Mujeres votando en México. FOTO: Archivo El Universal
Luchas, rechazos, insistencia y pioneras incansables forman parte del rocoso camino que recorrieron las mujeres mexicanas para acceder al derecho al voto. Con batallas aún pendientes por pelear en la búsqueda de una sociedad sin distinciones, recordamos el proceso y la ruta de este histórico acontecimiento.
El 17 de octubre de 1953 en plenas elecciones para los diputados federales de la XLIII Legislatura, el presidente Adolfo Ruíz Cortines promulgó algunas reformas constitucionales. Estas fueron para el reconocimiento del derecho al voto de las mujeres. Así como el goce de una ciudadanía plena.
Hace 74 años, este logro significaba uno de los mayores reconocimientos de los derechos de las mujeres. Abría una esperanza a que el Estado mexicano tuviera una mayor democracia. Ahora no solo las mujeres podían votar. También postular para ser elegidas para cargos de mayor jerarquía.
Pero el camino no fue nada fácil. A las mujeres les costó muchos años lograr que fueran reconocidos sus derechos y su participación oficial en la política. Durante la Revolución mexicana, conflicto armado que se inició en el 20 de noviembre de 1910, la labor de las mujeres fue importante. Ellas se movían ayudando a conseguir ayuda para la población civil y colaboraban en la redacción de proyectos y planes.
Una petición previa a la Constitución de 1917 fue redactada a finales de 1916 por la secretaria particular de Venustiano Carranza, Hermila Galindo. A pesar de los constantes rechazos de los grupos congresales de la época, ella fue una política, escritora, maestra, oradora, periodista y activista feminista sufragista, activa durante la Revolución mexicana. Momento en el que solicitó y peleó por los derechos políticos para las mujeres.
Hemilia Galindo, primera diputada federal mujer mexicana.
Según un archivo del Instituto Electoral Nacional (INE) titulado “Cuando las mujeres votamos por primera vez”, se tienen registros de que en 1821 se hicieron las primeras solicitudes para el voto femenino. Fue hecho por un grupo de mujeres de Zacatecas, quienes pidieron al gobierno que se les considerara ciudadanas y puedan sufragar. Así como en 1890, cuando un grupo de mujeres reunieron miles de firmas. Estas se enviaron al presidente Porfirio Díaz para que fuera reconocido su derecho a votar.
En el siglo XX, se impulsaron más iniciativas a favor. En el año 1923 se celebró el Primer Congreso de la Liga Panamericana de Mujeres en Yucatán. Contó con la participación de más de 100 delegadas de todos los estados del país. A este evento asistieron las dirigentes. Las mismas que hoy son reconocidas como las activistas-feministas más importantes del momento. Una de ella fue Matilde Montoya, la primera mujer mexicana en alcanzar el grado académico de médico en 1887. Al final del evento, se resolvió enviar al Congreso de la Unión una petición de igualdad de derechos políticos para hombres y mujeres.
Así, por primera vez, las mujeres de Yucatán pudieron votar. Se comenzaron a planear iniciativas para que la medida se extienda por todo el país. En 1937, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, se lanzó la iniciativa de reforma al artículo 34 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Momento en el que se solicitó por primera vez el derecho a la mujer de votar y obtener cargos de elección popular. Fue aprobada por la Cámaras de Senadores y la Cámara de Diputados, pero no tuvo la declaratoria de Reforma Constitucional, por lo que quedó inconclusa.
El 6 de abril de 1952, un grupo de más de 20,000 mujeres se reunieron en el Parque 18 de Marzo ubicado en la Ciudad de México. Ellas pedían al entonces candidato presidencial Adolfo Ruíz Cortines que hiciera cumplir su promesa de otorgar el derecho de las mexicanas a votar y ser electas. Fue un año después cuando el Diario Oficial de la Federación (DOF) decretó la ciudadanía plena a las mujeres.
Y fue hasta 1955 que las mujeres en todo el país participaron en unas elecciones. Las primeras sufragadas fueron Jiménez de Palacios, —quien en las elecciones del 4 de julio de 1954 se convirtió en la primera diputada federal en la historia de México de Baja California. Seguida por María Lavalle Urbina de Campeche y de Alicia Arellano Tapia de Sonora. Ambas fueron las primeras senadoras electas en las elecciones del 4 de julio de 1964. Asimismo, Griselda Álvarez de Colima, quien fue la primera gobernadora en el año 1979.
Por la conmemoración de los 65 años de aquel acontecimiento, el portal de Voces feministas menciona que “las mujeres entraron legalmente a formar parte de la vida pública con una conducta pasiva frente a la política de México. Se les dio el voto en un contexto en donde no había libertades democráticas. Con lo que se liquidó toda posibilidad de un ejercicio democrático dentro del juego político. En un contexto en el que no había voces disidentes que cuestionan la función de las mujeres como esencialmente familiar y privada, estas obtuvieron el voto”. Desde La Antígona, compartimos su opinión y seguimos trabajando por fortalecer la participación de las mujeres en la política.
La Comisión de Organización Electoral del Instituto Nacional Electoral (INE) presentó los resultados del estudio muestral sobre la participación ciudadana en las elecciones federales de 2018. Este mostró que del 62.3% del electorado que acudió a votar. La participación de las mujeres fue mayor que la de los hombres por ocho puntos porcentuales.
