En el Perú el acceso al derecho de identidad de género depende de la suerte. De las creencias de los jueces, del proceder del RENIEC, de los imprevistos. Tal fue el caso de Dania Calderón, quien a sus 42 años se convirtió en la primera mujer trans en conseguir el cambio de sexo en su DNI sin requerir reasignación genital. Pero su historia también se resolvió por una casualidad.
Como un deseo de cumpleaños que no se puede decir en voz alta. Así vivió Dania Calderón los pequeños triunfos que evitaba celebrar durante el proceso judicial por el cambio de sexo en su DNI. El día que recibió su documento en el que decía “mujer” y “soltera”, pudo creer recién lo que estaba ocurriendo: se había convertido en la primera mujer trans peruana en conseguir un DNI que refleje su identidad sin requerir una reasignación genital.
Pero aquel engorroso proceso que finalizó el pasado 28 de septiembre empezó en Huaraz hace 4 años, luego de que consiguiera el cambio de nombre en su DNI, solicitud que había iniciado en el 2015. Las infinitas trabas que el Estado peruano coloca usualmente a las personas trans era algo para lo que Dania y su abogada Johana Sotelo ya estaban preparadas. “Tú tranquila Dania, que igual RENIEC va a apelar”, le repetía la letrada, sin mostrar un atisbo de sorpresa por el proceder común de la entidad.
Los jueces de Huaraz ordenaron que el caso se traslade a Lima, donde continuó su curso en el juzgado de La Molina. Luego de una larga espera, se llevaron a cabo las dos audiencias en las que ambas partes debían presentar pruebas que sustenten su demanda. En el caso de Dania, los medios probatorios consistieron en examen psicológico, psiquiátrico, endocrinológico, el testimonio de la doctora que ha acompañado su tratamiento hormonal desde hace años y del cirujano que le realizó algunas intervenciones quirúrgicas.
Por otro lado, los procuradores de RENIEC mencionaban en un intento de defensa que el cambio de sexo en el DNI no podía realizarse pues Dania podía estafar a terceros, mentir a su pareja para casarse, que el sexo es biológico y no se puede cambiar e incluso que la jubilación de las mujeres cisgénero es a una edad menor. Pese a todo aquello, en mayo del 2020 el juez falló a favor de Dania.
Frontis de la RENIEC. FOTO: Andina/ Héctor Vinces
Lo que siguió fue inesperado. Dania y su abogada se preparaban para que RENIEC apele el fallo y el juicio ascienda a la Corte Suprema, donde la seguirían luchando. Mientras tanto, ella se comunicaba constantemente con el juez para lograr que se notifique el resultado lo más pronto posible al RENIEC, pues luego de eso serían cinco los días hábiles en los que la entidad podía apelar.
Finalmente, el 21 de diciembre se realizó la notificación, y le siguieron jornadas de ansiedad entre los feriados y días festivos. El 2 de enero, último día del plazo, Dania y su abogada estaban pegadas a las pantallas de sus equipos electrónicos esperando que RENIEC ingrese algún escrito al sistema. 23:30, 23:45, 23:40 y nada. El reloj marcó la medianoche y el plazo había vencido. Una alegría mezclada de extrañeza las invadió. “Estábamos contentas pero nos preguntábamos: ¿por qué no apelaron? Qué raro”, comenta.
Ante aquel nuevo escenario, distinto al de otros casos que la abogada Sotelo había llevado, presentó un escrito solicitando que se concediera la demanda a su patrocinada. El pedido procedió y Dania fue a recoger la sentencia con el oficio donde el juez ordenaba a RENIEC el cambio de partida y de DNI. “Ese mismo día lo escaneé todo al derecho al revés y lo presenté por mesa de partes virtual”, relata Dania evidenciando la premura con la que uno actúa cuando sabe que está cerca de cumplir su sueño.
Y ahí fue que ambas descubrieron lo que había ocurrido. Los días siguientes estuvieron llenos de escritos de parte de RENIEC, pues se les había pasado apelar. Uno de sus pedidos era la nulidad del caso pues, alegaban, no habían sido notificados correctamente. Dania sintió cómo su esperanza se desmoronaba cuando el juez le comunicó que estudiaría el caso. “Pensé que el juez efectivamente se había equivocado y que se anularía todo”, cuenta.
Repite un par de veces que fue la resolución número 15 en la que se declara infundada la petición de RENIEC. El número se quedó grabado en su mente. No obstante, RENIEC no daba su brazo a torcer. “Dios, ¿hasta cuándo?”, pensaba Dania. Mientras tanto, ella obedecía al pie de la letra las indicaciones del juez para tramitar el cambio de sexo en su partida de nacimiento, luego de que la autoridad exhortara a RENIEC realizarla.
El juez aceptó el último de los escritos de RENIEC, pero les informó que el juicio ya había terminado y que de todas formas tenían que entregarle el DNI a la ciudadana. La siguiente estrategia de la entidad fue el cambio de procurador. Cuando él asume su cargo y se apersona ante el juez, solicita que se notifique nuevamente todo a su casilla y correo institucional. Si el juez aceptaba, tendrían una nueva chance para apelar. No obstante, no accedió.
RENIEC ya no tenía más que hacer, la batalla había acabado. Habían pasado cerca de 20 días hábiles cuando Dania recibe la llamada de su abogada informándole que el primer paso ya estaba listo: su partida de nacimiento tenía como sexo el femenino. La imprimió y fue a la oficina de Santa Anita para tramitar su DNI. La expresión de incredulidad y las mil llamadas que realizaban los trabajadores del centro demostraban que esto es, sin lugar a dudas, un hito. “Qué extraño, hemos cambiado nombres y apellidos pero sexo nunca”, le decían.
