«No están solas»: activistas mexicanas crean redes para apoyar a residentes de EE.UU. que necesiten abortar

«No están solas»: activistas mexicanas crean redes para apoyar a residentes de EE.UU. que necesiten abortar

Por Albinson Linares y Maricruz Gutiérrez para Telemundo

Diversas organizaciones alertan por el incremento de las consultas y las personas que reciben desde Estados Unidos, luego de la anulación del fallo Roe v. Wade. “Es un mundo diferente y creemos que la demanda puede seguir creciendo”, dice una activista.

A primera vista solo parece la pequeña azotea de una casa ubicada en Monterrey, Nuevo León, a dos horas de la frontera con Estados Unidos. Es un espacio pequeño, con cocina y baño, llamado La abortería y se ha convertido en un reducto de esperanza para decenas de mujeres y personas gestantes, tanto de México como de Estados Unidos, que han decidido interrumpir su embarazo con el uso de medicamentos.   

«Hay que hablar del aborto como una decisión responsable. El aborto es una decisión amorosa y segura, además es un procedimiento médico sencillo», explica en una entrevista con Noticias Telemundo Vanessa Jiménez Rubalcava, una de las fundadoras de este espacio en el que se apoya a las personas que necesitan un espacio seguro para poder realizar el proceso de aborto inducido con medicamentos.

La abortería cuenta con 17 personas que mensualmente asesoran y acompañan los procesos de aborto inducido con medicamentos de unas 500 mujeres, además forma parte de la red Necesito Abortar México, un proyecto creado hace seis años para apoyar a las personas que necesitan orientación sobre este tema.

«Se trata de brindar como todas las herramientas emocionales, físicas, económicas para que las mujeres vivan un aborto de manera digna», explica Ileana Sandoval, una mujer que se ha sometido a dos procedimientos con el acompañamiento de esta red y que ahora forma parte del proyecto.

Este espacio de asesoría es el primer lugar público en México que se ha creado para estos fines y, paradójicamente, está ubicado en Nuevo León, un estado donde el aborto todavía es un delito pese a que la Suprema Corte de México declaró que es inconstitucional criminalizar a quienes se someten a ese procedimiento.

«Nosotras seguimos los protocolos establecidos por la Organización Mundial de la Salud y por la Secretaría de Salud de México. Usamos mifepristona y misoprostol como lo especifican ambas instituciones tanto en los casos que ya van por la semana 12 o 14, y después de ese periodo, para que sea seguro. Acompañamos esos procesos, tanto presencialmente acá en La abortería, como a través de llamadas y mensajes de texto o WhatsApp», afirma Sandra Cardona, miembro de la red.  

Cardona y Jiménez coinciden en que, desde antes de la revocación de Roe v. Wade, comenzaron a detectar un aumento de la afluencia de personas que las contactaban desde Estados Unidos. La reciente decisión de la Corte Suprema desencadenó que, en cuestión de horas, 13 estados prohibieran o limitaran inmediatamente el acceso al aborto mientras se espera que otros lo hagan en las próximas semanas.

«Antes solo hablaba como con dos o tres personas de Estados Unidos al año, pero desde marzo nos escriben al menos siete o diez por semana. Es un mundo diferente y creemos que la demanda puede seguir creciendo», asevera Jiménez Rubalcava.

Mujeres activistas a favor del aborto realizaron una protesta frente a la embajada de Estados Unidos, en Ciudad de México, el 29 de junio de 2022.Mujeres activistas a favor del aborto realizaron una protesta frente a la embajada de Estados Unidos, en Ciudad de México, el 29 de junio de 2022.Sáshenka Gutiérrez / EFE

Profem, una organización médica especializada en la Interrupción Legal del Embarazo en México, dice que el 25% de su clientela proviene de Estados Unidos. En Monterrey, las personas que viajan desde Estados Unidos adquieren los medicamentos que tienen un costo que va desde los 20 hasta los 150 dólares, pero en La abortería pueden ser gratuitos.  

Las activistas mexicanas afirman que casi todas las personas que buscan ayuda usan medios como las redes sociales para contactarlas y, en muchos casos, tienen más de seis semanas de embarazo. Además, es frecuente que les expresen el miedo que sienten por lo que les pueda pasar legalmente al regresar a sus casas en Estados Unidos.

«Intentamos que cada una viva el aborto de la manera más digna posible»

VANESSA JIMÉNEZ RED NECESITO ABORTAR

«Intentamos que cada una viva el aborto de la manera más digna posible. Recuerdo el caso de una chica de Texas que su médico la quería mandar a otro estado que estaba como a diez horas de camino, pero ella prefirió viajar a Monterrey que son solo dos horas y media, además tenía familia acá. Vino con su mamá, estuvimos platicando y resolviendo todas esas dudas y todo salió muy bien. De hecho, cuando regresa a Texas, me dice: ‘Y ahora cómo le digo a mi ginecólogo, porque él sabía que yo estaba embarazada. Tengo mucho miedo’. Y le pedí que dijera la verdad, que se hizo el aborto a las cinco semanas que es lo legal en Texas y así fue. Pero sí son nuevas situaciones difíciles», asevera Jiménez Rubalcava.

Con la decisión que anula Roe v. Wade muchas clínicas ubicadas cerca de la frontera con México, esperan un aumento dramático de pacientes. En septiembre, una ley de Texas prohibió los abortos después de la sexta semana de embarazo. Antes eran permitidos hasta la semana 20.

«Sobre todo vienen de East Texas de las grandes ciudades. Llegan 100 pacientes más cada mes, 250 cada mes», explica el doctor Franz Therad, director de Women’s Reproductive Clinic en Nuevo México, en una entrevista con Noticias Telemundo. Este centro médico es una de las pocas clínicas de abortos que aún quedan a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos.

Las leyes restrictivas que han sido aprobadas en estados como Texas, Oklahoma o Idaho, entre otros, han hecho que la demanda de servicios reproductivos en lugares como Colorado se haya incrementado notablemente.

«Estamos dedicados a proteger el bienestar de quienes necesitan servicios de salud. Hemos visto un aumento bastante grande de las personas que vienen de otros estados buscando acceso al aborto, hoy en día el 50% de las personas que se someten a estos tratamientos en Colorado viene de afuera del estado», dijo Julie Gonzales, senadora estatal de esa entidad.

Vanessa Jiménez Rubalcava, una de las fundadoras de La abortería en Monterrey, Nuevo León.
Vanessa Jiménez Rubalcava, una de las fundadoras de La abortería en Monterrey, Nuevo León.Noticias Telemundo

«Nos preocupa bastante lo que sucede en EE.UU.»

La reciente decisión del máximo tribunal estadounidense, que anuló el derecho constitucional al aborto después de casi medio siglo, ubica a Estados Unidos como uno de los países donde las restricciones de ese procedimiento médico se incrementan de manera activa.

«El caso de Estados Unidos es un ejemplo de que los derechos de las mujeres nunca pueden darse por sentado, ni siquiera en el norte global. Son derechos que permanentemente hay que estar defendiendo y hay que hacer acciones permanentes para evitar cualquier tipo de retrocesos», afirma Cristina Rosero, asesora legal sénior del Centro de Derechos Reproductivos.

«El caso de Estados Unidos es un ejemplo de que los derechos de las mujeres nunca pueden darse por sentado»

CRISTINA ROSERO, CENTRO DE DERECHOS REPRODUCTIVOS

En todo el mundo las mujeres deben sortear una serie de leyes, normas legales y procedimientos sanitarios que no son uniformes, sino que varían de acuerdo a cada país, cada sistema de justicia o los lineamientos de las autoridades de salud.

Durante los últimos 25 años, la tendencia global ha sido hacia la liberación de las leyes de aborto y recientemente grandes países de América Latina han dado pasos muy importantes en esa dirección como son los casos de las tres naciones con más población: Argentina, México y Colombia.

A pesar de esto, esa región sigue siendo una de las que poseen mayores restricciones al aborto en el mundo. Países de Centroamérica como Honduras, El Salvador y Nicaragua penalizan totalmente el aborto, lo que tiene graves consecuencias debido a las violaciones continuas a los derechos de las mujeres y personas gestantes obligándolas a recurrir a procedimientos inseguros y peligrosos, además de criminalizar a las que sufren emergencias obstétricas.

«Lamentablemente, por no tener asistencia médica inmediata, perdí a mi bebé. Además casi me muero y luego fui a parar a la cárcel. Ese es el sufrimiento que nos toca a las mujeres, nosotras somos las que pagamos las consecuencias de estas leyes tan injustas», asevera Teodora del Carmen Vásquez, activista salvadoreña que duró casi 11 años en prisión luego de sufrir la pérdida de su hijo.

Aunque los movimientos de defensa de los derechos de las mujeres han logrado la liberación de 65 mujeres que estaban detenidas en El Salvador, aún quedan cuatro en prisión, y la condena más reciente sucedió hace mes y medio.

«Nos preocupa bastante lo que sucede en Estados Unidos porque es un mal ejemplo, no nos gusta que lo que pasa aquí se replique en otros países. Eso nos perjudica porque, independientemente del país que sea, las mujeres tendríamos que ser libres de las decisiones que queremos tomar para ser madres o no», asevera Vásquez.

Luego están países donde el aborto está permitido cuando se pone en riesgo la vida de la persona gestante, como es el caso de Chile, y en otras naciones se incluye esta causal y muchas otras como son los casos de violaciones, incesto o inviabilidad del feto pero varían dependiendo de las legislaciones nacionales. En esta categoría entran países como Costa Rica, Ecuador, Perú, y Bolivia, entre otros.

«Tenemos una oleada interesante en varios de los países más representativos que se están dirigiendo hacia una despenalización cada vez más amplia del aborto y a comprender la importancia de que este asunto no se regule únicamente mediante los tipos penales, sino que también contemple la protección de este servicio de salud a través de normas con perspectiva de derechos humanos o desde unas normas sanitarias», explica Rosero.

Esa marea verde, como se le conoce a los movimientos en defensa del derecho al aborto por el color de los pañuelos y las banderas que enarbolan en sus manifestaciones, ha ocasionado una serie de importantes cambios legales en algunos de los países más influyentes de la región.

En septiembre de 2021, la Suprema Corte de Justicia de México decidió por unanimidad que penalizar el aborto era inconstitucional. Desde entonces, cinco estados más se han movilizado para legalizar los abortos. Meses después, la Corte Constitucional de Colombia dictaminó que el aborto ya no era un delito.

Ambos fallos siguieron a la legalización del aborto por parte del Congreso de Argentina en 2020, lo que significa que tres de los cuatro países más poblados de América Latina han aceptado el derecho al aborto en los últimos años.

Sandra Cardona, una de las fundadoras de La abortería en Monterrey, Nuevo León.Sandra Cardona, una de las fundadoras de ‘La abortería’ en Monterrey.Noticias Telemundo

«Para poder lograr los avances de Colombia y México, sin duda, la movilización ha sido un punto clave. Al menos se ha detenido un poco la criminalización de las mujeres, la persecución por este tema y se ha empezado a hablar más allá del estigma, pero queda un largo trecho por trabajar», afirma Rosero, la experta legal del Centro de Derechos Reproductivos.