En cuanto al grupo de personas que no votaron (37.7%), 20.2% fueron hombres y 17.5% mujeres, con una diferencia de casi tres puntos porcentuales. Es evidente la mayor participación de mujeres en las edades jóvenes y adultas hasta los 64 años.
Al día de hoy, se siguen impulsando iniciativas que animen a las mujeres a ejercer su derecho al voto. Unas de ella impulsadas por el colectivo de “Nosotras tenemos otros datos”. Esta, busca hacer visible lo invisible y colocar en el radar público las realidades que desde distintos contextos viven las mujeres mexicanas. Asimismo convoca al encuentro “Todas México” el próximo domingo 17 de octubre a las 11:00 a. m. (hora México/Perú/Colombia/Ecuador) para fortalecer y consolidar la única fuerza política vigente, progresista y democrática.
Las mujeres mexicanas han recorrido un largo camino para poder vivir una vida libre de violencia. Una vida donde sean respetados sus derechos humanos, igualdad política y social. Asimismo, para poder ser partícipes de las decisiones políticas y los cambios transversales de México para conseguir una sociedad más democrática, equitativa e inclusiva.
El arte será siempre resistencia. Aquel que es hecho por mujeres, mucho más. Y aquel creado por lesbianas rompe con todo lo que se nos ha dicho que debemos ser. En la semana de las Rebeldías Lésbicas Feministas, conversamos con tres autoras lesbianas peruanas sobre el importante rol que cumple la narrativa en la visibilización de sus realidades y existencias.
Cuando Blanca le contó a su mamá que le gustaba una niña a los 5 años, todo lo que recibió de ella fue un sacudón como prueba de su desaprobación. Aprendió entonces que lo que ella había procesado como algo natural, era en realidad extraño e incorrecto. En su familia católica y conservadora la palabra “homosexual” jamás había sido pronunciada y ella sentía que estaba enferma y sola pues no tenía idea de que, como ella, habían otras miles de personas sintiéndose igual.
Cuando creció, decidió que haría lo posible para evitar que algún niño se vuelva a sentir así. Bajo el nombre artístico de Lakita, decidió publicar en el 2016 a través de Facebook El Príncipe Carolina, cuento que había empezado a escribir un año antes y contaba la historia de un niño trans. Por la misma época escribió también Dorita y el Dragón, que tiene como protagonista a una niña lesbiana, y Claudio y el Tritón, sobre un niño gay. Pasaron algunos años hasta que consiguió publicarlos físicamente, en el 2017 y 2019 respectivamente.
Lakita con su libro Dorita y el Dragón. FOTO: Diego Daza – Perú21
Los cuentos de Lakita forman parte de la aún escasa, pero creciente, literatura LGTBIQ+ en Perú. Lo cierto es que dentro de este género, la literatura lésbica representa una subcategoría que durante mucho tiempo ha sido narrada desde el exotismo, ya que si ser mujer es, lamentablemente, un acto de resistencia constante en una cultura como la nuestra, ser lesbiana es un doble desafío al status quo y a lo que se espera de nuestra sexualidad.
La investigadora de narrativa contemporánea latinoamericana Carmen Tisnado lo describía ya en 1998. En su artículo “El personaje lesbiano en la narrativa peruana contemporánea”, explicó cómo hasta principios de los años 90 la homosexualidad femenina nunca fue presentada como un estilo de vida, sino como encuentros sexuales aislados entre personajes femeninos en los textos de autores hombres, o como producto de un desacato a la regla, como es el caso de Confesiones de Dorish Dam(1919).
En adelante, la narrativa peruana empezó a visibilizar los vínculos lésbicos, como en Ximena de dos caminos(1994), donde la tía de la protagonista tiene una relación con otra mujer; o Las dos caras del deseo (1994), en la que Ada muestra un constante desapego hacia los hombres y opta por el exilio para poder vivir su orientación sexual con libertad. No obstante, en la mayoría de historias de la época las amantes son separadas, lo que constituye, considera la investigadora, una especie de castigo.
La visibilidad que el activismo LGTBIQ+ ha ganado durante las dos últimas décadas ha permitido que la producción literaria de este género aumente. De acuerdo al registro de Crónicas de la Diversidad, desde el 2000 y hasta abril de este año se han publicado 91 libros con temática LGTB en nuestro país. La narrativa peruana contemporánea viene abriendo cada vez más las puertas a historias lésbicas y, en muchos casos, son las mismas lesbianas las que tienen la oportunidad de pasar de ser objetos a ser sujetos y cambiar la narrativa.
Retrato borroso
“Pero yo quiero que seas feliz”, es lo primero que le dicen a muchas mujeres sáficas cuando salen del closet con sus familias, comenta Libia Avanzini cuando pregunto cómo considera que la ficción influye en la realidad. Ella, que actualmente está trabajando en la elaboración de su primer libro Diario de una Lesbiana, conoció la homosexualidad femenina a través de clichés en distintos productos artísticos. El más común de ellos era “que todo es un desastre, es catastrófico o alguien muere, siempre nos matan”. No es de extrañar entonces que en el imaginario colectivo las historias entre mujeres siempre terminen mal.
Captura de pantalla del Instagram de @diariodeunalesbiana.la
El estereotipo de la lesbiana que se queda sola y vive con sus gatos no dista mucho del trágico final que se les da. Al respecto, Karen Luy de Aliaga, autora de Compórtense como Señoritas, una de las pocas novelas lésbicas peruanas de este siglo, afirma que “hay cierta esterilidad que se nos adjudica, como si los deseos nunca se pudieran cumplir, o el deseo sexual no existiera”. Tal parece que formar una familia feliz o ser el personaje principal es casi imposible para las lesbianas.