Luego de 10 días hábiles y de estar constantemente revisando la web de RENIEC para verificar el porcentaje del proceso en el que iba su documento de identidad, por fin llegó al 100%. “Aún así no creía porque podía esperar cualquier cosa de RENIEC”, pensaba. Fue a recogerlo acompañada de sus compañeras del colectivo Féminas y todo se volvió real. “Entenderás que estoy un poco emocional porque es difícil pasar por lo que he pasado”, me dice. Más de diez mil soles y una montaña rusa emocional después, lo había logrado.
De la boca para afuera
En una de las tantas resoluciones, el juez exhortaba a la procuradora de RENIEC a dejar de “actuar de mala fe” e incluso la sanciona con una multa. Como explica Dania, esta entidad se llama a sí misma aliada de la comunidad trans. Incluso en el 2016 sus representantes formaron parte del Grupo de Trabajo para la Documentación de la Población Trans en el marco del Plan Nacional “Perú contra la Indocumentación 2016—2021”.
Su defensa fue que “hay procedimientos que no los deciden el RENIEC ni el Poder Judicial, sino el Congreso que da las leyes”, comunicó el jefe de Imagen Institucional de la entidad, Benito Portocarrero. En la misma línea, al ser consultada por su actitud ante las demandas por cambio de sexo, la ex-procuradora Nelly Paredes afirmó que apelan “porque no hay normativa que regule esos requerimientos y pueden representar una falta administrativa”.
Dania lo vivió de primera mano. En el mejor de los escenarios, ella creyó que lograría obtener un documento que reflejara su identidad cuando sea una adulta mayor y existiera una ley de identidad de género, pues el accionar de RENIEC y de algunos jueces no le daban espacio a tener mucha más fe. Ella lo atribuye al miedo al cambio y transfobia, pues destaca cómo muchos otros países de la región cuentan ya con una legislación para la comunidad trans, a pesar de la tendencia conservadurista de sus mandatarios, como es el caso de Ecuador.
Leyla Huerta, directora del colectivo de mujeres trans Féminas, que ha acompañado de cerca a Dania durante este proceso, hace énfasis en ciertas facciones anti derechos enquistadas en las esferas de poder. Incluso cuenta que en los juicios por cambio de nombre que muchas de sus compañeras han llevado a cabo, los jueces han sido víctimas de acoso por fallar a favor de ellas. “Están pendientes de sus errores para pedir su destitución”, añade.
En el dolor, hermanas
Dania Calderón y compañeras de Féminas. FOTO: Agencia Presentes
Era 2015 cuando Dania y Leyla, junto a algunas otras compañeras, fundaron Féminas. Seis años después, fue su misma familia escogida la que la acompañó a recoger su nuevo DNI en la puerta de RENIEC Santa Anita. Las mismas mujeres a las que ella alguna vez les abrió las puertas, la sostuvieron durante el largo camino que recorrió. Cuando le dijo a su abogada que quería desistir porque quería cuidar su estabilidad emocional, fueron ellas las que la motivaron a seguir.
“Me decían ‘madre, ¿cómo le va en su caso?’. Era una montaña rusa de emociones. Algunos días festejábamos y luego a la semana siguiente me veían desanimada, y me decían que siga adelante”, relata con nostalgia. El abuso y discriminación que sabía que sus compañeras experimentaban la convencían de seguir luchando. “No puedo dejar esto”, pensaba.
“Es importante el soporte comunitario, cumple el rol de la familia cuando esta no se encuentra. Por eso somos un grupo que sigue creciendo”, comenta al respecto Huerta. Féminas, precisa Dania, vive de la autogestión y de las donaciones. También del apoyo de especialistas como la abogada Sotelo. Ella lleva los casos por cambio de sexo y nombre en el DNI de muchas de sus integrantes.
Naaminn Timoycco, primera mujer trans que logró el cambio de sexo en el DNI. FOTO: Archivo El Comercio
Es así que este no es un logro individual, sino de toda su comunidad. Hace 10 años Naaminn Timoycco se convirtió en la primera mujer trans en lograr el cambio de sexo en su DNI. Sin embargo, el proceso duró 8 años e incluyó un “acto vejatorio”, considera Dania Calderón, por el cual tres médicos verificaron si tenía genitales femeninos. “Por eso esta sentencia es histórica, yo he ganado esto y nadie sabe si me he operado o no, eso es muy íntimo”, agrega.
En ese sentido, opina, el mensaje que deja este suceso es potente. “Esto normaliza que somos mujeres diversas. Así como existen altas, bajas, afro, andinas, hay mujeres trans. Aquí no se cuestiona si es una mujer trans operada o no, porque no hay diferencia entre ambas”, precisa. En la misma línea, Huerta afirma que la mutilación no puede ser una condición para acceder a documentos identitarios. “No pueden exigirte que renuncies a tu derecho a la reproducción para tener derecho a la identidad”, sentencia.
Este hito establece un antecedente importante para el proyecto de ley que viene preparando el colectivo, por el cual se buscará el reconocimiento de la identidad de género. “Para nosotras es importante demostrarle al Estado que nuestra demanda es verdadera, que no estamos pidiendo algo falso, la ley nos lo permite”, concluye la directora de Féminas.