Activistas como Laura Salomé Canteros ven los procesos de despenalización o legalización del aborto como parte de la reivindicación universal de los derechos humanos, un movimiento que en países como Argentina está muy ligado a la caída de la dictadura y el advenimiento de la democracia.

«La verdad que el derecho al aborto es la soberanía sobre el cuerpo»

LAURA CANTEROS ACTIVISTA ARGENTINA

«Nosotras trabajamos muchísimo desde una mirada popular, fomentamos esto que llamamos la despenalización social para cambiar primero a la sociedad. La verdad que el derecho al aborto es la soberanía sobre el cuerpo, sobre las decisiones y sobre la vida, por eso logramos manifestaciones con centenares de miles de personas de todas las edades», afirma Canteros.

En Argentina, la ley 27,610 legalizó en 2020 el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo estableciendo que todas las personas con capacidad de gestar tienen derecho a acceder al aborto hasta la semana 14. Sin embargo, las mujeres cuyos casos entran en las causales de «riesgo para la salud o vida de la mujer o violencia sexual» pueden abortar sin límite de tiempo.

«Lo de Estados Unidos es un retroceso bárbaro, sinceramente. Pero también es una oportunidad para organizarse y luchar de forma interseccional, porque para eso están las vías judiciales, legislativas y ejecutivas. Ahí hay un llamado de atención para el Partido Demócrata en las próximas elecciones», asevera Canteros.

«Ninguna se debe quedar atrás»

A pesar de los cambios recientes, no todos en México apoyan el derecho al aborto. Siendo un país con una población mayoritariamente católica —un 77.7% profesa esa religión, según el censo de 2020— existen diversas organizaciones que condenan el acceso a este procedimiento.

«Cuando la mujer decide abortar está atentando contra una vida. Nosotros proponemos políticas de prevención, educación y anticonceptivos incluso (…) Nosotros buscábamos que se promoviera la objeción de conciencia para que los médicos se pudieran abstener, pero no está vigente. Este turismo proabortivo viene en cascada, viene masivo y no hay restricciones», afirma Juan Manuel Alvarado, miembro de la asociación civil Familias Fuertes Unidas por México.  

Activistas como Sandra Cardona están acostumbradas a escuchar las críticas y los reclamos de los sectores más conservadores de la sociedad mexicana. De hecho, en muchos casos formaron parte de esa tendencia antes de dedicarse por entero a la defensa de los derechos de las mujeres.

«Yo también fui de esas personas cerradas porque, cuando era adolescente, levantaba firmas para que se criminalizara a las mujeres por abortar. Primero que nada los comprendo, pero lo que les digo es que esa decisión es de cada mujer, de cada persona con capacidad de gestar. Nosotros no tenemos por qué decidir sobre los cuerpos de otras mujeres«, explica Cardona.

Una red de personas voluntarias, con miembros en México y Estados Unidos, se apresta para asesorar y atender las dudas de quienes desean practicarse un aborto, según los cálculos de estas organizaciones ya han atendido a unas 1,700 personas en lo que va de año.

Han establecido alianzas transfronterizas y bancos de medicamentos en diversas regiones estadounidenses para atender la gran demanda de información y fármacos que ha generado la decisión de la Corte Suprema.

«Aquí estamos nosotras, no están solas. Ninguna se debe quedar atrás y no deben existir mujeres sin derechos que es lo que están queriendo hacer en Estados Unidos. No hay mujeres de segunda, no es posible que en México ya tengamos estos avances y allá vayan para atrás», afirma Cardona.

La periodista Morgan Radford colaboró en este reportaje.

Aborto clandestino: una carga psicológica silenciada

Aborto clandestino: una carga psicológica silenciada

Por Brenda Villalba

Imagen referencial. (Foto: RRSS)

Hilando las palabras, con la voz entrecortada y la respiración rápida, Marta buscaba otra bocanada de aire. Recuerdo tras recuerdo de hace años se avecinaban en su mente para poder traer al presente situaciones a las que muchas mujeres se enfrentan día a día. Las palabras se tambaleaban mientras recordaba el evento traumático por el que pasó. Marta es una joven que recurrió dos veces a la interrupción de su embarazo de manera clandestina. Ella, junto a otras tres mujeres, ofrecen sus testimonios y son el vivo reflejo del peso físico y psicológico que conlleva la ilegalidad y penalización del aborto. El dolor aún se siente, pero la carga emocional es un factor poco atendido. 

En un país donde se penaliza el aborto, no resulta fácil asistir a establecimientos médicos y aún peor tener la confianza para tejer una red de apoyo. Este procedimiento puede dejarles complicaciones y repercusiones de salud por el resto de su vida. Pero otras cientos de mujeres mueren y muchas otras tienen que lidiar con el trauma de por vida.

En Bolivia el aborto clandestino es la tercera causa de muerte materna, y tiene uno de los índices más altos de la región, con un 13% el cual se traduce aproximadamente a 160 muertes por cada 10 000 nacidos vivos, según IPAS en 2020. Sin embargo, no se cuenta con datos oficiales.  

Marta, Lucia, Andrea, Jimena y Cinthya (psicóloga clínica), son nombres cambiados debido a la penalización del aborto, pero sus historias son reales. Fueron entrevistadas para este reportaje y su testimonio nos acerca a su realidad y a la de cientos de mujeres que deciden no maternar.

Dimensionando la situación actual del aborto, en Bolivia se puede acceder a la Interrupción Legal del Embarazo (ILE) por ciertas causales.

Considerando la ampliación de las excepciones en 2017, una mujer puede acceder a la ILE por: reproducción asistida sin el consentimiento, la inviabilidad del feto, violación, estupro, incesto, para salvar la vida de la mujer y si la embarazada es niña o adolescente. Estas razones se encuentran inscritas en el Código Penal boliviano en el artículo 153, donde se sanciona de uno a tres años de cárcel a toda mujer que no cumple con estas causales.

Sin embargo, en la práctica realmente no se llegan a concretar varios de estos procedimientos y se han visto obstaculizados. Los principales factores que intervienen son: la injerencia de terceros como la iglesia católica; la falta de conocimiento de la ley, los prejuicios, la estigmatización de las niñas y adolescentes, y la negligencia de los proveedores. Según datos de IPAS, entre 2014 y 2019 se contabilizaron 13 000 embarazos infantiles -Que se traducen como vejámenes contra su humanidad, según La Convención de Belém do Pará-, de los cuales se realizaron solo 513 ILE en el país, mientras en el mismo lapso se registraron 54 002 abortos incompletos, actualmente conocidos como hemorragias. Pero también se enfrentan a un sistema precario. En un informe del 2020, la Defensoría del Pueblo mencionaba que no se contaba con infraestructura, medicamentos, equipamiento para realizar la ILE.

En este marco, son varias las organizaciones internacionales que han apoyado la legalización del aborto. La CAT en sus observaciones finales mencionaba que el personal médico se niega a suministrar atención a las mujeres embarazadas y que la legislación actual restringe estrictamente la interrupción voluntaria, causando daños y hasta la muerte. El comité de la CEDAW señala que las violaciones de la salud y los derechos sexuales y reproductivos de la mujer, como la penalización del aborto, la denegación o la postergación del aborto seguro y/o atención postaborto, y la continuación forzada del embarazo son “formas de violencia por razón de género que, según circunstancias, pueden constituir tortura o trato cruel, inhumano o degradante”. 

La penalización del aborto presenta un panorama desolador, por la desprotección del Estado y el difícil acceso a atención médica, psicológica y legal. Las mujeres se ven obligadas a asistir a lugares precarios, insalubres y exponiéndose a diferentes riesgos para interrumpir la gestación. En 2016 se estimó que aproximadamente se realizaron 59 646 abortos durante toda la gestión, lo que equivaldría a 163 abortos clandestinos por día, según IPAS. Además, son muchas las mujeres que optan por la intervención sin un profesional a través de medicamentos, como el Misoprostol y la Mifepristona.

Tanto Marta, Lucia, Andrea y Jimena comentan que intervinieron sus embarazos por medio de pastillas, la mayoría siendo misoprostol. La fuente de acceso o información sobre el medicamento es variada; sin embargo, todas han sufrido complicaciones de salud. Fueron atendidas de urgencia para el legrado, llegando a casi perder la vida, pasando además por experiencias traumáticas, que las marcan hasta hoy.

Jimena, recuerda cómo se sentía y qué paso después de ingerir la pastilla: “Estaba asustada, confundida y sola. Además, que el proceso no prosperó y tuvieron que hacerme un legrado. Todo el proceso fue traumático».

Abraham Escalera, bioquímico farmacéutico entrevistado para este reportaje, indica: “Casi todos son misoprostol, simplemente vienen con diferentes nombres comerciales mitox o citotec. El medicamento induce a espasmos y contracciones en la parte del útero por lo cual se desaloja el feto. No se utiliza para un aborto, se utiliza para las úlceras gástricas; pero como efecto secundario produce esto. Lo que causa es: diarrea, dolor de cabeza, escalofríos, temblores muy fuertes. En el peor de los casos, si la persona no es tolerante al medicamento se pueden producir desgarros en toda la parte del útero. Muchas veces no suele salir exitoso por lo que solamente sale el feto sin la bolsa o quedan restos para lo cual hay que hacer una limpieza. Cualquiera diría que el público meta siempre van a ser jovencitas, pero no es cierto normalmente se ve y es muy a menudo que personas mayores lo usen por el hecho de que tienen 3-4 hijos y prácticamente no pueden mantenerlos».

Sobre esto, Marta relata su experiencia: “He usado un protocolo que está verificado por la OMS, ya con más información, pero de todas formas igual he tenido complicaciones, y lamentablemente se ha necrosado todo dentro de mi útero y me han practicado un legrado porque tenía el endometrio de casi 5 cm de grosor. La ginecóloga que me ha practicado el legrado, no sé si se ha dado cuenta que me había practicado un aborto y ha sido a propósito lo que ha hecho o realmente ha sido negligencia médica y me ha dejado sin endometrio, entonces las paredes de mi útero se han pegado y me ha dado el síndrome de asherman, hasta ahora no menstruo bien y no puedo tener hijos”.

¿Qué conlleva un aborto ilegal?

El aborto ya sea inducido como espontaneo presenta hemorragias y posteriores complicaciones en la salud de la mujer, por cada 1000 cesáreas que se atienden, existen 173 casos de mujeres con hemorragias por aborto, según una investigación de la Universidad Mayor, Real y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca.

El que asistan a lugares inseguros, ilegales e insalubres, las expone a infecciones, perforaciones de útero, shock séptico, inflamación del peritoneo y otras condiciones que arriesgan su vida, y al mismo tiempo no reciben la atención necesaria en establecimientos de salud, o algunas deciden no asistir por la penalización de la práctica. Según un estudio, de cada 100 mujeres que tienen complicaciones por un aborto mal practicado, tan solo 66 llegan a los servicios públicos de salud para recibir atención.

Recuperando el testimonio de Marta, ella señala y recuerda cuando pasó por esta situación: “He sangrado demasiado al punto de desmayarme. La persona que me estaba acompañando era muy violento, no había un acompañamiento sincero, ni honesto, ni cordial, ha sido muy violento. Me he tenido que levantar de la mancha de sangre del piso y bueno, él estaba más ocupado en limpiar el charco de sangre de su casa que en levantarme a mí del charco. Ha sido una experiencia realmente traumática».

