasar una prueba de rapidez. “Prueban de a cinco trabajadoras y la más rápida se queda”, comenta.
“Sufrí y viví tantas cosas, trabajando con coreanos, con paisanos (personas bolivianas), en muchos lugares”, recuerda Lucía en conversación con Revista Colibrí. Hace tres años, le diagnosticaron “artritis reumatoide”, lo que le impidió seguir trabajando en el rubro textil. Según un médico que la atendió, la enfermedad puede estar relacionada con el trabajo de alto esfuerzo físico que realizó durante tantos años en los talleres.
En el espacio de los viernes, Lucía encuentra esperanza, contención y apoyo: “Nos fuimos uniendo una a una, para mí es un encuentro en el cual nos ayudamos mutuamente. Como que vas ahí y todo tu estrés y tu preocupación se borran. Es como si cargaras pilas. Realmente conocí gente muy buena, que se convirtieron en mis amigas”. En los encuentros de los viernes, sentadas en círculo en el Bachillerato popular, debaten sobre su trabajo en el rubro y muchos otros aspectos de la vida.
A pesar de que las emergencias vinculadas al aislamiento preventivo mermaron, la Red decidió mantener el espacio de diálogo de los viernes para las mujeres del barrio que, desde realidades sociales similares y voces diversas, conversan entre café y café sobre la desigualdad de género en los hogares y desnaturalizan la explotación laboral. Atravesadas por necesidades económicas y con un sentido común de saberes textiles, incluso, empezaron a pensar un proyecto productivo de confección de apósitos menstruales de tela.
“La tecnología avanza pero el tejido resiste”, afirma Tatiana, una joven trabajadora textil organizada en la Asamblea del Bajo Flores. Ella cose desde los 15 años, cuando empezó como ayudante de un taller. Luego pasó por otros trabajos y en la pandemia volvió al trabajo textil en febrero de 2021. Su familia también se dedica al trabajo textil y participa activamente en la asamblea. Lucha porque las condiciones del trabajo textil se sigan nombrando para no naturalizar la explotación. También para visibilizar que los allanamientos agresivos de la policía en los talleres clandestinos perjudican a las trabajadoras, porque secuestran sus herramientas de trabajo.
Tatiana piensa en la labor de coser como “resistencia cultural”, propone tomar conciencia de la fuerza de la tradición que está en sus cuerpos y hacerla herramienta para empoderarse y organizarse. Aunque actualmente, muchas se dedican a prendas de moda que las grandes marcas solicitan confeccionar, desde siempre en su cultura estuvo presente la costura y el tejido.
Madres, abuelas y ancestras trabajaron con máquinas y telares en la confección de aguayos, prendas de vestir típicas de las comunidades de sus pueblos. Por lo cual, en cada prenda trabajada, están sus manos y sus voces. Para ellas, realizar este trabajo es continuar una tradición de saberes acumulados y experiencias ancestrales. Hacerlo en colectivo es recuperar retazos para coser un nuevo mundo juntas, respetuoso con la diversidad que hay en cada una de sus historias y libre de violencias.