Más puertas abiertas
A sus 42 años, Dania por fin puede ver cómo un horizonte de posibilidades se presenta al frente suyo. En primer lugar, sabe que esta es una luz al final del túnel. “El Estado tiene una deuda histórica con nosotras. Antes no había nada, no se hablaba nada, eran discursos de la boca para afuera pero no había ningún cambio”. Así, espera que su lucha no haya sido en vano y que permita que otras personas trans no la tengan tan difícil como ella.
Pero más allá de lo colectivo, Dania cuenta con emoción cómo ahora su trabajo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos no es su única posibilidad. Ella podrá participar de convocatorias relativas a su carrera técnica, la enfermería. “Podré postular a empleos en EsSalud o el MINSA porque ahora sí me van a considerar en el sistema. Siempre se fijan que coincida mi nombre con mi sexo”, explica.
Todo este tiempo de lucha y espera le ha dado tiempo a Dania para pensar incluso en el fin de sus días. Lo que a cualquier otra persona le parecería un procedimiento ordinario y común, para ella representaba un ataque a su identidad. “Si a mí me matan o fallezco, en las estadísticas yo no hubiese figurado como una mujer trans, sino como un señor. Eso tampoco me parecía justo”, comenta, con la tranquilidad de que eso ahora representa un problema menos.
Pero Dania tiene para rato. Me comenta que crio a su hermana desde el año y medio hasta los 7 años. Seguidamente, me dice emocionada que ama a los niños y que le gustaría formar una familia. “¿Qué fue lo primero que hiciste tras recibir tu DNI?”, le pregunto. “Hablar con mi novio”, responde. “Tenemos planes de casarnos”. Hacer crecer su patrimonio juntos, ejercer ciudadanía, todo lo que cualquier ciudadano cisgénero da por sentado, para ella es posible por primera vez. Lo que antes se le hacía incierto, hoy es cada día más real.
Nota de prensa por Organización Internacional para las Migraciones (OIM)
Promoviendo la diversidad cultural. FOTO: OIM
El programa Arte en Movimiento, de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), se realizará de forma itinerante durante el mes de octubre en los distritos de Barranco y Villa María del Triunfo, con el propósito de transmitir mensajes positivos en torno a la diversidad cultural y la movilidad humana.
La migración es parte de la realidad que nos rodea. Todos nos desplazamos de un barrio a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro. Somos, migrantes. Recordemos que aproximadamente 3 millones de peruanos viven en el exterior. Es decir, casi el 10% de la población del Perú, vive en otro continente. Asimismo, el Perú se ha visto nutrido de diferentes olas migratorias durante su historia, con personas venidas de Japón, China, Italia y más recientemente de Venezuela. Esta fusión de saberes forma parte ahora de nuestra identidad y de nuestra cultura. En ese sentido, refugiados y migrantes pueden ser motor de potencial desarrollo tanto para la comunidad de acogida como para ellos mismos.
Con el fin de hacernos reflexionar sobre la diversidad cultural y la movilidad humana en las principales comunidades de acogida del país, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), de la Oficina de Población, Refugiados y Migración del Departamento de Estado de los Estados Unidos ((PRM por sus siglas en Inglés) y las Municipalidades de Barranco y Villa María del Triunfo, desarrollarán durante el mes de octubre, de forma itinerante, el programa “Arte en Movimiento”, que con el lema “Espacios para abrazar las diferencias” transmitirá, a través de diversas actividades artísticas y culturales dirigidas a los niños y niñas y a sus familias, mensajes positivos en torno a la migración.
Talleres dirigidas a niños y niñas. FOTO: OIM
Los eventos se realizarán el sábado 23 de octubre. El lugar será en la Plaza de Armas del distrito de Villa María del Triunfo. Asimismo, el domingo 24 de octubre, en la Plaza Butters del distrito de Barranco, de 5 pm a 7 pm, y estarán conformados por un taller de intervención participativa “Mi barrio en Chroma Key” – en el que niños, niñas y adolescentes, acompañados por sus familias, expondrán su visión sobre la diversidad y la inclusión social y harán sus propuestas para vivir en un barrio y en una sociedad más igualitaria a través del uso de la pantalla verde – y un Cine Foro, que incluirá la exhibición al aire libre, en una pantalla de cine gigante, del cortometraje “La Bienvenida” y la obra de teatro audiovisual “Instrucciones para despedirse de una casa”.
Dato: Más información sobre el programa en la página de facebook de OIM. No se requiere inscripción previa para ninguna de sus actividades.
La escritura es un proceso, un desarmado y armado de nuestros pensares y/o sentires. Es un ritual donde nos preparamos avisando al cuerpo, apoyándonos en elementos sin los cuales no podemos escribir. Nos permite hacer comunidad con personas que se volverán tus lectoras. Implica borrar escribir en la misma hoja durante horas. Ese arduo proceso creativo, hoy es comentado por Alejandra Eme Vázquez.
Como escritoras debemos de hacer toda la ruta anterior más enunciarnos desde el ser mujeres. Abordar en torno a las representaciones del espacio doméstico. Todo esto para seguir las vertientes de nuestra escritura como acción afirmativa en sí misma. Por otro lado la escritura es construcción de subjetividad.
Todos estos consejos y conceptos son parte de las mentorías bingo-taller y encuentro de escrituras y cuidados, un proyecto sobre “Pensar lo doméstico”. Se trata de un ensayo que analiza la dinámica de cuidar y ser cuidada. Un proyecto por entregas que busca “hacer la revolución” para asumir el goce, posicionar el apoyo en colectivo. Lo mencionado antes son algunos de los espacios/proyectos a los que ha dado vida: Alejandra Eme Vázquez
Alejandra Eme Vázquez (Ciudad de México, 1980) es escritora, docente, editora, mediadora de lectura y cuidadora. Estudió lengua y literatura. Desde hace más de diez años ha colaborado regularmente como columnista en medios impresos y digitales. Calcula haber publicado, hasta ahora, unos 250 textos ensayísticos de temas muy diversos. Tiene a su cargo un laboratorio remoto de escrituras e imparte talleres de escritura con enfoque de cuidados. Coordina el proyecto Pensar lo doméstico, un espacio colectivo para generar diálogo, lecturas y escrituras críticas alrededor del espacio doméstico y los cuidados.