Karen Luy De Aliaga y su libro «Compórtese como señoritas». FOTO: LibrosAMi
La expresión de la sexualidad se aleja también de la realidad. “He leído muy pocas escenas sexuales entre mujeres que me parezcan reales, probablemente porque fueron escritas desde una visión masculina o que repite la heteronorma, ese pensar que hay una ‘activa’ y una ‘pasiva’”, detalla Luy de Aliaga. Si no es el sexo que parece salido de una película pornográfica, entonces es otro de los estereotipos: pensar que una de las mujeres ‘convierte a la otra’.
La lista podría continuar, pero el factor común parece ser el tratamiento de la homosexualidad femenina desde un enfoque muy ligero, catastrófico o placentero para el consumidor. Avanzini lo atribuye al morbo y al carácter punitivo de los finales tristes. “Como no es socialmente aceptado entonces siempre va a terminar mal, y es así como anulan nuestra existencia y nos reducen a una sarta de locas que van destruyéndose la vida, teniendo relaciones totalmente tóxicas”, añade.
Pareja protagónica de la película Wachowski.
Por otro lado, Luy de Aliaga opina que la representación incorrecta responde a la perspectiva de los autores y a la falta de investigación, porque además se recurre a paradigmas como la butch o la femme sin considerar otras identidades o incluso el no binarismo. Lakita concuerda, pues afirma que creció aprendiendo que la sexualidad era de determinada manera hasta que descubrió que ni a ella misma le hacía sentir bien. Finalmente, como dice Avanzini, es más sencillo hablar de algo cuando pasas por ello.
Alguien como yo
Cuando Lakita estaba apoyando en una de las ferias donde se vendía Dorita y el Dragón, una joven muy nerviosa dudaba sobre si comprar el cuento para contárselo a su sobrina de 5 años pues no sabía si ella rechazaría o cuestionaría la historia lésbica. Días después, la misma joven contaba a través de su Facebook que al llegar a la parte donde se ve a dos niñas con vestidos de novia, lo único que su sobrina le dijo fue: “oye tía, ¿por qué tienen tacos si son niñas?”.
Personajes del libro «Dorita y el Dragón». FOTO: Lima en Escena
“Les niñes no tienen maldad, si es que de chiquites se lo enseñas como algo natural así lo van a tomar de por vida, como debería ser”, reflexiona Lakita. Y si bien gran parte del poder de la literatura lésbica, para grandes y chicos, es la normalización de la diversidad sexual, su importancia radica sobre todo en la representación. Una que en muchas ocasiones no tiene intención de ser política, pero que representa una rebeldía desde su mera existencia.
“Yo escribo sobre el mundo desde mi perspectiva LGBTQI porque es mi territorio, es lo que he vivido toda la vida y son las historias que conozco. Que de paso rompa con las estructuras viejas es un alivio, pero no creo que sea la misión o el objetivo, al menos no de mi escritura”, acota al respecto Luy de Aliaga.
Si hay algo en lo que las tres autoras coinciden, es en que su literatura está basada en historias propias. A sus 36 años, Lakita sigue preguntándose con coraje “caramba, ¿cómo no llegó a mis manos algo así cuando lo necesité?”. Y cuenta emocionada que no es la única en su situación. “Me ha escrito gente de mi edad que me dice ‘oye, yo me sentía así, ¿cómo es que de chiquita no tuve este texto?’”
A Libia le pasó algo parecido. Salir del closet en una sociedad sin referentes visibles la llevó a sentirse confundida. “Y es porque nunca leí ni vi nada, nos omiten mucho”, agrega, celebrando que para las generaciones actuales sea mucho más sencillo por el acceso a la información. “Para mí es totalmente importante escribir sobre lesbianas y sus vidas porque hay un montón de gente que necesita saber que hay más como ellas y que no somos un grupo chiquito como yo pensaba cuando era adolescente”.
Y es que además de ser importante, la representación es natural. La evidencia nos dice que existen personas con distintas orientaciones sexuales e identidades de género, por lo que sería normal que aquello se refleje en la ficción. “Debería ser natural contar cualquier tipo de historia que les involucre, de cualquier género de la literatura. Pueden ser héroe o antihéroe de las ficciones, incluso la mala o la maldita (como en la vida real, ser LGTBQI no siempre significa que seas el bueno de la historia)”, opina la autora de Compórtense como señoritas.
Cada vez más visibles
“No todes tienen la misma suerte. No todes tienen una historia para contar. No todes sobreviven para contarla”, es uno de los mensajes finales de la novela lésbica de Karen Luy de Aliaga. Ella conoce de cerca esa realidad. El juicio por el ataque homofóbico del que fue víctima en el 2006 y que concluyó 9 años después fue aquello que más la motivó a escribir el libro, que reúne historias propias y ajenas, todas situadas en Lima.
“La edad te hace ver las cosas con otro lente. Ahora puedo ver cuánto de pérdida o de dolor hay en todo el proceso de vivir nuestras orientaciones e identidades en esa misma ciudad y a varias distancias puedo pensarlas y escribirlas”, precisa. Sin lugar a dudas la literatura lésbica, sobre todo aquella escrita por lesbianas, es necesaria. Pero es también todo un reto.