Sin embargo, las mujeres no solo se ven expuestas a las complicaciones de salud, sino también sufren de violencia/agresiones físicas, sexuales y psicológicas. Ello junto con la interferencia en la privacidad, y la confidencialidad de las mujeres. Esto provoca que muchas no acudan a recibir asesoramientos o tratamientos.

En 2018, se hizo conocido el caso de una adolescente de 15 años que decidió adquirir medicamentos para abortar en una farmacia. Ahí, el farmacéutico le ofreció realizarle la práctica, pero la llevó a su casa y abusó sexualmente de ella. Días después, ante los dolores y el sangrado excesivo, decidió acudir a otro servidor de salud, donde resultó nuevamente violada.

El tener que acudir, como última instancia, a estos establecimientos clandestinos e ilegales, supone un peso emocional considerable, relacionado directamente por la criminalización de la interrupción del embarazo y las condiciones en las que se practica. El Estado boliviano, junto con los servidores de la salud, no consideran el apoyo psicológico y la salud mental como elemento importante en la intervención de los embarazos, según una investigación de Arévalo y De la Gálvez,

Por el contrario, Cinthya, psicóloga clínica que acompaña a mujeres que deciden intervenir sus embarazos, menciona la importancia del acompañamiento psicológico para resolver miedos e inseguridades antes, durante y después de la intervención. “Son experiencias muy dolorosas y muy traumáticas por el efecto en sus cuerpos. Es bien importante hacerle saber que no es su culpa, eso esencialmente para así evitar, por ejemplo, que los estigmas a los que vayan a estar sujetas después no sean igual de agresivos ni aversivos”, señaló para este reportaje.   

Aborto y salud mental: ¿Existe un síndrome postaborto?

Generalmente se tiende a creer en la relación directa de la interrupción del embarazo con sintomatología depresiva y ansiosa, a lo cual denominan como el «Síndrome postaborto».  Sin embargo, numerosos estudios, como el de la Dr. Luciana Ramos Lira, investigadora adscrita a la Dirección de Investigaciones Epidemiológicas y Psicosociales del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz en México, mencionan que esas afirmaciones son erróneas y que los estudios que las confirman tienen errores metodológicos.

Cinthya, confirma: “El síndrome post aborto no existe no hay evidencia que respalde esa información, pero lo que sí existe es una tendencia a estigmatizar a las mujeres que abortan”.

El estudio muestra que no existe relación directa entre la interrupción del embarazo y afectaciones emocionales como la depresión. Pero sí un vínculo entre los aspectos psisociales, el estigma social o religioso sobre el aborto o la falta de una red de apoyo. Estos son factores que acompañan a la práctica que determinarán los aspectos emocionales. En una investigación del Colectivo Rebeldía, el sentimiento más recurrente entre las mujeres era el miedo, en su mayoría profundamente ligado al castigo divino o a las consecuencias punitivas.

Sobre los trastornos mentales que experimentó, Jimena dice: «Antes y después me sentía devastada, duró varios meses. Entré en un estado depresivo y de ansiedad por mucho tiempo. La percepción ‘moral’ de la gente, la desaprobación por tu decisión. Llegaron a decirme (mientras estaba casi muriendo de dolor) que podrían denunciarme y deberían hacerlo».

Entonces, lo que se debe tomar en cuenta es la relación de la mujer con su entorno y las condiciones sociales y psicológicas a las que se ve expuesta.

Aborto y salud mental en Bolivia

La Sentencia Constitucional 206/2014 permite acceder a la ILE a través de una denuncia formal y el consentimiento informado. El resultado tendría que salir antes de las 24 horas para iniciar con el procedimiento del aborto, y posteriormente tendrían que recibir asistencia y apoyo psicológico. Sin embargo, tanto el procedimiento como el apoyo psicológico presentan obstáculos a la hora de ejecutarse. 

En 2017 se registró el caso de una adolescente de 14 años, quien asistió con una hemorragia al Hospital San Juan de Dios en Chuquisaca, donde finalmente interrumpieron el embarazo. La adolescente sufrió daño psicológico severo, luego de que la enfermera la amenazara: “Te voy a denunciar y vas a ir presa por haberte provocado un aborto”, comentaban al medio Mutante.

Según datos de PPFA, expertos encuentran una relación entre el estigma social y los proveedores de salud. «En Nicaragua, el 64% de niñas entre 9 y 14 años encuestadas dijeron sentirse juzgadas y estigmatizadas por el personal de salud que las atendió”, mencionan.

En la misma nota, se recopilan los testimonios de dos niñas más, quienes fueron atendidas en el mismo hospital. Una de ellas comenta que luego de contarle a la trabajadora social y a la psicóloga que la violaron, no le mencionaron la ILE como opción. La psicóloga procedió a enseñarle como amamantar, para luego decirle que se ponga un chip luego de que nazca el bebé. Los testimonios retratados muestran la poca preparación de los proveedores de salud y apoyo psicológico.

Psicólogos y sesgos

La relación entre el estrés, la ansiedad, depresión y otras afecciones mentales y emocionales están directamente ligadas a la violencia de género, la falta de red de apoyos, los estigmas sociales en relación al aborto, el juzgamiento, prejuicios, el maltrato y, por supuesto, la criminalización de la práctica.

Marta, en su testimonio, explica el peso emocional de la penalización del aborto: “Si es en un lugar donde es ilegal el aborto, probablemente termines traumado de por vida. Porque los métodos para cortar son los peores, son muy peligrosos, ni siquiera sabemos si las pastillas que estamos comprando están vencidas o si son las que tenemos que tomar o estarán mezcladas con algo más o estarán estiradas. Entonces, muchas mujeres mueren y eso es una realidad que seguramente países donde el aborto es legal no tienen que pensar en eso».

Cinthya resalta que el aborto clandestino influye en altos niveles de ansiedad y estrés y generando un evento traumático. Esto por los espacios de inseguridad, maltratos y saber que puedes morir o tener complicaciones por el resto de su vida. Pero esta también es una experiencia por la que se ven obligadas a atravesar mayormente en solitario, resultado de constructos sociales, ideas y lo moralmente preestablecido alrededor del tema. Esto genera sentimientos de miedo, confusión, desamparo y, sobre todo, culpa.

“Lo más difícil para las mujeres que se encuentran en esta situación es sentirte sola. Sentir que no estás tomando la decisión correcta. Sentir que nadie te dice ‘Oye, no te preocupes todo va a estar bien, estoy aquí contigo’. A mí me ha faltado esa persona que me diga que no era mi culpa que todo iba a estar bien», dice Andrea.

Por su parte, Lucia, concluye: «Fue una situación decisiva en mi vida, me sentía culpable, confundida, asustada, incluso enojada conmigo misma».

Cuando se enfrentan a este tipo de caso, especialmente los que se dan en situaciones de ilegalidad y clandestinidad, los psicólogos deben saber cómo abordarlos, para no incurrir en terapias fallidas que lleven a consecuencias graves y generen un malestar crónico. “Tienen que manejarlo con mucha delicadeza porque normalmente llegan a consulta personas con un discurso de culpa y son culpas que se generan normalmente por el espacio que habitan o por las personas que frecuentan más que por ellas mismas. Las veces que sucede que es por ellas mismas tiene que ver con el sistema de valores con el que ha crecido y con el que sostiene su familia”, precisa Cynthia. También añade que, para tratar estos casos, deben tomar en cuenta datos que contextualizan la vivencia de la persona.

Pero las mujeres que se han animado a hablar con los psicólogos sobre la decisión que han tomado, han experimentado juzgamiento y críticas, por la existencia de un sesgo a la hora de la sesión terapéutica

“Yo he ido a dos psicólogos. Al primero he ido específicamente por el aborto, he ido ambas sesiones. En la primera no he podido hablar mucho porque no me sentía cómoda, en la segunda sesión he intentado abortar el tema de aborto porque realmente necesitaba. No me generó mucha confianza, me miraba con desaprobación y tampoco decía nada”, comenta Jimena. Andrea comentó que pasó por algo similar.

“Lastimosamente, no pude acceder a tratamiento psicológico, tenía miedo de contarle ese momento a quien entonces era mi terapeuta ya que no sabía sus posturas y tenía miedo de ser juzgada”, recuerda Lucia, con tristeza.

Finalmente, Cinthya comenta que, al asistir a estos espacios, los profesionales deben ser éticos y no juzgar las acciones de la persona. «Lo que se está haciendo ahí es otro trabajo, es orientación muchas veces, otras veces se solicita contención, también hay casos en los que se trabaja con duelo, o, por ejemplo, resolución de conflictos. No hay una idea que se contrapone a otra y ayudarle a la persona a resolver estas culpas o estos duelos son parte de nuestro trabajo», menciona.

Agrega que existen muchos psicólogos que no son psicoterapeutas, lo que trae consecuencias graves. Afirma que es esencial incorporar la perspectiva de género en las terapias realizadas, que pueda permitir un análisis puntual de lo que la mujer está viviendo, y poder aplicar mecanismos que ayuden a mejorar la salud mental de la paciente. Pues la salud física debe ir siempre ligada a la mental.

Yndira Perea: “La danza es importante para mí porque desde allí puedo crear espacios de transformación”

Yndira Perea: “La danza es importante para mí porque desde allí puedo crear espacios de transformación”

Por Arleth García

Yndira Pereda es una mujer Chocoana, primera bailarina y co-fundadora de la compañía Sankofa Danza Afro y creadora de la compañía Wangari que empodera mujeres afrodescendientes a través de la danza.

Yndira llegó a Medellín a los 17 años con el sueño de convertirse en bailarina. Ese sueño se convirtió en una experiencia que la haría “volver a la raíz” con Sankofa, una compañía de Danza Afrocolombiana que, más que una palabra, es una filosofía africana que propone conocer el pasado como condición para comprender el presente y poder dimensionar el futuro. 

Este pensamiento ha guiado el camino de la corporación fundada por Rafael Palacios en 1997, como espacio dedicado a la formación y la creación en danza entre las Comunidades Negras en Colombia y otras poblaciones vulneradas en sus derechos humanos.

Años después Yndira seguiría el ejemplo de su maestro Rafael al fundar su propia compañía de danza afrocolombiana llamada “Wangari” que busca empoderar a las mujeres, esto, porque según sus palabras: “Debemos empezar a contar nuestras propias historias y para que no venga otra persona a hablar de algo que no ha vivido. Es importante que la misma comunidad afrocolombiana pueda crear estos espacios”.

Como parte de las presentaciones que realizó la compañía “Sankofa” con motivo del Festival Danzatlán 2022 en diferentes Estados de México, pudimos conversar con Yndira sobre la importancia de transmitir por medio de la danza la falta de oportunidades para las personas afrodescendientes, así como la desigualdad social y racial que esto implica. 

¡Yo quiero bailar!

Imagen que contiene deporte, mujer, parado, azul

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Fotografía cortesía de Yndira Perea

¿Cómo llegaste a la danza?

Comencé en la danza desde que tenía cuatro años. La persona que me inspiró fue mi abuelita, Ramona García, una mujer a la que le tocó lucharse la vida, esto porque también existe el abandono de los hombres a las mujeres afro y entonces ellas tienen que seguir como guiando el camino en este caso sus hijas. Me inspiró esta mujer poderosa que logró sobrevivir y sacar adelante a sus a sus hijas sola.