Asimismo, es parte del comité organizador del Encuentro de Escritoras y Cuidados, cuya primera edición se llevó a cabo en octubre de 2019. Actualmente combina sus labores de cuidados con la impartición de talleres para jóvenes y adultos, la creación de contenidos editoriales y el ejercicio de la escritura. Su ensayo “Su cuerpo dejarán”, ganó el premio Dolores Castro de ensayo en 2018 y en el 2019 se publicó bajo el sello de El Periódico de las Señoras, Kaja Negra y Enjambre Literario. Editó el proyecto de escritura colectiva Lucrecia, primer borrador, en coordinación con la compañía teatral estable de la Universidad Veracruzana y con la participación de: Alejandra Arévalo, Gabriela Damián Miravete, Diana Del Ángel, Brenda Navarro y Yeni Rueda.
La apuesta de Alejandra, como una lectora que escribe, es de acompañar a otras autoras a escribir ensayos. Pues afirma que todos podemos escribir y que necesitamos herramientas para proteger, potenciar, explorar y disfrutar de nuestra escritura.
¿Qué significa para ti el escribir, ser y nombrarte escritora?
Yo tengo una relación desde niña con esta escritura que llaman “creativa”. Primero como lectora y luego como ejecutante, y hasta la prepa escribía hasta por los codos. Luego entré al mágico mundo de los estándares. Eso mermó un poco mi entusiasmo, pero lo retomé con fuerza desde hace unos años porque para mí escribir es mi espacio de afirmación elegido. Por eso es que nombrarme no tiene que ver con la calidad de lo que escribo, con publicar ni con el futuro de mis textos. Decir que soy escritora significa reconocer abiertamente que mi relación con la escritura es vital para mí.
Desde sus espacios ha pronunciado que para las mujeres que escriben, la escritura debe ser trabajada con enfoque de cuidados. Donde se reflexionan y realizan ejercicios sobre cómo incorporar los cuidados en nuestro quehacer desde asumirnos escritoras. Puntualizando que son autoras vivas.
¿De dónde y por qué surgió el querer dar acompañamiento a otras escritoras por medio de los laboratorios que facilitas y la importancia de nombrar las Escrituras vivas?
Al revisar mi relación con mi propia escritura y la de otras personas, noté eso que ya se ha dicho sobre la visión muy tradicional del arte como un espacio de genios sin cuerpo, que escriben en condiciones asépticas y que son arrebatados de lo mundano para poder crear. Yo empecé a proponer otra visión, primero tímidamente y luego ya con mayor desfachatez, y básicamente se trata de explorar todo el tiempo qué ocurre cuando se pone al centro no sólo la vida sino la vitalidad, que es uno de los principios del trabajo de cuidados.
Esta visión de los cuidado, el cuidar y ser cuidadas, que involucra en todos los procesos de escribir, leer, acompañar y visibilizar también lo llevó a una iniciativa que comenzó a principios de años como algo que “solo vivía en su imaginación y que ahora es una realidad” llamada “Odo ediciones” una editorial autogestiva y sin fines de lucro que impulsó junto con Libia Brenda. Aunque dice “autogestiva”, no se debe dejar de nombrar que hacer libros requiere dinero y es necesaria la remuneración del trabajo de todas las personas que participen en el proceso.
¿Cuál fue el motivante para acompañar a otras escritoras a poder publicar sus escritos ?
Cuando Libia Brenda me contó del proyecto de Odo Ediciones, supe que quería ser parte de esto. Yo soy la cuidadora de temporadas de la editorial, de broma digo que soy como una “tía” para las autoras porque las acompaño en el proceso de generar vínculos con su comunidad lectora mientras su libro es editado. Normalmente las editoriales tienen relacionistas públicos que agendan presentaciones, actividades y apariciones de las autoras, pero siempre es con fines utilitarios y en contranarrativa a esto fue que imaginamos este esquema. Aprovecho para invitarles a suscribirse en odoediciones.mx
Dentro de su iniciativa de ensayo de sí, ha mencionado que “muchas vivencias, reflexiones, intuiciones que nos atraviesan y que, por lo tanto, quisiéramos llevar a la escritura. Sin embargo, parecen no encontrar su cauce. Históricamente, esto se explica con la masculinización del canon literario, que se ha construido para deslegitimar lo femenino, por falta de representación de escritoras en el canon configurado a partir de lo “clásico”, de las redes de enseñanza de literatura, de la crítica literaria, del historial de premios, de la academia, de las editoriales y los discursos relacionados.”
Esto puede verse en el claro ejemplo de la falta de mujeres en los primeros acercamientos de la infancia mexicana a la literatura mediante los libros de texto gratuitos. Para el final de la primaria, las y los estudiantes habrán leído en este libro a un 13.7 por ciento de autoras, contra 65.4 por ciento de escritores, según el artículo de Escritoras Mexicanas: Feminismo y Reivindicación en la Literatura. Este, fue escrito por la reportera Marcela Vargas en 2020. Aquí, también se habla de la marginación de la literatura escrita por mujeres que influye en las mujeres a no escribir.