“Escribir que dos mujeres se aman y se gustan, que están dispuestas a crear un proyecto de vida ya es completamente un desafío. Para la escritora, para la sociedad, para quien quiere comprar el libro y decirle a sus amigos: ‘estoy leyendo Diario de una lesbiana’”, dice entre risas Avanzini, quien está trabajando para a mediados del 2022 publicar el libro que inició a escribir a modo de diario cuando salió del closet a los 17.
Otro de los obstáculos a los que se enfrentan los autores LGTB es el encorsetamiento. Al respecto, Luy de Aliaga comenta que muchas veces se acude a ellos para tratar exclusivamente temas relativos a la diversidad sexual. “Al final, por no invisibilizar la obra terminamos invisibilizando nuestras identidades. También pasa a la inversa, que te cuestionan por qué sigues escribiendo «otra novela gay”. ¿Cómo sería si nosotres cuestionáramos “otra novela hetero”?”, añade.
Asimismo, aún nos encontramos frente a una escasa representatividad en términos de identidad étnico-racial y nivel socioeconómico. Si de por sí es difícil para los autores disidentes publicar sus historias porque acceden a distintos espacios como parte de un cupo LGTBIQ+, explica Karen, lo es aún más para personas que no viven en la capital, afroperuanas, trans o no binarias, o que cuentan con limitados recursos económicos. “Tal vez el problema está en quiénes deciden qué se publica por ser mainstream o no, pero si la escritura es buena no deberían importar los otros factores”.
Por otro lado, los límites etarios que se colocan a la literatura LGTB dificulta su crecimiento. Lakita, como exponente y amante de la literatura infantil por la pureza que la caracteriza, espera ver que más escritoras se dediquen a ese público. “Dicen que la sociedad no está preparada para algo así, ¿y cuándo es que lo está? Nunca lo va a estar si tú no se los muestras”, concluye.
Las autoras concuerdan es que es momento de tomar acción. La Lakita del pasado, que tuvo que oír a su profesora decirle que jamás podría escribir un libro por su mala ortografía, observaría incrédula el éxito que hoy tiene con sus cuentos. “Si tienes ganas y un buen mensaje, hay que hacerlo”, comenta. En un contexto sociopolítico en el que movimientos conservadores y fascistas van ganando terreno, es necesario visibilizar que existimos.
Seguir en la mente de los peruanos con la imagen que los medios de comunicación se han encargado de difundir históricamente no es una opción, y menos aún seguir siendo “les otres”, comenta Karen. “Toda narrativa de ficción o no ficción, todo documento, toda expresión visible suma a la representatividad correcta, como seres humanos falibles pero no como los monstruos como pretenden llamarnos”. Finalmente, como dice ella, solo nos quedan las historias para seguir dando la lucha.
Banesa Farfán es una joven psicóloga y fundadora de Ñañaykuna. Organización juvenil cusqueña que trabaja, reivindica y lucha por la igualdad de género desde el año 2017. Fueron los últimos ganadores del premio “Yenuri Chiguala Cruz” 2021. Banesa conversó con La Antígona y nos relató el origen, objetivos y logros de Ñañaykuna, así como la importancia de la prevención de violencia en el Perú y las zonas rurales.
A pesar de las adversidades que surgieron debido a la pandemia, la organización juvenil no se detuvo y crearon el programa Familias Online, un programa que busca la igualdad de género y prevención de violencia mediante talleres. Actualmente, son ganadores del Premio Nacional de la Juventud “Yenuri Chiguala Cruz” 2021, concurso organizado por la SENAJU, en donde participaron bajo la categoría de Comunicación Social.
Coméntame acerca de la organización, ¿cómo se origina Ñañaykuna?
Ñañaykuna nace en el 2017 para poder visibilizar la problemática en torno a la falta de empoderamiento a las mujeres rurales y sobrevivientes de violencia. Ese año nosotros realizamos un proyecto llamado Escuela de Empoderamiento para Mujeres Cusqueñas. En el 2018 nos dimos cuenta de que la igualdad de género se tenía que realizar con hombres y mujeres, entonces iniciamos un segundo proyecto llamado Escuela de Empoderamiento frente a las Desigualdades, donde incluimos varones y mujeres.
La pandemia y la virtualidad trajo consigo muchos obstáculos en las organizaciones sociales, ¿Cuáles consideran que fueron los suyos?
En el 2020 hicimos una convocatoria y tuvimos más de 150 voluntarias y voluntarios, todos provenientes de diferentes provincias del Cusco. Nosotros trabajamos con voluntarios de todos los estratos sociales, como trabajadores del hogar, estudiantes, etc. Cuando llegó la pandemia la mayoría tuvo que regresarse a sus comunidades rurales, porque los puestos en los que ellos trabajaban cerraron. Fue un momento difícil para la organización.
Nuestra organización siempre ha sido autosostenible, utilizábamos ventas de rifas o colaboraciones. Ante la nueva normalidad tuvimos que transformarnos y es así como creamos Familias Online. Un proyecto que brinda herramientas educativas a madres jóvenes de zonas periurbanas y rurales. Nos preguntamos, ¿cómo podemos llegar a la gente?, en muchas comunidades la gente no tiene conectividad o no hay luz y el trabajo de prevención de la violencia era importante.