¿Cuáles fueron los retos que enfrentaste para poder bailar?

Cuando me trasladé a la ciudad de Medellín para comenzar mis estudios profesionales fue un poco difícil porque yo lo que quería era danzar, pero claramente la sociedad no ve la danza como una profesión digna, sino como una afición. Fue complicado poder decirles a mis padres que quería danzar, o sea, que la carrera que quería hacer era Danza. También me gustaba la contabilidad. Entonces mis padres dijeron: “bueno, vete y estudias Contaduría Pública”. Ahora soy Auxiliar Contable y licenciada en Danza por la Universidad de Antioquia.

¿Cómo enfrentaste esos estigmas y miedos?

Siempre se nos recalcó nuestro papel en la sociedad. Se nos dijo que no sabíamos y que no podíamos hacer mucho por ser personas afrodescendientes. Me gradué con honores en la Universidad y para mí fue difícil creer siquiera que mi tesis había sido aprobada. Fue impactante ver que otras personas habían validado esto que yo había escrito y a la vez fue un recordatorio para mí Yndira, de lo que soy como mujer afrodescendiente. Pienso que a veces nosotras mismas no sabemos el potencial que tenemos dentro porque nos han educado para no confiar,  no reconocernos y que, por desgracia, a veces lo sigo creyendo.

“Volver a la raíz”


Fotografía cortesía de Yndira Perea

¿Cómo llegaste a Sankofa?

Al maestro Rafael lo conozco en unas audiciones que presentó en Industrias Noel porque hacen unos espectáculos de Navidad.  Me presenté, pasé y fue allá donde conocí al maestro como director coreógrafo de este proyecto que también fue importante para mí porque me ayudó a crecer como artista.  Éramos diferentes bailarines de la ciudad y aprendí mucho de ellos. Allá estuvimos como cuatro años. Luego, el maestro crea Sankofa, es allí donde nos invita a cinco artistas y de ellos sólo quedo yo.

¿Cómo comenzó Sankofa?

Rafael Mario Palacios [quien la dirige] en su afán por reconocerse como un hombre afro busca estrategias para indagar acerca de quién es y qué es lo que quiere para su vida sabiendo que vive en una ciudad de población blanca mestiza como lo es Medellín, donde se crío y no había ninguna identificación como hombre afrocolombiano. 

¿Qué es Sankofa para ti?

Sankofa ha sido un proyecto muy importante en el que he creído firmemente, así como de la guía del maestro. Creo que es difícil poder encontrar a un maestro como Rafael Palacios que te guía el camino, pero que también te ayuda a entender lo difícil de este y acompaña también tus pasos.

Poéticas que parten de la raíz de la Danza Afro

Dibujo de una persona

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Fotografía cortesía de Yndira Perea

¿Qué ha implicado la Danza Afro en tu vida?

He tenido la formación en danzas afro contemporánea con mi maestro y también con la maestra de él, que es Ireneta Sambedo. Estuvimos en Burkina Faso, África, donde estudiamos por tres meses. Ahí entendí esas otras maneras y otras formas de trabajar el rigor, aprender cómo trabajan los africanos y la visión que tienen. Así como la importancia que tiene la tradición como su raíz y con la firmeza de la que parten para hacer su danza contemporánea. 

De esa experiencia en Burkina Faso me vine con muchos aprendizajes, como su nombre lo dice, es una tierra digna me permitió llegar a un éxtasis en la danza y exigirle a mi cuerpo y a mi mente cierto. Porque a veces tenemos muchas trabas mentales y con la Danza Afro puedo romperlas y llevar mi cuerpo a otro nivel con una nueva mirada como mujer y como mujer afrodescendiente.

¿Cómo ha sido el proceso de politizar la danza?

Bueno, con la puesta en escena de “La ciudad de los otros” hemos recorrido el mundo hablando de cómo nosotros, jóvenes afrodescendientes en una ciudad que no es la nuestra y cómo vivimos esto, cómo se sigue perpetuando, las miradas exóticas eróticas y sobre el cuerpo racializado. Considero que Sakofa es una de las compañías más importantes de Colombia por su formación y técnica en danza, pero también por eso que queremos narrar desde nuestro cuerpo.

¿Cómo es danzar con un mensaje político?

Son movimientos que no son vacíos de contenido, sino que están llenos de historia y es así como consideramos nuestro cuerpo:  como el primer territorio el que está lleno de historicidades que queremos contarle al mundo para concientizar a las personas. Me ha dado fuerza como mujer afrodescendiente para crear otros procesos, porque tienes que conocer tu realidad y estar atenta a lo que sucede en el territorio. Para nosotras [mujeres afrodescendientes] es importante protegernos porque nadie más lo va a hacer. Las personas no negras no van a hablar por nosotras. Son muy pocas las que acompañan este camino y que apoyan tus luchas.

Wangari: empoderar mujeres afrocolombianas a través de la danza

Dibujo de una mujer con un vestido de color negro

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Fotografía cortesía por Yndira Perea

¿Qué mensaje quieres transmitir a las mujeres afrodescendientes con la danza?

Que somos una comunidad y tenemos una responsabilidad porque somos mujeres afrodescendientes, empobrecidas, y que además vivimos en una ciudad que no es la nuestra y que se nos sigue racializando y no se nos permite llegar a unos espacios importantes para nosotras como lo es quizás la educación, estar en esos espacios de poder desde donde podemos crear estrategias para para transformar una sociedad. Entonces, sin duda, la danza es importante para mí porque desde allí puedo crear espacios de transformación .

¿Qué espacios se pueden transformar con la danza?

Se puede invitar a jóvenes de la ciudad, niños, niñas, adolescentes y personas adultas que se permitan reflexionar acerca de lo que está sucediendo en nuestro territorio con la gente afro, con la gente indígena, con la gente LGTBTIQA+. Con esas poblaciones que han sido vulneradas. Siento que como artista afro tengo responsabilidades muy importantes y que no son fáciles.

La transformación social se va dando de a poco, pero por eso me permito brindar estos espacios [de danza o artísticos] que no se nos da en las instituciones educativas porque esa es otra cosa, las instituciones educativas no quieren que veamos lo que está sucediendo, no quiere que hablemos, no quiere que pensemos. También debemos reflexionar desde esta mirada para crear nuevas maneras de permitirnos transformar nuestra mente.

¿De allí es que surge la necesidad de hacer tu compañía de baile?

Sí, Wangari es este espacio donde puedo decirle al mundo sobre lo que está pasando con las con las mujeres afro en el territorio. Mi lugar de enunciación como mujer afrodescendiente me permite resaltar el valor y el poder de la mujer afro, en una sociedad donde tu color de piel es estigmatizado y nuestros cuerpos son territorio de guerra. Por eso, ha sido tan importante para mí producir estos espacios de danza porque es desde allí que se genera una conciencia crítica para combatir, desmontar y deconstruir estos lenguajes que perpetúan el racismo y la exclusión. Sobre todo, esa subordinación que nos trata de imponer el colonialismo.

Creo obras que van desde nuestra tradición y reflejan la importancia de nuestra tradición para, conservarla, valorarla y visibilizarla. Pero, también me permito crear obras con una reflexión crítica acerca de lo que está sucediendo, por ejemplo “Trenzadas” es una obra que se pregunta por la equidad de género y la violencia como factor resultante de imposiciones machistas y cómo se desarrollan estas opresiones sistemáticas, no solo en las mujeres, porque inicialmente analizamos lo que está ocurriendo con las mujeres, pero luego nos damos cuenta de que el hombre también está cayendo en estas en estas agresiones.

“Nunca olvides de dónde vienes y tu esencia, para poder construir tu futuro”

¿Qué le diría la Yndira de ahora a la que llegó a Medellín con el sueño de ser bailarina?

Bueno, que ha sido una mujer muy luchadora, muy poderosa y que siga sus sueños. Que nunca olvide su esencia y de dónde viene para poder construir su futuro, que, aunque se ve lejano, vas caminando hacia allá. Que siga construyendo estos espacios donde puede transmitir los conocimientos y más que transmitir los conocimientos es un lugar de respeto y de escuchar de las otras.

También decirles a las infancias que son el futuro de nuestro país [Colombia] que sigan su intuición, que sigan luchando por lo que en realidad desean ser en la vida y que lo más importante es poder construir en comunidad.

La lucha de las mujeres con VIH en la Amazonía

La lucha de las mujeres con VIH en la Amazonía

Por Zoila Antonio Benito

Ilustración: Carolina Urueta.

Este reportaje fue publicado originalmente por Revista Volcánicas, con el apoyo del proyecto Alianza Liderazgo en Positivo y Poblaciones Clave – ALEPPC. 

“Trato de llevarlo de la mejor forma”, dice Gisella Correa, de cabello corto, negro y lacio,  tez blanca y ojos grandes y negros, sin perder su sonrisa. Tiene el Virus de la Inmunodeficiencia Humana desde 1994, unos 13 años después de que el primer caso de VIH fuera detectado en el mundo y, para ese entonces, solo había 11 casos diagnosticados en el Perú. 

En la década de los noventa, el machismo como los estigmas y la discriminación hacia las mujeres con VIH positivas eran cotidianos. Gisela inició su tratamiento hasta 1999; como no se encontraba en Lima, la capital, su situación se volvía más compleja. “No era el tratamiento ideal”, afirma Gisela: “Era de dos drogas. El tratamiento adecuado es mínimo de tres medicamentos antirretrovirales. Eso hizo que hiciera resistencia”. La situación social y económica de Loreto y de la propia Gisela, cobraron consecuencias en su salud.

Gisela es de Loreto, el departamento más grande del país, ubicado en la región Selva. También llamada Amazonía peruana, esta región de grandes ecosistemas cubre el 60% de todo el territorio nacional. En la Amazonía cruzan numerosos ríos de diferentes caudales originados en áreas de climas distintos. Conforma 15 de los 24 departamentos del Perú, comprendiendo Loreto, Ucayali y Madre de Dios, y parte de Amazonas, Cajamarca, Huancavelica, La Libertad, Pasco, Piura, Puno, Ayacucho, Junín, Cusco, San Martín y Huánuco. 

Este reportaje aborda los obstáculos sociales y económicos de una población poco atendida: las mujeres VIH positivas que viven en la Amazonía de Perú. Debido a la extensión geográfica de la selva peruana, el número de casos y la falta de información y datos de la situación de las mujeres con VIH en esta zona, consideramos pertinente delimitarlo a tres departamentos: Loreto, Madre de Dios y Ucayali. Hasta el 7 de septiembre del 2022, se había notificado de 380 mujeres con VIH en estos tres departamentos de la selva, independientemente del año de diagnóstico.

* Fuentes demográficas: último censo del Instituto Nacional de Estadística e Informática – INEI (2017) / Loreto, Ucayali y Madre de Dios
*Fuentes casos registrados VIH: Sala situacional del Centro Nacional de Epidemiología, Prevención y Control de Enfermedades – CDC
*Los datos de hombres y mujeres son en tanto el sexo de la persona 
*Los casos registrados de VIH son acumulables cada año. Incluye a todos los estadios de la infección, también el estadio sida.