¿Crees que cómo escritoras siempre vamos a conocer a esa “impostora”?
Actualmente escribo un ensayo por entregas titulado Sensacional de Escrituras junto con Salomé Esper y Ana Laura. En el segundo tomo mi objetivo es hacer una especie de disección de lo que han llamado el “síndrome de la impostora”. Y digo que lo han llamado así porque creo que forma parte de vocabularios impuestos y más bien yo propongo elaborar sobre ello. Decirle síndrome es hiriente y poco preciso, como también lo es llamarlo impostura, ¿impostura de qué? Creo que con ese término tan vago estamos nombrando un sinfín de detalles en los que podemos detenernos a pensar con minucia, que es una forma de hacernos justicia también.
Muchas mujeres tienen miedo a escribir porque sienten que “no tienen nada que aportar”, pero desde tus talleres te has pronunciado a que todas nuestras historias importan, ¿Qué les dirías para abrirles camino a intentar escribir?
Que valoren y escuchen sus propios procesos. Muchas veces damos por descontado que lo único importante es el producto y ese es un esquema casi empresarial de la escritura, que no permite analizar nuestro propio trayecto. Creo que hay muchas cosas muy seductoras en la escritura y una de ellas es esta certeza de que si bien muchas personas pueden escribir sobre lo mismo, nadie lo hará de igual manera porque la escritura es una expresión de la particularidad. Esa dimensión dactilar de la escritura es maravillosa.
El primer ensayo de Alejandra, fue sobre los cuidados, que nació a partir de un círculo de lectura de “Pensar lo doméstico” en la Biblioteca Vasconcelos. Donde se cuestionaba sobre los “asuntos” de mujeres. Aunque en lo personal, como lectora, el libro de “Su cuerpo dejarán” me removió, hay otras autoras que desde sus tiempos han nombrado el espacio doméstico como: Rosario Castellanos, Amparo Dávila, Luica Berlin, Elena Garro, entre otras. Es importante leer las diversas perspectivas para enriquecer nuestros saberes y cuestionamientos.
¿Cuál fue tu sentir cuando te compartían/comparten experiencias sobre su relación con los cuidados y la escritura a partir de tu propia experiencia?
Para mí fue una absoluta sorpresa cómo se recibió ese libro y mi experiencia me cambió la manera incluso de auto-percibirme. Sin embargo, no es una autoría que hubiera considerado y creo que todavía faltan muchas conversaciones para poder hacer vínculos más sustentables. Sin esas vivencias no hubiera podido escribir el Sensacional de Escrituras, que ahora sí viene de hacerme cargo por completo de lo que escribo, y de lo que no también.
Las escritoras no somos acreedoras de la verdad absoluta. En la literatura se dice que ya todo está escrito. Las escritoras recalcan que sí es así pero desde lo que no se ha escrito es desde tu propia visión. Por eso, el hablar de las autoras vivas, aquellas que están escribiendo y aportando en la actualidad, requiere de una escucha de lo que proponen. Un saber desde donde nos escriben, es decir, cuales son aquellas cosas que les removieron algo y les hicieron escribir sobre cierto tema.
El enfoque escritural tiene que ver con reconocer nuestra vitalidad y jugarla, lo más consciente y lúdicamente posible, al escribir, como dice Alejandra. Sigamos conmemorando la escritura y a las escritoras en este día.
Mujeres votando en México. FOTO: Archivo El Universal
Luchas, rechazos, insistencia y pioneras incansables forman parte del rocoso camino que recorrieron las mujeres mexicanas para acceder al derecho al voto. Con batallas aún pendientes por pelear en la búsqueda de una sociedad sin distinciones, recordamos el proceso y la ruta de este histórico acontecimiento.
El 17 de octubre de 1953 en plenas elecciones para los diputados federales de la XLIII Legislatura, el presidente Adolfo Ruíz Cortines promulgó algunas reformas constitucionales. Estas fueron para el reconocimiento del derecho al voto de las mujeres. Así como el goce de una ciudadanía plena.
Hace 74 años, este logro significaba uno de los mayores reconocimientos de los derechos de las mujeres. Abría una esperanza a que el Estado mexicano tuviera una mayor democracia. Ahora no solo las mujeres podían votar. También postular para ser elegidas para cargos de mayor jerarquía.
Pero el camino no fue nada fácil. A las mujeres les costó muchos años lograr que fueran reconocidos sus derechos y su participación oficial en la política. Durante la Revolución mexicana, conflicto armado que se inició en el 20 de noviembre de 1910, la labor de las mujeres fue importante. Ellas se movían ayudando a conseguir ayuda para la población civil y colaboraban en la redacción de proyectos y planes.
Una petición previa a la Constitución de 1917 fue redactada a finales de 1916 por la secretaria particular de Venustiano Carranza, Hermila Galindo. A pesar de los constantes rechazos de los grupos congresales de la época, ella fue una política, escritora, maestra, oradora, periodista y activista feminista sufragista, activa durante la Revolución mexicana. Momento en el que solicitó y peleó por los derechos políticos para las mujeres.
Hemilia Galindo, primera diputada federal mujer mexicana.
Según un archivo del Instituto Electoral Nacional (INE) titulado “Cuando las mujeres votamos por primera vez”, se tienen registros de que en 1821 se hicieron las primeras solicitudes para el voto femenino. Fue hecho por un grupo de mujeres de Zacatecas, quienes pidieron al gobierno que se les considerara ciudadanas y puedan sufragar. Así como en 1890, cuando un grupo de mujeres reunieron miles de firmas. Estas se enviaron al presidente Porfirio Díaz para que fuera reconocido su derecho a votar.