Cuando realizamos nuestra labor, llegamos a conocer muchas historias que nos impactan. En una escuela rural ofrecimos charlas sobre prevención de la violencia y al salir de la charla, una niña nos comentó que gracias a nosotras se enteró de que fue víctima de violencia, lo que pensó que era un “juego” con un familiar en sí era violencia.
Hay personas que no denuncian, no porque no quieran denunciar, sino porque no saben o no han identificado la violencia. Al crear Familias Online dijimos: “si no podemos entrar por la puerta, entraremos por las ventanas o por los techos”. Empezamos a hacer audios en quechua y español sobre la prevención de la violencia, sobre la educación sexual, autocuidado en la época de COVID – 19 o el cuidado de la salud mental; lo difundimos a través de radios comunitarias o por perifoneo local. Cuando nos fue mejor, mapeamos las zonas con mayor índice de violencia y dimos talleres presenciales.
Taller presencial de la organización Ñañaykuna en Cusco. FOTO: Ñañaykuna
¿Cuáles consideran ustedes que son sus logros como organización?
En el 2019, organizamos con todas las voluntarias que habíamos formado en las Escuelas de Empoderamiento un proyecto llamado FutuPlan, con el que viajamos a 25 colegios de zonas rurales quechuahablantes y periurbanas en el Cusco, colegios con estigmas sociales.
También sacamos un pronunciamiento a nivel nacional en pro de los derechos sexuales y reproductivos, justo cuando se celebraban los 25 años de la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo (CIPD), gracias a este pronunciamiento logramos representar al Perú en la Jornada Preparatoria del Segundo Campamento Regional de Liderazgo Juvenil ¡Juventudes YA!, en México y luego a Latinoamérica en La Cumbre de Nairobi, en Kenia.
Con el proyecto de Familias Online ganamos en el 2020 el reconocimiento de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en la categoría Jóvenes por la Buena Práctica en el Concurso de Buenas Prácticas sobre los Grupos en Situación de Vulnerabilidad en el Contexto del COVID – 19.
En el 2021 continuamos con Familias Online y la Municipalidad del Cusco nos reconoció el proyecto. También ganamos el premio a Protagonistas del Cambio de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) y el Premio Nacional de la Juventud “Yenuri Chiguala Cruz” 2021.
¿Qué retos tienen este 2021?
Es el tema de la sostenibilidad económica. Para las organizaciones comunitarias de provincia es algo complicado, debido a la pandemia no se pueden hacer actividades de recaudación de fondos. Hoy entendemos que debemos abrirnos a otros campos y hacer ver que no solo damos talleres gratis. Otro de los retos que tenemos es el tema de la formación constante. Somos 50 voluntarias a nivel nacional, tenemos voluntarias de Lima, de Cusco, entre otras regiones. Y lo que queremos es llegar a las 13 provincias del Cusco. Hace poco estuvimos en Espinar, Cusco y Quillabamba, pero nuestra meta son todas las provincias cusqueñas.
Siempre es importante mantener una misión al gestar un proyecto social, ¿Qué te motiva a seguir organizando?
Me gustaría que mis sobrinas o mis futuros hijos o hijas vivan en un lugar donde no tengan que vivir violencia. Esto es algo que vamos a lograr construyendo el país que queremos. Siento que ya bastante gente ha hablado en redes sociales, en el día a día o en tu mismo barrio; pero es momento de hacer algo. Tomar acciones es algo que realizamos desde hace 4 años. Por eso Ñañaykuna se basa en la educación y brindar herramientas educativas. Si tú le ofreces estos conocimientos a una mujer, en un futuro esta podrá empoderar a su familia y va a cambiarles la vida. Esto es una cadena de favores y es algo en lo que creemos todas las voluntarias. Dentro de los miembros de la organización hay madres solteras, mujeres con familias o estudiantes. En esto se basa lo rico de Ñañaykuna y su diversidad. No queremos seguir viendo a mujeres que no puedan denunciar porque no logran identificar la violencia.
Finalmente, ¿Qué le dirías a la gente para que se anime a formar parte de Ñañaykuna?
Ñañaykuna es una organización juvenil que es como una familia, en la que va a encontrar mucha amistad. Nosotros decimos que el empoderamiento empieza por ti. Ñañaykuna es un espacio para crecer, desarrollarse y conocer más sobre la realidad de las comunidades rurales. Es muy distinto verlo en redes sociales y vivirlo. Hay dos formas de apoyar: haciendo cosas y apoyando en lo que hacen las otras personas. Se pueden sumar al voluntariado, la próxima convocatoria es en marzo, o sino pueden ser aliados estratégicos y ayudarnos a llegar a las provincias que conozcan o a través de la compra de souvenirs que venimos vendiendo para financiar las actividades que realizamos.
Siempre los círculos de violencia terminan donde una persona denuncia, si alguno conoce un caso de violencia o es víctima de violencia es importante que pueda denunciarlo, puede utilizar la línea 100. Podemos cambiar el mundo, pero primero empecemos cambiando el nuestro.
Por la Organización de mujeres indígenas de Perú y América del Sur
Mujeres indígenas en resistencia. FOTO: Mianued Moreno Vera – ONAMIAP
Esperan que tratado internacional adopte una Recomendación General que obligue a los Estados a garantizar derechos colectivos e individuales ante las múltiples violencias que viven por el extractivismo, despojo, militarización y otras formas de recolonizar nuestros territorios. Asimismo, por la violencia de género, sexual, trata de personas, y otras afectaciones en sus cuerpos
El Enlace Continental de Mujeres Indígenas de las Américas Región Sur – ECMIA SUR, organización conformada por miles de mujeres indígenas que sufren múltiples discriminaciones y violencias provocadas por el modelo económico extractivista, como la invasión a sus territorios ancestrales, el saqueo de sus bienes naturales, la apropiación de conocimientos. Por ello exigen ser protegidas a través de una Recomendación General que debe ser elaborada y adoptada por el Comité para la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW), órgano de las Naciones Unidas.