La selva y la dificultad de llevar información y tratamientos

Aunque esta región representa una de las selvas más importantes del continente debido a la diversidad biológica y a su contribución de oxígeno para Perú y el mundo, la misma geografía complica el transporte y paraliza los servicios más esenciales de las personas que la habitan, como la atención médica, que corresponde al derecho a la salud.  

Les habitantes pertenecen a pueblos originarios. Según data actualizada hasta el 2020, en Loreto, existen 1,642 localidades pertenecientes a los pueblos indígenas u originarios, mientras que en Ucayali son 20 y en Madre de Dios, 10.

“En el caso de la población indígena es más complicado”, enfatiza Mayra Saveedra, representante de epidemiología del Ministerio de Salud en Ucayali. “Si te hablo de una mujer mestiza, en una zona urbe, se va a enterar de su diagnóstico y hasta va a determinar, probablemente, quién le transmitió el virus. Va a recibir tratamiento, información y, probablemente, va a seguir con su vida”, añade. El tema geográfico juega un rol fundamental: “Si yo voy (a los pueblos indígenas u originarios) con muchas pruebas rápidas o testeo, probablemente muchos de ellos vayan a salir activos, pero no podría iniciar tratamiento si es que no hago la contraprueba para confirmar que es un caso”, apunta Saavedra. 

Realizar una contraprueba en la selva implica viajar nuevamente a estas localidades, lo que puede depender tanto de las temporadas de lluvias como de las crecidas de los ríos. Además, al ingresar se debe pedir permiso, previamente, con el jefe, jefa o encargado de la población. Por el contrario, en los espacios urbanos donde se cuenta con todas las facilidades para hacer esta prueba, las personas acuden al centro de salud más cercano a su domicilio con su Documento Nacional de Identidad (DNI). Solicitan, de manera gratuita, una prueba rápida de detección de VIH. El resultado estará disponible en 20 minutos, siendo completamente confidencial. Si sale positivo, se requerirá una segunda prueba rápida u otra que confirme la condición.

La atención médica a mujeres VIH positivo que se ubican en pueblos indígenas tiene limitantes, sobre todo, por factores geográficos, económicos e interculturales. Foto: Probitas y Unicef

En los departamentos abordados en este reportaje, muchas veces el personal de salud acude a las comunidades que no cuentan con un establecimiento de salud para desarrollar campañas de despistaje de VIH. Pero, estas dinámicas no suelen ser frecuentes, debido a las barreras geográficas, sociales y de presupuesto existentes. Por su parte, a las mujeres con VIH en estas comunidades se les dificulta ir a los centros médicos, por las mismas y otras razones.

“La descentralización sería importante”, insiste Jeiser Suarez, poblador shipibo y locutor de un programa de radio para poblaciones shipibas. “Imagínate una región como Ucayali que tiene cuatro provincias, 19 distritos y con una población creciente con casi 497 mil personas. Esto es algo alarmante para estas mujeres que tienen que viajar, llegar, exponerse, pasar humillaciones, estigmatizaciones y discriminaciones”. Todas estas son formas de violencia sistémica.

“‘Ay, pues señora, pero tiene que hacer un esfuerzo. Tiene que venir de su comunidad. ¿Acaso yo soy la enferma? Tú eres la enferma. Tú tienes que hacer todo lo posible’, dicen. Pero esta señora vestida de blanco [parte del personal médico] no tiene ni la menor idea de lo que pudo pasarle a esa otra señora. Puede ser que sus hijos, familiares o amistades no saben [que es VIH positiva]. Quizás vino de la comunidad diciendo ‘voy a vender mi artesanía’ o ‘voy a hacer algunas compras’”, cuenta Jeiser, al preguntarle cómo las mujeres con las que ha conversado en su programa de radio perciben el trato hacia las personas VIH positivas en su localidad.

La socióloga feminista Julia Monárrez señala en entrevista que la violencia sistémica la sufren, en diferente medida, las mujeres. Tiene una estructura cultural, económica, política y hasta religiosa. Monárrez comenta también que cuando a las víctimas del sistema se les presenta como figuras culpables, es más difícil sentir por ellas empatía. Sentir culpa al recibir el diagnóstico de VIH es una constante en las mujeres y esto obstaculiza que busquen el acompañamiento que necesitan y no reclamen sus derechos como ciudadanas o como parte de la comunidad. La lucha empieza desde el momento en el que se sienten responsables y no ciudadanas con derecho a la salud y un tratamiento contra el VIH.

La pobreza también juega un rol en contra para las mujeres con VIH: “Es una limitante porque allí vamos a la condición de extrema pobreza. ¿Cómo va a gastar si no tiene ni siquiera un transporte menor, que es lo que llamamos ‘peque peque’?, ¿cómo va a gastar combustible yendo a un servicio? Esos factores de geografía, pero también de pobreza extrema al juntarse terminan siendo una gran limitante”, agrega Mayra Saavedra.

Porque no se trata solamente de un viaje de ida y vuelta. Para que una mujer VIH positiva regule su situación y no llegue a desarrollar sida, es indispensable que constantemente acuda al centro de salud más cercano. Allí, no solo se realizará el descarte con dos evaluaciones (prueba y contraprueba), sino también se aplicará la evaluación de su situación y el tratamiento respectivo.

“Por eso es que probablemente cuando hablan de VIH, siempre mencionan la selva, que hay gran índice o incidencia de casos de VIH, pero repito, no es por los indígenas amazónicos. Somos los mestizos los que probablemente volvemos más vulnerables a esta población, porque somos nosotros los que tenemos el gran porcentaje de infección de VIH. En esta alta transmisión que podamos hacer nosotros hacia ellos es que vamos llevando todas estas enfermedades”, enfatiza Mayra.

La lucha de las mujeres por su derecho a la salud

Esto no solo ocurre con mujeres VIH positivas de los pueblos indígenas u originarios, sino con la población general que vive en la zona: “Una se siente como un bicho, como lo peor”, recuerda Tiffany Jiménez, representante de la organización de salud sexual y reproductiva llamada Promsex en Madre de Dios. Ella vive con su hija menor en la capital de Madre de Dios, Puerto Maldonado y en uno de sus chequeos salió positiva para VIH.

“Fue terrible para mí”, recuerda. Tuvo que viajar a Cusco, a seis horas en bus, para seguir el tratamiento: “El tema de la estigmatización, ellos manejan un código que estás atendiendo una persona con VIH. La persona que me iba a sacar sangre, imagino que sería un practicante, se sorprendió y estaba temblando al atenderme. Se puso tan nervioso, que al poner la jeringa mi sangre empezó a chorrear. Esa persona no sabía qué hacer. Fue bastante duro”, recuerda.

Estuvo casi un año en tratamiento, hasta que decidieron hacerle nuevamente la prueba de Elisa, que es aquella que detecta el VIH en el organismo: “Me llegaron a dar la buena noticia de que era negativo. Me chocó tanto que ni siquiera quise celebrar. Tenía miedo de que no fuera verdad”. Con ello, Tiffany se dio cuenta de que estas pruebas no garantizan un resultado 100% certero. Recibió tratamiento contra el VIH sin tenerlo.

El derecho a la salud y acceso a la información todavía están reservados para pocas personas. Alexandra Tapia es promotora de salud del programa TARGA (siglas de terapia antirretroviral de gran actividad). A través de ese programa se brinda, de manera gratuita, medicina antirretroviral a hombres y mujeres VIH positivos. Es gracias a TARGA que Alexandra, en Puerto Maldonado, Madre de Dios, ha podido realizar orientación y psicología. También se apoyan de la Dirección de Protección Especial del Ministerio de la Mujer. “Con ellos tenemos varios casos”, apunta.

Dar medicinas es un trabajo complejo y extenso que, en teoría, le corresponde al Estado, específicamente al Ministerio de Salud. Así lo explica Marlon Castillo, representante de Givar – Grupo Impulsor de Vigilancia del Abastecimiento de Antirretrovirales: “El personal que hace ese tipo de trabajos en algún momento hace otro tipo de actividades. Como les pagan algunas movilidades por hacer ese trabajo, la gente cree que es del Ministerio de Salud y que tiene que hacer otras gestiones que no están escritas en su funcionamiento”.

Alexandra también tiene un grupo independiente conformado por pacientes VIH positivos del Hospital Santa Rosa de Puerto Maldonado. Muchos de ellos tienen temor de que personas cercanas se enteren y divulguen su situación: “Trabajamos para que les puedan brindar consejería y orientación a los antiguos y a los que están ingresando. Hacemos actividades para un fondo en caso queden niños huérfanos. Nadie nos apoya”.

En el Hospital Santa Rosa de Puerto Maldonado, Madre de Dios, Alexandra Tapia es promotora de salud del programa TARGA.

Hay otras personas solidarias que también hacen un cambio en la selva peruana, desde su propio testimonio de vida: Silvia Barbarán se convirtió en toda una referente de la lucha contra el VIH en Iquitos, capital de Loreto, desde los primeros años de la década del 2000. El 2001 ingresó al Seguro Social por dificultades en su salud. Allí le diagnosticaron VIH:  

“Pasé un proceso de enfermedad emocional doloroso porque tenía muchos malestares. Estuve en estadío sida en el 50% de mis defensas. Era bajísimo”, recuerda. En ese momento, el tratamiento para el VIH solo se daba en Lima, poniendo como prioridad a las personas que viven en la capital peruana. “Ya no querían gente de provincia. Mi familia luchaba para llevarme a Lima. Los del seguro social no querían. Hasta que lo logré. Me aceptaron. Era como ‘el sacarse la lotería para la gente de provincia’”, enfatiza.

Ese mismo año, en noviembre, Silvia decidió dar a conocer su caso en una conferencia de prensa: “No quería que les pase a otras personas lo que me estaba pasando a mí, por desconocimiento o desinformación de no tener de repente el cuidado adecuado”. Pese a compartir su mensaje, la discriminación y estigmatización seguían presentes. 

Después, organismos nacionales comenzaron a invitarla a formar redes para luchar por el tratamiento. También iba a colegios y trató de formar una organización, llamada Lazos de Vida. Llamó a más personas VIH positivas con quienes organizaba reuniones y consiguió ayuda de médicos, enfermeras y estudiantes. Con ellos se plantearon la tarea de que sus compañeros tuvieran al menos atención médica. En aquel tiempo, en Perú se disponía de atención solo paga para pacientes VIH positivos y sida: “Yo sí tenía tratamiento, pero los que estaban a mi lado, no”, afirma. 

Como era visible, la llevaban a Lima para hacer plantones y marchas. Hacía activismo. Pronto, su perseverancia y la de sus compañeros tuvo frutos: en 2004 lograron que el Fondo Mundial aceptara la propuesta de Perú para que el Estado incorporara el tratamiento antirretroviral gratuito en todo el país, adoptando la medida también (aunque en diferentes años) países como Argentina, México, Uruguay, Cuba, Ecuador, Nicaragua Paraguay, Bolivia, Panamá, República Dominicana y Brasil. En Perú, Silvia y sus compañeros fueron los primeros en recibirlo. 