En el siglo XX, se impulsaron más iniciativas a favor. En el año 1923 se celebró el Primer Congreso de la Liga Panamericana de Mujeres en Yucatán. Contó con la participación de más de 100 delegadas de todos los estados del país. A este evento asistieron las dirigentes. Las mismas que hoy son reconocidas como las activistas-feministas más importantes del momento. Una de ella fue Matilde Montoya, la primera mujer mexicana en alcanzar el grado académico de médico en 1887. Al final del evento, se resolvió enviar al Congreso de la Unión una petición de igualdad de derechos políticos para hombres y mujeres.
Así, por primera vez, las mujeres de Yucatán pudieron votar. Se comenzaron a planear iniciativas para que la medida se extienda por todo el país. En 1937, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, se lanzó la iniciativa de reforma al artículo 34 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Momento en el que se solicitó por primera vez el derecho a la mujer de votar y obtener cargos de elección popular. Fue aprobada por la Cámaras de Senadores y la Cámara de Diputados, pero no tuvo la declaratoria de Reforma Constitucional, por lo que quedó inconclusa.
El 6 de abril de 1952, un grupo de más de 20,000 mujeres se reunieron en el Parque 18 de Marzo ubicado en la Ciudad de México. Ellas pedían al entonces candidato presidencial Adolfo Ruíz Cortines que hiciera cumplir su promesa de otorgar el derecho de las mexicanas a votar y ser electas. Fue un año después cuando el Diario Oficial de la Federación (DOF) decretó la ciudadanía plena a las mujeres.
Y fue hasta 1955 que las mujeres en todo el país participaron en unas elecciones. Las primeras sufragadas fueron Jiménez de Palacios, —quien en las elecciones del 4 de julio de 1954 se convirtió en la primera diputada federal en la historia de México de Baja California. Seguida por María Lavalle Urbina de Campeche y de Alicia Arellano Tapia de Sonora. Ambas fueron las primeras senadoras electas en las elecciones del 4 de julio de 1964. Asimismo, Griselda Álvarez de Colima, quien fue la primera gobernadora en el año 1979.
Por la conmemoración de los 65 años de aquel acontecimiento, el portal de Voces feministas menciona que “las mujeres entraron legalmente a formar parte de la vida pública con una conducta pasiva frente a la política de México. Se les dio el voto en un contexto en donde no había libertades democráticas. Con lo que se liquidó toda posibilidad de un ejercicio democrático dentro del juego político. En un contexto en el que no había voces disidentes que cuestionan la función de las mujeres como esencialmente familiar y privada, estas obtuvieron el voto”. Desde La Antígona, compartimos su opinión y seguimos trabajando por fortalecer la participación de las mujeres en la política.
La Comisión de Organización Electoral del Instituto Nacional Electoral (INE) presentó los resultados del estudio muestral sobre la participación ciudadana en las elecciones federales de 2018. Este mostró que del 62.3% del electorado que acudió a votar. La participación de las mujeres fue mayor que la de los hombres por ocho puntos porcentuales.
En cuanto al grupo de personas que no votaron (37.7%), 20.2% fueron hombres y 17.5% mujeres, con una diferencia de casi tres puntos porcentuales. Es evidente la mayor participación de mujeres en las edades jóvenes y adultas hasta los 64 años.
Al día de hoy, se siguen impulsando iniciativas que animen a las mujeres a ejercer su derecho al voto. Unas de ella impulsadas por el colectivo de “Nosotras tenemos otros datos”. Esta, busca hacer visible lo invisible y colocar en el radar público las realidades que desde distintos contextos viven las mujeres mexicanas. Asimismo convoca al encuentro “Todas México” el próximo domingo 17 de octubre a las 11:00 a. m. (hora México/Perú/Colombia/Ecuador) para fortalecer y consolidar la única fuerza política vigente, progresista y democrática.
Las mujeres mexicanas han recorrido un largo camino para poder vivir una vida libre de violencia. Una vida donde sean respetados sus derechos humanos, igualdad política y social. Asimismo, para poder ser partícipes de las decisiones políticas y los cambios transversales de México para conseguir una sociedad más democrática, equitativa e inclusiva.
El arte será siempre resistencia. Aquel que es hecho por mujeres, mucho más. Y aquel creado por lesbianas rompe con todo lo que se nos ha dicho que debemos ser. En la semana de las Rebeldías Lésbicas Feministas, conversamos con tres autoras lesbianas peruanas sobre el importante rol que cumple la narrativa en la visibilización de sus realidades y existencias.
Cuando Blanca le contó a su mamá que le gustaba una niña a los 5 años, todo lo que recibió de ella fue un sacudón como prueba de su desaprobación. Aprendió entonces que lo que ella había procesado como algo natural, era en realidad extraño e incorrecto. En su familia católica y conservadora la palabra “homosexual” jamás había sido pronunciada y ella sentía que estaba enferma y sola pues no tenía idea de que, como ella, habían otras miles de personas sintiéndose igual.
Cuando creció, decidió que haría lo posible para evitar que algún niño se vuelva a sentir así. Bajo el nombre artístico de Lakita, decidió publicar en el 2016 a través de Facebook El Príncipe Carolina, cuento que había empezado a escribir un año antes y contaba la historia de un niño trans. Por la misma época escribió también Dorita y el Dragón, que tiene como protagonista a una niña lesbiana, y Claudio y el Tritón, sobre un niño gay. Pasaron algunos años hasta que consiguió publicarlos físicamente, en el 2017 y 2019 respectivamente.