Desde el año 2004, las mujeres indígenas de las Américas han logrado una serie de declaraciones, mecanismos y recomendaciones de parte de la ONU. Sin embargo, dentro del Comité CEDAW no se menciona específicamente los derechos colectivos de las niñas y mujeres indígenas. La única forma de que sus voces y demandas sean atendidas y garantizadas es que se incluya una Recomendación General por parte del CEDAW que obligue a los Estados a garantizar el igual derecho al territorio, a la tierra, a la lengua, la cosmovisión, a los saberes ancestrales, la cultura, el agua, entre los bienes naturales que han preservado por siglos.
“El Estado o los gobiernos deben garantizar los derechos a una vida libre de violencias para niñas y mujeres indígenas. Que no exista la violencia racista que han creado los colonizadores para saquearnos, criminalizarnos, despojarnos de nuestros territorios. Por eso es importante que haya una Recomendación General del Comité CEDAW y los gobiernos se comprometan a cumplirla. Queremos vivir en paz, armonía, equilibrio y reciprocidad”, sostiene Melania Canales, presidenta de la Organización Nacional de Mujeres Indígenas Andinas y Amazónicas del Perú (ONAMIAP) y coordinadora de ECMIA SUR.
La pandemia del Covid-19 y la crisis global han evidenciado cómo la destrucción de la naturaleza propicia la aparición y expansión de enfermedades y plagas. Las mujeres indígenas enfrentan afectaciones específicas pues el cuidado del hogar se relaciona directamente con la tierra, el agua, los bienes naturales y la seguridad alimentaria. Por ello, el documento que el ECMIA SUR ha enviado al Comité CEDAW de Naciones Unidas, exige que la Recomendación General sobre los derechos de las niñas y mujeres indígenas incluya que se garantice el ejercicio pleno del:
Derecho al Territorio Colectivo Ancestral, libre determinación y autonomía para evitar el genocidio de los pueblos indígenas. Es importante que se entienda que la protección de mujeres indígenas es protección al territorio indígena ancestral y a los modos de vida indígena.
Protección a las mujeres indígenas de la violencia sexual antes, durante y post conflictos armados y eco territoriales, el embarazo infantil y adolescente, y la trata de personas.
Protección contra el racismo, capitalismo, machismo y colonialismo.
Derecho a la protesta y cese de la criminalización contra pueblos y mujeres indígenas. Que cese el estigma, la represión y la persecución.
Derecho a vivir a una vida libre de las violencias múltiples y estructurales; ya que vivimos diversas violencias, pues nos discriminan y violentan por ser mujeres, por ser indígenas, por estar empobrecidas.
Justicia, reparación y sanación a las mujeres, pueblos y territorios indígenas, producto de las invasiones, saqueos, depredación de la naturaleza, vulneración de la seguridad alimentaria, entre otras violencias.
Derechos sexuales y derechos reproductivos desde nuestra cosmovisión sin injerencias de religiones que niegan nuestras creencias espirituales y conocimientos ancestrales.
Rosalee Gonzales de la Red Xicana Indígena, destaca lo siguiente: “Estamos en la lucha por proteger el derecho a nuestros territorios ancestrales. La amenaza más grande siguen siendo los megaproyectos de desarrollo, de la industria extractiva del petróleo y minerales, que han sido y son enemigos de los pueblos indígenas que son favorecidos por la mayoría de gobiernos. No se puede hablar de desarrollo económico solo como labor física o intelectual, exigimos que se respete que la mujer indígena tiene derecho al territorio colectivo”.
ECMIA SUR espera que la Recomendación General se adopte a favor de las niñas y mujeres indígenas, herramienta que motivaría una articulación y vigilancia de las acciones a los 189 Estados parte del Comité CEDAW.
Luisa Revilla, primera mujer trans regidora. FOTO: Mano Alzada
Han pasado 180 días desde que Perú perdió a una figura significativa no solo para la lucha por los derechos de las personas trans, sino también para la de diversas problemáticas sociales. Definitivamente, Trujillo y el país no han sido iguales desde la partida de Luisa Revilla, recordada por ser la primera mujer trans regidora de la Municipalidad Provincial de Trujillo entre el 2015 al 2018.
Este 12 de octubre ella habría cumplido 50 años de edad. Por ello, La Antígona rememora su trayectoria e impacto en el país a través de tres activistas trans que se conocieron gracias a ella: Jazmín Goicochea, actual lideresa de la Red Trans La Libertad, la cual Revilla fundó; Fernando García de TransMan Perú, organización transmasculina de origen trujillano y Leyla Huerta, directora de Féminas, colectivo de mujeres trans del país.
Hacer el trabajo previo
Desde lideresa de una organización de mujeres trans y representante de ellas en la Comisión Multisectorial de Salud, hasta subgerente de participación vecinal y regidora de la población trujillana. ¿Hay algo que esta mujer no haya hecho por las personas vulnerables? Los tres entrevistados la recuerdan por aquello que la caracterizaba. No abogaba únicamente por su comunidad, sino por todos quienes la necesitaran, incluso aquellos que no pensaban como ella. “Ella se metía en todo lo que podía’’, coincide Fernando García.