Con un equipo más sólido, continuó haciendo labor social: apoyó a enfermos de VIH / SIDA en hospitales, iba a los domicilios a dar el soporte emocional y hablaba con sus familias. Después de años de charlas de prevención y activismo, observó que estaban naciendo niños con VIH en las provincias de Iquitos: “Morían allá porque en realidad no había atención”. De esa manera, en 2007 comenzó a gestar un hogar para los menores de edad y sus madres. “Venían las mujeres por referencia. Las obstetrices de las diferentes zonas conocían del hogar y las mandaban. Comenzamos a atender a gestantes que venían para la cesárea. Estaban acá 20 o 25 días y luego ya regresaban con su tratamiento y su bebé a su zona de origen. La tarea es darle una atención integral a todos estos niños, alimentación y educación”, asegura. Así inició Lacitos de luz.

Fachada de la casa-hogar Lacitos de Luz, ubicada en Iquitos, Loreto, Perú. Foto: Silvia Barbarán.

Partiendo de su experiencia, Silvia desea que personas jóvenes que viven en el hogar se empoderen y sigan su ejemplo, como Wendy: “Ella se ha criado prácticamente en Benjamin Constant, en la zona de Brasil. Está acá desde que tiene 11 años. Estaba motivada como lideresa porque yo le decía: ‘Mira, ya tengo muchos años en esto. Es tu turno’. Ahora está abocada estudiando enfermería. Como es joven, le dije que todavía tiene tiempo para el activismo”, menciona. 

Se necesita valor: “Las mujeres necesitan de la fuerza, primero, para empoderarse y entender que tenemos derechos. A partir de ahí seguimos peleando por esa igualdad que está, muchas veces, en las constituciones nacionales, pero en la práctica no”, afirma Mirta Ruiz, secretaria del Movimiento Latinoamericano y del Caribe de Mujeres Positivas.

La contención emocional también es necesaria, venga de donde venga. Para Jeiser Suarez es así. En su programa de radio Axenon Ikanwe, aborda el VIH desde diferentes enfoques. Mujeres shipibas le escriben por redes sociales o le llaman para contarle sus casos. Escriben o preguntan por ‘una amiga cercana que tiene VIH’: “Yo sé que no es la amiga, sino la misma persona. Yo con mucha amabilidad les digo ‘¿dónde puedo visitarte para poder conversar y entregar algunos materiales o folletos para más información?”. Por ello, ha podido conocer las diferentes realidades que estas mujeres enfrentan.

Jeiser tiene una familiar con VIH positivo: “Yo tengo una señora que tiene casi 60 años, es shipiba y tiene VIH. Ella está muy informada. Para mí es una líder. Si el espacio en el sistema peruano diera oportunidades a que los líderes natos con unas enfermedades, se empoderen bien y ellas compartieran la información, sería otra cosa. Necesitamos escucharlas, empoderarlas para que sean educadoras de pares”. 

Sin embargo, también hay pacientes que se rinden y abandonan el tratamiento: “Hace poco, una señora con VIH estuvo a punto de decir ‘Hasta acá no más’, si nosotros no la hubiésemos ayudado. Aparte de que no habla bien el castellano, tenía dificultades económicas. Para mí ha sido muy triste”, recuerda Jeiser. El virus puede atacar a todos por igual, pero no todos tienen las mismas fuerzas para sobrellevarlo. Los factores psicológicos y emocionales no deben ser subestimados, ya que generan una afectación adicional en las personas con VIH.

Alexandra Tapia también es consciente de que hay pacientes que se rinden y abandonan el tratamiento y que necesitan apoyo psicológico. Por ello brinda contención emocional a las mujeres VIH positivas, sobre todo aquellas que se encuentran dentro de la población activa para trabajar:

“Cuando ellos quieren postular a una oficina o una entidad pública del Estado o particular, les piden los exámenes médicos. Muchos tienen temor. Por ello lo abandonan. Si en el control sale positivo, no lo van a obtener. A muchos del programa los han botado del trabajo por esa razón. Yo les digo: ‘Oye, si alguien te bota por tu diagnóstico, hacemos esto, tenemos leyes que nos protegen’ pero ellas y ellos tienen temor de que se enteren todos. Por eso tiene que ser un trabajo individual para que se puedan sostener, no un trabajo en una oficina o para el Estado”. Añade que, aunque ella les explica que hay derechos que les corresponden, a veces el miedo puede más. 

Por esta razón, muchas optan por el silencio: “Cuando no conocen las leyes que las amparan y no las empoderamos, va a ser muy muy difícil que estas mujeres salgan y digan que tienen VIH a reclamar sus derechos”, reflexiona Jeiser. 

El costo económico de vivir con VIH

La economía de las mujeres VIH positivas en la selva tiene un impacto determinante en su modo de vida. Activistas, voluntarios y organizaciones se hacen cargo del trabajo que debería nacer del Estado frente a esta situación.

“Yo perdí mi trabajo porque no podía ir al local. Cuando dijeron que algunos iremos de forma presencial, y comentaron que yo era una persona vulnerable, que no podía ir a trabajar, me anularon el contrato”, cuenta Gisela Correa, una de las entrevistadas de este reportaje. Lamentablemente, el suyo no es un hecho aislado.

Activistas, voluntarios y organizaciones apoyan la prevención y tratamiento de las personas con VIH. Foto: Gisela Correa

Los años de activismo le han servido de experiencia a Silvia Barbarán, fundadora y directora de la casa hogar Lacitos de luz, para gestionar la atención que brinda a mujeres y niños con VIH positivo en Iquitos. Lo que Silvia busca es que sus integrantes tengan una carrera académica o técnica, y que puedan dejar el hogar siendo profesionales: “Ya han salido dos, una chef y una administradora. Ahora tengo tres que están comenzando sus carreras. La idea es que vayan con una carrera técnica corta para que ellas puedan valerse”. 

Asimismo, y pese a que no les brinda refugio, al ser el lugar todavía pequeño, Silvia  apoya con canastas de víveres a más de 50 familias VIH positivas de bajas condiciones económicas. En esta época escolar, también brinda kits básicos de útiles para el colegio y comenta que ha observado situaciones que le preocupan en cuanto a educación sexual y planificación familiar:

“Enseñar a las mujeres lo que es la planificación, mayormente no en el centro, sino en las zonas apartadas, en la periferia de la ciudad”. 

Por su parte, Alexandra Tapia ha buscado apoyo económico para hombres y mujeres VIH positivos en la municipalidad de Madre de Dios: “Hemos presentado un documento al municipio del cual nos están brindando un apoyo cada tres meses, pero no es suficiente”, señala, refiriéndose a la solicitud de apoyo para los pacientes VIH del Hospital Santa Rosa. 

Son mil personas las que reciben tratamiento, pero los que están en espera por exámenes son 200 a 300. “Solamente nos dan alimentos. Nos mandan apoyo cada tres meses, pero solo una porción, que es lo mínimo, como para 20 personas. Pueden ser víveres: 10 kilos de arroz, a veces 15, pero no más. También algunas otras pequeñas cositas. De una ración tengo que dividir para dos. No es para todos, porque algunos trabajan, es para los que necesitan”, comenta. De esta manera, desean evitar que los pacientes caigan en la indigencia o dependan de un tercero para salir adelante. 

Al igual que Silvia, Alexandra también ve por madres de familia e hijos: “Si mamá fallece, ¿con quién queda el niño? ¿Qué hacemos?. A veces sus familiares no quieren tenerlo”, menciona. Debido a su trabajo, en cercanía con las Unidades de Protección Especial – UPE del Ministerio de la Mujer, acude a ellas para que se encarguen de los menores de edad. “Se los llevan a un albergue, a las justas. Quisiéramos tener una ONG que nos apoye con comida”, reclama. Pero, ¿cómo sostiene económicamente el paciente su tratamiento? ¿Qué pasa con aquellos que no están en el Sistema Integral de Salud (SIS)? 

“Va a seguir siendo un limitante”, comenta Mayra Saavedra: “el equipo médico no está en cualquier lugar alojado y en donde se realiza este tratamiento solo hay a nivel hospital. Es el personal de salud quien solicita a su cabecera de red correspondiente la identificación de estas personas para el tratamiento correspondiente”. Es importante recalcar que esto se realiza bajo el esquema de identificación binaria de hombre – mujer, lo que discrimina la diversidad de género.  

El problema es la sostenibilidad de estos tratamientos. Ahí va, nuevamente, la deficiencia: “Influye la dispersión, geografía, pobreza, vas tú o voy yo, cómo yo dejo mi servicio de salud por una persona hasta esa comunidad. Allí va el trabajo articulado con los agentes comunitarios, hay varias cosas aún que siguen en proceso. Para el VIH funciona más la medida preventiva, que el tratamiento continuo” concluye Mayra. 

EL VIH en la selva peruana durante el Covid 19

Esto también se vio reflejado en los casos de VIH cuando se sumaron a otras enfermedades como la COVID: “El tema fue COVID y nada más. No había personas con VIH con COVID, personas con tuberculosis con COVID, personas con cáncer con COVID, no. Era COVID y punto. Ahorita no se sabe cuántas de las personas con VIH se han muerto, por ejemplo con COVID”, afirma Jeiser Suárez. 

“Enhorabuena tengo el seguro ESSALUD. El año pasado tuve COVID y después he tenido muchas crisis de asma. Por ello he usado tratamientos agresivos que me pusieron a la vena una semana, todos los días corticoides y antibióticos. Eso afectó la fortaleza en mis articulaciones, en las piernas y en los brazos. Me he caído varias veces. No la pasé muy bien, porque cuando me caigo o me hiero no puedo tomar medicamentos para el dolor porque afectan el hígado. No porque yo decidiera no tomarlos, sino que empiezo a vomitar. Termino en el hospital y me ponen suero. Estos siete meses han sido difíciles” reconoce Gisela Correa. Ella espera que de aquí en adelante pueda mejorar. Si Gisela no tuviese dicho seguro, tendría que correr con los gastos del tratamiento y/o los medicamentos que consume.

Gisela Correa recibe atención en el Hospital III Iquitos de Essalud Loreto, Perú. Foto: Gisela Correa

Además de ser VIH positivo, Gisela es activista. Desarrolla diversas actividades de prevención y brinda ayuda a personas VIH positivas en Loreto. “La pandemia fue terrible y (con sus compañeras) casi que nos desarticulamos. Cada uno está tratando de salir de esta situación”, asegura.

Gisela y diversos activistas y pacientes con VIH en Loreto se reúnen para elegir a las personas que los representarán ante la Conamusa (Coordinadora Nacional Multisectorial en Salud). Con ello, pueden monitorear los recursos que llegan del Fondo Mundial para apoyar en la prevención y tratamiento de VIH en el país. Foto: Gisela Correa

Ante esta situación, Mirta Ruiz, representante del Movimiento Latinoamericano y del Caribe de Mujeres Positivas, es directa: “La empresa piensa que los activistas vivimos del aire que por ser activistas, no. Uno tiene que cobrar. Siempre pasa con las agencias de cooperación, que no reconocen el trabajo de las bases, cuando son precisamente las experiencias en el campo las que generan propuestas”.

Debido a que el VIH debilita los sistemas de defensa contra las infecciones, Gisela tiene diversos problemas de salud. Necesita que le atienda, además del infectólogo, el endocrinólogo, el cardiólogo y el neumólogo. Este es su itinerario de medicamentos de manera diaria:

“A partir de las seis empiezo a tomar tratamiento porque también tengo un diagnóstico de hipotiroidismo. A la hora tomo la medicina de protector gástrico, luego medicamentos para el hígado. Consumo mis alimentos y de allí los medicamentos para la gastritis y los del TARGA. Todo mi día más o menos tengo que ser ordenada porque hay medicamentos que hay que tomar con comidas para ingerirlos, porque producen alteraciones al estómago”. Sus citas en el hospital son muy seguidas: “Puedo tener en una semana dos o tres citas médicas. Ahora estoy más o menos bien”, asegura. 