Lakita con su libro Dorita y el Dragón. FOTO: Diego Daza – Perú21
Los cuentos de Lakita forman parte de la aún escasa, pero creciente, literatura LGTBIQ+ en Perú. Lo cierto es que dentro de este género, la literatura lésbica representa una subcategoría que durante mucho tiempo ha sido narrada desde el exotismo, ya que si ser mujer es, lamentablemente, un acto de resistencia constante en una cultura como la nuestra, ser lesbiana es un doble desafío al status quo y a lo que se espera de nuestra sexualidad.
La investigadora de narrativa contemporánea latinoamericana Carmen Tisnado lo describía ya en 1998. En su artículo “El personaje lesbiano en la narrativa peruana contemporánea”, explicó cómo hasta principios de los años 90 la homosexualidad femenina nunca fue presentada como un estilo de vida, sino como encuentros sexuales aislados entre personajes femeninos en los textos de autores hombres, o como producto de un desacato a la regla, como es el caso de Confesiones de Dorish Dam(1919).
En adelante, la narrativa peruana empezó a visibilizar los vínculos lésbicos, como en Ximena de dos caminos(1994), donde la tía de la protagonista tiene una relación con otra mujer; o Las dos caras del deseo (1994), en la que Ada muestra un constante desapego hacia los hombres y opta por el exilio para poder vivir su orientación sexual con libertad. No obstante, en la mayoría de historias de la época las amantes son separadas, lo que constituye, considera la investigadora, una especie de castigo.
La visibilidad que el activismo LGTBIQ+ ha ganado durante las dos últimas décadas ha permitido que la producción literaria de este género aumente. De acuerdo al registro de Crónicas de la Diversidad, desde el 2000 y hasta abril de este año se han publicado 91 libros con temática LGTB en nuestro país. La narrativa peruana contemporánea viene abriendo cada vez más las puertas a historias lésbicas y, en muchos casos, son las mismas lesbianas las que tienen la oportunidad de pasar de ser objetos a ser sujetos y cambiar la narrativa.
Retrato borroso
“Pero yo quiero que seas feliz”, es lo primero que le dicen a muchas mujeres sáficas cuando salen del closet con sus familias, comenta Libia Avanzini cuando pregunto cómo considera que la ficción influye en la realidad. Ella, que actualmente está trabajando en la elaboración de su primer libro Diario de una Lesbiana, conoció la homosexualidad femenina a través de clichés en distintos productos artísticos. El más común de ellos era “que todo es un desastre, es catastrófico o alguien muere, siempre nos matan”. No es de extrañar entonces que en el imaginario colectivo las historias entre mujeres siempre terminen mal.
Captura de pantalla del Instagram de @diariodeunalesbiana.la
El estereotipo de la lesbiana que se queda sola y vive con sus gatos no dista mucho del trágico final que se les da. Al respecto, Karen Luy de Aliaga, autora de Compórtense como Señoritas, una de las pocas novelas lésbicas peruanas de este siglo, afirma que “hay cierta esterilidad que se nos adjudica, como si los deseos nunca se pudieran cumplir, o el deseo sexual no existiera”. Tal parece que formar una familia feliz o ser el personaje principal es casi imposible para las lesbianas.
Karen Luy De Aliaga y su libro «Compórtese como señoritas». FOTO: LibrosAMi
La expresión de la sexualidad se aleja también de la realidad. “He leído muy pocas escenas sexuales entre mujeres que me parezcan reales, probablemente porque fueron escritas desde una visión masculina o que repite la heteronorma, ese pensar que hay una ‘activa’ y una ‘pasiva’”, detalla Luy de Aliaga. Si no es el sexo que parece salido de una película pornográfica, entonces es otro de los estereotipos: pensar que una de las mujeres ‘convierte a la otra’.
La lista podría continuar, pero el factor común parece ser el tratamiento de la homosexualidad femenina desde un enfoque muy ligero, catastrófico o placentero para el consumidor. Avanzini lo atribuye al morbo y al carácter punitivo de los finales tristes. “Como no es socialmente aceptado entonces siempre va a terminar mal, y es así como anulan nuestra existencia y nos reducen a una sarta de locas que van destruyéndose la vida, teniendo relaciones totalmente tóxicas”, añade.
Pareja protagónica de la película Wachowski.
Por otro lado, Luy de Aliaga opina que la representación incorrecta responde a la perspectiva de los autores y a la falta de investigación, porque además se recurre a paradigmas como la butch o la femme sin considerar otras identidades o incluso el no binarismo. Lakita concuerda, pues afirma que creció aprendiendo que la sexualidad era de determinada manera hasta que descubrió que ni a ella misma le hacía sentir bien. Finalmente, como dice Avanzini, es más sencillo hablar de algo cuando pasas por ello.
Alguien como yo
Cuando Lakita estaba apoyando en una de las ferias donde se vendía Dorita y el Dragón, una joven muy nerviosa dudaba sobre si comprar el cuento para contárselo a su sobrina de 5 años pues no sabía si ella rechazaría o cuestionaría la historia lésbica. Días después, la misma joven contaba a través de su Facebook que al llegar a la parte donde se ve a dos niñas con vestidos de novia, lo único que su sobrina le dijo fue: “oye tía, ¿por qué tienen tacos si son niñas?”.
Personajes del libro «Dorita y el Dragón». FOTO: Lima en Escena
“Les niñes no tienen maldad, si es que de chiquites se lo enseñas como algo natural así lo van a tomar de por vida, como debería ser”, reflexiona Lakita. Y si bien gran parte del poder de la literatura lésbica, para grandes y chicos, es la normalización de la diversidad sexual, su importancia radica sobre todo en la representación. Una que en muchas ocasiones no tiene intención de ser política, pero que representa una rebeldía desde su mera existencia.