Luisa Revilla como funcionaria, participando de mesas de trabajo. FOTO: Minjus
Luisa Revilla fundó la Red Trans La Libertad el 11 de noviembre del año 2014, la cual inició con siete chicas. Hoy, casi siete años y muchas más adiciones a esta más tarde, el impacto que ha tenido este hogar en mujeres como ella ha sido enorme. La Casa Trans de La Libertad no se trataba de nada menos que su propia casa. Un hogar que acondicionó para acoger a sus hermanas trans que la necesitaran.
Gracias a Revilla, las mujeres trans de la región llegaron a tener reconocimiento por parte de las autoridades. ‘’Ahora no nos ven como una comunidad de tercera clase, sino como una participativa’’, comenta Jazmín Goicochea, su sucesora. Este logro no tuvo sus raíces en la mera búsqueda del reconocimiento de esta comunidad, sino en un trabajo colaborativo con toda la población cercana.
Ella fue más que una líder para las mujeres trans, pues su trabajo social hizo que gane gran cariño de parte de la población trujillana. ‘’Comunidades vulnerables buscaban en ella ese apoyo, porque era un buen enlace a las autoridades’’, explica Goicochea. No se limitaba a lo local, pues tuvo la oportunidad de formar parte de la Mesa de Trabajo del Fondo Mundial. Gracias a su participación en la negociación del proyecto país del Fondo Mundial, regiones clave se benefician de los Mecanismos de Coordinación Comunitaria. En Trujillo, por ejemplo, el MCC se convirtió en un importante espacio de encuentro y articulación para los colectivos LGTB de la región.
Revilla cambiaba el paradigma de los derechos LGTB en todo ámbito en el que se involucraba. A partir de ella, se forman distintas ordenanzas en la región de La Libertad que beneficiaron a su población. Aun cuando se habían enfrentado a un alcalde conservador y religioso. “El mensaje que le daba Luisa era que tenía que dejar de lado sus posiciones religiosas y aperturarse como una autoridad que es para todas y todos’’, explica Goicochea.
Bandera de la comunidad Trans. FOTO: CiudadTijuana.
No muchas figuras LGTB pueden decir que lograron trabajar con personas que suelen ser adversas a ellas. Luisa lo hizo por un bien que ella consideraba de interés mutuo. Hacia el final de su carrera política, Revilla se afilió a Alianza para el Progreso. Un partido en el cual se gestionó la creación de un espacio para las personas de la comunidad TLGB gracias a su presencia. La influencia que tuvo incluso en lugares en donde no se esperaría ver a una mujer trans ser aceptada es impresionante.
La pandemia no iba a detener a una mujer tan dedicada a ayudar a los demás. Gran parte de los ciudadanos trans, debido a los niveles de precarización e informalidad a los que se ven expuestos, dejaron de tener fuentes de ingreso. Ante esto, Revilla no se iba a quedar de brazos cruzados, pese a ser una sola mujer contra decenas de personas vulnerables. Por ello, decidió utilizar su influencia en las redes del Estado para conseguir la ayuda que necesitaban.
“Ella gestionó directamente con las municipalidades, alimentos, atenciones en salud, en prevención para toda la comunidad TLGB’’, explica su sucesora. Además, Luisa entendía que el de ella no era el único grupo que la pandemia dejó a la deriva. Como explica Fernando García, ella “siguió ayudando a la gente que necesitaba abrigo, comida’’ Lamentablemente, fue su ardua labor por el prójimo la que la llevó a sus últimos días. Revilla, cuentan Goicochea y García, se contagió del virus en medio de su ayuda comunitaria.
Las hijas de Luisa Revilla
Si bien el brillo de Luisa dificulta encontrar cualquier tipo de esperanza tras su partida, la estela que dejó está lejos de ser apagada. “Cuando un líder fallece, si no ha sentado bien las bases, su organización desaparece. Pero ellas siguen luchando, e incluso están más empoderadas que antes”, comenta García mientras recalca la admiración que siente por Jazmín Goicochea, hoy lideresa de la Red Trans La Libertad.
Y es que escuchar a Jazmín hablar de lo mucho que aprendió de su “madre”, a quien conoció hace 10 años cuando vendía productos de limpieza, es la evidencia más clara de que la lucha de Luisa no ha sido en vano. “Ella era mi mentora, es la persona que me ha educado, con la cual he estado mañana, tarde y noche”, comenta. Su partida, sin lugar a dudas, la dejó sin suelo durante un tiempo, pues la obligó a dejar el juego de lado y sacar a sus hermanas adelante, en sus palabras.
Pero, poco a poco, tiene todo más claro. En la opinión de ambos activistas liberteños, el legado más importante de Luisa fue su impacto en la percepción que tanto trujillanos como peruanos tienen acerca de las mujeres trans: “Desde llamarlas como son y respetar su identidad, hasta darles puestos laborales distintos al trabajo sexual. Ayudó a que se cambie la imagen”, añade García.
Mientras que antes la única manera de hacer política siendo una persona LGTB era desde dentro del clóset, la trayectoria de Luisa permitió que los partidos políticos dejen de tener reuniones discretas con representantes de la comunidad para ganar votos y empezaran a incluir sus necesidades en sus agendas. Incluso en Alianza Para el Progreso, último partido al que Luisa estuvo afiliada, se gestionó un espacio para poblaciones vulnerables, incluidas las disidencias sexuales, liderado por ella.