Ante estas necesidades de cuidar la salud, la medicación es indispensable. Casos como el de Gisela se pueden repetir en mujeres con VIH positivo en toda la selva peruana. ¿Pero qué sucede si no llega el tratamiento requerido al centro de salud? ¿Qué pasa si reducen el presupuesto nacional para el tratamiento de personas con VIH?

El 2021, el Poder Ejecutivo peruano acordó reducir, para este 2022, el 45% del presupuesto destinado al VIH. En total son 128 millones de soles (casi 34 millones de dólares) menos que en  2021. “Nos preocupa qué va a tener que hacer el país para hacer los diagnósticos que son necesarios y cómo vamos a hacer para poder lograr para 2025 la meta 95-95-95 que se propone desde la Organización Mundial de la Salud. El Perú se ha comprometido a responder para alcanzarla”, dice Julia Campos, integrante de la Coordinadora Nacional Multisectorial en Salud (CONAMUSA) para el medio web Conexión Vida. Pese a que se tiene esta responsabilidad, el acuerdo sigue vigente.

Al ser preguntada sobre esta disminución de presupuesto, Mayra Saavedra respondió: “Hasta la misma región se vio obligada a desatender esto porque todos volteamos la vista hacia COVID. No podía pensar en VIH en ese momento. Tenías a la gente haciendo cola en los hospitales muriéndose en las mismas colas por COVID. No olvidemos también que hemos tenido un escenario que probablemente pensamos verlo en algún momento”.

Para la representante del Ministerio de Salud en Ucayali, el nivel de atención de COVID fue superior al de VIH: “No podía ponerme a ver VIH, que no es de muerte inmediata, dejando de ver COVID. No podías voltear la vista a mirar VIH cuando tenías gente muriéndose en tres o cuatro días y necesitando una cama UCI. Lamentablemente, no podría poner el sobrepeso a VIH al mismo nivel de COVID, porque este estaba muy alto”. Para la licenciada, han sido escenarios diferentes. 

Esta respuesta fue replicada a Marlon Castillo, representante de Givar, quien respondió:  “No hay justificación alguna para priorizar la vida de nadie. No es que porque tienes COVID tu vida es menos que las personas con VIH o lo contrario. Creo que lo que ha habido aquí ha sido un claro reflejo del mal sistema de salud que tenemos. Ha dejado entrever que no estamos preparados para afrontar un episodio como el que hemos vivido con la COVID”. 

Como parte de la labor de Givar, ellos recogen, a través de su número de celular, redes sociales o aplicación, las denuncias de pacientes VIH positivos en todo el Perú. Aquellas quejas hacia la demora de antirretrovirales y pruebas rápidas de VIH fueron las más recibidas. “Hubo deficiencias en la llegada de los medicamentos por problemas de transporte.  El tema geográfico es una de las principales barreras en la selva, además del internet y de la conectividad en la zona. Hemos hecho hincapié al Ministerio de Salud y a EsSalud a que provisionen de manera oportuna los medicamentos” dijo Marlon.

Además, el Ministerio se comprometió a entregar medicamentos a las personas VIH positivas, por lo menos para tres meses. Con ello, los pacientes evitaban ir al hospital y tener algún contagio: “No ha ocurrido en realidad. Esta norma, ya de por sí, tenía una especie de trampa. Decía que te dan tres meses de acuerdo a la disponibilidad de los medicamentos, entonces siempre no hay disponibilidad”, enfatizó Marlon. Es decir que la escasez de medicamentos se acentuó sobre todo en la pandemia. 

Marlon también se mostró preocupado por la posible resistencia que esto podría generar: “Van a ver personas que requieran productos mucho más costosos o no disponibles en el mercado local y con el peligro de las hospitalizaciones. Puede haber personas con VIH que dejan de tomar el tratamiento por un periodo prolongado y luego retoman ese medicamento o esas mismas terapias y va a llegar un momento en donde van a hacer resistencia. Yo he visto casos donde fallecen por abandonos a los tratamientos”, indica. 

Marlon agrega que el problema no solamente fue el tema de la provisión de medicamentos, sino también la falta de personal médico especializado para poder cambiar los esquemas de los pacientes, así como la transición de los tipos de seguros de salud durante la pandemia: “No había control de los tratamientos. Eso forma parte de un problema mayor que ha distorsionado la terapia médica de las personas con VIH de la selva. Además, hubo una desaceleración laboral, donde muchas personas tuvieron que ser despedidas. Teniendo un seguro que es de Essalud ahora tenías que irte al sistema del Ministerio de Salud. Es todo un problema porque cambiar de un sistema a otro hace que sea difícil obtener el tratamiento de manera inmediata”, comenta. 

No obstante, era necesario encontrar salidas, sobre todo para las poblaciones vulnerables, como son las mujeres y menores de edad. En ese proceso, y mientras velaba por las madres y niños de su albergue, Silvia Barbarán se dio cuenta de lo importante que es descentralizar el TARGA (terapia antirretroviral de gran actividad):

“El descentralizar, al menos en las capitales de provincias, para que las mujeres gestantes no estén viniendo a Iquitos con todas las complicaciones que eso conlleva. Muchas no pueden venir. Hablamos de muchas dificultades geográficas para las mujeres”, indica. 

Ella siempre tiene un plan ‘B’ por si el medicamento escasea en el hospital. 

El impacto de las problemáticas presentadas en la salud de mujeres VIH positivas en Loreto, Madre de Dios e Iquitos, probablemente no lo veamos ahora. Quizá aparezcan en uno o dos años más, cuando las personas con VIH hagan resistencia por no haber tomado sus medicamentos a tiempo, por haber estado sin tratamiento o sin controles periódicos, o tener cambios de esquemas de manera repentina. Mientras tanto, Gisela sigue manteniendo su sonrisa y optimismo. Ahora labora como docente en una universidad. Reconoce que la paga no es mucha, pero se ajusta en sus gastos. Pase lo que pase, rendirse no es una opción. 

Angelina Medina, la historiadora de la salsa en el Perú

Angelina Medina, la historiadora de la salsa en el Perú

Por Zoila Antonio

¡(Mujeres) presentes!: Angelina mostrando el afiche del concierto de la Fania All Stars realizado en Lima, Perú, 2012. 
Foto: Intervención de La Antígona.

Su vida estuvo marcada de casualidades y atrevimientos, pero, sobre todo, de salsa. Angelina Medina (Lima,1973) no fue una niña que siguió la música que estaba de moda entre sus amigos: con tan sólo tres años, este movimiento musical – como ella lo define – la atrapó a poco de irse a dormir. A los seis empezó a descubrir más del género que su papá rechazaba y a los trece años fue a cuatro de las cinco noches de concierto que Héctor Lavoe, ‘El cantante de los cantantes’, dio en Lima. Ahora, entre su negocio de vinilos, una radio web propia y su investigación sobre ‘La tigresa de la salsa’, Lita Branda, Angelina recuerda los sucesos que la identifican como historiadora de la salsa en el Perú entre una gran cantidad de hombres que lo investigan y difunden. Nadie le quita lo bailado.

“Fue un flechazo”, así define Angelina su encuentro con la salsa. En Jirón Antonio Raimondi, entre los distritos limeños de Cercado de Lima y La Victoria, 1976, las fiestas eran recurrentes, así como la música a todo volumen, el baile y el alcohol. El Gran Combo de Puerto Rico, la Sonora Matancera y Dimensión Latina eran grupos que sonaban en los parlantes de los vecinos. 

El ritmo también llegaba a las ventanas de la habitación de Angelina. El sonido se hacía más claro de madrugada, cuando estaba a punto de descansar, lo que no pasó desapercibido.  “Estaban escuchando un tema de Dimensión Latina con Óscar D’León. Me llamó la atención el sabor y el swing del tema. Hubo química. Yo estaba descansando, era muy pequeña. Esa fue la primera vez que escuché salsa”, afirma. Descubrirla fue muy casual.

De ti depende 

Su mamá prefería música criolla y su papá la folklórica y las cumbias. La música la rodeaba, pero no con aquellos géneros con los que simpatiza. No conoció los gustos musicales de sus abuelos. Ambos migraron a Lima. Su abuelo, proveniente del norte del Perú, falleció en un accidente cuando su mamá tenía 15 años, mientras que su abuela, nacida en Tarapacá, antes de pasar a territorio chileno debido a la guerra que hubo con el país vecino, falleció de diabetes meses antes de que Angelina naciera. Pero no es hija única. Tiempo después llega su hermano. Al ser una persona con habilidades diferentes, su mamá decide pasar más tiempo con él. 

Tocaba ir con ellos a reuniones de amistades o familiares. Es ahí donde, además de los grupos que constantemente escuchaban sus vecinos, se suma un artista que también marcaría su vida y su interés por la salsa: Héctor Lavoe. Allí también descubre un elemento que la conecta con el mundo salsero: los vinilos. Angelina ya empezaba a leer, lo que le permitió conocer más. “Iba asociando entre el ritmo y la melodía, memorizaba los nombres, asociaba canciones, el nombre del disco o del músico. Empiezo a buscar más”, señala. 

La vida le seguía dando sorpresas. “Pedro Navaja”, canción incluida en el álbum Siembra (1978) fue una de ellas. Los gestores de esta producción, el dúo conformado por Willie Colón y Rubén Blades, habían impresionado a Angelina de cinco años de edad. “Se me quedó grabado el disco y las canciones. Fui teniendo una playlist en mi mente”, asegura.

Otro tema que le impactó fue “Plástico”. “Me estaba acercando más por el gusto hacia el arreglo musical. Para mí era muy elaborado. No era algo simple, yo lo percibía así”. Angelina empieza a buscar más. Comenzaba a asociar con  otras producciones. “Ah este disco con este artista. Ya sabía leer. Tenía 5 años”. 

A los seis, se preguntaba qué otros artistas había por descubrir. La radio de la casa pasó a ser suya: a buscar, buscar, buscar. Un día la prendió, sin saber que su conexión con este aparato sería para siempre. 

Maestra vida 

El contador y abogado Luis Delgado Aparicio (1940-2015), más conocido como ‘Saravá’ es quien nos daba la bienvenida a uno de los programas que fue uno de los más populares en la onda radial: Maestra Vida. A los ocho años, la casualidad, nuevamente, permitió que este programa, transmitido primero por Radio Miraflores y luego por Radiomar, se convierta en la escuela musical de Angelina. 

Sonido Latino del productor radial y empresario Hugo Abele (1964-2014) fue otro programa radial importante para Angelina. Fue transmitido por Radio América. “Lo escuché a mis 10 años. Me marcó musicalmente y para siempre. Como sea escuchaba su programa. Era mágico. Hugo tenía la particularidad de poner grabaciones en vivo de presentaciones de las orquestas. En ese tiempo era un lujo. Escuchar a Héctor Lavoe con su orquesta en una presentación de meses o semanas antes era, wow, actualizarme”, indicó. 