“Yo escribo sobre el mundo desde mi perspectiva LGBTQI porque es mi territorio, es lo que he vivido toda la vida y son las historias que conozco. Que de paso rompa con las estructuras viejas es un alivio, pero no creo que sea la misión o el objetivo, al menos no de mi escritura”, acota al respecto Luy de Aliaga.
Si hay algo en lo que las tres autoras coinciden, es en que su literatura está basada en historias propias. A sus 36 años, Lakita sigue preguntándose con coraje “caramba, ¿cómo no llegó a mis manos algo así cuando lo necesité?”. Y cuenta emocionada que no es la única en su situación. “Me ha escrito gente de mi edad que me dice ‘oye, yo me sentía así, ¿cómo es que de chiquita no tuve este texto?’”
A Libia le pasó algo parecido. Salir del closet en una sociedad sin referentes visibles la llevó a sentirse confundida. “Y es porque nunca leí ni vi nada, nos omiten mucho”, agrega, celebrando que para las generaciones actuales sea mucho más sencillo por el acceso a la información. “Para mí es totalmente importante escribir sobre lesbianas y sus vidas porque hay un montón de gente que necesita saber que hay más como ellas y que no somos un grupo chiquito como yo pensaba cuando era adolescente”.
Y es que además de ser importante, la representación es natural. La evidencia nos dice que existen personas con distintas orientaciones sexuales e identidades de género, por lo que sería normal que aquello se refleje en la ficción. “Debería ser natural contar cualquier tipo de historia que les involucre, de cualquier género de la literatura. Pueden ser héroe o antihéroe de las ficciones, incluso la mala o la maldita (como en la vida real, ser LGTBQI no siempre significa que seas el bueno de la historia)”, opina la autora de Compórtense como señoritas.
Cada vez más visibles
“No todes tienen la misma suerte. No todes tienen una historia para contar. No todes sobreviven para contarla”, es uno de los mensajes finales de la novela lésbica de Karen Luy de Aliaga. Ella conoce de cerca esa realidad. El juicio por el ataque homofóbico del que fue víctima en el 2006 y que concluyó 9 años después fue aquello que más la motivó a escribir el libro, que reúne historias propias y ajenas, todas situadas en Lima.
“La edad te hace ver las cosas con otro lente. Ahora puedo ver cuánto de pérdida o de dolor hay en todo el proceso de vivir nuestras orientaciones e identidades en esa misma ciudad y a varias distancias puedo pensarlas y escribirlas”, precisa. Sin lugar a dudas la literatura lésbica, sobre todo aquella escrita por lesbianas, es necesaria. Pero es también todo un reto.
“Escribir que dos mujeres se aman y se gustan, que están dispuestas a crear un proyecto de vida ya es completamente un desafío. Para la escritora, para la sociedad, para quien quiere comprar el libro y decirle a sus amigos: ‘estoy leyendo Diario de una lesbiana’”, dice entre risas Avanzini, quien está trabajando para a mediados del 2022 publicar el libro que inició a escribir a modo de diario cuando salió del closet a los 17.
Otro de los obstáculos a los que se enfrentan los autores LGTB es el encorsetamiento. Al respecto, Luy de Aliaga comenta que muchas veces se acude a ellos para tratar exclusivamente temas relativos a la diversidad sexual. “Al final, por no invisibilizar la obra terminamos invisibilizando nuestras identidades. También pasa a la inversa, que te cuestionan por qué sigues escribiendo «otra novela gay”. ¿Cómo sería si nosotres cuestionáramos “otra novela hetero”?”, añade.
Asimismo, aún nos encontramos frente a una escasa representatividad en términos de identidad étnico-racial y nivel socioeconómico. Si de por sí es difícil para los autores disidentes publicar sus historias porque acceden a distintos espacios como parte de un cupo LGTBIQ+, explica Karen, lo es aún más para personas que no viven en la capital, afroperuanas, trans o no binarias, o que cuentan con limitados recursos económicos. “Tal vez el problema está en quiénes deciden qué se publica por ser mainstream o no, pero si la escritura es buena no deberían importar los otros factores”.
Por otro lado, los límites etarios que se colocan a la literatura LGTB dificulta su crecimiento. Lakita, como exponente y amante de la literatura infantil por la pureza que la caracteriza, espera ver que más escritoras se dediquen a ese público. “Dicen que la sociedad no está preparada para algo así, ¿y cuándo es que lo está? Nunca lo va a estar si tú no se los muestras”, concluye.
Las autoras concuerdan es que es momento de tomar acción. La Lakita del pasado, que tuvo que oír a su profesora decirle que jamás podría escribir un libro por su mala ortografía, observaría incrédula el éxito que hoy tiene con sus cuentos. “Si tienes ganas y un buen mensaje, hay que hacerlo”, comenta. En un contexto sociopolítico en el que movimientos conservadores y fascistas van ganando terreno, es necesario visibilizar que existimos.
Seguir en la mente de los peruanos con la imagen que los medios de comunicación se han encargado de difundir históricamente no es una opción, y menos aún seguir siendo “les otres”, comenta Karen. “Toda narrativa de ficción o no ficción, todo documento, toda expresión visible suma a la representatividad correcta, como seres humanos falibles pero no como los monstruos como pretenden llamarnos”. Finalmente, como dice ella, solo nos quedan las historias para seguir dando la lucha.