Además, explica Goicochea, su visibilidad permitió que se abriera las puertas a la comunidad LGTB para ejercer incidencia política, lo que posibilitó que se crearan y aprobaran distintas ordenanzas municipales y regionales en La Libertad que promueven la igualdad y sancionan la homolesbotransfobia. Así, las entidades públicas empezaron a tratar a la comunidad trans con respeto, y el índice de discriminación bajó. Aquello propició el diálogo entre activistas y autoridades, lo que se extiende hasta nuestros días.
Mujeres trans en busca del reconocimiento de su comunidad. FOTO: Red Trans La Libertad
Luisa era, ante todo, una estratega. Los tres activistas concuerdan en que si hay algo que dejó como lección al activismo trans a nivel nacional fue la contemplación de una agenda social abierta. “Hay muchas cosas que se pueden hacer sin necesidad de elevar la bandera trans”, opina Huerta. En ese sentido, Goicochea concuerda en que la manera de llegar a la mayoría de los ciudadanos es desde el activismo por los derechos humanos de todas las personas en situación de vulnerabilidad.
Durante el debate por la ley de identidad de género, Luisa llegó incluso a reunirse con congresistas fujimoristas, quienes por aquella época se oponían al uso de la palabra ‘género’. Las críticas no tardaron en llegar, pero Luisa sostenía que lo importante era que la ley “salga como salga”, pues no podían esperar que todos los sectores políticos estén de acuerdo en todo. “Estábamos construyendo política, estábamos sensibilizando a un sector político conservador, pero también popular. Si ella hubiera sido congresista, qué no hubiera logrado en el Congreso ya, con ese poder político que tenía”, reflexiona su sucesora.
Pero Luisa no era solo política, sino también amiga. García, que desde el 2014 complementa su trabajo como líder del activismo transmasculino, relata cómo su forma de ser, directa, transparente y estratégica, lo encaminó para guiar a los miembros de TransMan Perú. La noticia de su partida, que le cayó como un balde de agua fría mientras hacía compras, aún se siente en las reuniones de la red, en las que usualmente se le escapa un “¿dónde está la que nos ponía en orden?”.
“Yo admiraba lo cariñosa que era conmigo, a pesar de ser estricta”, rescata Goicochea. En su opinión, su legado es haber motivado constantemente a sus compañeras a educarse y tomar acción. Es así que la mejor manera de honrar su memoria es continuar su trabajo. Y cuando esa tarea genera miedos, Jazmin encuentra consuelo en sus diálogos nocturnos con ella. Le pide que al día siguiente le ponga las palabras correctas en la boca, confiesa entre risas tímidas. Sabe que la institución que ahora dirige es su principal herencia. “Ahora no solo soy la hija de Luisa Revilla, somos las hijas de Luisa Revilla”, concluye.
La mirada hacia adelante
Para la comunidad trans, quedarse de brazos cruzados nunca ha sido una opción. Así como Luisa conquistó una a una las batallas de las que fue partícipe en vida, hoy sus sucesores se enfrentan a nuevos retos. Lo más importante es, concuerdan los activistas, la representación. “No vamos a conseguir leyes a favor de la comunidad trans mientras no exista una congresista trans”, opina Goicochea. Además resalta que es importante que en los debates parlamentarios se escuche las necesidades de dicha población de primera mano.
En la misma línea, Huerta considera que conseguir un cargo político no es suficiente sino va de la mano con el empoderamiento de la comunidad. Además debe haber un involucramiento en espacios de la sociedad civil, pues Luisa “no apareció de un momento al otro”. Para ella, la visibilidad que ella alcanzó fue un logro importante. Sin embargo, a modo de autocrítica, asevera que “no se debe centrar el cambio en una persona, sino en un grupo de personas”.
Y en ese camino va la Red Trans La Libertad, que hoy cuenta con bases y lideresas provinciales en Chepén, Pacasmayo, Ascope, Trujillo y Virú. Prueba de ello es que se viene preparando la campaña “La Esperanza, ciudad inclusiva”, por la cual se implementará la ordenanza municipal 017-2016-MDE. Esta prohíbe la discriminación a la comunidad LGTBIQ+, a diferencia de otras regiones del país donde a pesar de haber sido aprobadas. O en otros casos no han sido implementadas. “Exhorto a los activistas a nivel nacional a que hagan vigilancia de estas ordenanzas”, añade Goicochea.
Sin embargo, como bien precisa el líder de TransMan Perú, las normas legales necesitan ser acompañadas de una correcta capacitación a funcionarios públicos para que su trato se caracterice por el respeto y el conocimiento. Asimismo, queda aún pendiente el reto de adoptar un discurso social que no contemple solo las necesidades de la comunidad LGTB. “Si vas a ser autoridad, no lo vas a ser solo para cierto grupo, sino para todos”, añade Goicochea.
Luisa dejó este mundo pidiendo que no la olviden. Un pedido del que se están encargando sus “hijas” y compañeros. “Mencionándola siempre porque ella fue uno de los pilares para que esto esté como está, y recordándola como una gran amiga y lideresa”, acota García. La trascendencia de su historia está asegurada. Que su memoria sea honrada como a ella le hubiera gustado, con más lucha.