El programa daba los días de semana, luego pasó a un horario que se convirtió en un clásico: los sábados desde las 11 hasta las 2 de la mañana. No obstante, esto no le gustó a su padre. “No quería que escuchara. ‘¿Qué haces escuchando esto?’, me decía. Yo tenía que escaparme a una parte de la casa para atender el programa. Son sus errores, no tenía por qué afectarme. Mi mamá sí me entendía”, indicó. Ya en la secundaria, Angelina era la salsera. “Era el ‘bicho raro’: las chicas estaban en el rock en español, Madonna o Michael Jackson”, señala. 

A los 13 años llegaría su primer concierto. Fueron cinco en total para ver a “El Jibarito de Ponce”: Héctor Lavoe. Este se realizaría en La Feria Del Hogar. Era 1986. “Acompañado de su orquesta, dirigida por el pianista Joe Torres, tuvo seis presentaciones en El Gran Estelar, donde encandiló al público con temas como La fama, Periódico de ayer, Rompe Saraguey, El rey de la puntualidad, entre otros”. Lavoe se había convertido en su ídolo.

“Ya habían llegado a Lima Celia Cruz, Oscar D’León, Cheo Feliciano e Ismael Miranda, pero faltaba el más representativo de todos, el más popular: Héctor Lavoe. No fue fácil traerlo. Dije ‘Voy a verlo, quiero verlo’. Juntando mis propinas, le dije a mi mamá: ‘Te ruego, acompáñame, no puedo ir sola, no me van a dejar entrar’. Al final me acompañó con mi hermano”, afirma. Llegó a ir a partir del segundo día. “Me las ingenié. Mi mamá me acompañó una vez, a la otra fui con otro familiar y así. Como eran varias entradas, y ya no tenía de propina, me hice pasar por un año menos y entré. Lo vi y fue increíble. Todos cantando, viendo a Héctor. Fue una impresión fuerte”, declara.

Al año siguiente, 1987, ella vuelve a La feria del hogar para ver a Celia Cruz con Tito Puente. “Fue el lugar donde se presentaban los grupos no sólo de salsa, sino de merengue, rock en español hasta de pop. Fue el centro de atracciones más importante de Lima y el país, en esa época”, recuerda. En 1990 pudo ver a Eddie Palmieri, su otro gran ídolo. Para ello, tuvo que escapar de casa. Su papá no quería. Angelina tenía 17 años. “Es una oportunidad que no quería perder”, asegura. Por otro lado, su mamá era más condescendiente. “Ya estaba empezando a coleccionar (vinilos) y ella me ayudaba a conseguir contactos por mi barrio para comprarlos”. Inclusive, la acompañaba a las disco tiendas, donde pudo encontrar y comprar sus primeros vinilos de 45 RPM, LPs y cassettes.

Salsa picante 

“Este es un nuevo ciclo. Es un programa que va a llenar mis expectativas musicales”,  comenta Angelina. Era 1989. En la radio, la salsa sensual comenzaba a sonar, así como el programa del difusor del latin jazz y salsa Roy Rivasplata, llamado Salsa Picante. “Ponía latin jazz, salsa tradicional, todo lo que a mi me gustaba”, comenta Angelina. Ese mismo año, escucha a otro gran difusor de la salsa en el Perú: Walter Rentería. Su programa Pueblo Latino también marcaba la pauta en la radio y en la salsa peruana. “Le envío una carta. Él la leyó en Pueblo Latino. Saliendo del colegio me atrevo a ir a su programa y agradecerle. Es la primera vez que conozco a  un difusor directamente y a melómanos”. 

Uno de estos amigos le menciona sobre Roy. “‘¿Lo conoces? ¿Y no te atreves a llamarlo?’, me dicen. Me dan su número. Después de un tiempo pensándolo, me atrevo a llamarlo. Él me escuchó y se sorprendió, pensó que era una broma”, cuenta. Ella le hablaba sobre lo que sabía de salsa. Poco tiempo después, Angelina decide ir a la estación donde se graba Salsa Picante. Ahí se encuentra cara a cara con Roy. “Se mató de la risa, nunca me voy a olvidar. Me dijo: ¿Qué hace una chica hablándome todo esto?”. Ahí hago amistad con él”, recuerda. De 1991 a 1994, la presencia de Angelina en la radio fue constante. En esa cabina, pudo interactuar con melómanos que también iban a la radio. Uno de ellos se convertiría en su esposo, Roosevelt Carpio. 

Fue ahí donde, también, conoció a Luis Delgado Aparicio en persona. “Yo gano (un concurso de Salsa Picante) y mando una lista de 10 canciones para programar una hora. Llamé al programa para agradecerle. Hablé como lora sobre la música. A los días, Roy me dice ‘Angelina, el doctor Luis Delgado Aparicio te quiere conocer, le ha gustado como has hablado”, comenta. Roy invita a ‘Savará’ a realizar un especial con la música que ponía en Maestra Vida. Ese fue el día en que se vieron.

Qué viva la música: Roy Rivasplata (saco gris) con Angelina de 19 años y el doctor Luis Delgado Aparicio ‘Saravá’ (de blanco) en la cabina de Radio Antena Uno, 1992

El respeto y agradecimiento fue mutuo. “Siempre hablaba algo de mí que me quedaba sorprendida. Es mi maestro, es muy especial. Igual con Hugo (Abele). Me impulsaron mucho, me abrieron todo un mundo, a conocer el ambiente, crecer y visibilizarme”, menciona. Asimismo, entre asistencias a conversatorios, recortes de periódicos y apuntes, fue su manera empírica de ir empezando en la investigación. 

También conoció a los músicos de los que había leído, escuchado y hablado. Inclusive, entabló amistad. Roosevelt se convierte en el nexo. “Ahí es cuando conozco personalmente a Tito Puente, Larry Harlow y otros músicos que se vuelven amigos nuestros. Cuando teníamos una grabadora, registramos conversaciones y hacíamos preguntas. Incluso, uno de ellos, el bajista de Hector Lavoe y director musical de Gilberto Santarrosa, Johnny Torres, es padrino de nuestro hijo”, afirma.

En 1998 Angelina decide dejar por un tiempo la salsa. Nace su hijo. Debido a tener habilidades diferentes, ella se dedica a brindarle los cuidados requeridos. No obstante, sí había ocasiones especiales, como El festival del Callao, donde acudía en familia. “Desde 1999 hasta 2004 íbamos a saludar a los músicos o por un autógrafo o conversación”. Allí fue donde conoció y habló con Cheo Feliciano. Para ella y su familia es innato hablar de salsa, mientras que la investigación, implícitamente, seguía. “Yo vuelvo con fuerza (a la investigación) el 2003. Lo extrañaba. Además estaba más preparada, porque constantemente leía y me informaba”, indica. Se acercaba una invitación que no podía rechazar.

Herencia rumbera

Con más disponibilidad, Angelina y Roosevelt van nuevamente a las radios para reencontrarse con músicos, melómanos y, ahora, amigos. Asimismo, Luis Delgado Aparicio les pide que lo visiten en su programa para proponerle a Angelina un gran reto. “Tuvo la idea de presentar mensualmente a un melómano. Me convoca. Iba a hablar tres horas de música con él, a presentar canciones y dar información, que es vital. Ahí empieza una interacción más profesional con la música”, apunta. Se preparó con meses de anticipación. No podía dejar pasar la oportunidad. 

Así fue consiguiendo más libros, publicaciones y CD ‘s. Además, durante esos años acudía a conciertos, reuniones de colectivos de salsa y de melómanos, donde presentaciones y música inédita alimentaban su saber. Internet también ayudó mucho. Era asidua usuaria de páginas de salsa y música del caribe, así como lectora de artículos de gente de otros países. Su aprendizaje crecía.

Ahora vengo yo: Angelina poniendo un LP durante un encuentro de coleccionistas de la salsa, 2014

En 2013, el dueño de una radio web y también amigo le invita a tener su propio programa. “Yo sentía que no era el momento. Me fue insistiendo y acepté”, revela. Otro amigo, esta vez de Colombia, le invita a tener otro programa de radio. También estaba dubitativa, pero asumió el reto. “Dije voy a aprender con todos los años de haber escuchado a maestros”, comenta. Para Lima estuvo más de un año en la radio Salseros y punto, y en Bogotá, por siete años, para la radio Ciudad Salsera.

En octubre del 2015, su esposo y un amigo la animan a hacer una radio propia. Roosevelt y ella codirigen la emisora hasta la actualidad. Sus compañeros melómanos también la complementan. El nombre: Herencia rumbera. “La radio tiene un concepto de difundir música que no se escucha en medios masivos peruanos y difundir la historia de los artistas y grabaciones. Lo hemos complementado con la página web”, apunta. 

Definitivamente, una cosa es ser melómana y coleccionista, y otra es manejar una radio y sitio web. Hay amor por la música, pero los ingresos no son seguros. Asimismo, colabora una vez al mes para La Troja Radio de Barranquilla, Colombia, y para Radio Gladys Palmera de España. Ahora también se encarga de la venta de CD’s y vinilos sobre salsa dura y música cubana. Es su emprendimiento. “Yo soy maestra de educación inicial, pero desde hace tiempo no lo ejerzo, me quedo en casa por mi hijo. Mi esposo trabaja”, comenta. En casa, la investigación sigue, aunque es consciente de que, dentro de la historiografía y melomanía salsera peruana, las mujeres se cuentan con los dedos. “Tuve que lidiar mucho, porque no encontraba compañeras. La mayoría son varones”, indica. 

Actualmente también se encuentra estudiando y buscando sobre el impacto de la cantante Lita Branda, “La tigresa de la salsa”, en el país. A Lita se le conoce por ser la hermana de Pablo Villanueva, ‘Melcochita’ un cómico vigente hasta el día de hoy. Pero ella es más que eso. “Ella viene de los 50. Se inició como percusionista. Estaba en una agrupación sólo de mujeres llamada Daniela y sus magníficas. Duró poco tiempo porque no estaba bien visto que mujeres jóvenes toquen. Luego viaja a Estados Unidos”. Ahí, Lita se junta con la crema innata de la salsa de Nueva York. “Graba (tres producciones) con músicos neoyorquinos, puertorriqueños y cubanos. A mí parecer, no tengo conocimiento de otra cantante peruana que haya hecho eso”, señala Angelina.

Ella está convencida de que la salsa no es un ritmo o género musical. “La salsa se gesta en Nueva York, pero tiene todo un proceso que se forma en la década de los 70. Los músicos de Cuba, que van llegando a Estados Unidos interactúan con sus pares puertorriqueños, latinos y judíos, van conociendo y fusionando con el jazz, la música afroamericana, puertorriqueña y brasileña. No es un ritmo creado, no tiene una estructura propia. Rápidamente se va masificando en otras partes del mundo como Venezuela, Perú, Colombia y obviamente Puerto Rico. Por eso se le dice un movimiento”, asegura. “Las letras hablan del barrio, de la calle, de la realidad, de los inmigrantes, así se va forjando”, afirma. Lo tiene claro: en la salsa se mezclan vivencias, culturas y sonidos. Ella sigue bailando y aprendiendo. La salsa ya no se escucha a escondidas o a través de la ventana y por los vecinos. Ahora es la maestra.